Nunca fuiste al cine porno ? Entra aca aca un periodista cuenta su experiencia cuando fue al cine porno comentar no cuesta nada !

A la siesta, cine condicionado
Un dato llamó la atención a la redacción: las salas de cine condicionado cordobesas siguen funcionando, pese a la variada oferta de pornografía en Internet. Un periodista fue a ver de qué se trataba. Aquí, la crónica de lo que vivió.

Nunca fuiste al cine porno ? Entra aca


Tengo delante de mí un cráneo pelado que no se mueve… que está petrificado… que parece muerto. Tiene algunos pelos a los costados, pero son tan pocos que no hay duda de que los tiempos en que fueron parte de una lustrosa melena pasaron hace rato. El cuerpo que sostiene al cráneo está hundido en una butaca. Bah... supongo que hay un cuerpo, porque desde donde yo estoy no se lo ve. Sólo esa bola calva encerada que refleja las luces
de la pantalla.

Hace cinco minutos entré por primera vez en mi vida en un cine porno. Me habían dicho que todavía funcionaban algunos en Córdoba, así que vine a ver de qué iba la cosa. Eran las 14. Afuera, el calor de la siesta descomponía cuando crucé la puerta y me choqué con una boletería. “Son 30 pesos”, me dijo Alexi, el cajero. 30 pesos y podés quedarte el tiempo que quieras.

Con el aire acondicionado, nomás, los amortizo, pensé.

A la izquierda de Alexi, había un stand lleno de vibradores de todos los colores. Se destacaba uno rosa, inmenso, tamaño matafuego. Como el del chiste ese de la vieja que entra a un Sex Shop y pide lo más grande que encuentra.

“No, señora, justo ese, no”.

Pagué, crucé una cortina roja y me perdí en las tinieblas. No se ve un pomo en el cine porno. Pero está fresquito. Y no hay olor a nada, lo que, dado el contexto, es verdaderamente un alivio. A tientas, encontré una butaca vacía. Me acomodé y me di cuenta de que la película hacía rato había empezado.

…………………….

Veo al pelado al frente y siento a otros tantos, a unos cinco, alrededor. Ninguno habla, pero se les escuchan los suspiros. La película avanza.

Estos dos, seguro que se conocen de antes, deduzco, a raíz de la confianza que hay entre los personajes. Son un tipo de unos 30 y su novia (¡espero!), una morocha de alrededor de 25. Los dos se encuentran desnudos y ya bastante transpirados. Ella está bastante mejor que él (un poco rollizo y fuera de estado, a decir verdad), pero no parece tener todas las luces para la actuación. “Oh my God, oh my God”, es lo único que repite. Y constantemente se queda mirando fijo a la cámara, lo cual, por lo poco que entiendo, no puede ser señal de talento.


Yo me engancho, pese a que el argumento es bastante simple: en resumen, ella lo usa a él de estropajo y él contraataca plumereando con el cuerpo de ella todos los muebles del living-comedor en que se desarrolla la acción. Van de un sillón a otro, haciendo más o menos lo mismo en cada parada. Ella (Ana, se llama, o así le dice su novio) se debate entre el placer y el dolor. Pero a mí me da la sensación de que lo ama, porque casi llorando le dice que “no, no”, que no pare.

Las mujeres son capaces de una entrega que los hombres ni sueñan, pienso, mientras a Ana la usan de carretilla, y el pelado, que no se ha movido desde que entré, ronca en altavoz.

“A la siesta anda más la sala heterosexual”, me dirá a la salida Alexi, quien no sólo cobra las entradas: también cambia las películas. “A esta hora viene un perfil de gente más grande, vienen a tomar algo, a hacer sociales, a disfrutar de las proyecciones”.

A la noche, me contará, el público muta. La cosa va más por el lado del levante y la audiencia es preferentemente homosexual. Las salas de atrás y arriba, entonces, se llenan.

…………………….

De vuelta en la película, Ana cachetea con ganas a su partenaire. Ahora sabemos que se llama John. John yace tendido en el piso, sin resto.

La cosa se puso violenta y no sé por qué. Me distraje un segundo y perdí el hilo de la historia. Fue culpa de un tipo en silla de ruedas que apareció desde el otro lado de la cortina y cruzó para el fondo hecho un rayo, pasando justo a mi lado.

John se recupera. Saca fuerzas de no sé dónde. Se quita de encima a Anna, con una especie de toma de Judo. ¡Ahora manda él! Se sube encima de su novia, le escupe, pregunta si le gusta (“¿te gusta?”). Le tira el pelo. Le lengüetea la cara con fruición. Devuelve chirlo por chirlo.

John, el romántico. The romantic John.

Esta película no tiene ni ton ni son, me digo. Ya no las hacen como antes. Me acuerdo de Ico, el caballito caliente o de ¡Caray con el mayordomo, qué largo tiene el maromo! ¡Ésas eran historias que valía la pena ver! Ahora es puro meta y saca.

