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El hombre del gol

El hombre del gol

INOLVIDABLE. Bruno y la camiseta que usó el día en el que metió el gol más importante de su vida. (FOTO: La Página Millonaria)



Este hombre hizo un gol. Y no fue cualquier gol aquel. No, no fue uno que haya quedado apenas en la felicidad efímera de la conquista, en algunos miles de abrazos y gritos fugaces, en la intrascendencia en la que invariablemente sucumben la mayoría de ellos, los anotados en el Camp Nou o en el potrero más remoto. Y fue el más importante registrado por un anónimo. Porque eso fue él antes y después de ese gol: un total y perfecto anónimo. Las personas de más de medio siglo de vida es probable que no recuerden su cara y la imagen del gol conforme apenas una sombra vaga en sus memorias. Para los más chicos, continúa siendo un estupendo anónimo. Su nombre es Rubén Norberto Bruno, y ésta su vida.

No es un hombre común, aunque en sencillas bermudas y pantuflas le abra la puerta de su casa en Coghlan a cualquier curioso que pretenda recordar junto a él las aventuras que lo llevaron, al menos por una noche, al estrellato absoluto. La primera de aquellas peripecias se remonta a sus contactos embrionarios con la pelota en la calle Aráoz de su Palermo natal, cuando los autos todavía no entorpecían los picados improvisados sobre los adoquines. No fue allí sino en su segunda casa, en el barrio de Saavedra, donde habitualmente recibía una visita para él misteriosa y que observaba de reojo mientras se dedicaba a “gambetear macetas y patear contra la pared” para no molestar. Rubén tenía 10 años, y ese hombre, un inquilino de la madrina del padre, conversaba de fútbol y hasta hacía promesas: “No te preocupés que a Racing le ganamos con los dos puntas”. Ese Racing era el invicto de 39 partidos, el “Equipo de José”. Y ese hombre de las tertulias, Renato Cesarini, el entrenador de River. “Y un día Renato le preguntó a papá si no quería que me mande a una prueba al club. Papá no puso objeciones y a los dos o tres meses me llegó una carta citándome al Monumental para que vaya a probar aptitud. Gracias a dios quedé y ahí hice todo el camino hasta Primera”, rememora y admite que a esa edad “no tenía ni idea de quién era Cesarini”, al que ilustra como “un libro abierto de fútbol”. ¿La promesa? Renato la cumplió. River ganó 2-0 con goles de sus puntas, Oscar Pinino Más y Luis Cubilla.

Así comenzó su largo recorrido en las inferiores de River Plate. Con su categoría, la ‘56, fue campeón en 8ª, 7ª, 6ª y 3ª. La vida lo trataba sin mayores sucesos por entonces, como se supone la de cualquier pibe de 18 ó 19 años. Su gran éxito a la fecha había sido llegar a la Tercera con edad de Sexta.

“Todo fue normal hasta ese día”, dijo alguna vez. Y con ese día se refiere al 14 de agosto de 1975. Era jueves y junto a sus compañeros de Reserva se presentaron a entrenar como en cualquier otra jornada. Lo que no sabían era que por esas horas había estallado una huelga para solicitar en Agremiados la creación de un Estatuto del Futbolista Profesional, en lo que fue la última gran lucha en la que se embarcaron los jugadores argentinos.

A las 10 de la mañana y sin mediar mayores explicaciones, los amateurs fueron llevados a la concentración del Monumental. Recién al mediodía recibieron los primeros avisos sobre la situación: “Hay una posibilidad de que ustedes representen al club esta noche, porque hay una huelga de jugadores”, les explicó un dirigente que a las 6 de la tarde regresó para confirmar la noticia. La comisión directiva puso la decisión de jugar en manos de los propios jugadores, un total de 20, que llamaron a unas brevísimas elecciones que se definirían por mayoría simple: ganó el “sí” 19 a 1; sólo Rubén Cabrera, que ya había entrenado con Primera, se opuso. De aquella veintena de amateurs, también el arquero Alberto Pedro Vivalda tenía experiencia con los profesionales. Aunque lo sabrían luego y la malaria se extendería a casi todos por igual, para el arquero “fue el ‘sí’ más caro de su vida y su historia, pobre. Lo mataron. A Beto lo mataron. Le costó ca-rí-si-mo”.

