El día 2 de abril del año 2012 se cumplirán 30 años de lo que fue la Gesta de Malvinas...
Aquellos acontecimientos bélicos que pusieron a las Malvinas sobre los ojos del mundo y principalmente del pueblo argentino. dejaron una marca todavía visible sobre la sociedad argentina, la de la población de las islas y en menor medida de la inglesa, por ser estas las principales protagonistas.
Cuando Argentina recupero la democracia en 1983 c
on Alfonsin (erróneamente llamado: el padre de la democracia) comenzó un proceso de Desmalvinización que dura hasta el día de hoy. ese proceso consistió en tergiversar lo que ocurrió durante la Gesta, e incluso sobre los verdaderos motivos por el cual se llego a un conflicto armado, e incluso se los ha discriminado y humillado a los veteranos al punto tal de llamarlos: "Los pobres chicos de la guerra", entre otros insultos.
Hoy aquella Gloriosa y Heroica Gesta por la Defensa de la Soberanía Nacional y de la Patria Argentina ha quedado en el inconsciente colectivo como una desesperada maniobra de la junta militar, de un error tremendo, de que se mandaron a chicos (que no querían ir) hacia la muerte, entre otras viles falacias.


La historia de 18 jóvenes que secuestraron un avión para pisar Malvinas
Hace 45 años, el "Operativo Cóndor" tuvo en vilo al país; un grupo desvió un vuelo de Aerolíneas y plantó bandera en las islas


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Video "operativo condor" http://player.vimeo.com/video/38813392?autoplay=1

El vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas partió desde Aeroparque con destino a Río Gallegos. Pero nunca llegó. Entre sus pasajeros viajaban de incógnito 18 jóvenes, 17 hombres y una mujer, con una misión. Pasaban inadvertidos, incluso alguno camuflado bajo una sotana. También ocultas llevaban las armas. Cuando sobrevolaban Santa Cruz, dos de ellos se acercaron al piloto y lo intimaron a desviar el avión con rumbo "uno-cero-cinco". Según las cartas aeronáuticas, esa ruta los conduciría a las Malvinas.

El "Operativo Cóndor", así lo bautizaron sus miembros, se puso en marcha el 28 de septiembre de 1966, una fecha que quedó grabada en la memoria de la presidenta Cristina Kirchner, que en aquel momento tenía 13 años. "Fue muy conmocionante en mi hogar", dijo hace pocos días al presentar lo que será el museo de las islas y señalar que se contará "la historia completa".

Aquellos jóvenes tenían todo calculado: el secuestro de la nave, el aterrizaje sorpresa en el hipódromo de Puerto Argentino, la tarea asignada a cada miembro del grupo. "El objetivo de mínima era simbólico y el de máxima, recuperar las islas", expresa a LA NACION Ricardo Ahe a sus 66 años, uno de los integrantes del comando. Aunque no todo salió como se esperaba, el grupo consiguió plantar bandera en las islas, cantar el Himno Nacional e instalar la cuestión en los diarios.

La fecha elegida tampoco fue arbitraria. Cuando la noticia llegó a Buenos Aires se encontraba de visita el duque británico Felipe de Edimburgo, en un viaje protocolar que incluyó un partido de polo con el presidente de facto, Juan Carlos Onganía. A pesar de que fueron calificados de "piratas" por las autoridades argentinas, los "cóndores" que aún viven recuerdan a su accionar como la mayor de las hazañas. "Nunca pude borrarlo de mi cabeza", señala Juan Carlos Bovo al recordar sus días en Malvinas, cuando tenía 21 años. "Cuando aterrizamos, sabíamos que podíamos no volver, pero esa tierra era nuestra y nos llenó de orgullo", agrega otro de los miembros, Fernando Lizardo.

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LOS PREPARATIVOS

El líder y mentor de la misión fue Dardo Cabo, de 25 años, dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). La única mujer del grupo era Cristina Verrier, una dramaturga y periodista, (además de rubia y atractiva, dicen quienes la conocieron). Ambos entablaron una relación tras una entrevista para la revista Panorama, y empezaron a soñar con las Malvinas.

