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África negra: el continente olvidado

África, el gran continente olvidado. Las guerras, el hambre, las enfermedades, la violencia sexual y las catástrofes naturales son algunos de los grandes problemas de África. Aqui una mirada distinta sobre el conflicto en Darfur, el problema del coltan en el Congo, el conflicto en Ruanda tras una década del genocidio y las consecuencias de las cruentas guerras en Uganda.

Somalia, la peor crisis alimentaria

Cara a cara con el hambre. Mientras que la crisis económica a nivel mundial se come las esperanzas de los países desarrollados, el cuerno de África se encuentran en estado de alerta después de que dos temporadas sin lluvias. Las cifras hablan solas. Hay más de diez millones de personas al borde de la inanición.

Más de 2.000 somalíes cruzan cada día a Kenia y Etiopía, los movimientos de personas en busca de alimentos y atención médica dentro de Somalia están alcanzando niveles nunca vistos. 11 millones de personas sufren las consecuencias del hambre. Ante el empeoramiento de la crisis nutricional, las organizaciones de ayuda humanitaria como Médicos Sin Fronteras (MSF) insta a todas las partes en Somalia, a los países vecinos y a la comunidad internacional a mejorar la asistencia a la población somalí en la región y a eliminar las trabas a la expansión de la ayuda independiente dentro del país.

África negra: el continente olvidado

¿Cuál es la situación en el Cuerno de África?

CAUSAS. La sequía y el desplazamiento de la población (en la tercera semana de julio el número de desplazados supero los 5.000), combinado con el aumento de los precios mundiales de los alimentos han provocado que especialmente Kenia y Etiopía se enfrenten a la que la Oficina de Ayuda Humanitaria de Naciones Unidas define como la peor crisis de seguridad alimentaria registrada hoy en el mundo.
Inanicación en Somalia

PÉSIMA GESTIÓN. La población somalí se enfrenta a numerosos retrasos para llegar a los campos de refugiados, debido a la política oficial de fronteras cerradas y a los obstáculos administrativos que les ponen en los centros de recepción por los que tienen que pasar como por ejemplo las restricciones impuestas a los aviones de abastecimiento y al personal internacional que deben sortear diariamente el personal sanitario de MSF. Tras días y días caminando sin apenas comida ni agua, e interminables horas de espera en estos campos de tránsito, se ven obligados a competir por la limitada ayuda que queda disponible en unos campos caóticos y superpoblados como los de Dadaab, en Kenia, o los de Dolo Ado, en Etiopía.

POLÍTICA INTERIOR. Las condiciones de vida de la población somalí se han visto enormemente debilitadas por un conflicto armado que dura ya dos décadas. La violencia y la inseguridad, unidas a la grave sequía que ha arruinado las cosechas y está matando al ganado, así como a los altos precios de los alimentos, han hecho que la situación se haya agravado hasta el punto actual.

El equipo de ayuda humanitaria de InspirAction está evaluando la mejor manera de ayudar a la población, que está sufriendo las consecuencias de la peor sequía registrada en los últimos 60 años. "La crisis no es nueva, sino que ha venido desarrollándose desde hace algún tiempo, especialmente en Kenia y Etiopía, y su gravedad está aumentando en toda la región", advierte Isabel Ortigosa, responsable de incidencia de InspirAction. "La gente está desesperada y si no actuamos ahora podríamos estar ante una de las peores situaciones humanitarias que el mundo ha visto en mucho tiempo."

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Kenia, o los de Dolo Ado, en Etiopía.

¿Qué se puede hacer para frenar la crisis alimentaria?

MSF está tratando a más de 10.000 niños con desnutrición severa en los diversos centros nutricionales y clínicas que tiene en toda la región afectada por la crisis. "Hay que garantizar que todos los afectados reciban la ayuda, tanto en Somalia, como en su huida a los países vecinos”, declara Alfonso Verdú, responsable de operaciones de MSF para Kenia, Etiopía y Somalia.
Según nos han podido informar fuentes de la ONG InspirAction se necesitan urgentemente fondos para:

- El suministro de agua en las aldeas más afectadas por la sequía.
- La compra de alimentos para las familias, especialmente para los niños desnutridos y las mujeres embarazadas
- La compra de alimentos para el ganado, que es crucial para la supervivencia de las familias.

La situación empeora cada segundo debido al gran número de personas que se han desplazado dentro de Sudán y de Somalia y que también se enfrentan a la escasez de alimentos.

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Dona tu ayuda a InspirAction (http://www.inspiraction.org/) o a Médicos sin Fronteras (https://www.msf.es/colabora/donativos-socios/refugiados1)

SOS crisis alimentaria en Níger

La ONG InspirAction nos alerta sobre la situación crítica de Níger. La población vive el recrudecimiento de una crisis alimentaria que podría llevar a más de la mitad de sus catorce millones de habitantes a pasar hambre y a que alrededor de un millón de niños caigan en la desnutrición severa.

El verdadero drama que se vive en Níger es que mientras millones de personas pasan hambre, la comida procedente de Nigeria es demasiado cara y la mayoría de las familias no puede permitírsela, según afirma Jeremie Ouangrawa, responsable de la ONG InspirAction para Níger y Burkina Fasso.

