Comerciante sin atributos

Con 6.000 VHS’s sigue en un negocio que admite “quebrado”. Y recuerda la pelea con las cadenas: “Novecento fue mi Batman”.

6.000 peliculas


Video Club. Este es el nombre del local ubicado en Carlos Calvo 3978. Lo que en una época hubiera sido leído genéricamente, hoy es parte excepcional del vetusto mobiliario urbano. Notable sobreviviente de una especie que desaparece y que, en grado uno de descomposición comercial, tendría que ocupar el mismo trono que Piccolo & Saxo, la disquería que Carlos Revich regentea como si fuera el vestigio de alguna epopeya.

**** Igual que Carlos, Luis Minari es de esos que no podría tener cualquier negocio. En el “Video Club” hay un pared llena de VHS’s. ¿El muro de los lamentos? “Jé, no, yo al menos no lo vivo así. Sé perfectamente que este es un negocio quebrado donde la búsqueda permanente de nicho es lo único que te permite perdurar”. Perdurar, Luis, verbo agónico si los hay . “Tengo más de 6.000 videos, de VHS. Mirá, yo hace 22 años que ando en este mismo rubro. Videoclub y nada mas que videoclub. Así fue, así es y, espero, así será”.

¿En qué momento decidimos dejar de pagar por cultura? “Casi nadie paga por cultura, pero casi nadie se baja películas turcas, finlandesas o del llamado cine de autor. Los manteros tienen diez copias de El Hobbit, no tienen nada de Aki Kaurismäki. Sólo venden lo comercial, que es lo que lamentablemente también domina la exhibición en la inmensa mayoría de las salas. El cine, la mayor parte del cine que nos llega, hace rato viene demostrando que no es ningún Séptimo Arte sino puro entretenimiento. Y el mantero del barrio es un termómetro de nuestro consumo”.

Para ser rigurosos como Longobardi habría que escribirlo así: “Luis, de profesión, videoclubista”. Resistir al auge de las tecnologías y la canilla libre de piratería no es cosa de improvisados. No cualquiera es un Luis Minari que puede ponerle el pecho a esa fe creciente y desarrollada llamada insatisfacción. Contradictorio: mientras la educación privada crece en la Argentina, Internet viene fijando la gratuidad del consumo cultural. Se bajan películas. Se baja música. Se bajan libros.

¿Los sueldos de los que trabajan estarán únicamente destinados a la compra de teléfonos celulares? “Estamos medio fritos, pero mundialmente fritos”. Luis lo exterioriza en confianza porque sabe que vos hiciste un juramento sobre el póster de “El Padrino I” que nunca jamás descargarías una película y porque además lo juraste sobre tu identidad de clase media, esa que alguna vez presumía de sus bienes educativos con innegable pertenencia.

“¿Pero te gusta o no te gusta que exponga los videos cerca de la puerta? –pregunta y se responde así mismo–. A mí me parece que llama la atención. Es como decorar la vidriera de una disquería con fonógrafos”.

Axioma al paso: el hombre que tiene un negocio de vhs’s nunca evadió impuestos.

Con una nostalgia que desearía cualquiera de esos almacenes de barrio víctima de paranoia supermercadista, Luis se hace un rato para evocar aquellos tiempos en los que competía con Errols, serio antecedente de la cadena Blockbuster (QEPD). “Había uno acá a la vuelta. Le di batalla. Gané. Cuando ellos trajeron 50 copias de Batman entendí que había que diferenciarse y yo me traje un Batman, me fui por otro lado. ¿Qué me salvó? Uff, le debo mucho a Woody Allen, pero a todo Woody. Le debo mucho a Bertolucci, ¡a Novecento! Novecento fue mi Batman. Tuve decenas de copias”.

Otra vez la pared, un muro más resistente que el de Berlín. ¡¿6.000 videos?! Lo repetís para adentro, pero igual te escucha. “Te explico, el VHS tiene salida en un círculo reducido. Esta a ocho pesos, igual que el DVD. También vendo y alquilo DVd’s”. Cuándo Lennon escribió eso de que él puede ser un soñador pero no es el único, estaba refiriéndose a Luis. “El que viene por los VHS los quiere comprar. Hay gente que busca tener el objeto, la mayoría es gente joven, estudiantes de cine que no vivieron esa etapa y dicen que el VHS puede tener mejor calidad que el DVD. Un discurso parecido al de los fanáticos del vinilo. Y tengo un montón de coleccionistas. Los coleccionistas son muy aficionados a lo que escasea”.

Si ahora las disquerías son lugares más o menos aptos para melómanos, ¿los videoclubes qué son? “Se me ocurre que pese a los síntomas negativos, el sistema no se agotó. No todavía. Vos acá me ves, resistiendo con vergüenza deportiva y haciendo lo mismo de siempre. Estoy convencido de que si continúo con mis principios de no seguir al cine comercial, siempre voy a tener una ventanita abierta. Enemigos hubo siempre. Antes de la piratería estaba el cable y no hay que olvidar que nosotros, los videoclubes, fuimos la pesadilla de la pantalla grande. Sigo en esto porque claramente soy un mal comerciante. A mí me gusta el cine y si hay actores que lo actúan, guionistas que lo escriben y directores que lo dirigen, hay gente que lo distribuye. Y yo soy uno de esos, no lo dudes”.