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el mein kampf de bush

No exagera un ápice Tom Crumpacker(*) al comparar el Plan anexionista de Bush con el Mein Kampf de Hitler. Son, efectivamente, los únicos ejemplos disponibles de planes para subyugar a una Nación anunciados públicamente.

Coinciden, además, en su carácter genocida y racista. En mi anterior artículo sobre este tema recordaba que el Plan Bush, si fuera realizado, liquidaría a Cuba, la Nación, pero también esclavizaría a los cubanos hasta el exterminio. Esa fue la experiencia que sufrieron millones de personas en los países europeos ocupados por las hordas hitlerianas.

El bloqueo contra Cuba es, sin dudas, un crimen de genocidio. Ha sido eso desde el primer día y lo es hoy. A esa definición corresponde exactamente una política que se propone “causar hambre y desesperación” como consta en documentos oficiales de 1959 y 1960 finalmente desclasificados. El Plan de 2004 y las medidas adicionales que aprobó Bush el pasado lunes tratan de aumentar el sufrimiento de todos los cubanos. Pero aspiran a ir más allá. El discípulo de Hitler, como su maestro, no reconoce fronteras.

El bloqueo, concebido inicialmente y aplicado así durante casi medio siglo, para afectar gravemente a Cuba y a todos sus ciudadanos, quiere desbordarse ahora para caer, como un látigo, sobre cualquier otro país y sobre cualquier otro pueblo del Tercer Mundo.

KATRINA PARA TODOS

Entre las nuevas medidas están las que buscan dañar la colaboración médica cubana con otros países. Quieren, específicamente, impedir los servicios que aquí se ofrecen a miles de pacientes que han sido curados de cataratas u otras afecciones oculares y han recuperado la visión, o reciben esos beneficios en sus propios países; tratan de frustrar la formación en Cuba de miles de jóvenes que estudian medicina y otras carreras; y se empeñan igualmente para sabotear las misiones que nuestros médicos, técnicos y enfermeros realizan en el exterior. Bush se imagina capaz de acabar con la Operación Milagro, con la Brigada Internacionalista Henry Reeve, con la ELAM.

Desde luego que “del dicho al hecho hay un gran trecho”. O adaptando para la ocasión otro refrán popular “una cosa piensa Bush y otra el bodeguero”. Pero, independientemente de que pueda alcanzarlo o no, está entre las cosas que él acaba de aprobar, entre las porquerías que viene de anunciar.

Eso es lo que proclama, en las páginas 31 y 32, del documento que aprobó el 10 de julio: “negar toda exportación” relacionada con equipos médicos que puedan ser usados en “programas médicos en gran escala para pacientes extranjeros” o en “instituciones de asistencia extranjeras”.

Tal propósito implica, irónicamente, el reconocimiento de una realidad cada vez más difícil de ocultar: el hermoso despliegue del internacionalismo y la solidaridad humana del que son testigos millones de personas desde Pakistán e Indonesia, atravesando África y el Caribe, hasta los Andes y Centroamérica.

Ni el Imperio arrogante, ni ninguno de sus acólitos en otros países capitalistas, puede mostrar nada que se parezca, siquiera remotamente, a ese ejemplo de genuina cooperación internacional, de verdadera lucha por la vida y los derechos más elementales de millones de seres humanos. Ninguno de aquellos es capaz de hacer lo que esta Isla pequeña, agredida y hostigada.

Causa indignación que aún haya miles de víctimas del huracán Katrina en Luisiana, Mississippi y Alabama reclamando ayuda, no son pocos los que fueron desplazados y viven como refugiados en su propio país, muchos los que murieron sin protección ni asistencia que Bush impidió se la diera esa misma Brigada Henry Reeve que ahora quiere destruir, miles los niños desaparecidos y miles los padres que aún los buscan. Nueva Orleáns y el Katrina quedarán para siempre como símbolos de la inhumanidad intrínseca al capitalismo. El “recen y váyanse” de Bush, resumen de su torpe insensibilidad, lo perseguirá hasta el infierno.

Que Bush, como Hitler, desprecia a los pobres y a los negros de Estados Unidos, que le importa un bledo si mueren abandonados, eso ya se sabe. Pero ahora sabemos también porque acaba de reconocerlo abiertamente, que su odio alcanza también a todos los pobres, a todos los indios, a todos los negros y mestizos de este mundo. Urge detenerlo y derrotarlo.

Crumpacker recuerda que cuando el Mein Kampf fue publicado en 1924 muchos europeos sencillamente lo ignoraron. Quince años después sobre ellos cayó su peor tragedia.

La historia no debe repetirse.

La situación ahora es peor. Bush tiene armas que no conoció su maestro. Cuando elaboró su infame panfleto, Hitler estaba en prisión. Su pupilo, anda suelto. No hay tiempo que perder.

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