Muchas familias están abandonando sus hogares en dirección a la capital, Niamey, en una búsqueda desesperada de alimentos. El agua es cada vez más escasa, los animales están amenazados de muerte por escasez de alimentos, y la malnutrición está aumentando. “Muchos niños ya no van a la escuela (en algunas regiones apenas lo hace un 20% de la población en edad escolar), y la mayor parte de los campesinos de Níger temen que no tendrán semillas que plantar para la siguiente cosecha”, indica Isabel Ortigosa, responsable de comunicación de la ONG InspirAction.

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Sequías, malas cosechas...

Como consecuencia de las sequías cíclicas y de las lluvias irregulares, en 2009 las cosechas fueron muy pobres, lo que unido a los efectos acumuladas de las anteriores crisis alimentarias, provocará que la hambruna pueda afectar a ocho millones de personas sólo en Níger, lo que supone un aumento muy significativo con respecto a la emergencia de similares características que afectó a la región en 2005. La situación en Níger es especialmente preocupante, aunque en realidad esta crisis afecta todo el Sahel occidental; cerca de diez millones de personas, según estimaciones de Naciones Unidas, podrían verse afectadas por la hambruna. John Holmes, Responsable de Ayuda Humanitaria de Naciones Unidas, hizo recientemente un llamamiento pidiendo la movilización urgente de la ayuda internacional para frenar la emergencia en el este del Sahel.
Malas cosechas en Níger

La inseguridad alimentaria deriva de la pobreza y del acceso desigual a la comida, tanto por falta de productos en los mercados como por la falta de un control sobre los excedentes que garantice la seguridad alimentaria de los habitantes de estas regiones. Para la organización InspirAction, impulsar la resistencia y la capacidad de recuperación local, y contemplar las sequías periódicas como situaciones previsibles y no como eventos inesperados, son elementos claves para reducir la vulnerabilidad de la población. Sin embargo, mientras los campesinos del Sahel tengan que competir con los productos fuertemente subsidiados de los países del Norte, sus posibilidades para salir de la pobreza y resistir ante crisis como éstas seguirán siendo reducidas.

En respuesta a esta crisis humanitaria, la ONG InspirAction ha enviado ya 110.000 euros a tres de las organizaciones con las que trabaja en el norte de Níger. Con esta cantidad se podrá alimentar a la población más vulnerable durante los próximos meses, se apoyará a los bancos de cereales y la distribución de comida y se impulsarán programas de trabajo por dinero, con el fin de que las familias vulnerables puedan comprar cereales en los mercados.

InspirAction trabaja en Níger ayudando a las comunidades a reconstruir sus granjas y preservar su producción en bancos de cereales. Los primeros informes indican que las comunidades en las que trabajan las contrapartes de InspirAction se han visto menos afectadas por la escasez actual de alimentos.

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La tragedia del Congo

Hambruna
© Alfons Rodríguez

El Estado centroafricano del Congo se desangra. Su lación civil, víctima de la encarnizada lucha por controlar sus recursos naturales, llora su tragedia diaria. Los combates más violentos tienen como escenario los Kivus, dos provincias orientales. A la tragedia bélica, que alimenta otras lacras como la violencia sexual y las enfermedades como la malaria, hay que sumar las catástrofes naturales. El resultado es uno de los peores lugares del mundo para nacer.

La pequeña Diane, de cuatro años, simboliza todo el horror y el absurdo de esta guerra sin reglas ni final. Su mirada triste y su pasividad contrastan con el alboroto con que los otros niños del campo de refugiados de Buhimba corren sobre la cortante lava persiguiendo al visitante con gritos de “¡muzungu!” (“blanco” en kiswahili) y “¡MONUC!” (siglas de la misión militar de la ONU) en busca de algún regalo, o quizás tan sólo un poco de atención. Como todos, Diane sufre desnutrición. Cuando se da la vuelta, aparece una terrible cicatriz en su cuello. La causó una de las balas con que uno de los numerosos grupos armados que campean por la provincia de Kivu Norte, al este de la República Democrática del Congo (RDC), fronteriza con Ruanda y Uganda , asesinó a su padre. Es la menor de siete hermanos, huérfanos también de madre. Malvive aquí con tres de ellos, al cuidado de una tía, a cuya falda se agarra con fuerza. Los otros están en Goma, la capital provincial, a una decena de kilómetros.

Más de 800.000 personas se hacinan en míseros campos como Buhimba o se esconden en la selva desde hace año y medio, cuando arreció el último conflicto en el Congo fue en Kivu Norte, provocado por la rebelión del general Laurent Nkunda , que dice proteger a los tutsi congoleños de un supuesto plan de exterminio. La mayor parte de estos refugiados no recibe ninguna clase de ayuda de las organizaciones internacionales. Es una de las mayores catástrofes humanas del mundo y, pese a ello, una de las más olvidadas.

Campos de refugiados: reparto de comida

ruanda
© Alfons Rodríguez

Cada familia –calculada sobre la base de cinco personas– recibe mensualmente un cupo de 60 kilogramos de harina, 20 de frijoles, cinco litros de aceite de palma y 500 gramos de sal. En tres días, 40 camiones repartirán 400 toneladas de víveres del Programa Mundial de Alimentos (PMA) a las 5.000 familias que acoge el campo, que se asienta sobre una colada del cercano volcán Nyiragongo . La multitud espera pacientemente la descarga de los camiones al otro lado de un perímetro de cuerda. Cuando llega su turno, hombres, mujeres, niños y ancianos cargan con los sacos y bidones que les corresponden y avanzan penosamente con ellos hacia sus chozas. Un niño se lanza a mis pies para recoger, una por una, un puñado de legumbres caídas al suelo. La harina de maíz que se distribuye no forma parte de la dieta tradicional de estas gentes, y muchos la llevan a Goma para cambiarla por mandioca.

