Tardó trece años en salir y costó más de 13 millones de dólares. El álbum expresa, de algún modo, los problemas que acompañaron a su creador: es pretencioso y le falta la frescura rockera de la primera época de los Guns. Lo mejor, la voz de Axl, intacta.

Por Fernando D´addario

Axl Rose en estado puro
Axl Rose, amo y señor de una banda que ya no es tal

Axl Rose se apropió de la marca Guns N’ Roses y lanzó, finalmente, lo que debería considerarse su primer disco solista. La espera (trece años desde que empezó a bosquejarlo) y sus circunstancias (un costo de más de 13 millones de dólares a raíz, entre otras cosas, del continuo recambio de músicos, productores e ingenieros que estuvieron implicados) fermentaron una expectativa desmedida. Un simple dato para ilustrar esta suerte de curiosidad-morbo que acompañó la salida de Chinese democracy: puesto a disposición de los usuarios de Myspace, apenas publicado, el “streaming” del álbum completo acusó 25 escuchas por segundo. Record absoluto, dicen. Al parecer, siguiendo el itinerario de los foros, también la adrenalina se diluyó en tiempo record, o generó, más bien, un efecto boomerang. Casi todos hablan de lo malo que es el nuevo disco de los Guns y unos pocos lo defienden con la tenacidad de los cruzados.

Más allá de las visiones maniqueas, tal vez haya que juzgar el disco desde una perspectiva diferente. Chinese democracy es Axl Rose en estado de máxima pureza. Sin la cobertura de sus ex compañeros de los Guns N’ Roses, el cantante concibió un álbum que se complementa perfectamente con sus propios desajustes: Axl es ciclotímico, exagerado, caprichoso e inseguro. El disco también. Los rasgos más notorios de su personalidad se manifiestan en las 14 canciones que integran el CD. Dejando de lado la calidad decreciente, puede establecerse una línea que comunica Use your illusion I y II (editados –parece mentira– hace diecisiete años) con Chinese democracy. De hecho, aquel doble álbum zanjó la interna de la banda a favor de Axl (partidario de un sonido más “barroco” y experimental) a expensas de Slash e Izzy Stradlin (que proponían profundizar la veta del rhythm’n’ blues más agresivo y salvaje, con los primeros Stones y Led Zeppelin como modelos). En la comparación, un solo detalle sorprende gratamente: la voz de Axl luce impecable.

Aunque incluye baladas (previsibles) y no descuida ciertas convenciones gunners, Axl parece sobreactuar su necesidad de sentirse a tono “con los tiempos actuales”. Pero sucede que al haber tardado trece años en publicar el disco, los parámetros de actualidad se le fueron corriendo. El matiz “industrial” de “Shackler’s revenge”, los condimentos ñü metal de “Better”, el ligero aire trip-hop que introduce a “If the World” terminan acentuando el tufillo anacrónico de lo que alguna fue moderno. El mundo del rock es extremadamente cruel: Axl no supo leer –seguramente su megalomanía se lo impidió– que estos tiempos hubiesen recibido con más naturalidad la aspereza garagera de Appetite for destruction.

Es precisamente frescura rockera lo que le falta a Chinese democracy. También le falta Slash, aunque le sobren guitarras (en algunos tracks llega a utilizar hasta cinco violeros). A lo largo del álbum se acumulan, como capas geológicas, las influencias que Axl busca blanquear (desde Jane’s Addiction hasta Faith No More, pasando por Primal Scream). Quizá no se animó a hacer un disco de Guns N’ Roses.


Fuente