Ya nadie quiere usar la cabeza.

“Estoy llegando”, dice John, en cuclillas… “Estoy llegando”.

Yo no puedo imaginarme adónde cree él que está yendo, pero Ana, recuperada ya del último trote, parece emocionadísima.

Según yo, tiene que ver con que la película está llegando a su clímax. Con que algo raro está por pasar. Así que me concentro, porque no quiero perderme un detalle más. A John los ojos se le ponen violetas, casi. Parece a punto de perder el control.

Prestá atención, Mariano, que viene lo mejor. Prestá atención...

Pero ¡¿qué pasa?! ¡Alguien mueve mi butaca! ¡Hay alguien atrás mío! ¡Cómo bufa, por Dios! Respira entrecortado. Suena como los malos de La Guerra de las Galaxias.

¡¿Qué fue ese ruido?! ¿Este tipo se acaba de desprender el cinto? ¡No puede ser! ¡¿Es?! ¡¿Será posible?! ¿Este tipo se está…?

¡¡¡Qué asco!!!

…………………….

Me levanto, indignado. ¡Ese burro incontinente me hizo perder el final de la película! Me la arruinó. ¡30 pesos a la basura! Ahora me va a quedar para siempre la duda de cómo terminó.

Me voy para el fondo como pateando piedritas. Llego a un bar con varios televisores prendidos. Entre la barra y la heladera, está estacionado el tipo en silla de ruedas. Veo dos puertas que parecen reservados. De una, salen dos hombres de cincuenta y pico. Uno va para el baño y el otro pide un trago. Vaya uno a saber qué hicieron ahí adentro.

Esta es, claramente, la zona homosexual. Lo mismo que la sala de arriba. Subo. Están proyectando una de dos muchachotes con abdominales marcadísimos que se la pasan de lo más genial masajeándose al borde de una pileta. No tienen malla, ni nada. Están tendidos sobre una toalla amarilla, para mayor comodidad. De lejos, es como si se estuviesen ayudando a hacer ejercicios.

No hay nadie en esta sala. Se ve una cabecita perdida, nomás.

Pero sube alguien. Se escuchan pasos en la escalera. Se asoma. Está fumando. ¡Es él! ¡El sátiro de la butaca de atrás!

¡Corré, Mariano!

Me frena el paso. Se pone al medio. Le pido permiso.

“Señor, permiso”.

–Me llamo Raúl. ¿Es tu primera vez acá?

–Eh… Sí, Raúl… Pero no vengo a buscar nada. Estoy trabajando. Estoy haciendo una nota para un diario.

¡Qué tipo, Raúl! No le alcanzó con la chanchada que hizo abajo.

“Permiso, Raúl”.

Me deja pasar. Me sigue, pero mantiene una prudente distancia. Es alto y flaco. O esmirriado, más bien. Lleva puestos un pantalón de esos baratos que se consiguen en el centro y una remera sin color, de tan gastada. Está atabacado hasta la médula.

Encaro la salida. Veo que en la sala heterosexual ya cambiaron la película. La de ahora trata de una mujer de rasgos orientales que es amiga/enemiga de dos gigantes rubios. Apuesto que son finlandeses o suecos). Juegan los tres, todos al mismo tiempo. Parecen divertidos, parecen un sándwich. Lo que veo me tienta. Las orientales, ay, las orientales son mi debilidad. Pero tengo que irme.

Esta vez, no, Mariano.

Camino a través de la oscuridad. Veo que el cráneo pelado sigue clavado en el mismo lugar. Tiene los ojos cerrados. Para mí que ni respira.

Cruzo la cortina. Me recibe Alexi.

–Alexi, no quiero que te asustes, pero me parece que tenés un muerto ahí adentro. Un pelado, en la cuarta fila. Después fijate.

No sería lo más raro que ha pasado, me asegura. Se ríe. Me cuenta de una pareja heterosexual que va periódicamente a buscar aventuras. En principio, el trato es que ella pasa de cliente en cliente, mientras él mira.

Hay de todo en la viña del Señor, le digo, mientras me despido.

El de la silla de ruedas y Raúl, el sátiro, salen juntos, justo adelante mío. Se los ve contentos.

Pienso: si el cine porno aún funciona es porque a algunos todavía los hace felices.

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Varias opciones para disfrutar. Por respeto al estricto pedido de quienes trabajan el lugar, en la crónica se evitó detallar el nombre del cine en que sucedió lo que se cuenta. De cualquier modo, a quien le interese, sepa que en Córdoba hay varias opciones para disfrutar. Como el Babylon Cinema (en La Tablada 70), el Vip’s Cinema (en Santa Rosa, casi esquina General Paz) y el Tao Sex (en Rivadavia y Olmos). En todos se cobra por ingreso, no por película.

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$30/35 La entrada a los cines XXX cordobeses está entre 30 y 35 pesos. El que paga, se queda el tiempo que quiera.