El pueblo está a unos 80 kilómetros de la ciudad de Mendoza, hacia el norte, por la ruta que conduce a la provincia de Córdoba. Pasando el río, aproximadamente a 12 kilómetros de Gustavo André, en Lavalle, se abre un polvoriento camino hacia la izquierda y allí encontramos el poblado de La Asunción.
Es un lugar donde el tiempo se ha detenido, perdido y olvidado, con viejas calles que, como en la antigua Roma, se dirigen al mismo sitio, en este caso la capilla. Pueblo perdido y olvidado, sus habitantes disfrutan de la paz del lugar entre algarrobos, chañares y arenas. Y el desierto, el hermoso desierto de nuestro norte mendocino.
Es un lugar donde sentimos la extraña sensación de haber retrocedido en el tiempo.
Allí, hace algunos años un hombre crió a un perro manto negro y le puso por nombre Lobito; luego, otro hombre, que codiciaba al animal, se lo apropió?
Roberto, ex dueño
Roberto nos recibe en su casa y comenta la historia del animal que tiene atemorizados a los pobladores del lugar. Mientras habla su mirada vaga entre los médanos de arena, y el cielo azul y limpio del desierto. El caso encierra un enigma: los pobladores aseguran que hay algo extraño en ese animal, y lo atestiguan en sus comentarios.
"Yo era el dueño del perro, y el finadito Eufemio lo quería para él, era un animal muy baqueano para el campo, para la cacería, agarraba un quirquincho y no lo rompía, te lo entregaba sanito. Lobito le decía yo. Ese hombre siempre lo codiciaba, le tenía ganas... y un día el animal se perdió, desapareció de la casa, no estuvo más, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Un día, para unas elecciones, me lo encontré a Eufemio en San José y reconocí a mi perro que lo tenía él, pero el pobre animal ya no me conocía. Se lo reclamé y me lo negó. Ese hombre, cuando le gustaba algún animal, tenía la costumbre de pedirlo. Si se lo negaban, en cuanto podía se lo robaba. Así era. Bueno, el asunto es que me negó el animal, y yo que soy un hombre prudente, por no tener un problema preferí no llevar las cosas a mayores. No fuera a ser que todo terminara en una desgracia. El perro jamás fue dañino, todo lo contrario, era manso y bastante avispado.
Otro día me enteré de que Eufemio había muerto en el puesto y al animal nunca más lo volvió a ver nadie, fue todo muy extraño. El perro se hizo a vivir en el campo, entre los bañados, los bosquecitos de chañares, y nadie supo más nada.
El caso es que ahora, desde hace un tiempo, se lo ha vuelto a ver, se ha asalvajado, es malo con la majada, hace daño. Dicen que al animal se le ha metido el alma del Eufemio...
Actualmente, calculo, ya es un perro que debería haberse muerto de viejo, pero no. Dicen los que lo han visto que se mueve con la agilidad de un cachorro. Ese perro ahora tiene dieciséis años..."
Carlos, una víctima
"El perro era de un tal Roberto Lucero, y a su vez el tal Eufemio Villegas lo quería para él, entonces se lo pidió y como Roberto no se lo quiso regalar, una noche se lo robó. El perro se queda con quien le da buena vida y Eufemio le daba buena vida a los chocos.
Eufemio era curandero, a personas y bichos. Curaba el mal de orín en los caballos con una gallina negra. El caso es que ya van para tres años más o menos que falleció el finadito Eufemio, y a partir de entonces el animal desapareció, empezó a andar a campo, a volverse salvaje; y eso que antes había sido siempre mansito.
Ahora ataca a las cabras, hace daño en los puestos. Al principio mataba sólo para comer, ahora mata por gusto nomás, para causar perjuicio.
¿Víctimas? Sí, cómo no... el perro le ha matado majada a mi padre Daniel Santiago Fernández (a quien apodan "El Lago" Fernández); a Agustín González, a Roberto Báez, a Tito Traslaviña, a Manuel Aguirre... En fin, esos son sólo algunos. Todos ellos tienen puestos de cabras en estos campos.
El tema es que al animal no se lo puede matar. Es más, algunos aseguran haberlo matado y luego reaparece vivo como si tal cosa. Un tal José, al cual apodan "el Chanchero", lo mató, asegura que el animal murió. Le pegó dos tiros con una carabina y lo dejó tirado una noche, luego fue a su casa a buscar encendedor y combustible para quemar el cadáver del perro y al regresar no lo encontró, se había ido. A veces le hemos cortado el rastro, pero se mete en los chañarales y ahí se pierde.
Roberto Báez le disparó a boca de jarro con una escopeta y no le salió el tiro, y es que es un arma que la conozco y funciona perfectamente y está siempre limpia y en perfectas condiciones, que no falla nunca. Cuando el perro huyó volvió a disparar, entonces el tiro salió, pero el perro ya no estaba. A Tito Traslaviña le pasó exactamente lo mismo.
Hace un mes le armaron trampas. Zoilo Jofré lo entrampó con una "zorrera", el mismo Zoilo comentó que, indignado, cuando lo vio se acercó y le dijo: ?Perro h... de p... ahora te voy a matar así dejás de hacer daño'. Dice que el perro se sentó y lo miraba muy extraño, como si fuera la mirada de un cristiano, y le decía que ?no' con la cabeza, una y otra vez. El hombre no se animó a matarlo.
Qué se yo... dicen que es el espíritu del Eufemio, que anda en el choco.
Lo más raro es lo de Agustín González. Una noche fue al medio del campo entre unos médanos y prendió una vela, y santiguándose dijo en voz alta: ?Eufemio te voy a hacer dar una misa y rezarte unas novenas, te voy a prender unas velas pa' que descanses en paz, pero por favor no me matés mas cabras'. Así lo hizo, y desde ese día es al único al cual no le mata majada el perro ese.
En estos campos hay muchos bañados (bosques enmarañados de chañar) y cuando el perro se mete ahí es imposible agarrarlo. Las veces que se ha tratado de perseguirlo a caballo, los animales se empacan y no responden.
Zoilo Jofré afirma que él lo ha visto. Lo ha visto muchas veces acercarse a su puesto en la noche a tomar agua, pero nunca lo puede agarrar, es muy astuto el animal.
El perro antes de que muriera el finadito Eufemio era normal. El puesto donde estaba se llamaba Las Guakinchay, allí hay una laguna camino a San José. El lugar está como a catorce kilómetros de aquí, hacia el norte. Ahora está abandonado creo.
¿Qué pienso? Que algo lo protege al animal, algo raro hay dentro de ese perro. Ya va para tres años que viene sucediendo esto y no es posible que nadie pueda matar a ese perro. Los que lo han visto dicen que mira como si fuera una persona, algo extraño tiene, parece que a uno lo mirara una persona no un animal".
Luego de escuchar a Carlos Fernández, y ya de noche, con la luna gigante, redonda y amarilla alumbrando los arenales del desierto, abandonamos el lugar.
¿Leyenda rural? ¿Realidad? No lo sabemos. Atrás queda el pueblo de barro, con su memoria de antepasados huarpes, que tal vez nos miren gravemente mientras nos alejamos. Volvemos a la ciudad entre espectros de arbustos espinosos, arenas, y una luna gigante que nos acompaña. Y tal vez también un perro que nadie ve, pero que, como las brujas, que lo hay, lo hay.
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