Soldado universal

Nacieron en Uruguay pero emigraron a Estados Unidos y se juegan la vida por el Ejército de ese país. Pelearon en Irak y Afganistán y conviven con el peligro y la nostalgia.


Soldado universal..made in Uruguay
SEBASTIÁN CABRERA

Cada vez que le llega una encomienda a Kabul, Jorge Sebastián Giovannini sabe que ahí vienen los alfajores triple Portezuelo, la yerba mate y las galletitas de El Trigal que le mandan sus padres desde Miami. Esas galletitas, esos alfajores y esa yerba le traen recuerdos de su Colón natal, el barrio montevideano donde se crió y del que se fue siendo casi un niño, a los 13 años. A esa edad emigró junto a su familia a Estados Unidos. En Miami, ahora lo espera su hija Kaicheyn Donata, de cinco años.

Él tiene 25 y hoy integra el grupo 7 de fuerzas especiales del Ejército de Estados Unidos, especializado en acciones de contrainsurgencia y que, con la guerra al terrorismo, desembarcó en Irak y Afganistán. Giovannini cumple una misión en Kabul desde el 18 de febrero, como parte de la operación "Libertad Duradera" que lleva adelante Estados Unidos desde 2001.

Y antes, en 2007, estuvo un año en Bagdad, Irak, donde las bombas le explotaban a su lado en los patrullajes callejeros y fue bombardeada la base militar en la que vivía. Pero pudo contar la historia. Esa historia que es similar a la de miles y miles de latinoamericanos que integran algunas de las fuerzas armadas de Estados Unidos (el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y el cuerpo de Marines). Porque estar allí les asegura los papeles, un ingreso económico interesante y, claro, la ansiada estabilidad para sus familias.

De hecho, el número de hispanos en el Ejército crece desde hace años. En 2001 representaba el 9,7% de los efectivos y hoy supera el 15%. Está claro que, en relación a otros países latinoamericanos, muy pocos uruguayos han decidido dedicar su vida a pelear por Estados Unidos. Quizás no más de algunas decenas. Pero ni la embajada de Uruguay en ese país, ni la Cancillería ni el Departamento de Defensa de Estados Unidos pudieron informar una cifra exacta. Qué Pasa contactó a tres.

Giovannini llegó a Estados Unidos el 29 de setiembre de 2000 con su padre Elio, que era taxista en Montevideo, y su madre Alicia Gómez, peluquera. La crisis económica aún no había estallado en Uruguay pero las cosas venían mal. Y decidieron emigrar.

Más adelante, cuando aún no había terminado lo que aquí sería el liceo, se integró a la reserva de la Fuerza Aérea. Pero todavía no era un ciudadano legal de Estados Unidos y, con 19 años, se casó con una novia de la escuela para tener los papeles. Tuvieron una hija, mientras empezaba a trabajar en un banco.

En aquella época con la que entonces era su esposa comprobaron que no les daba el dinero para mantener a la niña y pagar los seguros médicos. Justo le llegó un folleto "del Army" y averiguó. "Esto me conviene, porque me da seguridad", le dijo a su madre. Siempre le había gustado lo militar y, de hecho, su abuelo integró el Ejército uruguayo. Hoy gana unos cinco mil dólares por mes.

Giovannini pasó primero por un entrenamiento básico, luego un curso avanzado y finalmente fue alistado en la base militar de Fort Bragg en Carolina del Norte, donde funciona una de las unidades más grandes de paracaidismo. Allí ya no podía tener contacto familiar, casi como si estuviera en la guerra.

No había pasado medio año desde que inició la formación y a inicios de 2007 Giovannini ya se aprontaba para ir a Irak como cabo. En Bagdad vivió los 12 meses del que fue el año más violento desde el inicio de la ocupación en 2003. El número de muertos se disparó: en 2007 murieron 904 militares estadounidenses (de un total de 4.422 en todo el período). La cifra, de todos modos, es irrisoria si se la compara con los iraquíes muertos. Solo entre 2003 y 2009 murieron 109.000, 63% de ellos civiles. El aumento de la violencia en 2007 se debió a una ofensiva de la insurgencia chiita en las principales ciudades del país así como a los ataques de células yihadistas que operaban en Irak.

