Las calzas de Cristina. Antes decian que los rolex y las joyas eran cuestiones protocolares. ¿Donde está el protocolo ahora?

Cristina se puso las calzas.

Ante una derrota inexorable en las urnas, que se concretará en las elecciones del mes que viene, el gobierno nacional ha decidido mimetizarse con el massismo. Especialmente en lo que se refiere a la puesta en escena mediática vacía de contenido, al mensaje hueco intentando convencer a Doña Rosa y a esa suerte de predominio de la imagen por encima de todo.

Así es como la presidenta hizo que, el acto que encabezó el último viernes, sólo fuera comentado por las ajustadas calzas que lució, como si se tratara de una joven treintañera que necesita mostrar su vitalidad.

La realidad es que la gente le dio la espalda al gobierno no porque CFK luzca más o menos delgada. Lo que castigó el soberano fue la falta de repuestas a sus problemas cotidianos como la inflación, la inseguridad, la destrucción del empleo genuino y las consecuencias de una recesión que ya está instalada en casi todos los sectores de la economía.

La presidenta ni siquiera parece mirar cómo se mueven algunas de las grandes estadistas del mundo, como la alemana Angela Merkel, una señora de 59 años que tiene la responsabilidad de conducir una de las principales potencias del planeta.

Merkel tiene grandes chances de resultar reelecta en las elecciones de hoy y eso lo logrará no por su imagen estética (de hecho, jamás ha intentado ocultar su edad o su figura con cirugías o costosos tratamientos para rejuvenecer sus facciones), sino por el efecto de sus políticas, que han logrando mantener a flote a Alemania en medio de un escenario europeo que se derrumba. Por algo la prestigiosa revista Forbes la eligió como la mujer más poderosa del mundo.

En Sudamérica, hay otros ejemplos parecidos a Merkel. Por ejemplo, la chilena Michele Bachelet tiene muchas posibilidades de volver a ser la presidenta de su país, mientras que la brasileña Dilma Rousseff se encamina a buscar un nuevo mandato. Tanto Rousseff como Bachelet jamás, en sus carreras políticas, tuvieron que hacer semejante puesta en escena estética como la que hizo CFK el último viernes.

Lejos de atender el mensaje de las urnas, la primera mandataria argentina, y su séquito de adulones, están empeñados en mantener el rumbo. De hecho, todos los responsables de los fracasos económicos del gobierno permanecen en sus puestos y por el momento no hay indicios de que vayan a ser removidos.

Tras la derrota en las primarias, el oficialismo ni siquiera envió una señal de que, ante la falta de soluciones, se irá en busca de técnicos realmente capacitados, conocedores de cómo se mueve el mundo y del rol que debe tener la Argentina en ese escenario internacional, para que en los dos años que le quedan a CFK en la Casa Rosada se pueda al menos arreglar una pequeña parte de los desbarajustes generados por el kirchnerismo.

A esta altura de la circunstancias, es increíble que un personaje nefasto como Guillermo Moreno aún pueda tener en sus manos algunas de las principales riendas de economía. Estamos hablando de un funcionario que sigue al pie de la letra las órdenes de Cristina. Moreno es CFK. No tiene la más pálida idea de lo que significa la economía y por eso, como única arma para combatir la inflación (la suba permanente y generalizada de precios), busca esconderla falsificando estadísticas y apretando judicialmente a dirigentes de organismos de defensa del consumidor que reflejan la realidad.

Esas bravuconadas de Moreno, finalmente, derivaron en una suerte de tibio apercibimiento judicial en la semana que pasó, mediante el cual el funcionario fue procesado por “abuso de la autoridad” y se le decretó un módico embargo. Se trató, en definitiva, de apenas un chirlo, cuando el castigo judicial que deberían recibir tanto Moreno, como muchos de otros funcionarios K tendría que ser más importante dado el grado de corrupción estructural que existe en este gobierno.

La Justicia en la mira

En este contexto, en los días que pasaron, se volvió a poner de manifiesto la forma infame mediante la cual algunos poderosos, con vínculos con sectores políticos y económicos, son favorecidos de forma sistemática en los tribunales.

Cuesta encontrar antecedentes en la historia de un abusador, como el sátiro de la sotana (Julio César Grassi), que fue condenado a 15 años de prisión y, pese a que la sentencia fue ratificada por todas las instancias de la Provincia, no esté tras las rejas.

De hecho, Grassi se puede mover con total libertad, como el resto de los ciudadanos. Peor aún, pese a que la Cámara de Casación bonaerense -el máximo tribunal penal de la Provincia- dispuso su arresto, apenas fue citado a una audiencia para mañana. Un país donde no existe la Justicia, que es la que debe garantizar que todos somos iguales ante la ley, corre serio riesgo.

Lo que estamos viviendo es producto de una política que baja desde el poder central, que prefiere tener magistrados dóciles, permeables a las influencias políticas, que funcionarios judiciales idóneos. De hecho, para ser juez o fiscal en la Argentina, antes que tener la capacidad de administrar Justicia es necesario contar con un padrino político.

La impunidad, bajo estas circunstancias, siempre se terminará imponiendo. Que así no sea.