El guiso de Diego y Cristina


Por Pablo Sirvén | LA NACION


Son injustos los que pretenden hacer creer que Maradona es un kirchnerista de último momento. Nada más falso: Diego ya lo era, sin saberlo, en los 90 cuando ni siquiera los conocía, pero tanto los Kirchner como él abrazaban el mismo ideario político: el menemismo. Podría decirse que por carácter transitivo ya era todo un K, pragmático y acomodado a las características particulares, aunque tan disímiles, de cada tiempo político.

Las coincidencias no se agotan allí: en 2005, tanto la pareja presidencial como el "barrilete cósmico" tenían en la más alta estima al Grupo Clarín. Los primeros todavía recibían en Olivos al ahora execrado CEO de esa compañía y extendían con gran magnanimidad por diez años las licencias de radio y TV (que la ley de medios pretende ahora desandar), en tanto que el ex crack se convertía en onerosa pieza estratégica de Canal 13 para levantar su muy alicaído rating con el show semanal La noche del 10, en el que se lo vio con motor rectificado y carrocería a nuevo.

Hoy Maradona prefiere posar junto a emblemáticos funcionarios del gobierno K, en Abu Dhabi, junto a una pancarta en contra de su antiguo patrón, aderezada con el insulto maradoniano por excelencia ("La tenés adentro", popularizado en redes sociales por las muy usadas siglas LTA). Como tantos otros giros, lamentables o felices, del ex crack, éste también ganó la calle, desde que fue pronunciado por primera vez en octubre de 2009 cuando era opaco DT de la selección y consiguió raspando la clasificación para el último Mundial, del que después nos eyectó Alemania con un humillante 4 a 0.

Es extraño que un gobierno que defiende con tanto ardor las cuestiones de género y lleva adelante campañas intensas contra la violencia sexual y la trata de personas, admita alegremente y fomente el uso de una expresión que, al ser utilizada como insulto hacia supuestos enemigos, apenas sublima verbalmente su infame significado real (la metáfora machista de expresar supremacía con una violación).

Se sabe: Maradona es el sismógrafo emocional de los argentinos. Así, hace veinte años, al pegarse a Menem, convalidó las privatizaciones y las flexibilizaciones laborales salvajes, con la misma intensidad que hoy celebra el creciente intervencionismo estatista en la economía. ¿Acaso no es el mismo electorado el que le dio sucesivos triunfos electorales al menemismo durante casi una década por hacer aquello y el que lleva casi otros diez años votando todo lo contrario?

Paradójico: Diego se mantiene inmutable como el exégeta iluminado de los volubles cambios de época en las opiniones de los argentinos, al abrevar indistintamente en ellas o como su principal fuente de inspiración.

Maradona, poder permanente, profundo y definitivo de la Argentina, ha coqueteado con todos los poderes circunstanciales que pasaron por la Casa Rosada: habló por teléfono y visitó a Jorge Rafael Videla cuando fue presidente. Aquella dictadura visualizó la importancia de retenerlo en el país y, vía Austral, puso los dineros necesarios para que se quedase en Argentinos Juniors y no se lo llevase ningún club de afuera. A pesar de los chisporroteos con Carlos Bilardo que tuvo el gobierno alfonsinista, la copa ganada en México acercó posiciones y el "Sol sin droga" de la campaña menemista, con la cara de Maradona en el peor momento de su adicción, demostró que aquel era un eslogan vacío.

Diego siempre fue muy consecuente con los Kirchner: participó activamente en 2005 de la cumbre contra el ALCA cuando George Bush visitaba Mar del Plata; en 2007 apostó a que Cristina Kirchner ganaría las elecciones, en 2010 calificó a Néstor Kirchner de "gladiador", y hace unos días se declaró "más cristinista que nunca".

No es para menos, los Kirchner y Maradona cultivan un tipo de progresismo muy sui generis: verbalizan hacia la izquierda, pero sus costumbres, cuentas bancarias y consumos parecieran ser más de una derecha rancia y vilipendiosa.

Las proezas inolvidables que el ex jugador ha realizado en la cancha para alegría de los argentinos no explican del todo el amor incondicional de su pueblo. Lionel Messi ha logrado las mismas hazañas, sino más y, sin embargo, no despierta idénticas pasiones. ¿Qué es lo que diferencia a ambos ídolos e inclina la balanza hacia el primero? Probablemente la austera corrección de Messi no alcance y, en cambio, satisfaga más el derrape constante e imprevisible de Maradona.

Para los argentinos la incorrección es un plus que juega a favor del que se anima, por más estropicios que pueda generar. Más allá de sus indiscutibles realizaciones, el peronismo cala hondo porque sus líderes -Perón, Evita, Cristina- han sido capaces de desafiar la ley de gravedad, con una teatralidad épica que arrebata al ciudadano medio. Maradona pertenece a esa misma cepa; tal vez también Marcelo Tinelli, todos exitosos, oficialistas de sí mismos, muy audaces en sus apuestas y con ideologías reversibles y recargables.

Exquisitamente brutal como acostumbra a ser, esta vez Diego volvió a contrastar sus orígenes humildes con "los que nacieron en cuna de oro y no saben armar un guiso". Guisos y estofados, reveladora metáfora culinaria de una manera de hacer política en la Argentina. Quizá la única..