Fue la pareja la que elaboró el osado plan. Enseguida, encontraron a un buen puñado de seguidores que no superaban los 28 años. El grupo estaba conformado por integrantes de la Juventud Peronista, de sectores nacionalistas y organizaciones gremiales. "Las Malvinas estaban en el imaginario de todos nosotros en los 60. La Argentina no estaba completa sin las islas", explica Ahe.

De a uno, de a dos, los integrantes del comando fueron sumándose al operativo y recibiendo directivas en esporádicas reuniones secretas. No se vieron todos juntos hasta el día del vuelo. "Ninguno de nuestros parientes sabía a dónde íbamos a ir", relata Lizardo, por entonces un empleado de 20 años. El se enteró de la partida del vuelo cinco horas antes de subirse al avión.

Tampoco sabían que contarían como compañero de ruta al director del diario Crónica, Héctor Ricardo García, quien sin conocer el plan en detalle, lo documentó y más tarde lo revivió en uno de sus libros.

EL VUELO

El cuatrimotor DC-4 de Aerolíneas partió apenas comenzada la madrugada del 28 de septiembre. Todo transcurrió con normalidad hasta la mañana, cuando sobrevolaban Puerto San Julián, en Santa Cruz. "A las 6.30, Dardo Cabo y un compañero se acercaron a la cabina y le dijeron al comandante que cambiara el rumbo para ir a las islas. «Vamos muchachos déjense de joder y siéntense», les respondió risueño el piloto Ernesto Fernández", recordó a este medio otro "cóndor", Fernando Aguirre. "Cuando lo encañonaron, se dio cuenta de que iba en serio y se mostró colaborativo", agrega.

El aterrizaje del comandante Fernández resultó ser una hazaña: debió frenar en menos de 800 metros, tras esquivar cables de alta tensión en un hipódromo ubicado cerca de la casa del gobernador de las islas. En la "pista" ya había descendido el aviador Miguel Fitzgerald en 1964, cuya aeronave será expuesta en el memorial de Malvinas que se prepara en la Argentina. "Jamás olvidaré la sensación cuando nos deslizamos fuera del avión y tocamos el suelo de las islas", recuerda Bovo. Eran las 9 de la mañana del 28 de septiembre cuando sintieron el aire polar.

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EN LAS ISLAS

Para cuando la nave se detuvo, a su alrededor había algunos isleños curiosos, que fueron capturados como rehenes por el comando. Los jóvenes plantaron bandera y rebautizaron a la ciudad como "Puerto Rivero", en honor al gaucho, en una proclama que llegó a Buenos Aires y conmocionó al país.

"Para la misión estábamos divididos en tres grupos: una parte iba a la casa de gobernador, otra al centro cívico y otra al centro militar. Controlando eso, tomábamos las islas", dice Bovo. Pero no todo salió como esperaban. Pronto se vieron cercados por unos 50 integrantes de la Fuerza de Autodefensa de las islas y debieron atrincherarse en el avión. Desde allí se inició una tensa negociación en la que intervino el sacerdote de la isla, el padre Rodolfo Roel.

Como primera medida se acordó que los pasajeros del avión fueran alojados en casas particulares del pueblo. Pero aún quedaban los rehenes locales en manos del comando armado, el cerco de efectivos rodeando el avión y la expectativa por la reacción de las autoridades argentinas. "Onganía emitió un comunicado diciendo que nos iban a aplicar todo el rigor de la ley y nos calificó de piratas. Sin embargo, después supimos que hubo una efervescencia popular, de estudiantes y trabajadores que apoyaban la gesta nacionalista", asegura Ahe.

Tras horas de tensión, las partes llegaron a un acuerdo. Aguirre relata: "El padre Roel nos dijo que había dialogado con las autoridades de la isla para encaminar la cuestión de manera pacífica. «Han cumplido el objetivo - nos dijo el sacerdote-. Plantaron la bandera argentina en estas tierras y pusieron el nombre de Malvinas en la primera plana de los diarios»".Nosotros debíamos liberar a los rehenes y deponer las armas y ellos nos darían asilo en la iglesia local. "Hasta hicimos una misa en castellano", recuerda.