Mukambu Bugugé Rusagara, de 75 años, sonríe de oreja a oreja sentada a la puerta de su cabaña: “Estoy muy contenta, porque ha llegado la comida”, dice cogiéndome la mano. “Hoy todo está tranquilo, pero no siempre es así. Cuando nos quedamos cortos de comida, estalla la violencia. La gente está desesperada, y te pueden matar por un saco de harina. El mes pasado tuvimos que huir bajo una lluvia de piedras”, explica Rossella Bottone, de 30 años, responsable del PMA.

Aunque resulte chocante, una de las cosas que más reclaman los desplazados en esta zona son martillos. Los necesitan para quebrar la dura costra de lava, aplanar el suelo y así poder dormir sobre un terreno algo más cómodo. Las chozas son simples estructuras semicilíndricas de ramas flexibles cubiertas con follaje. Los más afortunados colocan encima una lona de plástico que les protege de las frecuentes e intensas lluvias. Aquí y allá hay algunos pequeños huertos. Para poder cultivarlos, han tenido que picar y extraer la roca volcánica y traer la tierra fértil desde kilómetros de distancia. En la parte norte del campo hay una zona acordonada con alambre de espino porque del suelo emanan gases volcánicos peligrosos.

La discriminación en las etnias africanas

Pobres entre los más pobres, los pigmeos sufren la discriminación del resto de grupos étnicos. Su zona del campamento, separada del resto donde viven mezclados todos los demás, es, si cabe, la más triste y descuidada. Los niños visten mucho peor y casi todos van descalzos. Namukara Masambo, de 30 años, cuida de sus cinco hijos –el mayor de seis años– y de varios huérfanos. Lleva aquí más de un año, nos comenta mientras amamanta al más pequeño.

Gabriel Kinongo, de 54 años, lo tiene muy claro: “El problema de nuestro país son los políticos. Nuestro Congo es muy rico pero está muy mal explotado”, proclama en medio del gran corro que se ha formado a nuestro alrededor. En efecto, el subsuelo congoleño alberga enormes yacimientos minerales –oro, diamantes, coltan , cobre, cobalto, casiterita, el raro niobio y posiblemente petróleo–, bosques inexplorados cubren la mayor parte del territorio –del tamaño de Europa occidental– y la fuerza del inmenso río que le da nombre podría abastecer de electricidad a todo el continente. Pero su riqueza ha sido su perdición. El Congo lleva más de un siglo siendo saqueado por intereses extranjeros. De la era del marfil a la del coltan, desde Leopoldo II de Bélgica a las multinacionales del teléfono móvil, son muchos los que se han enriquecido explotando sus recursos naturales. Sus habitantes, cuya mortalidad supera en un 60% la media africana, no están entre ellos. Y hay una relación directa entre la explotación minera y la violencia endémica que sufre el país desde su independencia, como destapó un demoledor informe de la ONU en 2002. En él se citaban 114 empresas, en buena parte occidentales, que azuzaban o se aprovechaban del conflicto para engrosar sus beneficios.

Tras el final de la llamada “primera guerra mundial africana” (1998-2003), en la que intervinieron ocho ejércitos extranjeros y decenas de grupos armados y que causó más de cinco millones de muertos –un 11-S diario–, la mayor parte de la RDC vive en una relativa calma. La ONU tiene desplegada allí su mayor misión militar en el mundo: 17.000 hombres autorizados a emplear toda la fuerza que sea necesaria. Pero en el lejano oriente, a 2.500 kilómetros de la caótica Kinshasa, en una de las zonas más densamente pobladas de África , las armas nunca han dejado de sonar. Hay demasiados intereses en juego.

Las cifras de la tragedia

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© Alfons Rodríguez

Ni siquiera tras la firma de un acuerdo de paz “histórico” entre la mayoría de los contendientes el pasado 23 de enero. Después de 17 días de soporíferos discursos en una asfixiante salón de actos universitario, y de discretas negociaciones en un lujoso hotel junto al lago Kivu, el Gobierno de Joseph Kabila y nueve grupos armados firmaron un compromiso para el cese de la violencia, la desmovilización de los combatientes –o su integración en el Ejército– y la interposición de la MONUC entre ellos. Desde enero ha habido 200 violaciones del alto el fuego, cientos de civiles muertos y miles de agresiones sexuales. Pocos guerrilleros han entregado las armas, y la cifra de refugiados sigue aumentando.

A grandes rasgos, el enésimo conflicto en el Congo enfrenta al Ejército gubernamental (FARDC), que cuenta con el apoyo de los cascos azules; a una coalición de somatenes locales (los llamados mai-mai) y a la guerrilla hutu ruandesa (Frente Democrático para la Liberación de Ruanda, FDLR), formada en parte por los antiguos interahamwe (“los que matan juntos”, autores del genocidio de 1994), con las tropas de Nkunda , el Congreso Nacional para la Defensa del Pueblo (CNDP). Las cosas son muy complicadas pues los grupos que combaten al rebelde tutsi también son enemigos entre sí y hay más guerrillas en la región –incluso extranjeras– que permanecen al margen de esta lucha. Todas las facciones se subdividen en grupúsculos al mando de señores de la guerra locales, cuyo principal objetivo es controlar un territorio para vender sus riquezas al mejor postor.

