En la India no hay canciones que celebren el nacimiento de una niña. Es un privilegio reservado para los varones. «Una hija es fuente de miseria, mientras que un hijo es el salvador de la familia», escribe Sudhir Kakar, reconocido psicólogo coautor de «La India. Retrato de una Sociedad».[/b]



El machismo, telón de las violaciones en grupo en la India


El autor esgrime razones económicas y culturales en esa preferencia por los varones: son la pensión de los padres, perpetuarán el linaje familiar y encenderán la pira funeraria de sus progenitores.
Las hijas son caras. Casarlas cuesta una fortuna por el pago de la dote. Y, una vez celebrado el rito nupcial, abandonan su familia para ser parte de la del marido. El nacimiento, alimentación, cuidados médicos y educación de una niña suponen una mala inversión. Las mujeres en la India valen poco.
La brutal violación y asesinato de la estudiante de fisioterapia en diciembre en Nueva Delhi ha puesto de manifiesto el problema de la violencia sexual de sufren las mujeres en el país asiático. Seis hombres deciden salir a la caza de una mujer para violarla. Dada la ineficaz labor de la Policía y los juzgados casi era de esperar que sus acciones quedasen impunes. Un síntoma de la situación de las féminas en esta nación de 1.200 millones de personas de mayoría hindú.


La más poderosa

La India contó con una primera ministra en 1966 -todavía muchos países occidentales no han sido gobernados por mujeres. La capital y dos grandes estados están en manos de mujeres. La persona más poderosa del país es una mujer: Sonia Gandhi. Las mujeres ocupan puestos relevantes en el mundo de la cultura, el académico, en los negocios. Las mujeres pudieron incluso votar antes en la India que en algunos países europeos.
Sin embargo, la discriminación de la mujer en la India comienza antes del nacimiento.
El censo de 2011 mostró que seis millones de niñas fueron abortadas en la última década en el país asiático. Además, las niñas tienen menos posibilidades de superar los cinco años que los niños porque reciben menos alimentos y cuidados médicos. Faltan 34 millones de mujeres en el país.
Shivani fue comprada por un hombre para que fuese su esposa. En el pueblo de Hosnida de 6.000 habitantes, en el estado de Uttar Pradesh, unos 150 hombres no encuentran mujeres con las que casarse. Por cada 1.000 niños hay 836 niñas. Los hombres recurren al tráfico de mujeres. Después, las maltratan. «Me tratan como una mula. Paso todo el día trabajando y, si me quejo, mi marido y su familia me dan palizas», afirma Shivani, que fue traída de Bengala. Hace dos años se le murió una hija. La familia consideró una mala inversión recurrir a un médico.
Las féminas que superan los cinco años pertenecen a sus padres hasta que pasan a ser propiedad del marido. Algo que suele ocurrir demasiado pronto. El 40% de los matrimonios infantiles mundiales se da en la India, según la ONU. En ocho estados la mitad de las niñas son casadas -por los padres- antes de los 18 años.
El matrimonio es caro y peligroso. Las mujeres deben pagar una dote al marido, una práctica prohibida desde hace décadas. Pero en el país asiático en ocasiones la tradición es más poderosa que las leyes. La modernidad, en la forma de consumismo, encarece las dotes. Cada vez se exige más dinero y regalos a las novias.
Sonia abandonó el colegio a los ocho años y lleva tres puliendo piedras en la ciudad de Jaipur, en Rajastán. Sus manos están verdes por el polvo químico que se utiliza para darles brillo. La pequeña está ahorrando para su dote matrimonial. Su sueldo asciende a 40 rupias (0,5 euros) por día de trabajo.
Por 20.000 rupias (unos 300 euros) podrá permitirse un marido en paro. Si consigue reunir 200.000 rupias (3.000 euros) aspirará a un ingeniero. Su padre mira al cielo y exclama «Alá me ha dado siete hijas. Las tengo que casar a todas».


