Eramos malditos y no lo sabiamos

CARLOS ANDRÉS PÉREZ
Venezuela en la cuarta Republica. Carlos Andres Perez

… Son tiempos de locura esa década de los setenta. Se nacionaliza el hierro y el petróleo. El dinero abunda y Venezuela es un país inundado de petróleo, por eso las multinacionales y los grandes consorcios bancarios le ofrecen créditos en abundancia. Con ello llegaron también las ganancias fáciles, los negocios poco claros, la corrupción, la vagancia y la desidia. Todo se compraba fuera del país, nada se hacía en la tierra de Bolívar. Los venezolanos en Miami eran conocidos como «Dos por uno», pues compraban las cosas por docenas. La moneda era fuerte y estaba a 4.30 por dólar. Hoy está llegando a las 150 por unidad norteamericana. Aviones repletos de turistas venezolanos comenzaron a aterrizar en Miami hasta el extremo de que se les llegó a endilgar el nombre de los «tá barato».


Pero Pérez insiste: «La obra de mi primer gobierno fue producto de un milagro». Y le agrada hablar de cómo a los 15 años abandonó la primaria para hacerse activista del Partido Democrático Nacional (PDN), el núcleo matriz de Acción Democrática. Cuando Rómulo Betancourt funda el partido blanco, él está a su lado y al momento de ser nombrado presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, el 18 de octubre de 1945, que derrotó al general Medina, Pérez es nombrado secretario privado. Desde entonces la estela de CAP cubre todo lo que forma Venezuela en los últimos años.


Se dice que Rómulo Betancourt murió con la pesada carga de haber apoyado a Carlos Andrés Pérez para la Presidencia. Cuando perdió la campaña electoral de 1978, ganada por Luis Herrera Campins, le dijo: «Creo que la gente votó en masa contra el mal gobierno suyo. La corrupción y el desbarajuste administrativo, además de la crisis social y económica favorecieron al candidato de la oposición».


La corrupción en Venezuela es tan vieja como la existencia misma del país, pero en los últimos treinta años se ha agravado. En el primer gobierno constitucional de Carlos Andrés Pérez, Venezuela era un país, como dijo un analista criollo, «intoxicado por sus petrodólares». La renta petrolera creó en los venezolanos el espejismo de que en la vida todo era fácil, que con dinero se podía comprar hasta el cielo.


A la par de esta vida carlosandresista, donde cualquier familia tenía posibilidades de hacerse con vivienda, coche, vacaciones en el extranjero y otras comodidades, se desarrollaron los grandes negocios de los ricos, en especial de empresarios y comerciantes.


Treinta años de corrupción


Pero los políticos no se quedaban atrás. Fue la etapa en que echaron raíces muchos de los fuertes grupos económicos y negocios de distintos perfiles, cuyos dueños, accionistas o socios, eran hombres de los partidos políticos, algunas veces protegidos por los testaferros. Esto es lo que Pérez llamó «el gran milagro».


Las dimensiones de la corrupción comenzaron a tomar cuerpo en la estructura misma del sistema haciéndose casi, y lamentablemente, inseparables del quehacer político-social de Venezuela. Y en el ámbito colectivo se creó también una nueva forma de enfrentar la vida: la gente, en algunos casos, fue asimilando las lecciones de sus dirigentes y comenzó a aspirar a ganarse la vida fácilmente, esperar mucho pago por poco esfuerzo, hacer pequeñas trampas para obtener dividendos. En una palabra, también los corruptos de arriba lograron invertir los valores, corromper en cierta forma el modo de vida de determinados sectores de la sociedad.


El 4 de febrero de 1992 Venezuela llegó a una situación límite. El presidente Pérez retornaba de un viaje a Davos, Suiza, cuando en el mismo Aeropuerto Internacional de Maiquetía, el entonces ministro de la Defensa, general Fernando Ochoa Antich, le alerta sobre la intentona de un golpe de Estado que se estaba fraguando. El respondió que eso eran rumores. «Vamos a Caracas, general, y estése usted tranquilo».


Detrás habían quedado y dejado grandes heridas los lamentables sucesos del 27 y 28 de febrero de 1989, con docenas de muertos, miles de saqueos y, durante dos días, un país sin gobierno. Algunos analistas políticos atribuyeron a esos sucesos, conocidos como el «caracazo», una trascendencia semejante a la que tuvo en 1789 como epicentro París.