Fue entonces cuando los jóvenes solicitaron entregar las armas al piloto de Aerolíneas Argentinas. "No queríamos reafirmar la soberanía de los ingleses", detalla Aguirre. Al día siguiente, los 19 jóvenes se embarcaron en el buque Bahía Buen Suceso. Apenas se alejaron de la costa, fueron arrestados y pasaron nueve meses presos en Rio Gallegos.

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Tras salir en libertad, los integrantes del comando acordaron que cada uno retomaría su camino. Cristina y Dardo tuvieron una hija, que, de acuerdo a las fechas, fue concebida en alguna de las visita mientras estaban en prisión. Él, tras integrar Montoneros, desapareció durante la última dictadura militar y ella decidió recluirse.

Del resto del grupo, algunos prosiguieron su militancia durante los 70 y otros conservaron un bajo perfil. Los que aún viven, mantienen esporádicos contactos. "Sin compañerismo y ese sentimiento compartido por las Malvinas, no hubiéramos podido lograr la gesta", reflexiona hoy Lizardo. "La entonación del himno frente a la bandera fue lo más solemne y emotivo", señala Aguirre. Como sus compañeros, recuerdan vívidamente la sensación tocar la tierra de Malvinas con el viento helado cortándoles la cara.

La noticia que LA NACION publicó el 29 de septiembre de 1966

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El ex embajador Carlos Ortiz de Rozas.

Fue testigo de una parte crucial de la historia bilateral y revela detalles de gestiones desconocidas por Malvinas . El 11 de junio de 1974, Gran Bretaña le propuso a Juan Domingo Perón una administración compartida sobre las islas. Ese día, el ex presidente proyectó el camino para recuperarlas definitivamente. De aquella situación hoy da testimonio el ex embajador Carlos Ortiz de Rozas, un diplomático de más de 45 años de carrera que estuvo cerca de numerosas negociaciones diplomáticas en torno al archipiélago.

"Si ponemos un pie sobre las islas, no nos sacan más", le confió Perón, por entonces, a su canciller, según relata Ortiz de Rozas a LA NACION. Un condominio entre los dos países resultaba una salida controvertida si lo que se quería era obtener la soberanía inmediata.

La historia quiso que el presidente falleciera tres semanas después y las negociaciones se desvanecieron durante el gobierno de Isabel Martínez de Perón. Después llegaría el gobierno de facto, la guerra de 1982 y la relación bilateral daría un vuelco difícil de revertir.

LA PROPUESTA

Quienes conocen los corrillos diplomáticos aseguran que la propuesta británica a Perón de 1974 está archivada en algún lugar de la Cancillería. Se trata de un non-paper (documento no oficial) a cuya copia pudo acceder este medio, que le proponía un condominio sobre las islas. La intención, dice el escrito, era "poner fin a la disputa sobre la soberanía" y "crear una atmósfera favorable dentro de la cual los isleños podrían desarrollarse de acuerdo a sus intereses".

Aquel texto fue entregado por el entonces embajador británico en Buenos Aires, James Hutton, a Perón y a su ministro de Relaciones Exteriores, Alberto Vignes, en una reunión confidencial.

Entre otros puntos, proponía que las banderas de Gran Bretaña y Argentina fueran "enarboladas juntas" en tierra malvinense, que allí convivieran el inglés y el castellano como idiomas oficiales y que el gobernador de las islas fuera "designado de manera alternada por la Reina y el presidente argentino".

"Sobre estas bases, el gobierno de Su Majestad propone que, si el gobierno argentino está de acuerdo, deberían realizarse conversaciones oficiales o preliminares en Buenos Aires lo antes posible", concluye el texto.

Una copia del non-paper con la propuesta británica

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EN LA AGENDA DE PERÓN

Ortiz de Rozas es una de las pocas personas que supo de aquel encuentro. Este ex embajador en Gran Bretaña, Austria, Francia y Estados Unidos, ex presidente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y jefe de la misión para las negociaciones con Chile bajo la mediación del Papa Juan Pablo II, intervino en distintas negociaciones confidenciales sobre las islas, algunas de las cuales reveló en su libro, Confidencias diplomáticas, editado en junio del año pasado.

