Una periodista estadounidense hizo la prueba de no consumir durante un año objetos made in China. Lo consiguió pero todo resultó más caro y mucho más difícil. En la Argentina ocurriría algo parecido.

Misión imposible: vivir sin cosas chinas
Paraíso oriental. Los bazares son el terreno de desembarco de los productos chinos. Crecieron con el dólar barato y en los últimos años volvieron.


Si una mañana alguien despertara con la idea extrema de prescindir de los productos hechos en China, su vida continuaría, sin dudas. Pero todo sería mucho más complicado, íncomodo, costoso y, sobre todo, aburrídismo. Es que en este mundo de consumo globalizado, casi todo parece venir de esa parte del globo.

A modo de prueba, alcanza con hacer un inventario de un hogar argentino tipo. La heladera casi siempre tiene espíritu oriental. La etiqueta puede decir “made in Brasil” o “Industria Argentina”. Pero lo más probable es que la mayoría de las piezas provenga de China y se ensamble acá. Con otros elementos no hay dudas, vienen del gran país de las Olimpíadas: la tostadora, el microondas, la pava eléctrica que corta en el punto justo para el mate –¡sí, los chinos saben que no debe hervir!–, la bandejita de plástico decorada con los lirios de Van Gogh, los frascos de vidrio y tapa de aluminio tan cancheros, esa vajilla de melamina que se usa de entrecasa y hasta el reloj que indica que hay que salir corriendo a tomar el subte.

¿Complicado vivir sin China? Tal vez, pero más que nada, tedioso. Basta de música, televisión, radio. Aunque el televisor podría salvarse, en caso de que haya sido fabricado en Manaos o en Ushuaia. Fuera también el DVD, el minicomponente, la computadora y los portarretratos. Hasta la conciencia ecológica se vería atacada: habría que prescindir del cargador de pilas y de las bombitas de bajo consumo. ¿Celular, cámara de fotos, MP3? Vade retro. Y si bien todo es una suerte de juego y no parece haber argentinos ansiosos por romper relaciones comerciales con esa potencia económica, hubo una persona que sí lo hizo. Se trata de Sara Bongiorni, una periodista de Louisiana, casada, con dos hijos, que se propuso vivir un año sin comprar productos hechos en China, excepto que fueran regalos. Y lo contó en su libro A Year Without Made in China. Al terminar el año, reconoció que difícilmente resistiría un día más así.

INVASIÓN ORIENTAL. Ernesto Fernández Taboada se ríe cuando le cuentan acerca de la experiencia contra lo made in China. Es el presidente de la Cámara Argentino-China y, obviamente, no le encuentra sentido a una decisión de este tipo: en principio, él perdería su trabajo. Pero se presta al juego de imaginar cómo sería vivir sin China y se encarga de diferenciar que una cosa es un producto chino y otra uno hecho allí por una multinacional que transfirió su producción a ese país por obvias razones: mano de obra baratísima y capacidad de producción a megaescala. “Hoy, por ejemplo, ningún aparato Philips se fabrica en Holanda. Se calcula que el 50% de todas las exportaciones que hace China son hechas por multinacionales establecidas ahí.”

Pero, a los efectos prácticos del experimento, todo proviene de China. Y el menú de importaciones en la Argentina, según explica Taboada, ha variado en el último tiempo: se pasó de los textiles, juguetes, calzado y vajilla –rubros que a partir de la crisis de 2001 se vieron protegidos– a los aparatos eléctricos y electrónicos.

“Sin productos made in China, habría una afección del bienestar”, diagnostica Sergio Cesarin –investigador de política económica del Conicet, diplomado en Pekín, autor del libro China se avecina–, y mira el grabador en el que se registran sus palabras. Lo da vuelta y constanta su origen chino. “Si este grabador fuera de una marca china, lo pensarías dos veces al comprarlo, pero como es Sony, ni te fijás dónde está hecho: lo mismo pasa con el 90% de los bienes de consumo de marca”, explica. Y en una suerte de proyección fatalista dice que, si prescindiéramos de China, desaparecerían cadenas como Easy o Carrefour. “Casi todo se podría reemplazar. El tema es que hay una ecuación de precio que nunca va a convenir; así que sin la mano de obra china, estaríamos embromados.”

Para no sonar tan alarmista, Cesarin también muestra estadísticas: durante 2007, la Argentina hizo exportaciones a China por un valor de u$s5.172 e importó por u$s5.093. Es decir, hubo un saldo positivo de 79 milllones. “Claro que nosotros les vendemos porotos de soja y aceite de soja, y ellos nos mandan productos manufacturados de todo tipo; por eso parece que acá, como en el resto del mundo, todo está hecho en China.”

CHINATOWN. Quien camina por Buenos Aires sabe que cualquier bazar es territorio tomado. “Sí, ahí todo es chino –dice la dueña de una juguetería de Once, mientras señala el local de enfrente–. Acá tenemos juguetes nacionales. Mirá, esos Playmobil se hacen en La Rioja. Pero si querés comprar algo de marca que sale en la tele, es de China, sin dudas.”

Si bien es fácil entrar a una boutique de ropa barata –o a la tienda Fallabella– y leer made in China hasta el cansancio, hay todo un mundo de productos que no traen etiquetas. Como el talco, que se usa no sólo para secar los pies sino básicamente como excipiente para los medicamentos. O los insumos de hospitales, como guantes, jeringas y barbijos. O los neumáticos de los tractores con los que los ruralistas cortaron las rutas o, incluso, los químicos que usan en sus cultivos: glifosato y ácido fosfonometiliminoadiacético.

Ni hablar del destino de los vendedores ambulantes. Hasta el delivery es posible gracias a la tierra de Mao: las motocicletas encabezaron el ranking de importaciones chinas el año pasado. Sin motos no hay motoqueros, sin motoqueros no hay delivery de empanadas, de pizza, de helado, de ¡comida china!, y más de uno perdería la alegría de cada viernes por la noche.

“En la actualidad, ningún país prescinde del comercio con China por una sencilla razón: en un contexto de integración económica como éste, cualquier dirigente político quiere estimular el consumo; entonces, al permitir la importación de productos de bajo costo, satisface ciertas aspiraciones de la población, y esto genera sensación de paz social y bienestar”, concluye Cesarin y mira su reloj chino, enciende su celular chino, y se pregunta: “Pero ¿a quién se le ocurriría vivir sin China?”.


“Desnuda y en bancarrota”

Cuando Sara Bongiorni descubrió que de los 35 regalos de Navidad comprados o recibidos por su familia, 25 decían made in China, se preguntó si sería posible vivir un año sin productos hechos en aquel país. Era consciente de que los Estados Unidos es el mayor importador –junto con Japón– de productos fabricados allí. Su mejor amiga también lo sabía cuando le advirtió: “Vas a quedar desnuda y en bancarrota”. Pero ella se lo propuso. Las consecuencias no fueron extremas, pero tanto su vida diaria como su economía se vieron bastante alteradas: se volvió loca para conseguirle zapatillas a su hijo; su marido pasó el verano calzando dos ojotas de diferente color y número; se quedaron sin aspiradora, sin lámparas y sin impresora porque todo requería repuestos chinos, y para Navidad gastaron 200 dólares en cuatro minijuguetes de madera alemanes. En un momento de flaqueza, Bongiorni reconoció: “No estoy segura de poder abandonar por siempre algo tan fundamental para la vida moderna como la mercadería china, ni siquiera por unos meses más”.

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