Mal pagados, o no pagados, los soldados viven robando a los civiles bajo su control. Asesinatos, violaciones, secuestros de menores para emplearlos como soldados (ellos) y esclavas sexuales (ellas), quema de poblados, robos y trabajos forzados son crímenes cotidianos de todas las facciones.

Para llegar a Goma viajamos primero a Kinshasa. La gigantesca capital del Congo –más de siete millones de habitantes– recuerda con nostalgia los días en que acogió la “zurra” de Muhammad Ali a George Foreman, aunque en sus gimnasios de boxeo ya nadie sueña con emularlos. De Kin la Belle (“Kin, la bella”) se ha convertido en Kin la Poubelle (“Kin, el cubo de la basura”). Aunque conserva en parte la vida nocturna que la hizo famosa, los rascacielos del Bulevar 30 de Junio se caen a pedazos. Las calles de la capital del Congo son muy peligrosas. La corrupción lo impregna todo. En el mausoleo de Laurent Kabila, padre del actual mandatario, los ebrios soldados de la Guardia Presidencial tratan de sablear a los visitantes. En la otra orilla del inmenso Congo se divisa Brazzaville: son las dos capitales más próximas del mundo. En el puerto fluvial, los discapacitados, exentos de tasas aduaneras, son los reyes del pequeño comercio transfronterizo.

Tras una semana de espera, un descarado soborno para conseguir billete y dos horas largas de vuelo sobre la selva en un avión con piloto uruguayo, nos dejaron en la capital de Kivu Norte. No hay otra manera de llegar que el avión, aunque la siniestralidad aérea del Congo no lo aconseje: ha habido una treintena de accidentes desde 2005. En abril, un DC-9 se estrelló sobre Goma. Todas las aerolíneas del país están en la lista negra de la UE.

África negra: el continente olvidado
© Alfons Rodríguez

40.000 personas en los campos de refugiados

Desde el aire, las orillas del lago Kivu son de una belleza impactante. De cerca, Goma pierde. Situada a 1.600 metros de altitud, justo en la frontera con Ruanda , fue destino vacacional de congoleños adinerados, cuyas villas rodean el lago, y de turistas en busca de los gorilas de montaña del cercano Parque Nacional Virunga . Hoy es una ciudad destartalada y polvorienta en la que los niños recogen agua del lago en la playa du People, rebautizada por las ONG como “del Cólera”. En 1994 saltó a los titulares por acoger a un millón de fugitivos ruandeses, y en 2002 por la última erupción del Nyiragongo, sobre cuya lava traquetean los Land Cruiser de las agencias internacionales, miles de motocicletas indias que prestan servicio de taxi y los rudimentarios chukudú, rústicos patinetes de madera de “patente local” que transportan mercancías. Después regresó al olvido.

A una veintena de kilómetros, Sake fue en diciembre el frente de batalla. Dos veces la tomó Nkunda y dos veces fue expulsado por el ejército y la MONUC. La última vez dejó a 200 hombres en el intento. La carretera, que bordea el lago, pasa entre los campos de refugiados de Buhimba, Bulengo, Mugunga I, Mugunga II y Lac Vert, donde se cobijan más de 40.000 desplazados. La brigada india de la MONUC, con 4.500 cascos azules –o “turbantes azules” en el caso de los sijs– es la encargada de la seguridad en Kivu Norte. Kivu Sur, hoy bastante más tranquila, está en manos paquistaníes. Ironías de la geopolítica: los países encargados de llevar la paz a este rincón de África son enemigos históricos.

Las puertas de la base india en Sake están decoradas con escenas mitológicas y plegarias hindúes. En su interior, y pese a tratarse de un recinto provisional, hay cuidados parterres con flores, una tienda para hacer yoga y un gimnasio. Nos dejan acompañar a una patrulla de ocho hombres que parten en dos todoterreno Mahindra hacia las alturas de Mushake, a 20 kilómetros al noroeste, donde están desplegados medio centenar de indios junto a una veintena de ingenieros surafricanos que tratan de conseguir que la carretera a Masisi, un verdadero barrizal tras las lluvias, merezca tal nombre. A un kilómetro del puesto, los hombres de Nkunda, entre los que hay varios niños, controlan el pueblo. En la barrera cobran tasas a los camiones cargados de madera o de mineral de las minas de Walikale que se dirigen a Goma. Observadores independientes calculan que se llegaron a hacer 10.000 dólares semanales de recaudación.

De Sake parte otra pista hacia el norte que se adentra en el corazón del territorio que un día amenazó Nkunda con independizar como la República de los Volcanes, y donde viven cerca de un millón de personas. A la salida de la ciudad se encuentra la “frontera”. Sólo Médicos Sin Fronteras (MSF) se atreve a cruzarla para asistir a la población bajo control de Nkunda. Recurrimos a ellos para pasar al otro lado. Bajo nuestra responsabilidad, nos permiten viajar en un convoy de tres vehículos.

