La oscura legión de las momias



Los grandes episodios de la arqueología, si tienen embalsamados, sin duda son más atractivos. Leyendas, maldiciones, faraones olvidados y redescubiertos… Tutmosis III, Ramsés II y la ultraestrella Tutankamón alimentan la imaginación y el deseo de protagonizar nuestro propio ‘momento sarcófago’, al estilo de Howard Carter y Victor Loret.



Jacinto Antón

La oscura legión de las momias

El egiptólogo Howard Carter junto a la tumba de Tutankamón en Egipto, en 1922. / The Granger Collection (Cordon Press)




"Vi tal número de ataúdes que sentí que las piernas me temblaban”. Solo puedo hacer mías las palabras del egiptólogo berlinés Émile Charles Adalbert Brugsch (1842-1930), pronunciadas cuando en un tórrido día de julio de 1881 entró en la cachette, el escondrijo de momias reales, de Deir el Bahari (DB 320). En aquella ocasión, Brugsch, en una de las grandes aventuras de la arqueología, aventuras que con momias sin duda lo son más, se dio de bruces con la flor y nata de los faraones egipcios, dispuestos como para pasar revista. Funcionarios piadosos los habían recolocado en ese sitio secreto en la propia antigüedad una vez constatado el saqueo de sus tumbas originales y tras volver a vendar las momias ultrajadas y depositarlas en nuevos sarcófagos, sin olvidarse de ponerles una útil anotación identificativa de cara a la eternidad. Con el correr de los siglos y la inestimable colaboración de una cabra, que ayudó a revelar el escondrijo metiendo la pata en una grieta, los reyes y otras momias que les hacían compañía, hasta un total de medio centenar, fueron encontrados por la peor gente posible: los saqueadores de sepulcros Abd el Rasul. Los tres hermanos Abd el Rasul, pilladores de tumbas decimonónicos, guardaron durante años el secreto del afortunado hallazgo dedicándose a hacer un dinerillo vendiendo piezas del ajuar de las momias y ocasionalmente, parece, incluso una de estas completa. Se cree que esa desgraciada momia real fue comprada por unos viajeros británicos que, perturbados por el hedor del viejo egipcio, lo lanzaron al Nilo. Es difícil decir qué opinarían del imprevisto menú los cocodrilos.

Déjenme rebobinar y volver a la cabra antes de olvidarme para señalar la importancia de la fauna local en la historia de los descubrimientos egiptológicos. De hecho, los textos de las pirámides, en cuyo hallazgo participó precisamente Brugsch, fueron encontrados en puridad por un zorro que se introdujo a través de una cavidad entre los escombros que rodeaban la pirámide en ruinas de Pepi I en Saqqara y al que siguió un capataz árabe; tenemos también el incidente de la Tumba del Caballo (El Bab el Hosan, literalmente “la puerta del caballo”), descubierta por la montura de Howard Carter, Sultán, al caer y abrir un agujero en tierra que condujo a una más bien decepcionante cripta con una estatua de Mentuhotep I, y más recientemente está el caso de la gran necrópolis de las momias doradas de Bahariya, hallada en 1995 por… un burro.

Retomando el inicio y el temblor de piernas de Brugsch entre tantas momias reales, he de decirles que mi gran momento momia, si descartamos la vez que caí sobre un montón de ellas en una tumba destartalada y polvorienta del valle de las Reinas, con grave peligro de infección y sobre todo de infarto, fue la ocasión en que me encontré a solas rodeado de todos esos mismos faraones que tanto impresionaron al bueno del colaborador alemán de Maspero. La suerte y una gran desfachatez me permitieron un día de noviembre de 1993 colarme en la sala del Museo Egipcio de El Cairo en la que se preparaba a las momias reales para su nueva exhibición el año siguiente en vitrinas con modernos sistemas de mantenimiento. Visitaba a la sazón el museo después de haber viajado a Oxirrinco y El Fayum, y al abrirse una puerta por la que salió un funcionario distinguí dentro a Nasri Iskander, uno de los mayores especialistas mundiales en momias. No iba a dejar pasar la oportunidad. Ni corto ni perezoso, entré en la sala y me presenté vehementemente al prestigioso especialista alejandrino como conocido de Zahi Hawass, entonces responsable en alza de la zona monumental de Guiza, y como amigo de Luis Monreal, director aquellos años del Instituto Getty de Conservación (IGC); de Eduard Porta, director del proyecto de restauración de la tumba de Nefertari, y de Frank Preusser, técnico del IGC encargado precisamente de diseñar las nuevas vitrinas monitorizadas, todo lo cual no era solamente asombroso, sino cierto. Sorprendido de mis credenciales y sobre todo de mi arrebatado entusiasmo por las momias, Iskander tuvo la gentileza de presentármelas una a una. No fue un “aquí Tutmosis IV, aquí Jacinto”, pero casi.

