Falta de agua, hambruna, epidemias, incendios, desplazamientos de población. Es éste el triste cortejo que acompaña la sequía desde su primera aparición. Pero los efectos de esta plaga van mucho más allá. La generación de corriente hidroeléctrica se reduce hasta niveles tan bajos como el 13 % del total, como ocurrió en España en 1992.

Peor que un terremoto
La imposibilidad de navegar en los ríos dispara los precios del transporte de los pocos productos agrícolas que sobreviven. Finalmente, la degradación de la cubierta vegetal puede originar catástrofes cuando, después del período seco, se presentan lluvias torrenciales. De todos los desastres naturales, las sequías son las que tienen mayor impacto.

Los terremotos pueden tener una gran intensidad, pero se presentan en un tiempo corto y en un espacio limitado. Por esto, son letales solo si golpean zonas densamente pobladas. Al contrario, las sequías afectan grandes extensiones geográficas y duran meses o años.



Un problema al alza
“Cada veinte años, las necesidades mundiales de agua se duplican, impulsadas por el crecimiento demográfico y la expansión del regadío”, advierte Francisco Calvo García-Tornel, geógrafo de la Universidad de Murcia. En efecto, si antes de 1970 un 15% de la superficie terrestre sufría sequía en algún momento, hoy la proporción alcanza ya un 30%.

La Organización Meteorológica Mundial advierte de la posibilidad de que, en un cuarto de siglo, las áreas con “estrés hídrico” representen dos tercios del planeta. En España, el período 2004-2005 ha sido el más seco de la historia, desde que comenzaron a hacerse mediciones sistematizadas de lluvia, en 1947, según el Instituto Nacional de Metereología.

En un informe de la Agencia Europea de Medio Ambiente, se plantea la hipótesis que, como consecuencia del cambio climático, la Península Ibérica pueda sufrir, hacia el año 2080, una marcada reducción del caudal de sus ríos, además de un incremento de su temperatura media en unos 4 grados.



¿Qué es la sequía?
Factores naturales se mezclan con factores sociales y económicos para definir la sequía, por lo que se refiere tanto a sus causas como a sus consecuencias y a su impacto. Por esto lo que es sequía en un determinado lugar del mundo no lo es en otro, y viceversa.
En general, hay sequía cuando se verifica una reducción temporal notable del agua y la humedad disponibles, por debajo de la cantidad normal o esperada para un periodo dado. Uno de los indicadores de sequía más utilizados es el Índice de severidad de la sequía de Palmer, que deriva de medidas de precipitación, temperatura del aire y humedad del suelo en la actualidad y en el pasado.

Mientras este indicador sirve para describir la intensidad y la extensión en el espacio y en el tiempo de la sequía, hay otros que pueden ser utilizados para hacer predicciones. Por ejemplo, el Índice Estándar de Precipitación o el Porcentaje de Precipitación Normal se fundamentan ambos en la idea de comparar la precipitación en un determinado período, con la que se registra en promedio. Así que, si el índice va bajando por un tiempo, hay que alarmarse, porqué se va hacia una temporada de sequía.

¿Cuáles son las causas de la sequía?
Países como España, Italia, Chipre o Malta (por citar sólo los más afectados de la Unión Europea) tienen una tendencia natural a padecer “estrés hídrico”. La ausencia de humedad en la atmósfera y de sistemas cargados de lluvia son las causas inmediatas de la sequía.

A menudo, se asume que el empeoramiento de esta situación se debe al cambio climático. “En realidad, al menos en España la media de precipitaciones es la misma de hace años”, explica José António López, del Instituto Nacional de Meteorología, “sólo que las precipitaciones son mucho más variables”. El aumento de temperatura, especialmente la de la superficie del mar, podría jugar un papel importante también en la península ibérica.

Sin embargo, hay causas de origen humano mucho más evidentes. Los pastos excesivos, la deforestación, la reducción de la superficie de secano en favor de la de regadío, la agricultura intensiva y el incremento del consumo urbano e industrial, todos contribuyen a hacer más frecuentes y más graves las sequías.

¿Cómo luchar contra la sequía?
En el año 941 d.C., Córdoba sufrió una sequía tan intensa que el cadí (sacerdote musulmán) de la ciudad tuvo que rezar pidiendo lluvia durante casi dos meses. Después de más de mil años, aún ocurre que las plegarias son lo único que les queda a los ciudadanos afectados por esta calamidad. Sin embargo, la sequía no es una maldición.

Los expertos ya van apuntando desde hace tiempo unas medidas prácticas que podrían reducir drásticamente el problema, sin recurrir a ayudas metafísicas. “Entre un 30% y un 35% del agua que va por las redes de suministro de las ciudades se pierde en fugas”, explica Enrique Cabrera, de la Universidad Politécnica de Valencia.

Reducir las pérdidas es el primer paso, pero no es suficiente. El consumo humano es solo una parte relativamente pequeña del gasto de agua. “Hay que modernizar toda la gestión”, comenta Pedro Arrojo, presidente de la Fundación Nueva Cultura del Agua, “por ejemplo, controlar el consumo de pozos y acuíferos e incentivar el reciclaje de agua por parte de la industria”.

Un cambio en las técnicas agrícolas, desde la rotación de cultivos hasta el desarrollo de variedades más tolerantes a la sequía, sería otra componente importante de la solución. “En el futuro, habrá que establecer bancos de agua, como los experimentados en California”, afirma Narcis Prat, ecólogo de la Universidad de Barcelona. “En lugar de regar maíz, los años secos se reserva el agua para usos urbanos con la condición que el rendimiento monetario esperado por el agricultor quede compensado económicamente por aquellos que necesitan el agua”.

La mayoría de los especialistas remarcan también la importancia de que instituciones como el Observatorio Nacional de la Sequía o la Agencia Catalana del Agua se encarguen de la previsión de sequías y de establecer una estrategia global.[/font]