Mientras se consumían las horas de la tarde, los partidos se iban suspendiendo. Apenas cuatro de diez se disputaron, todos ellos con jugadores de las divisiones inferiores. Vélez le ganó 3-0 a Colón; Racing, que presentó un combinado con jugadores principalmente de Octava y Novena, cayó 10-0 ante otro semi profesional de Rosario Central; y Boca hizo lo propio con All Boys (7-0). Pero el último de la jornada, el más importante, el que iba televisado, el que podía definir el campeonato, era el de River. Y no era cualquier campeonato. Habían pasado 17 años y ocho meses desde el último título conseguido por los de Núñez, el de 1957, el de su primer tricampeonato.

Entonces, luego de la votación, Bruno y sus compañeros emprendieron a las 18:45 el viaje hacia el Estadio de Vélez Sarsfield, evitando al público fuera, escurriéndose por un pasaje ubicado a un costado del departamento médico del club y escoltados en el camino por cuatro patrulleros y dos motos.


-En la previa, ¿qué se decían entre ustedes?

- Anecdóticamente, le dije al Gringo Gigli: “Quedate tranquilo que esta noche te salvo yo”. Pero por supuesto en joda total. “¿Estás nervioso? ¿Estás cagado?”, me decía. “Esta noche te salvo yo”, insistía. Y bueno, pasó.


-Entonces un poco pasó por eso. Lo visualizaste.

- Puede ser, puede ser. Lo visualicé. Pero viste, hasta que llegamos a la cancha y todo no vimos nada. Nos encerraron en el vestuario y cuando salimos a la cancha… una cosa impresionante. Nunca vi una cosa igual, tanta gente de River, tantos papelitos, tantos fotógrafos. Claro, hace 18 años que no salíamos campeones. Era toda gente de River, coparon toda la cancha. En ese vestuario de olores juveniles había dos hombres encargados de comandar la batuta. Uno, entrenador de los pibes en la Reserva, Federico Vairo. El otro, el que había dicho que “a River vuelvo para salir campeón”, Ángel Amadeo Labruna, el entrenador del plantel profesional. El que tomó primero la palabra en aquel ambiente atestado de nervios y ansiedades fue Vairo, “un padre. Una persona que nos aconsejó constantemente. Un lírico de la vida, del fútbol, nos enseñó todo, nos crió. Una gran persona. Un gran técnico”, lo define hoy. Luego fue el turno de la leyenda: “El día del partido estuvo en el vestuario y nos pidió que jugáramos con calma, tranquilos, que a pesar de todo era un partido más, que no nos pusiéramos nerviosos. Él estuvo con nosotros. Y vio el partido desde la boca del túnel, por supuesto no podía salir en el banco por una cuestión ética. Fue un vivo del año cero. Elegía fabulosamente bien. Un ojo clínico, sabía ver a los rivales. Ganador nato”.

El final de esta pequeña historia es harto conocido. Rubén se ha cansado, aunque todavía se le hiele la piel al hablar de esa noche, de relatar el gol. No lo hará ahora. No. No contará que Norberto Bargas lanzó un pelotazo que el defensor de Argentinos Ricardo Próstamo quiso neutralizar con un sombrerito inexacto, que anticipó aquella pelota con su testa, que la mató con la izquierda y que con la misma izquierda, con todo el arco a su merced, definió con la cara interna, suavecito, preciso, para que cualquier esfuerzo del arquero Norberto Díaz resultara inútil, para poner el 1-0. Para hacer el gol. Su gol. La gente que colmó el campo de juego, que alzaba en andas y desnudaba a sus pequeños ya convertidos en héroes, que se comían el pasto, que luego en la calle, sobre la Avenida Juan B. Justo, “a mano sacaban los coches. La gente levantaba los autos para que pasara el micro. Una cosa nunca vista”.