Un par estaban ya en las nuevas urnas acristaladas, pero otras, como la de Amenofis III y Ramsés V, yacían en ataúdes de madera cubiertas solo con un sencillo paño que Iskander retiró con gesto de prestidigitador para mostrármelas. Cara a cara con aquellos poderosos reyes divinos de la antigüedad, sin nada entre ellos y yo, excepto el hálito de los milenios, sentí un vértigo –síndrome de Stendhal versión Osiris– que Iskander malinterpretó como un vahído, por lo que se apresuró a preguntarme si quería un té. Imaginé torpemente la imagen para mis memorias de un té entre los faraones y asentí con la cabeza mientras me sentía incapaz de retirar la mirada de aquellos rostros nobles que contemplaron Karnak nuevecito y sin turistas. El atento estudioso salió a por las bebidas y yo me quedé ahí a solas con las momias, meditando algo ingenioso que decirles y de manera más prosaica pensando en que si una se levantaba me daba un pasmo. Cuando Iskander regresó yo no había movido un músculo y parecía tan traspuesto que el científico pareció dudar entre darme el té o meterme también en una urna.


No resisto la tentación de explicarles que no sería la primera vez que una persona moderna se convierte en antigua momia egipcia. Está el individuo anónimo que donó su cuerpo a la ciencia en Baltimore y al que en 1994 el estudioso Bob Brier transformó paso a paso, siguiendo las directrices de los viejos egipcios recogidas por Herodoto (incluida la extracción del cerebro por la nariz), en una momia perfecta (he ahí una gran aventura póstuma). Desde hace mucho tiempo, además, existen falsificadores de momias que surten al mercado de lo que es un producto muy solicitado: si antaño las momias eran consideradas una medicina universal, la panacea para todos los males, luego pasaron a ser el indispensable souvenir que los primeros turistas se traían del país del Nilo y en la actualidad son gran atracción en los museos, que se encuentran demediados entre la demanda popular y el debate ético sobre la exhibición de lo que no dejan de ser restos humanos. La falsificación se puede hacer, y se ha hecho, metiendo debajo de las vendas cualquier cosa, pero algunos mercaderes no han dudado en emplear auténticos cadáveres (a lo Brier) para dar mejor el pego, y se cuenta que incluso se ha llegado a convertir en momia a gente viva.

Las momias, les decía, me parecen inseparables de la gran aventura arqueológica. Y es que si encontrar una tumba y abrirla ya es emocionante, que haya alguien embalsamado dentro resulta la caraba. Aunque no esté muy bien preservada. Como aquella princesa disuelta en su sarcófago o la misteriosa momia de la enigmática tumba KV 55 que Weigall encontró húmeda (?) y que al tocarle un incisivo, de tres mil años de antigüedad, se convirtió en polvo. Ya el pionero de la egiptología Viviant Denon –del que Anatole France decía aquello tan bonito de “fue valiente y apreció el peligro como la sal del placer”– se extasió con un pie de momia y se trajo de su pintoresco viaje a Lúxor una cabeza de anciana “tan bella como las Sibilas de Miguel Ángel”. El propio Napoleón también metió en su equipaje de regreso de la campaña de Egipto dos testas de momia, una para Josefina, que seguramente hubiera preferido flores.