Estaba cumpliendo funciones en la ONU, cuando Vignes le participó la propuesta británica de condominio y, en estricta reserva, le entregó una copia del non-paper. "Me confió que Perón le había expresado: «Aceptemos. Una vez que pongamos pie en las Malvinas no nos saca nadie y poco tiempo después la soberanía será argentina por completo», relata a LA NACION.

Pero el 1° de julio de 1974, tres semanas después de la reunión con la comitiva inglesa, Perón falleció. Su viuda, Isabel Martínez de Perón, heredó la presidencia y el asunto del condominio quedó sin resolver. "Isabelita no habrá querido avanzar porque temía a algunos sectores que pretendían una posición más dura con Gran Bretaña", reflexiona Ortiz de Rozas, a sus 85 años.

No obstante, un documento fechado el 20 de diciembre de 1974 revela que el proyecto no había sido borrado de la agenda. El texto consiste en una versión en castellano del non-paper británico, firmada y sellada por el Departamento de traducciones de la Cancillería argentina. "Pero los ingleses se dieron cuenta que sin Perón la iniciativa no iba a ningún lado, y retiraron la propuesta", señala Ortiz de Rozas.

La traducción del documento tras la muerte de Perón


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El gobierno de Isabelita pronto se vería sumido en serios conflictos políticos internos y ni Argentina ni Gran Bretaña volvieron a dar señales con respecto al condominio. Mucho menos después del golpe de la Junta Militar, cuando empezó a tomar fuerza el camino bélico.

"CAMINO EQUIVOCADO"

Ortiz de Rozas estaba en la embajada argentina en Londres cuando, en la madrugada del 2 de abril de 1982, se conoció el desembarco argentino en Malvinas. "Apenas me enteré, supe que el trabajo de años se venía abajo. Lo único que logró Galtieri fue darle la oportunidad a Margaret Tatcher de no ser eyectada del gobierno británico", opina entre las fotografías y condecoraciones que decoran su amplísimo departamento de la Recoleta.

"Además de trágico, el de la guerra fue un camino equivocado, porque se habían dado pasos concretos para resolver el problema de la soberanía por la vía pacífica", reflexiona.

Y recuerda: "En 1966 Henry Hohler, subsecretario del Foreign Office para Asuntos de América del Sur, me invitó a un restaurante muy bueno de Londres y en términos confidenciales me informó que las islas ya no tenían el valor estratégico de antaño y que tarde o temprano iban a integrarse con Argentina. Me recomendaron hacer lo posible para conquistar la mente y el corazón de los isleños", agrega.

"Incluso en febrero de 1982, días antes de la guerra, en las rondas de la ONU se discutió la posibilidad de un retroarriendo, para que los ingleses se comprometieran administrar las Malvinas por un determinado número de generaciones y luego cedieran la soberanía", manifiesta Rozas.

Considera que "la historia hubiera sido distinta si se hubiesen dado pasos para que los isleños sintieran que la tutela argentina era lo mejor para sus intereses"..


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La historia de Marcelo Vallejo, un ex combatiente de Malvinas que volvió a las islas gracias al deporte. Foto: Gentileza Marcelo Vallejo


Marcelo Vallejo combatió en Malvinas durante más de 70 días. Años después, deprimido, abusó del alcohol y de drogas. No quería vivir más, era un lento suicidio. Casi al azar, empezó a correr, se aferró a esa actividad y recuperó la esperanza para seguir adelante.

El deporte y la disciplina lo alejaron de las adicciones. En 2009, después de 27 años, volvió a las islas. Participó de una carrera, cerró un capítulo de su vida teñido de oscuridad y abrió otro lleno de vida.

Ahora entrena diariamente y viaja todos los años al archipiélago. La semana próxima correrá allí una carrera de postas junto a tres ex veteranos. No se cansa de decirlo: "Todo sea por malvinizar".

Marcelo había terminado el servicio militar obligatorio en diciembre de 1981. En abril del año siguiente, cuando Leopoldo Fortunato Galtieri anunció que recuperaría las Malvinas por la fuerza, se presentó voluntariamente: quería hacer su aporte.