Esa noche significó un quiebre total no sólo en su carrera, sino en la de todos los que decidieron jugar a pesar de la huelga. Los de River y los de Argentinos. A pesar de que el reclamo en Agremiados resultó exitoso –al día siguiente llegaron a un acuerdo, levantaron la huelga y el domingo ya jugaron la última fecha, la 38 ª , los profesionales–, la marca de aquella jornada no se la pudieron borrar jamás. “Vivalda me dijo años más tarde que las dos listas de los dos equipos, de Argentinos y River, estuvieron en la puerta de Agremiados durante mucho tiempo. Como diciendo estos jugadores no pueden jugar. Los rompehuelgas, carneros”, denuncia Bruno cuando se le trae a la mesa una frase que dijo hace un tiempo ya: “Haber jugado ese partido nos perjudicó”.

-Hubo una nota que hice yo a los 10 años del gol y también un profesional que estaba en ese equipo, y él decía: “Van a pasar más de 100 años y sigo pensando lo mismo: fueron carneros”. Es decir, carnero, la banqué porque era pendejo. Pero ahora no me la voy a fumar. Yo no fui carnero. Yo era amateur y jugué. Pero a nosotros no nos perdonaron haber dado la primera vuelta olímpica. Ellos surgieron de la huelga y se quedaron en Primera y ganaron plata toda su vida jugando al fútbol. Es al día de hoy que le preguntás a uno en especial, no voy a decir el nombre, y te va a decir: “Son carneros”.


-¿Eso quién lo decía?

-No importa.


-Uno que lo ves en el club ahora…

-Y sí, a veces lo veo. Sin embargo dice lo mismo.


-El 10, ¿no?

-…

Gesticula pero no lo nombra. No lo quiere invocar. La marca de esa noche no quedó sólo en la calificación de carnero. En resumidas cuentas, de toda la camada riverplatense sólo prosperaron en el fútbol, y bien lejos de River, Alberto Vivalda y Rodolfo Raffaeli. Del lado de Argentinos el único que sobrevivió fue Jorge Orlando López, que luego jugó más de un centenar de partidos con esa camiseta. El resto, los de ambos equipos, apenas si jugaron una decena más de encuentros con sus colores. Para muchos fue debut y despedida. El único dinero que el fútbol le dio a muchos de los jugadores riverplatenses, lo ganaron esa noche: “Los profesionales habían arreglado para los últimos cinco partidos 25 millones por partido ganado, o sea casi 1 millón de pesos para cada jugador. A nosotros nos dieron 250 mil pesos. Era mucha guita. Nos dieron un sobre con plata y no terminábamos de gastar nunca. Eran unos billetes como los de 100 ahora pero colorados de 10 pesos y nos dieron… gastábamos, no terminaba nunca de sacar billetes”.

Para Bruno fueron días complicados los que le siguieron a su momento más feliz. Fueron tres meses de locura, cuando la gente lo paraba en la calle, las chicas lo besaban sin pedirle permiso y al grito de “¡ahí está Bruno!” hordas de fanáticos se amontonaban en medio segundo para pedirle una foto o un autógrafo. Luego siguió siendo el mismo pibe de 19 años que era hasta antes del gol.

En River jugó 11 partidos, hizo un gol más, en 1975 un empresario lo quiso comprar por 30.000 dólares, pero fue declarado intransferible, fue titular en el Superclásico que el 25 de julio de 1976 empataron en uno con Boca y llegó al banco de suplentes en la primera de las tres finales de la Copa Libertadores de aquel año contra Cruzeiro, en Brasil. También tuvo una breve experiencia con el seleccionado juvenil que afrontó en 1975 el Sudamericano en Perú. “Tuvimos una sola convocatoria y yo quedé afuera 15 días antes de viajar a Perú. El 1 de agosto me dijeron que no fuera más. Menotti y Ponzini me sacaron de la convocatoria. Estuve como 4 ó 5 meses trabajando con la Selección”, agrega y recuerda que en aquellos entrenamientos “Maradona estaba de alcanza pelotas, no lo quisieron poner. Era muy chico y no lo querían exponer”.

