El palestino y la israelí

Una joven de Jerusalén y un muchacho de la franja de Gaza desarrollan una entrañable amistad a través de correos electrónicos.


Tal Levine nació el primero de julio de 1986 en Tel Aviv, aunque vive en Jerusalén. Sus padres son pacifistas y el 13 de septiembre de 1993, cuando Yasser Arafat e Isaac Rabin se estrecharon la mano en Washington delante de Bill Clinton, creyeron de verdad que la paz era posible entre judíos y palestinos. Tanto es así, que cenaron una comida especial y brindaron con champaña con sus dos hijos pequeños. Pero este sueño no duró mucho: el 4 de noviembre de 1995 Isaac Rabin fue asesinado por un judío israelita. Y a los pocos años, de nuevo los enfrentamientos, las intifadas.

A sus 17 años -estamos en 2003-, Tal tiene un novio, está a punto de terminar el colegio y quiere estudiar cine. Le gusta Jerusalén porque su padre, un gran conocedor de su historia, le ha enseñado a amarla. Las piedras reviven con sus relatos y aparece un tiempo mejor en el que por sus callecitas sombrías los burros se tropezaban con los hombres sin preocuparse por saber si eran judíos, cristianos o musulmanes. Muy distinto al de ahora, cuando la ciudad es sacudida por atentados terroristas. El último, el de hace unos días, ha dejado traumatizada a Tal: una bomba humana explotó en el interior del café Hill y entre los muertos se encontraba una muchacha de 20 años que iba a casarse. La tragedia que siempre hay dentro de la tragedia: "Una chica murió en compañía de su padre; se iba a casar hoy, pero se murió horas antes de lucir su bonito vestido blanco, horas antes de que el fotógrafo llevara a la joven pareja a los lugares más bellos de Jerusalén para tomar las fotos del príncipe y la princesa que tendrán muchos hijos".

Esa muerte la conmueve profundamente y la lleva a escribir. Y luego, siente la necesidad urgente de enviarle a alguien lo que escribe. A alguien del otro bando, a una joven palestina de su edad. Entonces, toma la botella vacía de champaña que sus padres guardaban como recuerdo de la paz fallida, y se la entrega a su hermano -quien presta su servicio militar obligatorio en Gaza- para que allí la arroje al mar. Una botella con una carta adentro arrojada al mar de Gaza: "Quizá rompas esta carta y las páginas que la preceden. Quizá sólo sientes odio al oír la palabra Israel. Tal vez te rías de mí y quizá simplemente no existes: pero si esta carta tiene la suerte de encontrarte, si tienes la paciencia de leerme hasta el final, si como yo piensas que debemos conocernos por mil buenas razones -comenzando por nuestras propias vidas, que queremos construir en paz porque somos jóvenes- entonces respóndeme". La interesada deberá responder al correo electrónico bakbouk@hotmail.com.

A las dos semanas llega una respuesta al correo de Tal, con curioso remitente:

gazaman@free.com. Que no es una joven palestina, sino un joven palestino que no quiere revelar su identidad y se burla descaradamente de la señorita "botella plena de esperanza en un océano de odio", de la niña de bonita prosa, hijita de papá, pura y sensible. Para empezar, le aclara: los palestinos no hablan hebreo. No hay la menor posibilidad de que les enseñen la lengua del enemigo. Él, 'gazaman', la conoce, pero no quiere contarle las circunstancias en que lo obligaron a aprenderla.

El Palestino Y La Israeli.


Este es apenas el comienzo. Lo que le espera al lector es la grata tarea de ir descubriendo de qué manera la persistente y encantadora Tal va venciendo la resistencia del hosco palestino hasta descubrir su identidad y su vida concreta en la franja de Gaza: sus padres, sus amigos y, por supuesto, cómo son las bombas, el miedo y la muerte vistas desde el otro lado. Los correos electrónicos van y vienen y al tiempo se va consolidando la amistad y el afecto. ¿Una fábula fácil con moraleja de paz? Para nada, más bien una historia muy bien lograda con un tema bastante difícil. Su autora, una francesa que ha vivido en Israel por largos años y estuvo en el Ejército, ha dado con acierto ese primer paso necesario para superar el odio: imaginar al otro, darle voz y reconocimiento.


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