Metaleros radicales: la nueva moda de Facebook

Ya no es necesario molerte en un concierto, basta con teclear “lml”.

El metal, género de peso completo en la enorme gama musical que ha acarreado a millones de fans alrededor del globo. Una expresión musical de la cultura contemporánea y una vertiente distante de la expresión artística. Suena bonito, ¿no? Lo triste es la condición actual de esta rama del rock, degradada a algo menos que una moda en el contexto real. Sobre todo en el cibernético.

Ser Metalero: la nueva moda de adolescentes

Muchos recordarán la aventura -casi ritual- de ir a conseguir un disco en los míticos tianguis culturales, discotecas y demás lugares de remoto acceso. Sobre todo en los pasados noventa donde se tenía que rascar entre las publicaciones musicales para poder llegar a saber algo de Faith No More, Pantera, Living Colour… donde los últimos zarpazos de Rage Against The Machine se hacían sonar con una gira cuasi-clandestina para el público. Mientras los clásicos como AC/DC mantenían su música a flote con el Ballbreaker y Guns and Roses se consagraba como uno de los amos (del dinero) y del hard-rock. Ahí donde Death, Carcass y Cannibal Corpse eran para oídos privilegiados y bastante calados en la agresividad del arraigado tritono. Cuando el orgullo latino brotaba al escuchar el mítico Matando Güeros. Sin olvidar las primeras señales del black metal en tierras latinas… Y el sentirte parte de esa comunidad era una experiencia distante al contexto abarrotado por el insufrible pop de cada día en la amada Televisa.

Y desde otra perspectiva, la indumentaria era una sagrada forma expresiva, no del punkoso desacuerdo del protocolo social, sino del amor por esa maldita música: cabello largo, playeras de bandas y la incansable “Dio-Señal” mientras se retroalimentaban de los clásicos rockeros, metaleros y hasta cumbias para sacar a bailar a “las reinitas” en las fiestas, pero sin perder el logrado y amado estilo del que se habían adueñado de un momento a otro.

metal



Cuando la ruptura del nuevo milenio trajo consigo una oleada de comercialización en relación con las disqueras que vieron en el metal (o al menos un fragmento de ello) una nueva mina de oro, nuevos géneros aparecen en escena como el Nü Metal o el Gothic Pop para dominar el nuevo medio musical por medio de vídeos y publicidad por doquier.

Es decir, hasta este punto no sería necesario obtener el resultado de la música en distintas facetas; como siempre, el sonido adecuado estaría en todos lados y el metal seguiría siendo una parte importante de la clandestinidad en los aparatos ideológicos del suburbano. A esto, se le suma el eurocentrismo de la nueva cultura ahora jactada de un extraño término: trve. Para también retomar el concepto ochentero del eterno conflicto entre thrashers y glammers: poser.

Una suculenta selectividad se dejó venir al pasar de los siguientes años: el periodismo musical estaba abarrotado de personajes dispuestos a alimentar la nueva cultura dominante del metal popular, y por otro lado estaba un séquito de críticos duros en cuanto a esta nueva expresión se refería. Mientras ambas escenas (la under y la popular) seguían con exponentes emergentes en cualquier rama del mencionado género.

La nueva división estaba dada. Tal como el fenómeno popero, la nueva música era tan digerible como una canción de Sin Bandera y esto dispersó -de nuevo- esta generación tan radical como hace dos décadas.

Metalero



Y el fenómeno estaba ya visto. Con ello, el nuevo vínculo para ser escuchado retomaba fuerza con todos los medios recientes de comunicación. Principalmente las redes sociales.

El primero en dar a conocer espacios destinados para esta urbe extraña fue el entrañable Hi-5: y una nueva división empezaba a asomar entre las formas expresivas del sonido llamada reggaetón. Con este fenómeno, la primer contradicción de la tribu cibernética del merol: las minorías ahora no sólo estaban contentas con ser una minoría, sino querían imponer la superioridad del género mediante ataques banales en cuanto a una forma de música y otra. “Música misógina, repetitiva, sudaca”… cuando mis queridos metaleros escuchaban Cannibal Corpse, Pantera y Sepultura. Y el conflicto se expandió mediante las mismas redes subsecuentes del internet; dígase MySpace y el glorioso y masivo Facebook.