A pesar del gol, de buenos rendimientos en la Tercera, aunque de algunos pasos en falso en la Primera, para fines del ’76 “no valía nada”. Lo dejaron libre.


-¿Cuál fue el día más triste de tu carrera?

- Cuando me dijeron que me tenía que ir. Estaba libre. Me enteré por el diario. No me lo dijeron cara a cara. Porque los primeros días de enero ya tenía que venir o el telegrama para firmar contrato o nos tenían que dar el pase. Y apareció la lista de jugadores prescindibles para el club y estaba yo. Me echaron como a un perro. Había un montón de cuadros que yo podía haber ido a ver recomendado por River, y no lo hicieron. Eso dolió. Porque cuando nos tuvieron que ir a buscar para jugar, vinieron. Y después se abrieron de piernas porque se sumaron al grupo de los profesionales. Eso fue doloroso.

En ese instante comenzó una nueva etapa en su vida. Lejos de River, de esa casa empachada de comodidades inimaginables para la mayoría de los clubes del resto del país. El primer destino fuera de Núñez fue el club Los Andes de Lomas de Zamora, que jugaba en la B, y del que guarda los más terribles recuerdos. Jugó allí una decena de partidos, pero el presidente decidió a mitad de torneo y con la posibilidad del ascenso ya imposibilitada, rescindir los contratos de sus jugadores mejor pagos. Bruno era uno de ellos.

-En Los Andes te dijeron: “No te podemos pagar. O te vas o te hacemos matar por la hinchada”.

-Es verdad. Ellos me obligaron. Fue traumático porque para un chico que sale de River, que tenés todo, te tratan como si fueras un rey, a ir a un club como Los Andes que no tenía ni ropa y que un tipo te apure de esa manera porque era uno de los que más ganaba. Los Andes no tenía posibilidades de ascender porque Estudiantes de Buenos Aires había sacado en la primera ronda 13 puntos de ventaja y ascendían dos, entonces el tipo limpió a toda la gente. Carlos Gula –presidente del mandato anterior– fue, que le decían el “Manco” Gula. No fue el presidente el que me lo dijo. Fue el que me hizo el contrato a mí. Y bueno, me fui a mi casa y le dije a mamá vamos a arreglar, me quiero ir porque sino me van a matar. Después mi viejo fue y arregló él la plata. Me debían como 100.000 pesos y me dieron 20.000.

Luego fue a Central Norte y tampoco le pagaron. Volvió a Buenos Aires resignado y le anunció a su padre que dejaba el fútbol. Tenía 20 años. Después surgió una nueva oportunidad y viajó a Chile. El Huachipato compró su pase: “Fue la única vez que gané plata en el fútbol. Y te digo, con lo que gané no me alcanzó para ganar un departamento. Me lo terminó pagando mi viejo que ganó el PRODE. Lo ganó y me dijo: ‘Basta negro, no lo pagués más’. En su momento ganó mucha guita”.

Como una maldición que caía sobre él, la mala suerte cruzó la Cordillera y lo acompañó una vez más en su periplo futbolístico. Durante los primeros seis meses jugó y, admite, desperdició la chance. Pero el destino tenía otros planes para él. En el equipo chileno arribó un nuevo entrenador, de apellido Tabárez, que tomó una decisión al menos polémica.


-Y en Chile el técnico dijo que no quería argentinos en su equipo, ¿les explicó los motivos?