El mundo está fascinantemente lleno de momias. Las de las niñas incas sacrificadas de un mazazo, como Juanita, la Doncella de Hielo, que descansan en las montañas andinas. Las tan inesperadas de Xianjiang, caucásicas en el desierto del Taklamanjan. O las de la turba, los hombres de los pantanos, que se cuentan entre mis favoritas. Entiendo que el interés por las momias les resulte a algunos insano. Incluso amigos egiptólogos como el investigador de Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) José Manuel Galán, responsable del Proyecto Djehuty de excavación en Dra Abu el Naga, arrugan la nariz ante el brillo entusiasta que despunta en mis ojos con solo mencionarse la palabra “momia”. “Las inscripciones son más importantes”, me riñe Galán.

Mi primera momia, como todas mis primeras cosas, desde la muerte hasta el amor pasando por el sexo, estaba en un libro. En una vieja edición que aún conservo de En busca del pasado, de C. W. Ceram (Labor, 1959), el ínclito autor de Dioses, tumbas y sabios, que como sabrán en realidad se llamaba Kurt W. Marek y había sido corresponsal de la Propagandatruppe del Ejército alemán en la II Guerra Mundial, una buena razón para usar seudónimo, pasaba revista a toda la gran aventura arqueológica con profusión de ilustraciones. Allí descubrí de niño que la arqueología era mucho más interesante que el tren de la bruja (y aún no podía ni imaginar que las egipcias usaban como anticonceptivo estiércol de cocodrilo). Mi ilustración favorita del libro, mi verdadera primera momia, era la de un antiguo dibujo de una joven romana hallada en 1485 por obreros que excavaban en la ciudad en busca de mármol y que encontraron el cuerpo extraordinariamente bien conservado dentro de un sarcófago de piedra y recubierto de una espesa costra de sustancias aromáticas. La chica realmente era muy bella y estaba aún más desnuda que las fotos de modelos alemanas de corsetería que espiaba en la revista de moda Burda de mi madre…

La cosa está tomando un rumbo peligrosamente freudiano, así que vamos a volver a Émile Brugsch y su gran aventura con las momias en Deir el Bahari, un gran golpe de suerte de la egiptología. “Superada la emoción, examiné lo mejor que pude a la luz de mi antorcha y vi que se hallaban allí las momias de personajes reales de los dos sexos”, escribió el alemán. “Me hice cargo de la situación con un gemido ahogado y me apresuré hacia el aire fresco, no fuera a desmayarme de emoción y aquel maravilloso trofeo, aún sin desvelar, se perdiera para la ciencia”. Brugsch, ya ven que uno de los nuestros, había llegado de urgencia al entonces remoto paraje como sustituto de su jefe Maspero, que se hallaba en París. Tras una enérgica pesquisa seguida de un musculoso interrogatorio de los Abd el Rasul por parte del gobernador de Qena, los ladrones habían cantado y era necesario actuar con rapidez para impedir que los tesoros del escondrijo se desvanecieran. Brugsch entró en la tumba y alucinó. Había allí como si tal cosa 11 faraones del Nuevo Imperio egipcio, entre ellos estrellas históricas como Tutmosis III, Seti I y Ramsés II. Además de reinas, miembros menores de la familia real, altos sacerdotes e individuos privados. La gran suerte para la egiptología fue que los Abd el Rasul se habían dedicado a extraer y vender primero los bonitos ajuares dorados de los propietarios originales de la tumba, el sumo sacerdote de Tebas Pinudjem II y sus parientes. Dado que los grandes reyes, trasladados una y otra vez en la antigüedad, estaban de okupas en el sepulcro y metidos en ataúdes y sarcófagos de escasa calidad y privados de todo ornamento y boato, solo quien era capaz de leer sus nombres podía reconocerlos y valorarlos.