El sari, trampa mortal

Cada hora una mujer arde a manos del marido porque no ha pagado suficiente dote. Casi 8.000 mujeres al año, según el Gobierno. El sari, esa prenda colorida, es una trampa mortal. Arde rápido y con seis metros de tela a su alrededor las mujeres no tienen tiempo de librarse del fuego. Después, el marido declara que su esposa ardió mientras cocinaba. Buscan otra mujer con la que casarse. Que ofrezca mejor dote.
Las mujeres descubren pronto que las calles y el transporte público pertenecen a los hombres. «Para muchas de nosotras, no hay nada que refleje mejor la relación de los hombres con el espacio como la imagen de un hombre orinando sin preocupación alguna en una vía pública transitada, cerca de un colegio de niñas, en una esquina en la que gira el autobús, en un parque público. Pensemos en los exhibicionistas: ¿qué les lleva a exhibir sus órganos ante las mujeres, ante las niñas? ¿Qué ideas sobre la intimidad tienen los hombres que susurran al oído obscenidades?», escribe la activista y escritora V. Geetha.
Una reciente encuesta del diario «Hindustan Times» revela que el 78% de las mujeres han sido acosadas en metros y autobuses. En el metro de la capital hay vagones exclusivos para féminas. Por las noches van vacíos. Las mujeres no se aventuran en la oscuridad.


Ciudad de las viudas

La vejez en ocasiones supone un infierno. Tras la muerte del marido muchas mujeres son rechazadas por la familia y la sociedad. Algunas van a la ciudad sagrada de Vrindavan, en el norte de la India. Unas 15.000 viudas esperan la muerte y dedican su tiempo a los cánticos religiosos y a la mendicidad. Si mueren en esta ciudad, lugar de juegos del dios Khrisna, escaparán del círculo de la vida y la muerte.
A Rahwari la casaron con 14 años. Su marido falleció ocho años más tarde. Su familia política se deshizo de ella. Era una boca improductiva que alimentar. Desde hace cuatro décadas vive en la ciudad de las viudas. Cada mañana recita cánticos en el Ashram Balagi. Por cuatro horas de oraciones recibe dos rupias (tres céntimos de euro) y un puñado de arroz. Y recorre las calles pidiendo limosna. «Era una carga para mi familia. Me dijeron que viniese aquí. Y estoy contenta porque pronto dejaré este mundo».
La violencia sexual y las violaciones suponen el símbolo más brutal de la discriminación de la mujer. Cada 20 minutos se denuncia una violación en el país asiático. Pero es un dato que esconde más que muestra. Según, esta cifra hay más violaciones en España por cada 100.000 habitantes que en la India. Pero se estima que en el país asiático solo se denuncian el 10% de las agresiones sexuales. En la India una mujer se enfrenta al ostracismo social si denuncia una violación. La culpa es tuya, dice la sociedad, por llevar falda, por ir sola, por salir por la noche, por ir con un hombre, por ir sola...
«Nos tuvimos que mudar de barrio. Nuestros vecinos, amigos y familiares nos hacían sentir miserables», escribe una mujer que sufrió una violación en una columna anónima en el diario «Hindustan Times».
Aunque se quiera denunciar, la Policía en ocasiones no registra la denuncia. Entre 2002 y 2010, hasta 45 mujeres fueron violadas en custodia policial. Los tribunales se muestran ineficaces e insensibles. Solo uno de cada cuatro supuestos violadores es condenado.


Educar a los niños

Pero el caso de la joven estudiante de Nueva Delhi abre nuevos horizontes, según los activistas. Ha provocado protestas y un debate inédito acerca del papel de la mujer entre la clase media, a la que pertenecía la joven. «La defensa de la mujer estaba limitado a académicos, sociólogos y activistas. Por primera vez la sociedad india habla sobre ello», afirma Ranjana Kumari, directora del Centro de Investigación Social de Nueva Delhi. «La solución comienza en las casas, en la educación que reciben los niños».