Si pudiera aumentar su inteligencia tomando una píldora ¿lo haría?


La inteligencia ahora en pastillas


Esta es la interesante pregunta que plantea un equipo de notables científicos en el último número de la revista Nature (“Hacia el uso responsable de medicamentos que mejoran la capacidad cognitiva”). La pregunta no es retórica ni una cuestión de ciencia-ficción, ya que diversas drogas con capacidad de aumentar la capacidad cognitiva (eso sí, de forma modesta) ya están siendo utilizadas, y de forma masiva, en algunos campus universitarios. La píldora de la inteligencia ya está aquí.

Las más empleadas son el modalfinil, el ritalin y el adderall. La primera se emplea para combatir los efectos de problemas tales como la apnea del sueño y la narcolepsia. Las otras dos se utilizan para tratar la hiperactividad, sobre todo en niños y jóvenes. Los autores estiman que en algunas universidades de USA, aproximadamente un 25% de los alumnos las utilizan.

Los firmantes del artículo se refieren a tres cuestiones relacionadas con el uso de dichas sustancias.

La primera es la cuestión de la seguridad. No parece ser un problema muy grave, al menos en el caso de las sustancias mencionadas. Todas han pasado controles exhaustivos y son recetadas con mucha frecuencia (sobre todo las dos últimas). Cierto que no hay demasiados estudios sobre los efectos a largo plazo y cierto también que sus efectos no han sido estudiados en individuos sanos. Pero ninguna de estas objeciones parece demasiado grave.

La segunda es la cuestión de la libertad. Irónicamente, los soldados estadounidenses pueden ser obligados a consumir modalfinil si sus superiores consideran que su trabajo requiere imperiosamente un estado de máxima alerta. Podría darse el caso que directores de algunos colegios, deseosos de que sus alumnos tuvieran buena puntuación en tests estatales les obligaran a tomar esta sustancia antes del examen.

La tercera es la cuestión de la justicia. Si los exámenes son “competitivos”, p.e. pruebas de acceso en la universidad, o en oposiciones, los que no tomen estas sustancias estarían en inferioridad de condiciones ¿no?

No creo que estas preguntas tengan todavía una respuesta clara. Más bien se trataría de generar un debate en la sociedad para ver si se llega a algún tipo de consenso. Evidentemente, son preguntas que se nos plantean como consecuencia de los avances en Biología y que son completamente nuevas. En cierto modo, este debate está relacionado con el del uso de drogas modificadoras del humor (“¿Más placebo y menos Prozac?”).

En el influyente libro de Francis Fukuyuma (“Our post-human future”, Profile Books, 2003), este autor arremete contra el uso de este tipo de sustancias, alegando que atentan contra el concepto tradicional de “ser humano”. Lo que dice Fukuyuma es que emplear una píldora para mejorar el carácter (prozac) o la inteligencia (modalfinil) es “trampa” y debería estar regulado (léase, prohibido). Los autores del artículo de Nature son menos beligerantes. Más bien piensan que si una píldora puede aumentar nuestra capacidad cognitiva y su uso es razonablemente seguro, ¿por qué no hacerlo? En todo caso, nos lo podríamos plantear.

Me pregunto si en el próximo examen que haga tendré que someter a los alumnos a un control anti-doping.


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