El 10 de enero de ese año el presidente George W. Bush declaró que la prioridad más urgente para el éxito en Irak era la seguridad y anunció como la piedra angular de su estrategia el envío de 21.500 soldados. Uno de ellos era Giovannini.

ROCK Y BALAS. En su primera misión se movía en vehículos todo terreno Hummer, con ametralladora arriba, por las calles de Bagdad. Adentro, él y sus tres compañeros tenían radares y computadoras. Y sonaba rock a todo volumen, desde Bon Jovi, Aerosmith, AC/DC hasta los Beatles, que le gustan a todo el mundo. En una segunda etapa Giovannini fue guardaespaldas de un coronel y un sargento mayor

"El me decía `quedate tranquila mamá que estoy bien`. Pero guerra es guerra", dice Alicia, su madre, quien es peluquera en Miami. Su esposo trabaja en una licorería. Ellos no lo saben, aunque se lo imaginan: su hijo pasó por un par de situaciones límite.

"Cuando salís de una base militar estás cien por ciento en peligro, no importa qué cerca estés de la base", dice Giovannini por teléfono desde la medianoche de Kabul. "No es una guerra como veías en las películas de Vietnam. Estos son ataques muy certeros, con increíble precisión".
uruguayos
Varias veces le explotaron bombas cerca, de esas que están enterradas bajo tierra, cuando manejaba por la carretera en el Hummer. "Gracias a Dios nunca me dio una bomba directa al vehículo. Pero más de una vez explotó a unos pocos metros", cuenta él, con naturalidad. "Sentís la vibración pero no es el calor de la bomba que te pega directo. Porque si explota abajo del vehículo, te desintegra y te derretís dentro del auto", cuenta él.

También le dispararon y él también disparó muchas otras veces. Pero la vez que más se asustó fue cuando la base militar en la que vivía sufrió un ataque de misiles. Ese día sonó la alarma, todos bajaron a los "bunkers" y hubo muchas explosiones. "Fue una atrás de la otra, cada vez más fuerte. Me asusté mucho", recuerda hoy.

Un amigo suyo, Slater, con el que compartió la especialización en Carolina del Norte y la base en Bagdad, murió en aquella estadía. Justo aquella semana se habían peleado. "Pero el día anterior, producto del destino, Dios, o vaya a saber qué, nos reconciliamos", dice Giovannini. Unas horas después le avisaron que lo habían matado.

Es obvio que sus recuerdos de Bagdad no son demasiado agradables. "Sucio, está todo sucio. Es una ciudad fea", dice. "Hay cables por todos lados. La infraestructura está hecha pedazos". Y la relación con los iraquíes variaba según la zona: "Podías estar en un barrio que te querían y te ayudaban. Y en otro te dabas vuelta y estaban llamando a alguien para que te la viniera a dar".

En marzo de 2008 regresó a Estados Unidos y, tras varios años de capacitación, voló a Afganistán en febrero por seis meses.

Ahora es sargento, tiene personal a cargo y la misión es muy diferente porque el terreno también es muy diferente. Es un país más atrasado, menos urbano, y, según Giovannini, la gente "es menos civilizada". Por razones de seguridad, no puede dar detalles de su misión actual, pero sí relata que está vinculada a que el equipamiento y la comida llegue desde las bases centrales a bases más aisladas.

Lo que más extraña son sus amigos y su pequeña Donata. Igual le mandan fotos y habla con ella una vez cada tanto. Sus padres se comunican por e-mail o skype y él, cuando, puede los llama. En la próxima encomienda, además de lo de siempre, le mandarán una caldera eléctrica porque precisa algo para calentar el agua y arroz integral.

En las horas de descanso, juega a las cartas, al pool o al ping pong. Va al gimnasio, escucha música (sobre todo country y latina; rara vez algo de Uruguay) y lee sobre aviación. El termo y mate es infaltable. "Sebastián ama Estados Unidos, creció acá, pero también ama sus raíces", relata su madre. Él dice que será "uruguayo para siempre", aunque se fue pequeño y las veces que ha vuelto se da cuenta que ya no es tan uruguayo como pensaba.

En Afganistán no ha pasado, ni de cerca, por situaciones tan peligrosas como las que vivió en Irak en 2007.

