Besó de prepo pero se salvó

Los besadores van por todo. Ahora se supo que una empleada de un lavadero de ropas en capital federal acusó a un cliente de “haber abusado sexualmente, dándole un beso a la altura de la boca contra su voluntad”. En buen romance, se queja contra un amable que se pasó de la raya y le estampó un besó cerquita de la boca, ahí nomás, con más picardía que cordialidad.


Robo un beso y ella lo denuncio como abuso sexual



Según relató, “al pasar a su lado, de manera imprevista la besó a la altura de la boca, para luego dirigirse hacia la parte posterior del local. Con temor, ella le dijo que llevara sus prendas”. Estaba sola y no son tiempos fáciles para enojarse, porque nadie sabe cómo reaccionará un rechazado.





Según esa denuncia, al otro día, el besador volvió y “se le acercó en forma exagerada y, de modo intimidante, la miró y le dijo ‘y ahora que hacemos”, mientras miraba con ganas la pila de sábanas. Fue allí que la empleada prefirió cortar por lo sano: dejar a un lado aquello de que el cliente siempre tiene razón, recurrir a la justicia y contarle todo a su novio, que concurrió al local y se agarró a las píñas con el denunciado.





Cuando la justicia lo citó, el simpático se presentó como un mimoso algo confundido. Declaró que siempre besa así y que el acercamiento a la boca fue pura casualidad. Casi la culpa a ella por no haber sabido esquivarlo. En primera instancia el juez Guillermo Carvajal lo declaró culpable y lo condenó a pagarle a la empleada 5.000 pesos por daños. Pero ahora la Sala I de la Cámara del Crimen revocó aquel procesamiento y liberó al lavador.





No es fácil ponerle precio a un beso. ¿Dónde acaba la mejilla y empieza la zona de peligro? Los de la Sala I entendieron que era exagerado multar con 5.000 pesos a un besador furtivo que pegó en el palo. Es cierto que la mejilla debería ser suficiente territorio para tanto besuqueador empedernido. Pero, hay de todo: angelicales que rondan la frente, inoportunos que no miden riesgos y hasta esos que ponen la cara y dejan que la cosa avance como pueda.





La justicia, que tiene asuntos más peliagudos, prefirió archivar la causa y avisarle al cliente que aprenda en lo sucesivo a moderar sus saludos, que cuando lo haga apunte hacia la oreja y que se abstenga de merodear por los labios. Los jueces de la Sala I dicen que no existen pruebas concluyentes.





Es que los besos no dejan rastros, apenas recuerdos. “Sólo contamos con los dichos de ella, que se contraponen con la férrea negativa del imputado”, dedujeron. La justicia quizá no sepa diferenciarlos. Pero ellas saben medir los besos, los tienen perfectamente codificados, distinguen los deseados de los ventajeros.





Y saben que no hacen falta jueces para identificar confianzudos ni para medir cercanías y turbulencias. ¿Que tenía que haber hecho la empleada? ¿Un ADN con la saliva del cliente? ¿Escamotear la boca ante clientes sonrientes? ¿No lavarse la comisura hasta que llegue el perito?

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