Entonces un día llega al país el urbanista español Toni Puig, responsable de haber transformado Barcelona en una bella, inolvidable, metrópoli que mira hacia el mar Mediterráneo, llega un día y dice, entonces, Toni Puig, ante una pregunta de Roka Valbuena, incisivo periodista de Crítica de la Argentina: “Una ciudad con caca de perro es ideal”. Porque los perros son síntoma de bonanza económica, explica el hombre. Y porque ante el creciente caos urbano –secuestros, piquetes– una torre de excremento es tan inofensiva como un castillo de naipes.
Después de decir esto Toni Puig se va a la espléndida España, donde los dueños de perros salen a la calle con la correa en una mano y la bolsita en la otra, y donde la gente sabe del placer de caminar por las veredas mirando hacia delante y no hacia abajo. Se va volando, literalmente, Toni Puig, a su mundo libre de suciedades y nos deja acá, a todos nosotros, en una urbe que a ojos de Toni Puig debe ser insuperable, pues no hay vereda porteña que no tenga su puñado de soretes esparcidos sobre las baldosas como si Dios, que está en todas partes, hubiera defecado en cada una de esas partes: arbolitos, asfalto, cordones, escalones, mitades, sobre todo mitades: no hay cuadra sin un merengue de perro en medio de la vereda y no hay cuadra sin el pobre infeliz que atiende el celular y dice “Hola, ¿Norma?” en el preciso instante en que su pie derrapa dejando una ondina de caca que Toni Puig, seguramente, llamaría “curva de optimismo”. ¿Pero quiere, Puig, ver algo más interesante? Entonces busque manifestaciones superiores: mire las caras de los dueños en el instante en que sus perros se vacían sobre la baldosa. Mire al animal en pose, con los ojos duros, arqueando la espalda como si estuviera por parir una formación entera del ferrocarril Sarmiento y luego observe al dueño y su rostro seco de emociones; una especie de papel en blanco donde es imposible leer culpa, bochorno, impaciencia o –como mínimo– asco por el olor que sube desde el suelo.
Según el último censo realizado por el Instituto de Zoonosis Luis Pasteur, unos 426 mil canes deponen su existencia cada día en la ciudad de Buenos Aires. Eso significa que 70 toneladas de detritos cubren –a ojos de Toni Puig– de prosperidad a esta Reina del Plata, que a esta altura podría reemplazar la parte de “plata” por algún otro vocablo más realista. De esta cantidad de caca, un ínfimo porcentaje va a los cestos de basura o a las bolsas de residuos que algunos dueños y paseadores de perros llevan consigo cuando salen a dar vueltas. El resto queda a los pies de los 3.050.728 porteños; una realidad que llevó a la Dirección de Higiene Urbana de la Secretaría de Producción, Turismo y Desarrollo Sustentable del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires –un nombre largo como trenza de perro– a empapelar la ciudad, por estos días, con inspirados carteles que reescriben el famoso “tu perro, tu caca” del ex jefe de gobierno Aníbal Ibarra con eslóganes como “pisar caca no trae suerte” y “el perro es tuyo, la ciudad de todos”. No se mataron pensando, pero hay que conceder que al menos dedicaron un cartelito al asunto: una exhortación a la buena conciencia que recuerda bastante a esas mujeres excedidas de peso que llenan su heladera con frases como “no lo hagas”, “dejalo para mañana” y “pensá en tus hijos”.
Con la diferencia, claro, de que nadie multaría a una mujer por comerse una docena de facturas y que sí es sancionable la persona que deja un rodete de excremento en plena vía pública y después se va, abandonándolo al alcance de una pisada cualquiera, de una rueda de triciclo, o del bastón de un ciego que más tarde pliega el palo con sus ciegas manos. Las multas, en realidad, existen. Y van de los 25 a los 200 pesos. El problema es que no hay autoridad real que las ponga, ya que la magnífica Ciudad de Buenos Aires sólo cuenta con diez inspectores encargados de fiscalizar los detritos caninos; es decir que un solo funcionario debe controlar el movimiento intestinal de 42.600 animalitos cuando salen a la calle y, más aún, debe reconocer las intenciones de los paseadores poco antes de que ellos también las depongan sobre la vereda. Dicho de otro modo, si un inspector se encontrara frente a un animal, un dueño y una caca, tampoco sería tan fácil hacer la multa pues debería encontrar al bicho ejecutando el acto y probar que su dueño no estaba dispuesto a limpiar.
Así y todo, el año pasado lograron poner en aprietos a 780 individuos, que percibieron una sanción pero jamás amagaron con presentarse a pagarla, ni –menos aún– recibieron intimación alguna por parte del gobierno. Una situación que en nada se parece a la de España, donde un dueño irresponsable paga entre 200 y 3.000 euros por no juntar la caca de su perro, y donde gente genial como Toni Puig cada tanto se aburre y viaja al Tercer Mundo y –será producto del jet-lag– dice alguna que otra estupidez.
13 comentarios
eeeeeeeeeeyyyyyyyyyy!!!!!!!!!! eeeeeeeeeeyyyyyyyyyyy!!!!!!!!!!!!!!!!
jajajaja te fuiste a la mierda !
jaja mi perra cuando la saco a pasear se poner a hacer "caca" en las puertas de los locales hajjja la tengo q sacar
...y tu perro tu caca (yo tengo dos y limpio, cuando uno se hace cargo de un perro viene con intestino que se le