Entre los ataques de uno y otro, el fenómeno perdía fuerza. Y ahora sólo se trataba de encomendar a los buenos amantes de la música como esa religión abstracta de sonidos estridentes. El reggaetón pasó a ser odiado por excelencia en estos medios. Los responsables: los metaleros. Y metaleros sería un término dudoso, es decir, niños fanáticos de Linkin Park, Korn, Manson y Spliknot dispuestos a sacar las garras en contra de los amantes de la fiesta sudamericana ponían en “vergüenza” a los fanáticos trves del metal purista. Con lo anterior, el movimiento pasó a su siguiente etapa: metaleros contra “metaleros”.

La nueva élite musical se jactaba de escuchar lo más adecuado para pertenecer a la tribu mientras despotricaba contra los nuevos escuchas del sonido pesado. Y la nueva revoltura se hacía presente con los subjetivos gustos para tildar a ciertas bandas como mainstream o underground y en base a esto ser escuchadas y verse bien ante el resto.

Y de la nada… todos eran metaleros desde siempre.

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Con el nuevo espacio concentrado de Facebook, todos resultaron ser metaleros emergentes de hueso colorado que conocieron a Metallica desde el Kill’Em All y no repudiaban la música externa, sino se jactaban de ser unos religiosos del metal y privilegiados por “encontrar música donde otros sólo veían ruido”.

El uso de las nuevas tecnologías permitieron globalizar la información para que ahora todos se hicieran conocedores de la mal llamada “buena música” mediante información y descarga ilimitada de discos con nombres que en su vida hubiesen escuchado si de medios convencionales se hubiese tratado. Y con ello, la prostitución de la música más “underground”, como la banda Silencer o la misma banda Death. Aunado a un hermetismo remarcado por desmeritar a cualquier sonido que no fuese metal o rock: “No te gusta mi música, eres poser”.

Elementos símbolicos como la famosa Dio-Señal se vieron expuestos con excedente entre los medios facebookeros al grado de ser explotados en cualquier rubro musical, así como los cientos de miles de usuarios que, a pesar de la enorme masificación del movimiento, reclamaban ser una minoría única por ser metaleros; personas con playeras de Iron Maiden ahora merecían ese título, o más bien, lo reclamaban.

musica?

Por un contexto social, no contentos con lo anterior, se dedicaron a enaltecer un ahora rebuscado género mediante carteles llenos de sentimiento para dejar en claro lo mucho que amaban las 5 canciones de Metallica más conocidas. Así mismo, tildaron a cualquier otro género lejos del rock y metal como faltos de cultura, siendo curioso el hecho de recalcar el concepto cultura: Todo registro antropológico basado en costumbres, tradiciones, creencias.

El metal, y todo lo acarreado con ello, a partir del nuevo milenio se volvió una moda comercial de lo no comercial. Lo “in” desde entonces fue verse como el rebelde de los acordes rudos y macro-distorsionados. Para ser rematado con el nuevo espacio que los jóvenes creían, era exclusivo para ellos, los pequeños metaleros incomprendidos y dichosos de poder pertenecer a este rubro sin enterarse de su mera necesidad socio-afectiva por integrarse en un grupo.

Ser Metalero: la nueva moda de adolescentes

El melómano perdió fuerza, ya no se podía amar a toda la música independiente a las formas de vestir o pensar, aún cuando el metalero promedio no ha leído más de tres libros en su vida. Ahora, la nueva moda, es ser metalero. Y posteriormente, quizá, lleguen los nuevos escuchas a marcar una nueva vanguardia fugaz propia del postmodernismo para cambiar los parámetros habituales del incomprendido de las minorías simbólicas.