La carretera asciende lentamente por las verdes colinas de Masisi, un paisaje de pastos y plantaciones de bananeros que cuelgan de las laderas. Como en tantas rutas africanas , apenas pasan vehículos, pero cientos de personas transitan a pie, de un pueblo a otro. Las bicicletas no se montan, se cargan hasta lo indecible de mercancías, con frecuencia de carbón vegetal –combustible cuyo consumo está provocando la deforestación de los Virunga–. No se ve ni un solo animal de tiro, pero sí grandes rebaños de vacas de largos cuernos. Estamos en zona tutsi, un pueblo ganadero al que los demás congoleños consideran ruandés.

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© Alfons Rodríguez

Congo: el índice más elevado de agresiones sexuales

Poco antes de Kirolirwe, actual cuartel general de Nkunda, una tienda vende olorosos quesos. El mismo general explota la finca que hay enfrente. Junto al pueblo hay un campamento con casi 8.000 desplazados. Se dice que Nkunda los usa como escudos humanos. “Si se han atrevido a llegar hasta aquí, sean bienvenidos”, afirma el coronel Claude, que luce un balazo en la mejilla izquierda. Las heridas tardan en cicatrizar en los Kivus.

En Kitchanga se hallan el hospital local y la base en la zona de Médicos sin Fronteras, donde trabajan una treintena de personas. En el hospital de Saint Benoît todos tienen alguna historia terrible que contar. Con voz entrecortada, Habumughisha Ngerageze, de 21 años, dice que su padre, de 61, fue asesinado a bayonetazos hace unos días por las “fuerzas negativas”, término empleado ante la imposibilidad de identificar a los asaltantes de los pueblos. En Kitchanga nos topamos con otra de las lacras de esta tierra maldita. Congo sufre el índice más elevado de agresiones sexuales del planeta. Y los Kivus, el peor de todo el país. Sólo en Kivu Sur se documentan 25.000 violaciones al año, que con seguridad son la punta de un iceberg. Las cometen uniformados y civiles, incluso los desplazados en los campos. Y algunos cascos azules, según ha reconocido la ONU. Y las sufren mujeres de todas las edades, que callan para no sufrir el rechazo de sus maridos y familiares.

La guerra en el este ha extendido este cáncer hasta la náusea. Al anochecer, miles de mujeres abandonan los pueblos y se refugian en el bosque hasta el alba. La violación masiva se ha convertido en un arma con la que desarticular la sociedad del adversario: se le humilla, se destruyen sus familias, se les contagia el sida u otras enfermedades. A ello hay que añadir los embarazos y las terribles fístulas. La ONG local SOPROP trata de ayudar a las víctimas. ”Recibimos de ocho a diez casos diarios, y creemos que se denuncia una cuarta parte de los que se cometen”, señala Thérèse Akwadra, de 42 años, comadrona de MSF que colabora en el centro de acogida. “Intentamos sensibilizar a las mujeres para que vengan aquí. Si lo hacen antes de 72 horas podemos aplicarles un tratamiento preventivo del contagio del VIH.” No hay diferencias. Todos los grupos cometen violaciones.

El sueño de un Congo hermoso

En poco rato pasan por la casa media docena de afectadas. Furaha, de 46 años, fue atacada por milicianos hutu. Es la tercera vez que la violan, y aún se cree afortunada: su marido, con el que tiene cuatro hijos, no la ha repudiado. Los testimonios más duros son los de Manishi y Tuisera, once y doce años, violadas por soldados en Butare.

“Estamos aún lejos del sueño de un Congo hermoso”, afirmaron los obispos congoleños con motivo del 48 aniversario de la independencia nacional. “Sólo queremos la paz, y volver a nuestras casas. Allí teníamos comida, y ropa”, repiten los desplazados. No sueñan con la riqueza que se oculta bajo el subsuelo; se conforman con volver a su miseria de antaño.

El conflicto de Ruanda: una mirada distinta

El fotógrafo Jonathan Torgovnik denuncia en su libro Consecuencias intencionadas las violaciones de mujeres durante el genocidio ruandés. Una mirada distinta, dura, realista.

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© Jonathan Torgovnik

En febrero del 2006 viajé a África para realizar un reportaje sobre el 25 aniversario del descubrimiento del virus del sida, para la revista Newsweek. Mientras estaba en Ruanda, escuché el testimonio de Margaret (nombre ficticio), una mujer violada durante el genocidio en 1994 que contrajo el virus, quedó embarazada y tuvo un hijo. A finales de ese año decidí volver a Ruanda y trabajar en un proyecto personal sobre las mujeres violadas que tuvieron hijos como consecuencia de la violación sistemática ejercida por las milicias hutus. Impresionado, regresé varias veces más durante los años 2007 y 2008, descubriendo más detalles sobre los horrendos crímenes cometidos contra la población femenina.

Durante el genocidio de 1994, las mujeres de Ruanda estuvieron sometidas a una violencia sexual a gran escala, perpetrada por miembros de la infame milicia hutu, conocidos como Interahamwe. Algunas fueron atacadas por individuos, otras fueron sometidas a violaciones por todo un grupo de milicianos. En ciertos casos fueron obligadas a presenciar la tortura y el asesinato de todos sus familiares. Como consecuencia de este terror generalizado, se estima que nacieron unos 20.000 niños y numerosas mujeres contrajeron el virus del sida.