Se encontró con quienes había compartido la colimba y viajó al archipiélago entusiasmado. "Tenía ganas de estar", cuenta. Al poco tiempo llegó a su casa la carta que convocaba a su clase a combatir, pero de eso se enteraría mucho después.

"Por supuesto, uno no sabe lo que es una guerra; eso hay que vivirlo", se ataja. En Malvinas vivió días duros. "Te hacés hombre en pocos días", relata. Por eso no le gusta cuando hablan de "los chicos" y de la supuesta poca preparación que tenían los soldados.

"En el día a día vas aprendiendo cosas. Además, entre el clima y lo que vivimos, si no estabas preparado, aguantabas una semana", dice.

Marcelo recuerda vívidamente una caminata de 20 kilómetros. "Fue durísima. Teníamos un mortero que pesaba casi 500 kilos. Más el armamento, el bolso con la ropa, subir los montes, los vientos, la lluvia...", enumera.

Cree que lo vivido en el Sur lo volvió "duro" con los sentimientos. "Yo no recuerdo un soldado que llorara, y pasaron cosas feas. Nadie demostraba, no tenías tiempo para demostrar algo", cuenta.

LAS DOLOROSAS MARCAS DE LA GUERRA

Cuando volvió al continente, se sintió perdido. "Era muy raro. No sentía alegría ni... no sé, estaba... muy duro a todas las emociones", expresa.

También se sintió ignorado. En su trabajo le dijeron que habían tomado a otra persona en su lugar pero que se quedara tranquilo, que era como Gardel. "Me acuerdo esa frase... Me dijeron que iba a conseguir el trabajo que quisiera porque era un ex combatiente", dice, entre risas.

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"Quería explicar cosas y la gente no me entendía. Se tapó todo, todo fue como una mentira. Yo recuerdo que se dijera: «Fue mentira que combatieron, se rindieron de un día para el otro». Uno al principio lo negaba, pero después nadie te escuchaba", relata.

Se encerró en su casa, dejó de salir. Al tiempo entró en contacto con sus compañeros de Malvinas, con otros ex veteranos. "En el 83 nos juntamos porque no queríamos que se olvidara la causa, que quedara en el olvido el sacrificio de tantos compañeros".

Marcelo cree que los combatientes recibieron el respeto "del enemigo de ese entonces" antes que el del pueblo argentino. "Los ingleses siempre hablaron muy bien de cómo combatió nuestro soldado. Ahora, la gente lo entiende, pero los gobiernos siempre trataron de tapar el tema Malvinas".

Después consiguió trabajo en una fábrica y estuvo ahí durante 19 años. "No podía mantener el ritmo, tenía una vida desordenada. Tomaba mucho alcohol, drogas. Sin darme cuenta, estaba... Me quería matar", admite.

"Muchas veces se me cruzó esa idea de no estar más. Me sentía culpable. Pasaron cosas como que caiga un compañero y tener que dejarlo en ese lugar.Y uno sigue y bueno. Se pregunta ¿por qué no me lo traje?", reflexiona.

La depresión, el desorden y las adicciones hicieron que tocara fondo. "En 1999 me llevaron de mi casa y me internaron en el Hospital Militar. Empecé un tratamiento de rehabilitación que hasta hoy sigo. No fue fácil", cuenta.

Muchos le preguntan cómo hizo "de repente" para dejar el alcohol y las drogas y ponerse a correr. "Pero no fue así, fueron caída, caída, caída. No es fácil dejar una adicción, está siempre ahí latente. Pero con ganas y ayuda, se puede salir", explica.

En un viaje a Córdoba con ex veteranos se tiró en un dique, pero no sabía nadar y casi se muere. "Me salvé porque Dios me dio una oportunidad. Y me gustó", cuenta. Cuando volvió a Buenos Aires, empezó a nadar. "Fue una oportunidad, un camino nuevo", agrega.




De ahí en más, andar en bicicleta, correr y nadar se transformaron en sus actividades preferidas. Empezó a entrenar a diario. Un día se enteró de un argentino que había corrido en Malvinas y pensó que esa era su oportunidad de volver.