Todos vieron que una tormenta se acercaba, menos Carlos Andrés Pérez. Estaba fuera de la realidad y no se dio cuenta que aquel día pudo ser el comienzo de la «noche de los cuchillos largos». Los militares alzados, de corte totalmente nacionalista, estaban dispuestos, como lo demostraron en la residencia presidencial de La Casona y en el Palacio de Miraflores, a asesinar al presidente y a toda su familia, aun cuando los alzados, los tenientes coroneles Hugo Chávez Frías y Francisco Javier Arias Cárdenas, lo negaran.


El segundo golpe contra la política neoliberal de Pérez, su paquete económico siguiendo las pautas del Fondo Monetario Internacional y la corrupción galopante, viene unos meses después, el 27 de noviembre y es protagonizado por un movimiento denominado «5 de julio» que era encabezado por diez altos oficiales. Nuevamente Carlos Andrés Pérez, que no usa amuletos, como Rómulo Betancourt, se salva.


Pero si en su primer gobierno salió herido por la venta de un buque llamado «Sierra Nevada» que fue comprado, inservible, con un sobreprecio de varios cientos de millones de pesetas, ahora encontraría su muerte política por el mal uso de 17,2 millones de dólares que al cambio de febrero de 1989 -cuando en Consejo de Ministros se aprueba aumentar la partida de Seguridad y Defensa- representan 2.300 millones de pesetas.
La caída


Carlos Andrés Pérez había asumido la presidencia de Venezuela por segunda vez en el mes de febrero de 1989, en medio de una ceremonia oficial prestigiada por la presencia de varios mandatarios de América Latina y otros países del mundo. Por el boato e impacto, en la región sudamericana se catalogó aquel acto como «la coronación de CAP».


Jamás pensó el dinámico político socialdemócrata, sin embargo, que este comienzo de brillo fuera oscurecido casi cuatro años y tres meses después, cuando entre grises presagios, salió del Palacio de Miraflores suspendido de sus funciones presidenciales por el Congreso Nacional, para enfrentar un antejuicio de mérito ante la Corte Suprema de Justicia y que ahora, un año más tarde, se le dictara orden de detención y pasara a ocupar una celda en el Retén de El Junquito.


La génesis del problema se encuentra en una disposición gubernamental publicada en la Gaceta Oficial referente a los «gastos de seguridad del Ministerio del Interior», el 24 de febrero de 1989. Los gastos en referencia no fueron precisamente en el rublo mencionado, pero este hecho estuvo oculto largo tiempo.


Dos años después, una denuncia en la prensa, sobre un presunto desvío del dinero de la partida secreta, dio origen a una investigación en la Comisión Permanente de Contraloría del Congreso de Venezuela, que incluso generó un conflicto entre los poderes Ejecutivo y Legislativo, al negarse Pérez, reiteradamente, a responder un cuestionario de la mencionada Comisión, y declarar posteriormente el caso como cerrado.


Las presiones no se hicieron esperar. El presidente, de una manera arrogante, decidió que su ministro de la Secretaría de la Presidencia, Reinaldo Figueredo Plachart, respondiera el polémico cuestionario. Pero ya era tarde. La investigación avanzó a gran velocidad, y se había formado una matriz de opinión adversa a Pérez, alimentada además por otros supuestos actos de corrupción cometidos por su compañera sentimental, Cecilia Matos, que lo involucraban directamente.


Grupos políticos, sectores representativos de la economía y de otras importantes actividades del país pidieron la renuncia del presidente. Todo olía a podrido en Miraflores. Los gastos que se podían respaldar con el dinero de la partida secreta estaban muy claros: sólo para defensa y seguridad interior. No obstante y, según las denuncias, se había pagado con él una serie de compromisos en el exterior que violaba lo establecido. Específicamente se aludió al millonario pago de un contingente policial designado por el Gobierno para prestar seguridad a la presidenta de Nicaragua, Violeta Chamorro.


Alrededor del gasto de la partida secreta se hicieron miles de conjeturas, incluso se llegó a sugerir que parte de ese dinero sirvió para pagar la ceremonia de ascenso al poder de Carlos Andrés Pérez, y que también fue a dar a las cuentas conjuntas que él posee en el exterior con Cecilia Matos, su actual compañera. Todo eso se ha quedado en el plano de las presunciones. Carlos Andrés Pérez es hoy un ex presidente preso, aunque él insista en afirmar que retornará a Miraflores, tras probar su inocencia.

Fuente:
S/A (1994) La carrera política de Carlos Andrés Pérez, siempre bajo sospecha, termina en la cárcel. El Mundo. Año VI, Numero 1.655. 22 de mayo de 1994.