En mi libro Consecuencias Intencionadas he tratado de recoger las historias de 30 de ellas y de sus hijos. Conocer a las víctimas y escuchar sus testimonios es una experiencia emocional muy intensa. Permanecer ante ellas mientras narran la brutalidad que les ha sido infringida por los hombres te revuelve los sentimientos y, como persona, te provoca un gran vacío y te deja exhausto.

El loable objetivo

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© J. Torgovnik

Con mi trabajo quiero mostrar las consecuencias del genocidio, lo que ha tenido que soportar la gente y aún tiene que aguantar hoy en su vida diaria, catorce años después del trágico episodio. Para muchas de estas mujeres, la tragedia todavía no ha terminado. Hay quien me pregunta por qué trabajo en este proyecto. Me dicen que mi labor es encomiable, pero que cuál es el interés de centrarse en algo que ocurrió hace ya casi quince años, cuando hoy día hay mujeres que están sufriendo atrocidades parecidas. A todos ellos les digo lo mismo: las mujeres ruandesas han tardado años en empezar a hablar sobre lo que les pasó, en comenzar su proceso de cura. A las que están padeciendo esta misma violencia hoy en día en diferentes regiones del mundo les llevará años hablar de lo ocurrido, enfrentarse y superar el trauma. Espero que a través de mi trabajo comience una labor de concienciación y sensibilización de la gente ante estas atrocidades.

Profundamente afectado por las consecuencias del genocidio y los desafíos a los que se enfrentan estas personas a diario, por primera vez en mi carrera he sentido la necesidad de hacer algo más allá de la fotografía. Con Jules Shell he creado la Foundation Rwanda (www.foundationrwanda.org), una institución sin ánimo de lucro cuya finalidad es mejorar la vida de los niños y sus madres. La fundación proporciona fondos para la educación secundaria de los niños, ofrece ayuda médica y psicológica a las madres y conciencia sobre las consecuencias del genocidio y de la violencia sexual a través de la fotografía y nuevos medios tecnológicos.

Todavía hoy, las secuelas del genocidio siguen persiguiendo a las mujeres, mientras ellas luchan por rehacer sus vidas. Se enfrentan a grandes dificultades: el estigma de la violación, la discriminación por tener sida y la dificultad de vivir en una comunidad que no ha resuelto todavía las atrocidades experimentadas durante la guerra. Algunas de ellas han sido incapaces de aceptar a sus hijos, producto de la brutalidad a la que fueron sometidas. Otras sí lo han hecho, pero en algunos casos la decisión de quedarse con el niño ha causado el rechazo de los propios familiares hacia ellas y hacia los críos. Los marginan debido a la vergüenza y al estigma de la violación. En Ruanda, donde las familias extensas forman la columna vertebral de la vida comunitaria, tal alienación resulta devastadora para madre e hijo. Ese rechazo por parte de los pocos familiares que en general han logrado sobrevivir les provoca una profunda convulsión interior. Ellas sienten que han perdido su dignidad, que están solas, sin apoyo emocional ni financiero.

Ruanda quizás haya sobrevivido al genocidio y a la brutalidad, pero la existencia de muchos de sus ciudadanos es aún de una fragilidad extrema.

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© Jonathan Torgovnik

Congo: el negocio maldito del coltan

Se trata de un mineral imprescindible para la industria de aparatos eléctricos, las centrales atómicas y los teléfonos móviles; un “oro gris” que podría traer prosperidad a los congoleños. Sin embargo, guerrillas locales y empresas multinacionales han comenzado a disputarse su explotación sin importarles el coste humano.

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© Alfons Rodríguez

Hasta hace poco mas de 20 años Bukavu era una de las ciudades más hermosas del Congo, extendida a orillas del lago Kivu, con calles muy limpias, cuidados jardines y altivos palacetes, recuerdo de un pasado esplendor de próspera y pacífica capital colonial. Pero en la actualidad se ha convertido en un lugar infecto de edificios en ruinas, callejuelas por las que vagabundean perros famélicos y montañas de basura, superpoblado por culpa de una masiva inmigración de campesinos que se han visto obligados a abandonar sus hogares por las interminables y sanguinarias guerras. La antaño denominada “Perla del Congo” no cuenta ya ni con un hotel en el que funcione con normalidad el aire acondicionado, pero sus inhóspitas habitaciones se echan de menos en cuanto se pone el pie en la bochornosa avenida Patricio Lumumba con el fin de trepar a una renqueante camioneta sobre la que bordear el lago y recorrer medio centenar de kilómetros. En ellos, uno aseguraría que el conductor va buscando a propósito cada uno de los innumerables baches del serpenteante sendero de tierra roja que se abre paso entre altas palmeras, gigantescos árboles o espesas lianas.

Tras vadear un riachuelo cuyas aguas superan los cubos de las ruedas, se desemboca al fin en un intrincado valle en el que parte de los árboles han sido arrancados de cuajo a base de dinamita. La inmensa mayoría de los seres humanos que van apareciendo fantasmagóricamente aquí y allá son muchachos, casi niños, que a menudo se introducen a gatas por estrechas y peligrosas grietas talladas en los taludes de las lomas, donde corren el riesgo de quedar sepultados por un súbito desprendimiento de tierra. Cubiertos de polvo y barro, famélicos y con los ojos enrojecidos, semejan un ejército de “zombies” que por unos instantes observa a los recién llegados como si provinieran de otro planeta.