"Mi sueño fue siempre ese. Cuando me trajeron [en 1982], dije: «Yo acá voy a volver». Pasaron 27 años y pude volver. Fue duro, pero me sentí bien de estar firme y sano, de poder hacerlo. Fue una forma linda de volver", cuenta.

En 2009 pisó las Malvinas de nuevo. Lo mismo hizo en 2010 y en 2011. Está convencido que en las islas hay una energía distinta.

"Me emocioné, lloré, lo disfruté, pensé en los caídos, en los momentos de la guerra, en la lucha de los veteranos. Eso me daba fuerza para no quedarme", señala.

"¿Tenés cerrado el capítulo Malvinas?", le preguntó LA NACIÓN. Su respuesta oscila entre el recuerdo y el presente. "Me dan bronca algunas cosas, pero me di cuenta volviendo a las islas que el sacrificio de los veteranos fue muy grande. Y tal vez la gente no entienda la magnitud de haber estado 70 días allá, de guardia, con el frío, el viento, la noche, lejos. Nosotros estábamos con ganas de defender a la patria y fue lo que hicimos. Y estamos orgullosos".

Marcelo volvió a sobrevivir. Primero, a la guerra. Luego, a los fantasmas que la guerra le dejó..

VIDEO :
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"Se terminó todo. Al mediodía se firma la rendición", escuchó Diego Pérez Andrade de uno de los capitanes que vivía en la casa que alquilaba en Puerto Argentino, apenas bajó las escaleras para desayunar. Era la mañana del 14 de junio de 1982, y el general Mario Benjamín Menéndez estaba por escribir un capítulo clave en la historia de las heridas abiertas argentinas: la derrota en la guerra de Malvinas.

Pérez Andrade miró entonces por la ventana y entendió todo: dos paracaidistas ingleses caminaban por la calle, con sus armas al hombro.

El periodista de Télam sintió un escalofrío. Viajó a Malvinas para cubrir la guerra, pero nunca obtuvo una credencial como corresponsal. Y si no la conseguía el día en que se firmaba la rendición, los británicos podían tomarlo como prisionero.

"Fue muy triste", reflexiona Pérez Andrade ante LA NACION. "Cubrir una guerra de tu propio país, y que se pierda de esa manera fue muy frustrante para nosotros".

Sentado en el único sillón que tiene su departamento en el barrio porteño de Flores, cigarrillo en mano y con el cenicero sobre un libro de fotos del conflicto bélico, Pérez Andrade recuerda la guerra como si fuera ayer, cuando viajó al archipiélago el mismo día de su cumpleaños número 29.

Hoy, casi 30 años después, reivindica a los soldados que pelearon y critica a los generales que comandaron. Además, asegura que la censura de la información se hacía "en las islas y en el continente"

"YO HABLO INGLÉS"

Pérez Andrade se convirtió en corresponsal de guerra gracias a que sabía hablar inglés. Hijo de periodista, llevaba dos años en la agencia de noticias Télam y en 1982 cubría el horario nocturno de la sección Información General.

"La noche del 1 de abril me avisan que el jefe estaba enfermo, así que yo quedé a cargo de la redacción -recuerda-. Y sucedió algo extraño: cerca de las 21.30 trajeron un lunch y llegaron decenas de coroneles, almirantes y brigadieres. Dijeron que se iban a tomar las islas y ese era el festejo. Fue vigilia toda la noche, porque a la mañana siguiente, a las 8.30, despachamos el cable oficial".



-¿Suponía que la Argentina podría invadir las islas?

-Desde enero ya sabíamos que eso estaba preparado.

-Como ciudadano, ¿apoyaba la guerra?

-Sí, pero yo no estaba de acuerdo con los militares. Ellos habían secuestrado a mi hermano Julio en 1978 porque participaba en el ERP. Con la recuperación de las islas consiguieron meterse en el bolsillo a mucha gente, que la veía como legítima. Es muy difícil la idea, pero hay que deslindar una cosa de la otra. Porque la gente apoyó la recuperación de las islas masivamente, pero no estaban de acuerdo con el gobierno militar.