-Después me enteré. Porque llegó el tipo y viste que el argentino tiene más personalidad que el chileno, y nosotros éramos de hablar mucho, de gritar, de pedir la pelota, y al tipo no le gustaba. Llegó, vio la práctica, dos, tres, diez días, quince días, y no jugamos ninguno de los cuatro. Éramos cuatro argentinos y nos sacó a todos. Después los compañeros mismos nos comentaron. Los argentinos eran Martín Rico, Ibrahim Hallar y Darío Tessori. Darío empezó a jugar después con él, y se puso contento porque el pibe se lesionó, pobre, y no pudo seguir jugando.


-¿Cómo tomarías hoy una decisión así?

-Y… yo creo que me hubiera defendido de otra manera. No me hubiera callado la boca. Hubiera ido a hablar con los dirigentes. Cuando sos joven bancás muchas cosas que no están bien. El caso de Los Andes, el de este hombre. Al ser joven no hice eso y el tipo me limpió. No andaba con mucha suerte después del gol.

Lo dicho: la mala suerte. La siguiente parada fue el fútbol de la Liga de Neuquén. En cuatro años anotó 96 goles; 49 en 1981. Entre Unión de Zapala y la Selección neuquina dividía sus tiempos. El nivel del campeonato, afirma, no era superlativo pero tenía el de una “C” de Buenos Aires. “Te mataban a patadas y yo hice 49 goles. Si hubiera tenido la difusión correspondiente algún club me hubiera venido a comprar. Pero estábamos en Neuquén… Y no pasó”, se lamenta.

El año 1982 lo sorprendió con otra mala noticia: le dolía el tobillo y no sabía bien qué tenía, pero no podía ni caminar y en Neuquén no tenía la posibilidad de realizarse los estudios para determinar el origen de aquellas puñaladas que sentía en el Tendón de Aquiles. Se cansó de ir de un lado para el otro, de estar lejos de la familia y abandonó el fútbol. A su vuelta a la Capital Federal fue de visita a River y se hizo atender por un viejo amigo del club: el doctor Héctor Julio Melito.

-Yo le dije: ‘Doctor, mire, no puedo ni correr, pero no quiero jugar al fútbol. Quiero jugar aunque sea al tenis; no me puedo mover’. Tenía una fascitis plantar. Me dijo que estaba loco, que ni me tenía que operar. En eso River se portó bien. Estuve desde marzo a noviembre haciendo tratamiento en el club y me curé. Volví a tener la movilidad que tenía el pie. Volví a jugar en Harrods, en la Selección de Harrods con muy buen nivel. Pero ya estaba en otra cosa. Estaba empezando a trabajar y ya no tenía ese bicho que te pica para seguir jugando. El fútbol me nockeó. Con todo lo que me pasó, todas cosas negativas. Lo más lindo fue el gol. Todo lo demás no fue bueno. Sí conocí gente, viajé, me relacioné bien, en todos lados quedé bien parado porque la gente me aprecia. Es el día de hoy que en Neuquén tengo gente que me invita a ir constantemente, tengo una relación muy buena con el club de allá. Pero hay momentos en los que decís… ¿qué hago? Plata no había ganado, posibilidades de jugar acá tampoco.

Entonces ya sin el fútbol en sus días, Rubén le dio un vuelco a su vida. Hizo el curso de entrenador, profesión que al día de hoy y desde hace ya 25 años desarrolla en el country Campo Chico.

Además, a los 19 años y justo después del gol, había profesado las ganas de estudiar periodismo deportivo, deseo también de la madre pero que se evaporó porque el compañero con el que había planeado tal empresa se fue a vivir a Canadá. “Veía que era una linda carrera –explica. En esa época, cuando se lo dije a Beto Etchezuri, que ahora trabaja en TyC Sports, me hizo una cara como diciendo: ‘Qué vas a estudiar periodismo deportivo’. Claro, no había la cantidad de medios y espacios que hay ahora. Antes estaba Clarín, La Nación, La Razón, Goles, El Gráfico y sino trabajabas en eso te morías de hambre. Me hubiera gustado. Si me hubiera decidido la hubiera pegado, porque ahora agarraba el auge del periodismo con un bagaje importante, con conocimiento. De los periodistas de ahora me gusta Varsky, mucho mucho. Juan Pablo es del country, tenemos una buena amistad y lo admiro, es un gran periodista”. Sin embargo, como se puede apreciar, de ser entrenador en un country no se puede vivir. Por eso trabajó de todo y no le da vergüenza decirlo. Desde la gerencia de un restaurante hasta vender celulares. La idea era que no le falte nada a su familia.