Congo, en guerra desde 1998

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© Alfons Rodríguez

Y cabría asegurar que así era, puesto que aquel horrendo lugar parece corresponder a un planeta muy lejano, con un ligero parecido al ambiente de las viejas películas de buscadores de oro del oeste americano, con la única diferencia de que lo que buscan entre la arena de aluvión no son pepitas de oro, sino pequeñas piedras que contengan coltan.

De color azul metálico, “coltan” es una palabra formada por la abreviatura de columbita-tantalita, un valiosísimo mineral del que se extrae el tantalio, un componente que presenta una gran resistencia al calor así como extraordinarias propiedades eléctricas. En la actualidad, el principal productor de coltan es Australia, pero si bien existen reservas probadas o en explotación en Brasil y Tailandia, la República Democrática del Congo posee cerca del 80% de las reservas mundiales estimadas. Según informes de agencias internacionales, la exportación de coltan ha financiado a varios bandos de la llamada Segunda Guerra del Congo, un conflicto con un balance de más de cuatro millones de muertos. Ruanda y Uganda exportan coltan robado en el Congo a diversos países, donde se utiliza en la fabricación de elementos de alta tecnología imprescindibles para teléfonos móviles, reproductores de DVD, consolas de videojuegos, ordenadores personales, estaciones espaciales, naves tripuladas que se lanzan al espacio y armas teledirigidas.

La columbita y, sobre todo, el tantalio están considerados metales altamente estratégicos. Por ello se entiende que exista en el Congo una guerra desde 1998, que sus vecinos, Ruanda y Uganda, ocuparan militarmente parte del territorio congoleño y que hayan muerto millones de personas. No hace falta tener muchos conocimientos de derecho internacional para afirmar que esta guerra constituye la mayor injusticia , a escala planetaria, que se está cometiendo contra un Estado soberano. La historia nos ha deparado muchos ejemplos de asalto y hasta de ocupación militar de un país independiente, pero lo que no se había hecho desde la invasión de países europeos por la Alemania de Hitler, era la ocupación pura y dura de un territorio con el fin de aniquilar a sus ciudadanos y explotar sus recursos minerales.

Según las naciones unidas, el ejército Patriótico Ruandés ha montado una estructura para supervisar la actividad minera en Congo y facilitar los contactos con los empresarios y clientes occidentales. Traslada en camiones el mineral a Ruanda donde es tratado antes de ser exportado. Los últimos destinatarios son Estados Unidos, Alemania, Holanda, Bélgica y Kazajistán. La Sociedad Minera de los Grandes Lagos tiene el monopolio en el sector y financia al movimiento rebelde Reagrupación Congoleña para la Democracia, que cuenta con unos 40.000 soldados, apoyados por Ruanda.

Coltan: el diamante de sangre

Hace unos años ganaban unos 200.000 dólares al mes (135.000 €) con la venta de los famosos “diamantes de sangre”. Con el coltan ganan más de un millón en el mismo periodo de tiempo. Informaciones de las Naciones Unidas revelan que el tráfico lo organiza la hija del presidente kazajo, Nursultan Nazarbayev, casada con el director general de una empresa que extrae y refina uranio, coltan y otros minerales estratégicos en el continente negro. Este negocio internacional está empobreciendo a los ciudadanos de uno de los países más ricos de la Tierra, por lo que el Servicio de Información para la Paz Internacional ha realizado un estudio sobre las vinculaciones de empresas occidentales con el coltan y, por tanto, con la financiación de la guerra en la República Democrática de Congo.

Alcatel, Compaq, Dell, Ericsson, HP, IBM, Lucent, Motorola, Nokia, Siemens y otras compañías punteras utilizan condensadores y componentes que contienen tántalo; también lo hacen las compañías que fabrican estos componentes, como AMD, AVX, Epcos, Hitachi, Intel, Kemet o NEC. Ellos son, en primera instancia, los culpables de una guerra no por olvidada menos dramática, con el agravante de que se teme que sobre la República Democrática de Congo pese la amenaza de la división en varios estados, lo que facilitaría la explotación de sus recursos.Ya lo denunció en su día Monseñor Christophe Munzihirwa, arzobispo de Bukavu. Y por esas simples declaraciones fue asesinado por el ejército ruandés.

El conflicto en Darfur

coltan

Las cámaras de Álvaro Ybarra Zavala, Stanley Greene y Linsey Addario han sido testigos de la tragedia en Darfur. Hasta el 7 de junio, su trabajo fotográfico compone Darfur: Imágenes contra la impunidad. 80 impactantes instantáneas que forman parte del Festival SevillaFoto.

La nueva exposición "Darfur: Imágenes contra la impunidad" muestra la trágica realidad de este conflicto a través de las fotografías de tres fotoreporteros de prestigio: Álvaro Ybarra Zavala , Stanley Greene y Linsey Addario. El proyecto, promovido por Caja Mediterráneo, consiste en una exposición itinerante con 80 imágenes donde se plasma la impronta de cada uno de los autores. Las fotografías retratan el conflicto de una forma cercana y sensible. La primera parada de la exposición es Sevilla y se enmarca dentro del festival SevillaFoto. Los próximos destinos serán Alicante, Palma de Mallorca y Castellón. La muestra destina sus beneficios a la promoción y apoyo de entidades sociales y humanitarias de Caja Mediterráneo.