Brugsch tuvo que resolver la papeleta del vaciado rápido de la tumba –la identidad real de sus ocupantes empezaba a difundirse– y el complicado envío de los viejos reyes vía fluvial a El Cairo. Mientras el barco que trasladaba las momias surcaba el Nilo, las mujeres locales ululaban una triste despedida ancestral desde las orillas y los hombres disparaban sus armas. Para los que no la conozcan, existe una película egipcia maravillosa sobre el episodio, que recoge toda su magia y fascinación, del director Shadi Abdel Salam, The mummy (1969) –no confundir: en esta no sale Patricia Vasquez como Anck-su-Namun dándole un nuevo sentido rotundo al término arquitectura faraónica–. Al llegar al Museo de El Cairo, las momias fueron examinadas. Tutmosis III, el Napoleón egipcio, no estaba muy fino. “Su cuerpo estaba cubierto por una capa de natrón blanquecino mezclado con grasa humana grasienta al tacto, pestilente y muy cáustica”, describió Maspero. Le faltaban el pene y los testículos. De Seti I le sorprendió su “dignidad varonil”. De Ramsés II anotó que tenía las orejas agujereadas para llevar pendientes y una nariz semejante a las de los Borbones. A la reina Ahmose-Nefertari, que se había podrido y olía espantosamente, le faltaba la mano derecha, cortada, seguramente para robarle las pulseras.

Cuando parecía que no podía haber mayor sorpresa que encontrar esa sombría reunión de faraones, Egipto, como hace siempre, brindó otra. En 1898, 17 años después, el egiptólogo francés Victor Loret descubrió en el valle de los Reyes la tumba de Amenofis II (KV 35), que resultó contener su propio cachette de momias reales, incluidos otros nueve faraones.

Seguían faltando algunos, entre ellos Tutankamón. Y eso nos lleva, por supuesto, a la mayor aventura arqueológica de la historia, y con momia incluida, que es el hallazgo de su tumba virtualmente intacta, un hito del que este noviembre se cumplirán 90 años. Parecería que todo está dicho y explicado de ese descubrimiento, pero aún quedan cosas por aclarar y misterios por resolver. Esta ocasión del aniversario quizá nos ofrezca algunas respuestas. Por lo pronto tenemos ya un libro que repasa de manera apasionante la historia del hallazgo y nos pone al día de lo que sabemos e ignoramos del joven rey y de su descubrimiento. Se trata de Tutankhamen’s curse, de Joyce Tyldesley (Profile, 2012), arqueóloga y egiptóloga con una larga serie de títulos. No piensen por el título que la autora sea de los que creen en la célebre supuesta maldición de la tumba. ¡Qué va! Tyldesley apunta con humor que de existir maldiciones, una sería la que supone para los egiptólogos el desmesurado y distorsionante interés popular por Tutankamón, que eclipsa a todos los demás personajes y periodos de la historia del Egipto faraónico. Otra, la que supuso para Howard Carter encontrarlo, pues significó, junto a la gloria, el fin de su carrera de arqueólogo (no hizo nada más en la vida). Otra más, la del destructor turismo masivo arrastrado al valle de los Reyes por el nombre del rey dorado. Para el propio Tutankamón, la maldición fue morir joven y no alcanzar la realización de su completo destino.

Algunas precisiones que hace la autora es bueno recordarlas: el hallazgo de la tumba no fue por casualidad, sino fruto de una meticulosa planificación y un escrutinio minucioso y exhaustivo del valle: para quien supiera verlos, los indicios eran claros. Carter, no obstante, estuvo en la campaña de 1917 ¡a un metro! de la entrada, sin encontrarla entonces. La tumba es pequeñita –casi no cabía todo lo que metieron– porque no estaba diseñada para Tutankamón, sino probablemente para el que se convertiría accidentalmente en su sucesor, Ay, que, en cambio, se quedó con la que seguramente era para el joven faraón, la KV 23. El ajuar era en parte reaprovechado, muchas cosas habían sido hechas para otros personajes. No es del todo cierto que la tumba estuviera inviolada: fue saqueada al menos dos veces poco después del entierro de Tutankamón; Carter calculó, en base a los inventarios anotados en las cajas, que hasta el 60% de las joyas depositadas fueron robadas. También le escamotearon al rey el kit de afeitar, del que solo se encontró la etiqueta; Tyldesley apunta que el pene en reposo (eterno) medía 50 milímetros: mi solidaridad masculina me hace pensar que es un error de calibrado.