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La entrevista se desarrolla en un living comedor de paredes amarillas y muebles discretos, mientras los hijos de Rubén se pasean, van a la cocina y vuelven con la merienda. El sol que hasta hace poco entraba por la ventana del cuarto piso deja de iluminar la última pared que recibía su luz. Sobre ese fondo dorado hay un cuadro, y no es cualquier cuadro. Éste encierra una camiseta.


-¿La del gol, no?

-Sí, es la de ese partido.


-Tiene una historia esa camiseta…

- Esa la perdí, la recuperé, la volví a perder, y después resultó que la tenía mi cuñado. Pensé que la había perdido. La primera vez el tipo que me la sacó en la cancha la quiso vender a través del diario Clarín y un policía que custodiaba en River fue y lo apretó. “Si vos vendés la camiseta del pibe yo te meto en cana. Devolvémela”, le dijo. Y se la devolvió. Yo me enteré y el tipo me dice que tenía la camiseta y que quería un par de zapatos míos a cambio. Entonces le regalé un par de botines y me dio la camiseta. Después se la dí a mi mamá y la perdimos de vista. Apareció hace un año en una valija en la casa de mi hermana, misteriosamente.

No crea que todas fueron pálidas luego del gol. A los 58 años, casi cuatro décadas después del gol, River volvió a su vida. O mejor dicho: Bruno volvió a River. Fue gracias a las últimas elecciones en las que triunfó Rodolfo D’Onofrio: “Él mismo me llamó. Hicimos muchas charlas con él y con la gente durante la campaña, y me prometió que si ganaba me iba a llevar a trabajar al club. Me preguntó: “¿Vos que puesto querés?”, y le dije que de nada en especial, que quería trabajar, volver a mi casa. River es mi casa y quería volver. Y cumplió”. No había podido volver al club luego de que lo dejaran libre en 1976. Sólo había regresado para la recuperación fugaz de su lesión en el tobillo. Cuando se cumplieron 25 años del campeonato les dieron una medalla a cada uno de los jugadores que participaron en aquel partido y les obsequiaron una platea de por vida. Pero a trabajar, jamás regresó. “La verdad que fue todo un gran misterio hasta que este hombre apareció en mi vida, me dijo que iba a trabajar y cumplió”, dice mientras una sonrisa se le dibuja en la cara, porque explica lo feliz que es trabajando en las infantiles categoría 2007, los más chiquitos, que lo quieren y lo miran como si fuera el tipo que más sabe de fútbol, y eso lo reconforta.


-¿Es cierto que cada algunos meses se juntan a cenar con los chicos del ‘75?

Sí. A veces somos 15, 20, depende. Se habla de todo, en realidad nos reímos mucho porque siempre cae alguna persona o periodista y viene y saca fotos. Pero más que nada hablamos de la vida de cada uno, tratamos de ver si alguno necesita algo para ayudarnos entre nosotros.


-¿Surgen cosas de aquel partido?

-Sí, por supuesto que sí. Repetimos, ya estamos viejos. Porque te acordás de muchas cosas que pasaron en la cancha, antes del partido, post partido. La vuelta olímpica, la gente, el agradecimiento, tres meses de locura que la gente me paraba por la calle y a todos lo mismo, no a mí solo. Fue algo inolvidable.


River Plate

1 comentario - El hombre del gol

claudanjaz +1
La verdad, hay que sacarse el sombrero ante estos ÍDOLOS del Club. Me sorprende a diario la nueva gestión en River y es así como debe tratarse a los que dieron todo por los colores!
ETERNAMENTE GRACIAS!!!!