UN CAMBIO IMPORTANTE. Matías Ferreira no puede decir lo mismo que Giovannini. Cuando le faltaba un mes para volver a Estados Unidos, perdió las dos piernas, de la rodilla hacia abajo. Eso fue el 21 de enero de 2011, un día que marcó su vida, al punto que su casilla de correo electrónico lleva los números 01212011.

Ferreira se crió en el Cerrito de la Victoria y emigró junto a su familia a Atlanta en 1996, cuando tenía apenas seis años. Trece años después comenzó el curso de marine, lo que lo convirtió en un ciudadano estadounidense de verdad, además de francotirador y experto en el manejo de armamento pesado.

En setiembre de 2010 llegó a Helmand, una provincia en el sur de Afganistán, donde dormía siempre vestido y con la metralleta pronta al costado del catre. Ese 21 de enero, en una de las tantas recorridas de control e inspección, pisó una mina casera en el techo de una casa. "De repente estaba gritando y no sabía lo que pasaba", contó dos meses más tarde a El País. "Tuve mucho miedo, sentí que me moría", recordó entonces.

Desde aquel momento intenta rehacer su vida. Ahora, con 23 años, camina gracias a una prótesis, cobra una pensión especial que le paga el gobierno de Estados Unidos y está en trámite su retiro.

Desde enero estudia para ser paramédico en una universidad de Washington. Dice que, en parte, lo hace porque ese era el deseo de un compañero suyo que se llamaba Edwin González, un portorriqueño que también pisó una bomba en Afganistán, pero que murió en el instante.
a la guerra
"Yo no me arrepiento" dice Ferreira, mientras maneja desde Washington -donde vive- al estado de Maryland, donde estudia. "Acá ser francotirador de los marines es algo muy grande, muy especial, es una emoción lograr lo que lográs".

Le cuesta hablar en español. Su acento tiene una rara mezcla de estadounidense con el uruguayo que hablan sus padres y el acento centroamericano de muchos de sus amigos. "Fue mi decisión ir y meterme en `el militar`, ¿viste?", dice el ex marine. "Defender a este país me trajo los papeles, una gran oportunidad, no puedo culpar a nadie", reflexiona ahora.

Hoy sigue vinculado a los marines: da charlas motivacionales a jóvenes que quieren ser militares. "Hay muchos chiquilines que no saben en qué se meten. Así que les decimos que se concentren, que no tengan distracciones y les contamos cómo es la vida después de un accidente", dice él. Y, cuando cuenta su caso, relata que la vida cambia, pero le asegura a esos futuros marines "que uno puede regresar a ser normal" aunque tenga un accidente como el que vivió.

REZO POR VOS. Sergio Manancero llegó esta semana a la misma provincia de Helmand donde Ferreira tuvo el accidente en 2011. Con 21 años, su trabajo consiste en manejar camiones y robots que buscan minas en el desierto.

Y desde Minneapolis, Minnesota, su madre, Estela Villagrán, reza cada día por él. Ella integra la arquidiócesis de la ciudad y emigró desde Colonia del Sacramento a Estados Unidos en 1981. "Lamentablemente a Sergio siempre le interesaron las fuerzas militares, en contra de mis deseos", dice ella, con una voz llena de resignación. Su marido también es de Colonia pero emigró en la década de 1960. Y apoyó desde el primer momento la incursión de Sergio en los marines.

La familia Manancero vive cerca de la ciudad estadounidense de Montevideo y todos los años participa allí de los festejos del natalicio de José Artigas. Llevan comidas típicas y bailan el pericón. Sergio ha desfilado varias veces de gaucho.

Él nació en Estados Unidos. De chico jugaba con soldaditos de plástico y en la escuela memorizaba hasta el tipo de armas que se había usado en cada batalla. Apenas salió de la secundaria firmó para entrar en los marines. Pero antes de viajar, con 18 recién cumplidos, pasó la Navidad en Uruguay y prometió que en dos años volvería a Colonia. Aún no lo hizo.

A la vuelta viajó a Afganistán por primera vez y estuvo allí medio año. Ahora acaba de regresar a ese país. Su madre está más tranquila porque el martes recibió el primer mail, unas horas después de que haya pisado suelo afgano. Y ya está pensando en enviarle una encomienda con papas fritas, chocolate, caramelos y café instantáneo.

