Dan Brown: “Me critican por cualquier cosa que escriba”
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Dan Brown
“Me critican por cualquier cosa que escriba”
El millonario autor de “El símbolo perdido” defiende su estilo sencillo y reconoce que altera hechos históricos para enriquecer sus ficciones.

Exeter (Nuevo Hampshire). Hace seis años, Dan Brown vivía en el anonimato en un departamento alquilado a orillas del río en Exeter, al noreste de Estados Unidos. Ahora es un escritor millonario, polémico y mundialmente conocido que está encantado con su fama y su riqueza.

"Soy muy reservado y ciertamente gran parte de mi privacidad se ha esfumado, pero también tengo grandes oportunidades. Diría que la fama y la riqueza son maravillosas en un 95 ó 97 por ciento", explica el autor El código Da Vinci y El símbolo perdido, novela que continúa el sensacional éxito y cuya versión en español salió el jueves.

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El libro, que transcurre en el espacio de 12 horas en la capital estadounidense, gira en torno a los masones y a la misteriosa amputación de una mano, que causa la intervención de la CIA, y tras la cual se oculta la búsqueda de una antigua fuente de poder.

La obra, con una tirada inicial de 6,5 millones de ejemplares en inglés y 1,5 millones en español (100 mil se lanzaron el Argentina), repite una fórmula de éxito que Brown defiende a capa y espada.

"Mis críticos dirían: ‘esta persona no es William Faulkner’. Y lo que yo digo es: tienen razón. Ni lo soy, ni lo pretendo", asegura el autor durante una entrevista en Exeter, en Nuevo Hampshire, cerca de Boston.

El encuentro tiene lugar en la biblioteca de la Academia Phillips Exeter, un prestigioso centro escolar en el que el padre de Brown impartió clases de matemáticas, a escasos metros del restaurante Penang & Tokyo, donde hace seis años el ahora autor superventas era "un cliente más".

"Su plato favorito era el pollo General Tso", cuenta Bob Colman, propietario del local. "Cuando salió El código Da Vinci en 2003 le pedí que me firmara un autógrafo. Me puso: ‘A Bob: Gran parte de este libro fue concebido entre plato y plato de pollo General Tso", explica el dueño del restaurante.

Al fondo del local, unos ventanales verdes ofrecen una idílica vista del río Squamscott. Desde ellos pueden verse los bloques de departamentos en los que vivía Brown antes de que los 81 millones de ejemplares vendidos de El código Da Vinci le permitieran meter en sus bolsillos 250 millones de dólares, según los cálculos del diario The New York Times.

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Emoción y sencillez. Ataviado con chaqueta americana a cuadros marrón, pantalón deportivo claro, jersey azul marino y camisa azul cielo, Brown atribuye su éxito comercial a su capacidad para crear "historias emocionantes" en las que no hay, dice, "florituras" lingüísticas.

"Es mucho más fácil escribir de forma compleja que simple", afirma el escritor. Y dispara: "Hago algo muy específico e intencional en estas novelas. Las escribo en un estilo muy moderno, transparente y nítido. Mezclo hechos y ficción. A algunos lectores les encanta (...) El resto debería leer a otros autores".

Sus críticos, entre los que figuran académicos como Geoffrey Koziol, de la Universidad de Berkeley (California), lo culpan de falta de rigor en la presentación de acontecimientos históricos.

"Me critican por cualquier cosa que escriba", aduce Brown, para añadir que los suyos son "libros de ficción en los que se pueden alterar algunas pequeñas cosas para que la historia funcione".

Brent Morris, editor de la revista del templo masónico Scottish Rite, popularmente conocido como la Casa del Templo, que ocupa un lugar prominente en El símbolo perdido, señala que en la novela de Brown hay imprecisiones, aunque insiste en que "el libro es correcto en un 80 o un 90 por ciento".

Entre las imprecisiones está, según Morris, la descripción del ritual en el que los masones son investidos con el máximo rango de la orden y en el que, según Brown, se bebe vino tinto de una calavera. "Es muy dramático pero no es cierto", afirmó Brent Morris.

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El símbolo perdido se gestó durante los últimos seis años en una cabaña adyacente a la vivienda de Brown en Exeter.

"Me despierto a las 4 de la madrugada. Me preparo un licuado con frutillas, frambuesas, bananas, proteína en polvo y yogur e inmediatamente después voy a una cabaña fuera de mi vivienda en la que hay una estufa, un escritorio y una heladera", revela el autor.

La cabaña no tiene acceso a Internet, ni teléfono, y está "herméticamente aislada".

En los"días buenos", trabaja hasta el mediodía y después va al gimnasio, juega al golf o al tenis.

"Por las tardes me ocupo de asuntos editoriales y después mi esposa y yo generalmente nos reunimos con amigos para cenar en un restaurante o en casa. Es una vida bastante normal", señala.

Brown, de 45 años, está casado con una mujer mayor que él y no tiene hijos. El escritor afirma que su esposa, como las mujeres de sus novelas, es "hermosa e inteligente". Para él, las mujeres de "más de 50 años pueden ser absolutamente maravillosas".

Entre los rituales del novelista figura también el de colgarse boca abajo de las piernas, algo que, según él, favorece el flujo sanguíneo y le ayuda a ver el mundo de forma "diferente".

Brown, quien adelanta que habrá película de su último libro, ha interrumpido momentáneamente su estricta rutina.

"Me estoy tomando un pequeño descanso", afirma el autor, quien ha empezado a recolectar información para una nueva novela, cuyo tema, como era de esperar, es "de absoluto secreto".

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La nueva novela

"El símbolo perdido", por Dan Brown, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2009, 622 páginas.

Precio: $ 89.

La nueva novela de Dan Brown tiene otra vez como protagonista al experto en simbología Robert Langdon, el mismo personaje de El código Da Vinci, ahora involucrado en una aventura que lo obligará a recorrer durante 12 horas la ciudad de Washington. La trama se sumerge en el mundo de la masonería. Langdon es convocado por su antiguo mentor, Meter Solomon, para dar una conferencia en el Capitolio. Pero todo se complica con el secuestro de Solomon y el hallazgo espeluznante de una de sus manos tatuada con cinco enigmáticos símbolos.

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