Darfur, tensiones entre una población

África negra: el continente olvidado
© Stanley Greene/Noor Images

El conflicto de Darfur, región del este de Sudán, comienza en 2003, cuando se agudizan las tensiones entre la población negra y la de origen árabe, ambas mayoritariamente musulmanas. El germen del problema se cuece en 1980 cuando se producen importantes enfrentamientos entre ambas poblaciones. Las etnias africanas más importantes son los fur, los zaghawa y los masalit. El aumento demográfico de todas ellas y la terrible sequía aumentan la competencia por los escasos recursos de Darfur. La llegada al poder en 1989 de un régimen militar de corte islamista favorece a los grupos étnicos árabes frente a los agricultores negros. La hostilidad crece con la llegada de más población árabe procedente de Chad, Malí y Mauritania.

Ante este panorama dos grupos africanos rebeldes: el Movimiento Justicia e Igualdad (JEM) y el Ejército de Liberación de Sudán (SLA) acusan en 2003 al Gobierno sudanés de oprimir a la población negra y atacan las comisarías.

En febrero de 2003 el Gobierno recurre a la fuerza aérea y a los yanyauid, ganaderos árabes nómadas armados. Así nacen los llamados "demonios a caballo" que por las noches arrasan los poblados de los agricultores negros, matan a los hombres, violan a las mujeres, roban sus víveres y queman sus casas, según observadores internacionales de la ONU.

Campos de refugiados

Estos ataques provocan un éxodo masivo a los campos de refugiados del Chad. Sin embargo, ante la creciente hambruna y los reiterados ataques de los yanyauid, los refugiados se trasladan a nuevos asentamientos en la frontera este de Chad. Se trata de más de un millón de refugiados repartidos en doce campos asentados a lo largo de 700 kilómetros de desierto fronterizo. Llevan allí más de cinco años viviendo.

Según informes de la ONU "la violencia sexual contra las mujeres constituye un fenómeno generalizado, que no sólo trata de humillar y atemorizar a la población femenina, sino que persigue aumentar de este modo la población árabe".

Hoja de ruta de los conflictos en Darfur

guerra
© Álvaro Ybarra Zavala

La tensión entre las ONGs y el Gobierno sudanés, que las considera a estas organizaciones testigos incómodos, se rompe con la decisión de expulsar a trece de ellas del país, lo que está provocando que millones de personas se vean privadas de atención sanitaria, agua y alimentos. Tanto Naciones Unidas, como la Unión Africana, enviaron tropas en 2004 con el fin de supervisar el alto el fuego que no cumplió el Chad.

En 2005 una comisión internacional comprobó la existencia continua de violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos en Darfur y constató que el sistema de justicia sudanés carecía de capacidad y de voluntad para abordar estos crímenes.

En julio de 2008 el fiscal de la Corte Penal Internacional presenta cargos contra el presidente Omar al-Bashir por crímenes de guerra, de lesa humanidad, así como cargos por genocidio. La sentencia llega en marzo de 2009. El Gobierno de Jartum responde entonces con la expulsión efectiva de las trece ONGs, a las que acusa de colaborar con la Corte Penal Internacional.

Según las cifras de las Naciones Unidas más de 300.000 personas han muerto en Darfur como resultado de enfrentamientos, enfermedades y hambrunas a lo largo de los últimos seis años y al menos, 2,7 millones de personas han sido forzadas a abandonar sus hogares. Esta dura realidad ha llegado en forma fotográfica a Sevilla.

Uganda, el gran desconocido de África

Un país pobre, hambriento, entristecido por las múltiples guerras que le han asolado. Uganda es uno de los estados menos conocidos y sus refugiados, de los más olvidados. El fotógrafo Dima Gavrysh nos deleita con una serie de maravillosas, realistas y cruentas fotografías en blanco y negro.

Uganda está dividida en 78 zonas, 78 regiones de naturaleza en estado puro, de virginidad medioambiental. Sin embargo en las caras y las manos de sus ciudadanos se puede observar la marca del tiempo, de las guerras, de los conflictos bélicos. Un panorama no siempre placentero, a pesar de la delicadeza y el buen gusto fotográfico de su autor, Dima Gavrysh, que consigue en cada instantánea remover el alma.

Dima Gavrysh

El fotógrafo Dima Gavrysh nació en Ucrania, aunque actualmente está afincado en Nueva York. Empezó su carrera en la capital de su país natal, Kiev, y en la actualidad trabaja para las mejores agencias y periódicos internacionales. En los últimos diez años ha realizado fotos tanto para organizaciones sin ánimo de lucro (Médicos sin Fronteras y el Fondo de Población de las Naciones Unidas) como para las mejores agencias de prensa del mundo (Associated Press, France Press, European Press-Photo Agency, Reuters, etcétera). Actualmente es colaborador habitual de Associated Press, Bloomberg News y el prestigioso periódico New York Times.

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© Dima Gavrysh

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© Dima Gavrysh

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© Dima Gavrysh

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© Dima Gavrysh

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© Dima Gavrysh

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© Dima Gavrysh

África negra: el continente olvidado
© Dima Gavrysh

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© Dima Gavrysh

2 comentarios - África negra: el continente olvidado

@ManuMalzo +1
Buen post! es una realidad mundial que nunca ahi que olvidar.
@Danisad94 +1
Estos son los post que en verdad merecen ser top! que la gente lo vea y se concientice de lo que pasa en ese continente.