El inicio de la ocupación de Malvinas llevó a Pérez Andrade, el 5 de abril, a reemplazar al corresponsal de Télam en Río Gallegos, que servía de enlace entre los periodistas que estaban en las islas y la sede central en Buenos Aires. Debía transmitirle a sus colegas que manden notas en las que los kelpers "hablen bien de la ocupación argentina".

"Coronel, los de Malvinas no están dispuestos a hacer ningún reportaje porque los kelpers no quieren y además, ninguno sabe inglés", recuerda Pérez Andrade que le dijo al por entonces presidente de Télam, el coronel Rafael De Piano. "¿Y quién habla inglés?", le preguntó su jefe, al otro lado del teléfono. "Yo", le respondió. Al instante, obtuvo una nueva orden: "Mañana mismo se va a Comodoro Rivadavia y de ahí para las islas".





Con la orden por escrito, Pérez Andrade viajó el 23 de abril hasta la ciudad chubutense, de donde partían los vuelos a Malvinas. Después de encontronazos con varios mandos militares, el 25 consiguió subir a un Fokker F27 de Aerolíneas Argentinas.

"Al avión le habían sacado todos los asientos. Iba lleno de soldados y oficiales de la 3ra. Brigada, que me cantaron el feliz cumpleaños", cuenta Pérez Andrade.

-¿Usted quería ir a Malvinas?

-¡Claro! Entrar a las islas era el objetivo de todos los periodistas del mundo. La Junta Militar había determinado que los únicos que podían vivir en las islas eran los de Télam y los de ATC. Para mí era tocar el cielo con las manos.

VIVIR Y TRABAJAR EN MALVINAS

Pérez Andrade se unió al grupo que conformaban el cronista Carlos García Malod, los fotógrafos Román Von Eckstein y Eduardo Farré, y el radio-operador Juan Carlos González. "Alegando cuestiones de seguridad, ellos se negaron a volver al continente", relata.

-¿Cómo era su trabajo en las islas?

-Teníamos una situación privilegiada. Como no éramos corresponsales de guerra, los militares no nos podían dar órdenes. Viajábamos muchísimo por la isla, entrábamos y salíamos por las unidades y los soldados nos contaban todo porque estaban deseosos de que se supieran sus condiciones: que estaban muertos de frío, sin armas y sin planeamiento estratégico. Nosotros escribíamos eso, pero en Télam no querían.

-¿Había censura en el continente?

-Totalmente. En rigor, en todas las guerras pasa lo mismo. El corresponsal no puede dar precisiones de las unidades, nombres de las tropas, ubicaciones geográficas, cantidad de elementos y armamento. No podés decir nada. Todo muy vago.

-¿Sabían lo que se publicaba en el continente?

Los soldados nos contaban que estaban muertos de frío, sin armas y sin planeamiento estratégico, pero no podíamos escribir nada de eso
-Sí, porque nosotros recibíamos el servicio en el teletipo. Era el único servicio informativo que había en las islas. Nuestra casa era un lugar neurálgico porque allí los militares podían informarse, bañarse y comer.

-¿Por qué?

-Porque alquilábamos una casa a una señora que se había ido con sus nietos a la estancia de una amiga, intentando escapar de la guerra. No podíamos alojar militares pero fue lo primero que hicimos, porque nos obligó Menéndez. A la semana abrías la heladera y encontrabas una granada. Era un quilombo.

-¿Cuántos vivían ahí?

-Por lo menos éramos diez. Alojamos tres capitanes y un capellán.

-Se llevaron mal con los isleños entonces.

-Con ellos tuvimos una guerra paralela. Los kelpers venían juntado odio contra nosotros y esa guerra llegó al extremo de que nos tirotearan varias veces la casa. Hasta sacamos los radiadores y los pusimos en la pared para que no entren las balas.

-Y con los militares, ¿cómo convivían?

-Llegamos a sofisticar tanto la cosa, que para evitar escenas enojosas prohibimos las jerarquías. Ahí adentro, para nosotros eran todos iguales.


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¿Ayudó a los soldados en algún momento?

-Era muy común en los supermercados ver a los soldados apiñados en la entrada, esperando que los civiles entren para comprar algo porque ellos no podían. Nos daban plata y una tirita de papel con el pedido. Los del supermercado no tardaron en comprender que nosotros éramos cinco y comprábamos para 200, y nos cerraron la canilla.

