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La difícil y dolorosa tarea de volver a empezar

La difícil y dolorosa tarea de volver a empezar después de la catástrofe

En medio de la angustia, miles de familias intentan reponerse y encarar una reconstrucción que llevará tiempo. Se estima que cerca de 55 mil casas y más de 150 mil personas fueron afectadas de manera directa por la inundación. Según el municipio, una de cada cuatro viviendas resultó afectada directamente por la inundación. Informe preliminar estima en 2.600 millones de pesos las pérdidas globales


La difícil y dolorosa tarea de volver a empezar

¿Cómo se hace para volver a empezar cuando en realidad ya se había empezado?

Se lo pregunta Irma Espinoza, madre de cuatro hijos y jefa de hogar de la familia Morveli, en 37 entre 132 y 133, y los ojos le brillan angustia.

En las paredes de su casa, a la altura de las ventanas, quedó la marca negra del agua sucia. El aire es un encierro de moho y humedad. Y el patio, al fondo, un desorden de ropa que ya no es ropa, alacenas podridas, frazadas embarradas y colchones empapados a los que no hay sol que pueda salvar.

Irma terminaba recién, el mes pasado, de pagar los muebles que compró tras la última inundación, hace ya seis años. Mesa, sillas, camas, modular, heladera, televisor, microonda, cocina. La tormenta de aquel verano le llevó todo, parecido a lo que le ocurrió en 2002, cuando otras aguas pero el mismo drama la dejó también sin nada. Esa primera vez tomó coraje y empezó de nuevo. Igual que en febrero de 2007. Otra vez. Y otra vez, de golpe, el agua que entra y sube. Y el miedo. Y las cosas que se hunden o se van y se pierden para siempre.

¿Cómo se hace para volver a empezar cuando ya se había empezado?

LAS PERDIDAS

Irma, enfermera del Hospital Rossi, se hace la pregunta y agrega: “¿Sabés que duele? Que hasta ahora ninguna autoridad vino al barrio para dar la cara”.

En medio de un panorama desolador que dejó más de medio centenar de muertos pero que también, y acaso de la forma más brutal, puso al descubierto la ineficacia de las autoridades en todos sus niveles, las palabras de Irma resumen el sentir rabioso y popular después de la tragedia.

No vino nadie es la frase más escuchada después de otra repetida hasta el dolor: Perdimos todo .

Ayer, cuando la reconstrucción vecinal seguía su marcha, desde el Municipio local se estimaba que el número de casas afectadas ronda las 55 mil y que las personas alcanzadas por el desastre superan largamente las 150 mil, algo así como el 25% de la población.

Las pérdidas económicas por hogar, según el informe preliminar que difundió la Comuna ayer, es de 78 mil pesos, lo que representa un total de 2.337.582.000 de pesos de patrimonio económico perdido por las familias de la Ciudad. Ese mismo informe dice que las pérdidas económicas totales para el Partido ascienden poco más de 2.600 millones de pesos

En el barrio de Irma no saben de cifras pero si de pérdidas y abandono. Como su casa ya había atravesado inundaciones feroces, ella decidió junto a sus hijos construir una pequeña habitación en alto, una pieza a la que se llega desde el patio y que fue pensada para salvar objetos en caso de tormentas bravas. Lo que no se imaginaban ella ni sus hijos era que ese refugio les iba a salvar la vida.

“En un segundo el agua subía más de medio metro -cuenta ella-. A las seis de la tarde estaba adentro. A la media hora nos llegaba a los tobillos. Poníamos bolsas de arena en la puerta pero no había caso. El agua nos subía a la cintura, a los hombros, al cuello. Enseguida dejamos de cargar cosas y nos fuimos para arriba. Ahí nos quedamos, refugiados y rezando para que no siguiera subiendo”.

Esa noche, cuentan, la oscuridad fue atroz y el aire se volvió aterrador. “Se escuchaban gritos, gente que se ahogaba”, recuerda Juan, uno de los hijos de Irma.

Juan es estudiante de Ingeniería y perdió todos los apuntes y los libros que había sacado prestados de la biblioteca de la Universidad. Su hermana, Juana, estudia Periodismo y también se quedó sin nada. Y su otro hermano, Miguel, es estudiante de Música y ayer lloraba porque ese río espontáneo que les entró con furia en su casa de La Cumbre le había llevado la guitarra y la batería que recién terminaba de pagar.

Así y todo están agradecidos. Y hacen bien. “Después de ver las cosas que estamos viendo -dice Zenaida, la mayor de las hermanas y empleada administrativa del Ministerio de Educación-, tenemos que darle gracias a Dios de estar con vida”.

Los Morveli son creyentes y solidarios por naturaleza. Ayer, cuando secaban al sol lo poco que pudieron rescatar, montaron un caballete en la puerta de la casa donde apoyaron la ropa que les había quedado y podían regalar. Un cartelito escrito por Zenaida avisaba: Ropa gratis . Como si acaso fuera necesario otra prueba de dignidad y nobleza, Irma calentaba en una olla los cuatro paquetes de fideos que logró salvar del agua para que los chicos del barrio tuvieran qué comer. Algo simple, algo enorme.

“Si no aparece nadie tenemos que estar nosotros -decía Zenaida, lógica y brutal-. Ahora hay que pensar que los nenes tienen hambre. Acá falta todo. No sólo colchones. Agua, comida, frazadas para la noche. Esto es una zona que fue bombardeada”.

En total, directa o indirectamente, los primeros datos dicen que hay 357.500 personas afectadas por la inundación, cerca del 55% de la población

En números preliminares, los datos oficiales dicen que las parcelas bombardeadas de la Ciudad son cerca de 58 mil, de las casi 270 mil que hay en el casco urbano y sus alrededores. Esos mismos datos dicen que a las más de 150 mil personas afectadas de manera directa por la inundación hay que sumarle cerca de 200 mil platenses afectados de forma indirecta. En total, directa o indirectamente, representa el 55% de la población de la Ciudad.

Si después de la última inundación los Morveli tuvieron que esperar casi seis años para lograr reponerse, ahora calculan que tal vez sean un par de años más. Irma hace ese cálculo pero dice que no importa.

“Cómo va a importar si acá en el barrio tenemos unos cuantos muertos -dice, llora-. Los vi yo misma y no pude hacer nada. Hay cosas que no me voy a poder olvidar nunca, ni en sueños”.

Irma llora y cuenta una historia que todavía no está en los registros oficiales. Es la de una nena que, asegura, murió en la esquina de su casa. Llora Irma y también sus hijos. A esa hora de la tarde, cae el sol en el barrio La Cumbre y hablar de pérdidas materiales parece indigno. “A nosotros no nos quedó casi nada pero nos da vergüenza ir a pelearnos por colchones -dice-. Qué se yo. Hay gente que ya no tiene ni la casa. Nosotros por lo menos tenemos el techo, las paredes”.

Cae el sol y la oscuridad en la casa de los Morveli se embota de humedad. Se prenden velas. Una de las hijas se pone a rezar. Alguien llora. Mañana será otro día y, ya lo saben de memoria, la reconstrucción ante el desastre y el abandono tiene que seguir.

Una vez más. Como siempre

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