Grabada en exteriores con óptica de cine, la serie que se estrena hoy a las 9 de la noche, cuenta con 1300 actores y cerca de 450 locaciones en Bogotá, los Llanos Orientales, Medellín, la Costa Atlántica y Miami.

Con la producción general de Juana Uribe, vicespresidenta de Caracol Televisión, se realiza la versión libre del libro ‘La parábola de Pablo’, escrito por el periodista y exalcalde Alonso Salazar, alimentada de varios documentos periodísticos y testimonios reales.

Andrés Parra encarna al temido capo Pablo Emilio Escobar Gaviria en la nueva producción ‘Escobar, El patrón del mal’, que fue lanzada a los medios de comunicación del país el martes de la semana pasada en las instalaciones del diario El Espectador, en Bogotá.

Cuenta con un elenco de lujo encabezado por Angie Cepeda, Nicolás Montero, Vicky Hernández, Christian Tappan, y Germán Quintero, entre otros. Bajo la dirección de Carlos Moreno y Laura Mora.

La serie detalla los pormenores que lo llevaron a convertirse en el líder máximo del cartel de tráfico de cocaína más importante en los años 80 y en consecuencia a poner en jaque al Gobierno Nacional a punta de terrorismo y corrupción.



Su protagonista

Parra, el actor que se dio a conocer en Colombia por su rol de ‘Anestesia’ en la serie El Cartel, indicó a El Universal que tiene su personaje tan interiorizado que sueña constantemente con él, un sueño repetitivo en el que Escobar lo llama por su nombre.

“Es muy difícil admirar algo de Pablo, eso es lo que lo hace tan especial para interpretar, hice una recopilación de todo el audio que hay y lo metí en mi telefono para irle encontrando el tono... Me lo he soñado constantemente hubo un momento en que sí soñaba con él dos veces al día, en mi sueño el está con el vestido del Congreso... es la misma situación siempre está como sentado en una sala hablando sólo me acuerdo que me llama por mi nombre”, revela el actor de 34 años que asume el reto de protagonizar al delincuente más famoso del país.

Se destaca la caracterización del mafioso por la similitud tan bien lograda, un trabajo ardúo del equipo de producción que mandó incluso a hacer la peluca rizada y la barba (que lució en sus últimos días el asesino) en California (Estados Unidos) por un valor cercano a los 2.300 dólares.



Rigurosidad histórica

También sobresale la rigurosidad histórica del hilo conductor de la serie pues quedó grabada en el imaginario colectivo de los colombianos.

Juana Uribe, Vicepresidenta de Canal de Caracol Televisión y Camilo Cano, nieto del recordado Fidel Cano fundador de El Espectador, decidieron llevar a la pantalla una serie sin precedentes.

“Muchos de los que sufrimos el terrorismo de la década de 1980 y principios de 1990 estamos vivos de milagro. En mi caso, él secuestró a mi mamá (Maruja Pachón) y mató a mi tío (el candidato presidencial Luis Carlos Galán) y en el caso de Camilo Cano, asesinó a Guillermo, su papá, director de El Espectador y puso una bomba que destruyó las instalaciones del periódico”, afirmó Juana Uribe.

En esta producción se tuvo un cuidado muy especial en la elección del elenco.

Un caso concreto fue el de Nicolás Montero, quien por su experiencia y capacidad actoral fue elegido para darle vida a Luis Carlos Galán.

“Es uno de esos personajes que te marcan, es sin duda una gran responsabilidad. Pero es un gusto a la hora de la investigación, comprobar ¡Que sí hay colombianos que no sucumbieron a la corrupción! Galán no claudicó. Infortunadamente pagó con su vida, pero a su vez fue admirado por toda Colombia. No tiendo a ser nacionalista, pero él es de esas personas que uno agradece que hayan existido”, comentó emocionado Montero.

Expuestas quedan entonces las múltiples facetas del capo, un personaje de contrastes, así como sus características psicológicas, sus manías, frases, su respiración, y hasta su forma de actuar.

No obstante, también se develan los personajes que tuvieron el coraje de enfrentarse al llamado patrón del narcotráfico, y especialmente la radiografía de una sociedad que sucumbió en un momento ante el poder del dinero y de un personaje que se relacionaba de manera intimidatoria, siempre frío aunque sin calcular las dimensiones de sus actos.