Cuando Carter dio con la tumba, el descubrimiento fue extraordinario, pero en un punto se quedó a medias: podría haber sido una grandiosa tumba real como las de los otros faraones y no lo fue; maravillosa, sí, pero pequeñita. Solo queda soñar con lo que sería una de las gigantescas tumbas del valle con todo su contenido. En otro aspecto, la tumba decepcionó: no había papiros, excepto uno, mal conservado y sin apenas información, recuperado del cuerpo de la momia. Tutankamón acaso no era un chico muy leído. Tampoco apareció ninguna corona real en la tumba, es posible que fuera un objeto hereditario.

Nos sigue emocionando el relato del “día de días”, el vislumbre de las “cosas maravillosas”, según dijo Carter a sus compañeros al meter luz por la brecha practicada en la puerta y observar pasmado el brillo del oro por todas partes. Pero más allá del momento cosas maravillosas, hubo otros igualmente extraordinarios. Al propio Carter, habitualmente contenido, se le hizo un nudo en la garganta al observar la bellísima capilla canópica dorada. Fue emocionantísima también la apertura del gran sarcófago y la visión de la máscara dorada sobre la momia. Cosas maravillosas, sí, a espuertas, pero también cosas raras. En la tumba se hallaron objetos rituales incomprensibles y elementos tan extraños como los “fetiches de Anubis”: pieles de animales rellenas de fluido de embalsamar y colgadas de un mástil.

Hace tiempo que se sabe que Carter, un tipo difícil, con sensación perpetua de agravio –algo había: no le hicieron sir–, y Carnarvon y su hija entraron subrepticiamente en la cámara sepulcral de la tumba, que estaba sellada y a la que en puridad no podían acceder sin permiso. Tyldesley subraya que eso, aunque puede entenderse humanamente, estuvo muy mal, fue una pésima praxis arqueológica indigna de Carter. Tampoco fue bonito (ni legal) que, como está probado, Carter y Carnarvon se quedaran algunas piezas de Tutankamón para ellos. Howard Carter, al que no le interesaban una higa las momias (nadie es perfecto), maltrató innecesariamente la de Tutankamón en su prisa por desprenderlo de sus objetos.

Entre las novedades que aporta Tyldesley está la nueva investigación sobre la ropa de Tutankamón y su maniquí, que parece lucir camiseta a lo James Dean. Se ha podido reconstruir las medidas y tallas del faraón y el resultado es que tenía un cuerpo tipo pera y algo femenino, con caderas muy anchas (110 centímetros). Sobre el manido tema de la causa de la muerte, aunque se sigue y se seguirá discutiendo, parece haber cierto consenso en que pudo ser provocada por un accidente de caza. Los amplios daños en el torso sugieren, según Benson Harer, médico y profesor adjunto de Egiptología en la Universidad de San Bernardino, que acaso lo mató ¡un hipopótamo! (nunca nos cansaremos de señalar la peligrosidad de ese bicho). Tyldesley opina más bien que se accidentó cazando avestruces en su carro. Ya no está tan claro, por lo visto, que fuera cojo ni que sufriera malaria.

Un último detalle. La aventura de la tumba tiene uno de esos personajes secundarios e indignos que tanto nos gustan en el sargento inspector Richard Adamson, que aseguraba haber sido miembro del equipo de excavación y haber custodiado el recinto durante siete años pasando las noches en un saco de dormir en la cámara funeraria y poniendo música a toda potencia en un gramófono para disuadir a los posibles ladrones. El tipo no explicó su peripecia hasta que, muy convenientemente, habían muerto todos los históricos del descubrimiento y se dedicó entonces a dar conferencias sobre el tema y hasta a conceder entrevistas a los medios. Resulta, sin embargo, que hay evidencias aplastantes de que Adamson no estaba en esa época en Egipto…