A miles de kilómetros de distancia de Helmand, en la periferia de Montevideo, Ricardo sueña con estar ahí, buscando minas y luchando "con el mejor ejercito marine" del mundo. Pero, muy a su pesar hace siete años que integra un Ejército. El uruguayo. Y no es lo mismo.

Entra seguido a las páginas web donde hay videos y publicidades incitando a enrolarse en alguna de las fuerzas de Estados Unidos. En uno de esos sitios web hay decenas de mensajes de latinoamericanos, sobre todo colombianos y mexicanos, que suplican por entrar al ejército estadounidense. También hay uruguayos.

Alvaro, uno de ellos, cuenta allí que tiene experiencia en el Ejército uruguayo, pero ahora vive en México. "Por favor, espero su respuesta. Necesito ser de la Army", dice ahí. Ricardo también dejó un mensaje con su dirección de correo electrónico. Pero hasta ahora no ha tenido suerte, nadie le respondió.

"Yo amo a mi país y estoy en el Ejército de acá, pero es un desastre. Nada que ver con el de Estados Unidos", cuenta Ricardo, de 28 años. "Es un sueño que tengo desde que era gurí... Irme para allá", dice y pide por favor que no se difunda su identidad para no perjudicarlo. Sus superiores podrían sancionarlo.

En el Ejército uruguayo cobra 10.000 pesos por mes, unos 500 dólares, diez veces menos de lo que ganaría allá. Pero también es verdad que acá Ricardo nunca será atacado con misiles ni bombas. Nunca esperará los alfajores, galletitas ni yerba que le mandará su madre. No estará días enteros buscando minas en el desierto. Y no será un uruguayo peleando una guerra tan lejos de casa.
Se salvó de la guerra
por usa
A inicios de 1991, Julio Barrios estaba a punto de viajar a la guerra del Golfo Pérsico junto a su unidad del Cuerpo de Infantes de Marina de Guerra. Pero justo le avisaron desde Montevideo que su madre estaba grave y decidió venir de apuro a Uruguay. "Ella me salvó de ir a la guerra, pero hubiera preferido ir y que ella no hubiera muerto", dice Barrios, un montevideano que emigró a Estados Unidos en 1981, cuando tenía 18 años. Se retiró de la Marina en 1992 porque las piernas ya no le respondían y empezó a cobrar una pensión. Desde hace un año y por temas familiares, está en Uruguay y vive en el Buceo.

"Me llena de orgullo haber sido miembro de la Marina de Guerra", dice hoy. Y cuenta que, como se ha especializado en la mecánica de aviones, se contactó por correo electrónico un par de veces con la escuela técnica de aeronáutica ofreciendo ser instructor o simplemente contar su experiencia. "Pero nunca me respondieron", dice.
Segunda guerra
donde fueron a parar
Uruguay ha sido históricamente neutral, pero igual ha habido militares uruguayos que participaron en guerras. En la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, se destaca la historia de Julio Gil Méndez, nacido en Soriano, quien se enroló con los aliados. Primero estuvo en Londres, donde -según cuenta el portal montevideo.com- ayudó a remover escombros de los bombardeos, ayudar a heridos y rescatar cadáveres. Luego hizo un curso de piloto y participó en bombardeos en Africa, Italia, Francia y Alemania. En tanto, el 8 de marzo de 1942 el mercante de bandera uruguaya "Montevideo", con unos 50 hombres a bordo, fue impactado por torpedos y fuego de artillería de un submarino italiano en el Caribe, según recuerda una nota del diario La República. El ataque dejó el saldo de varios heridos y 14 muertos. Se supone que fueron las únicas víctimas uruguayas de la guerra.Soldado universal..made in Uruguay
28.000

militares estadounidenses participan hoy en la operación "Libertad Duradera" en Afganistán.
1.922

estadounidenses fallecieron en la operación desde 2001, según las cifras oficiales de ese país.
14.000

civiles es la estimación mínima de muertos en Afganistán. Hay quienes hablan de 20.000.
4.422

estadounidenses murieron en la guerra de Irak. Los iraquíes muertos fueron más de 100.000.