Más de la mitad de los consultados en el área metropolitana respalda las medidas del gobierno para pesificar las transacciones. El 41% cree que se compran dólares por una cuestión cultural antes que por una decisión racional.



Las cacerolas de la clase media alta libertaria porteña emergieron una vez más de las alacenas en las últimas semanas para rechazar las medidas que comenzó a aplicar el gobierno nacional con el objetivo de iniciar un proceso de pesificación de la economía argentina.
El repudio transformado en ruido a lata tiene entre sus principales sostenes el malestar de los sectores más acomodados de la Ciudad de Buenos Aires por las restricciones que aplicó el Estado para la adquisición de divisa extranjera, medidas que podrían ampliarse si avanzan en el Congreso los distintos proyectos para pesificar las transacciones económicas vinculadas a la compra-venta de viviendas o los alquileres.
Una encuesta exclusiva de Ibarómetro para Tiempo Argentino comprueba que las medidas orientadas a la pesificación tienen un amplio respaldo social. Según el sondeo, el 84,7% de los entrevistados considera positivo empezar a pensar la economía argentina en pesos. Apenas el 11% de los consultados prefiere dolarizar sus ahorros, mientras que el 4,7% no tiene una posición fijada sobre la materia.
El trabajo revela además que más de la mitad, un 52,6%, apoya las iniciativas del gobierno nacional orientadas a promover el ahorro en pesos y no en moneda extranjera. En cambio, el 34% de los consultados está en desacuerdo con que el Ejecutivo promueva que los argentinos ahorren en la moneda nacional y el 13% no opinó al respecto.
La encuesta se realizó el 30 de mayo en el área metropolitana entre 1000 casos de estudio con un nivel de confianza del 95% y un error muestral de más menos 3,1 por ciento.
Pero el estudio va más allá e ilustra que la recurrente búsqueda de dólares de un sector de los argentinos es entendida principalmente (en el 41,7% de los casos) como una costumbre arraigada en la cultura económica argentina más que como una decisión “racional”.
El 35,1% de los consultados, en cambio, entiende que el billete estadounidense es la mejor forma de ahorrar; un 15% se inclinó por otras opciones y el 7,4% de los entrevistados no sabe por qué los argentinos buscan la divisa, incluso en el mercado ilegal.
La semana pasada, el titular de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), Ricardo Echegaray, develó que entre enero y mayo de este año apenas el tres por ciento de la población adquirió dólares en la Argentina.
Según los datos de la AFIP, 1.392.958 personas compraron billetes verdes en los primeros cinco meses del año, lo que representa el 7,5% de la población económicamente activa.
El propio Echegaray reconoció que el gobierno no va a alentar el atesoramiento del dólar, aunque aclaró que esa decisión oficial no alcanza a quienes pretendan hacer inversiones registradas en moneda extranjera, sino a los que buscan el dólara para atesorar.
En esa línea, la presidenta Cristina Fernández dio un paso simbólico y anunció la pesificación de su plazo fijo en dólares, adhiriendo así a una campaña iniciada por el periodista Víctor Hugo Morales.



Presiones cambiarias:

La diferencia entre el dólar en el mercado oficial y el que se negocia en el circuito ilegal alimenta la especulación en la city sobre una fuerte devaluación, versión que impulsan economistas del establishment.

Por Cristian Carrillo

La brecha entre la cotización oficial del dólar y la del segmento ilegal gatilló el debate sobre la supuesta pérdida de competitividad de la economía. El establishment financiero reclama una fuerte devaluación. “Deberían decir: queremos que pesifiquen la economía, porque tenemos algún negocito por ahí”, disparó el viernes el viceministro de Economía, Axel Kicillof, en respuesta a esas publicaciones. Cash analizó los costos de una devaluación: los beneficiados serían los grupos concentrados y los que pierden, los trabajadores.

Tras las elecciones presidenciales de octubre último, se instaló de parte de algunos medios la idea de que el tipo de cambio estaba retrasado, sobre todo si se tomaba en cuenta la depreciación del real, una moneda clave por la estrecha relación comercial con Brasil. En primer lugar, la moneda brasileña se encuentra recién ahora en la misma paridad que mostraba en enero de 2009, luego de un fuerte proceso de apreciación que se inició en 2003, cuando se transaba a 4 unidades por dólar, según la serie histórica del Banco Central do Brasil. La Argentina en ese lapso llevó a cabo una devaluación progresiva y constante de su moneda respecto del dólar, pasando de una cotización de 2,90 pesos a los 4,49 actuales.

No obstante, los pedidos por una mayor devaluación se sucedieron sin dar cuenta de la implicancia de esa medida. Una devaluación abrupta se traduce, para quienes viven de su salario o no tienen un ingreso regular, en un aumento del costo de vida. Esta presión se genera por distintos canales. El traslado a precios podría ser directo, a través de los bienes importados, y otro indirecto, debido a la suba en el costo de los insumos importados. Una fuerte devaluación generaría también presiones alcistas sobre la tasa de interés, aumentando el costo del capital de trabajo de las empresas, lo que también se reflejará en un aumento de precios. Para el Gobierno implica la necesidad de mayor nivel de exportaciones para obtener más divisas con las que abonar vencimientos de deuda.

Los exportadores saldrían favorecidos en el corto plazo. ¿Quiénes son los que se benefician? Los banqueros, las transnacionales, los grandes holdings empresarios y quienes tienen sus fondos en dólares en el exterior. Los bancos duplicaron en los últimos dos años sus ganancias, cerrando el año pasado con un resultado de 14.720 millones de pesos, de los cuales 3018 millones fueron obtenidos por diferencias en la cotización entre la moneda local y extranjera. Los bancos y las grandes empresas además abastecen a sus casas matrices, en problemas debido a la crisis global. En el caso de los ahorristas, sólo el 12 por ciento de los mayores de 18 años –unos 3,4 millones de habitantes– realizaron alguna compra de moneda extranjera, de los cuales 1,25 millón lo hicieron por más de 100 mil dólares. Este conjunto de actores son los que protagonizan la fuga hacia los dólares. Muchos obtienen suculentas ganancias vendiendo esas divisas en el mercado negro, ampliando la diferencia en el precio con el oficial y generando un escenario para especulaciones de todo tipo.