-¿Pasaban necesidades los soldados?

-Pasaban frío, necesidades y muchas incomodidades. Pero se la bancaban. Yo los vi pelear con mucha fiereza y voluntad.

-Entonces, ¿a qué atribuye la derrota argentina en la guerra?

-Cuando [el por entonces presidente, Leopoldo] Galtieri visita las islas el 23 de abril, y ordena duplicar la población de las islas, decide la guerra y la derrota argentina. Las Fuerzas Armadas no mandaron a Malvinas las tropas más adecuadas, sino a los chicos de las guarniciones subtropicales y del norte, sin uniforme de invierno, sin armas pesadas y sin artillería. Las mejores tropas estaban desplegadas en la Patagonia, contra la Cordillera, por temor a un ataque chileno. Galtieri creía que tapizando las islas de gente, aún sin armas y sin nada, iba a ganar la guerra, pero Malvinas era un escenario estrictamente aeronaval y nosotros no teníamos ni barcos ni aviones.

FINAL EN PELIGRO

"Necesito las credenciales porque si no nos van a hacer mierda los kelpers", le reclamó Pérez Andrade al jefe de prensa del gobierno militar en Malvinas, Orlando Rodríguez Mayo, luego de ver que los ingleses habían ocupado las islas. Menéndez le había prometido las credenciales el 7 de junio, pero era el final de la guerra y aún no las tenían. "Llegaste tarde -le respondió el militar-, acabamos de quemar toda la documentación".

Al periodista y sus colegas no les quedaban muchas opciones para salvarse ese 14 de junio. Estaban acorralados por los británicos y los militares argentinos se negaban a ayudarlos. Pero encontraron un "filón", como dice Pérez Andrade: la avanzada de los ingleses obligó a los heridos argentinos a dejar el hospital, que sólo tenían como escapatoria el buque Almirante Irízar.

"Entre los civiles improvisamos un tren de acarreo de heridos", grafica. "Rescatamos más de 300 heridos durante todo el día, y con cada uno de ellos llevábamos parte de nuestro equipaje, hasta que con el último subimos al Irízar. Pero tuvimos que escondernos entre las máquinas porque los ingleses nos seguían buscando. Tardamos cuatro días en llegar al continente", rememora.

-A casi 30 años, ¿qué sentimientos tiene hoy por la guerra?

-Como toda guerra perdida, es muy triste. Uno puede cubrir varios conflictos, como yo que estuve en la zona de Cachemira, donde la India y Paquistán se pelean desde hace años, pero se vive sin problemas porque no es una guerra propia. El asunto es cubrir una guerra de tu país y que se pierda de esa manera. Sobre todo porque se vivió con mucho entusiasmo y fervor.

-¿Tuvo miedo de morir?

-Un día la flota inglesa colgó una bengala encima de nuestra casa. Eso anunciaba un bombardeo. Nos metimos debajo del piso, donde había un espacio que servía de aislante del frío. Pero la bomba no cayó ahí, sino del otro lado, donde había unos soldados de la Armada. Ahí aprendimos que la gente no se muere como en las películas, rápido, sino que se queda gritando, hasta que se apaga.

Aprendés a dormir en la noche bajo un bombardeo constante. Muchas veces el silencio me molesta.

-¿Aprendió algo?

-Aprendés a tirarte cuerpo a tierra en cada bombardeo y a dormir en la noche bajo un bombardeo constante. Muchas veces el silencio me molesta. Esas son las locuras de la guerra.

-Y la vida, ¿le cambió?

-Cuando fui a la guerra era soltero, flaco y tenía plata. Pero me hizo reflexionar mucho ver que los oficiales recibían cartas o casettes grabados de sus familias. "Si me muero acá no le voy a dejar nada a nadie", pensaba. Así que cuando volví me puse de novio, me casé y tuve cuatro hijos. Cuando uno está próximo a la muerte, enseguida piensa en lo que va a dejar, en su herencia, y yo no tenía nada. La guerra es una experiencia espantosa, pero muy válida..