El mito de la productividad de los Estados Unidos

empleados de apple en China





El año pasado Apple vendió 70 millones de iphones, 30 millones de ipads y 58 millones de otros aparatos. La firma no sólo produce cada vez más si no que su valor de mercado (U$S 643.000 millones) ya supera al de gigantes como McDonalds y Boeing.

Sin embargo hay algo que Apple no genera en Estados Unidos: y son empleos. Mientras allí ocupa a 43.000 personas en resto del mundo recurre a la ayuda de 720.000.

Muchos economistas creen que el modelo Apple explica - en parte - uno de los éxitos de la economía de Estados Unidos: cada vez es necesario utilizar menos manos de obra para producir más. La productividad industrial creció 74% entre 2000 y 2010 según datos de la Oficina de Análisis Económico (algo así como el Indec de Estados Unidos).

N. Greg Mankiw y Austan Goolsbee, economistas de Harvard y Chicago respectivamente, creen que la industria norteamericana debe continuar por esa senda, la de aumentar la productividad. Sin embargo no todos piensan igual.

O mejor dicho no creen que exista semejante salto en la productividad y en cambio sostienen que en verdad los números reflejan un fenómeno muy distinto: la pérdida de puestos de trabajo a manos de otros países.

La historia es sencilla: es cierto que Apple tiene 43.000 empleados en Estados Unidos. Pero también cuenta con una red de 20.000 empleados y 700.000 proveedores de ingeniería, partes y ensambles desparramados por Alemania, Corea, México, Taiwan y China. Todas tareas que podrían hacerse en Estados Unidos.

"Mucha de la mejora de la productividad de nuestro país provino de empresas que fortalecieron sus cadenas de producción a nivel global y no necesariamente dentro de Estados Unidos", explica Michael Mandel, autor de un ensayo llamado "El mito de la productividad norteamericana".

Campo e industria

El PBI industrial en Estados Unidos es 16% mayor que el de hace una década según datos oficiales. Sin embargo el empleo industrial cayó y seguirá haciéndolo. La empresa Whirpool anunció el cierre de una de sus fábricas en Arkansas donde emplea a 1.000 personas. "La tendencia que observamos sobre la industria es la misma que en el sector agropecuario décadas atrás", dice Mankiw.

Cree que la industria deberá soportar lo mismo que el campo: un período de desempleo alto hasta que la producción aumente, las exportaciones industriales también y las personas sean empleadas en otros sectores.

Pero Mandel no piensa igual. Dice que las mejoras en la productividad del campo (inversiones en semillas, herbicidas, suelos, etc) generan un valor agregado a la economía, algo que no necesariamente sucede en la industria.

En el primer caso los frutos de la mayor productividad quedan atrapados en el suelo de un país. En cambio, en el segundo caso, los beneficios son repartidos a lo largo de una cadena de producción distribuida en distintas partes del mundo.

Productividad y costo de vida

Mandel es un economista con una vasta trayectoria en periodismo económico. Hasta hace poco fue editor jefe de Economía de Bloomberg-Business Week.

En su ensayo afirma que es exagerado decir que los trabajadores de Estados Unidos están entre los más productivos del mundo "porque así lo sostienen las estadísticas".

Mandel no denuncia ninguna alteración o manipulación de los números. Tampoco desmiente el salto extraordinario que reflejan las estadísticas. Lo que él señala es algo que los números ocultan, algo que él llama "sesgo" de los precios de los bienes importados.

¿A qué se refiere con esto? Va un ejemplo. Las importaciones de heladeras de Estados Unidos totalizan U$S 4.000 millones por año y provienen de México, Corea y China. No hay ninguna duda que estas importaciones desplazan producción y empleo en Estados Unidos, dice Mandel. Pero la pregunta que se hace es "¿cuál es el costo de ese desplazamiento?".

Para las cifras oficiales, la pérdida equivale a U$S 4.000 millones pero Mandel dice que es más: estima que el monto es mayor porque los U$S 4.000 millones reflejan el costo de vida de los chinos o de los mexicanos y no necesariamente el de los de los trabajadores norteamericanos. "Esta deficiencia estadística pone un handicap de incapacidad para entender la productividad de la economía de Estados Unidos".

La conclusión de Mandel es que las estadísticas no son capaces de señalar si el aumento de la productividad de Estados Unidos obedece a que las empresas norteamericanas desplazaron sus cadenas de producción al exterior o se volvieron más productivas puertas adentro.

Trabajos que no volverán

En "El mito de la productividad de Estados Unidos" se propone hacer una auditoría de la competitividad de cada sector. De ese modo se compararía cuanto cuesta importar el mismo producto y producirlo en Estados Unidos.

"Esto identificaría qué empresas norteamericanas están a la vanguardia y cuáles no. Además podríamos distinguir entre empresas que ganan por aumentar la productividad doméstica y las que lo hacen porque producen sus insumos en el exterior".

Decir que la economía de Estados Unidos es una de las más productivas del mundo se ha convertido en un mito, asegura Mandel. Y señala que eso tuvo consecuencias negativas porque creó una cultura de complacencia y confusión dentro del propio país.

"Cuanto nuestros políticos y economistas más enfaticen en la productividad alta de Estados Unidos, más debilitarán los debates para hacer una reforma tributaria y de educación que sí beneficiarían a nuestra economía".

En una cena un año atrás Barack Obama le preguntó a Steve Jobs cómo podía hacer que los 70 millones de iphone, 30 millones de ipad y 58 millones de otros productos fueran fabricados por estadounidenses. "Esos trabajos no volverán más", le respondió. Sin duda que las estadísticas de productividad no registran el contenido de una respuesta así.

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