Guardiola, Mourinho y el vacio futuro...


Las diferencias en el trazo ocultan a menudo las numerosas coincidencias entre Mourinho y Guardiola. En particular, resultan prácticamente iguales en su ajustada conciencia del vacío que dejarán algún día. También en el manejo de esa nostalgia futura, aunque con diferencias estilísticas. Pero ambos han descifrado con idéntica exactitud la fuerza de ese vacío. Cual depositarios de los secretos del principio de Arquímedes, aquello del cuerpo sumergido que, precisamente por estarlo, recibe una fuerza hacia arriba igual al peso del volumen del fluido desalojado. El calibre del hueco que se ocupa define la intensidad de esa fuerza que se construye al ocuparlo. El espacio que habitan Mourinho y Guardiola en sus equipos explica el poder que tiene evocar su futura ausencia.



Lo han hecho ellos mismos. El portugués, después de una tarde que le pitaron en el Bernabéu, deslizó: «Puede que un día se queden tristes ellos». También Guardiola, que este año de perseguir al Madrid en la Liga retrasa más que otros el anuncio de su renovación: «Prefiero tomarme un poco más de tiempo. Si lo respetan, bien; si no, mala suerte».

Conocen bien la fuerza de algo que funciona hace mucho en las gradas. El viernes, San Siro, desesperado con el 0-3 ante el Bolonia, invocó el rastro del portugués: «Mourinho, Mourinho...». Era el lamento por un hueco no tapado desde su marcha al Real Madrid. Al día siguiente, el estribillo se repitió en un Chelsea-Birmingham (1-1). La grada visitante, afición de Segunda feliz de aguar la Copa al poderoso, les señalaba con saña el agujero, con el sádico deleite de quien hurga en una herida abierta.

Precisamente para esas gradas diseñan sus estrategias de tráfico de afectos los entrenadores del Madrid y del Barcelona. Tan parecidos, pese a todo, en su manejos de la nostalgia futura. Tan conscientes del poder que produce el gigantesco espacio que han logrado ocupar cada uno en su rincón.