Así luchamos por la ciencia en mi gobierno
Entrevista a Lino Barañao
A poco de que Cristina Kirchner, la presidenta electa, anunciara la creación de un ministerio de Ciencia y Tecnología e hiciera saber que lo pondría en manos de Lino Barañao, este accedió a recibir Ciencia Hoy para transmitir a la comunidad académica algunas ideas acerca de las políticas que tiene en mente.
Aníbal Gattone y José X Martini
El doctor Barañao, químico por formación, es investigador principal en la carrera del investigador científico del CONICET, director del Laboratorio de Biología de la Reproducción y Biotecnología Animal del IByME (Instituto de Biología y Medicina Experimental) y profesor de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Fue, durante los últimos años, presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.
El anuncio de la transformación de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva en ministerio, así como el de su futura designación al frente de este, llevan a preguntarse por las ideas concretas en que basará su acción.
El desafío que me propongo enfrentar es doble: consiste tanto en incrementar la producción científica (y no hablo solo de cantidad sino, también, de calidad) e incrementar, al mismo tiempo, el acoplamiento de esa producción de conocimiento con las necesidades de la sociedad. Como científico tengo fuerte conciencia de la importancia de la ciencia básica (para emplear la expresión habitual), pero en ese carácter y como funcionario público también me preocupa que la creación de conocimiento no sea desaprovechada como fuente de soluciones para los problemas de la sociedad. Sobre todo, tengo presente la necesidad de modernizar la estructura económica y de avanzar en la dirección de un sistema productivo de bienes y servicios crecientemente conocimiento intensivo. Creo que esto sintetiza los ejes centrales de mi pensamiento.
Sobre esas bases, ¿en qué debería cambiar la situación presente de la ciencia en el país?
En la Argentina se hace ciencia de muy buena calidad. O, por lo menos, a esa conclusión se llega si se compara la productividad (es decir, conocimiento producido por dinero invertido) de un investigador que trabaja en cualquiera de los mejores centros argentinos de investigación científica con la de sus pares de buenas instituciones de los países avanzados. Esa productividad no es significativamente distinta acá o en, digamos, el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). Si miramos la cantidad de conocimiento generado, claro está, nuestro sistema es mucho menor. Pero mucho más importante es la diferencia entre las repercusiones económicas de la producción científica aquí y en Estados Unidos. En la economía estadounidense, uno de cada quince puestos de trabajo fue creado en virtud del conocimiento científico y tecnológico producido en el sistema académico. Estamos muy lejos de ese valor acá: eso es algo que debemos cambiar.
Quizá la situación no sea igual en todas las áreas disciplinarias. Por ejemplo, el panorama podría ser menos sombrío en materia de transferencia a la actividad agropecuaria y agroindustrial.
Así es, efectivamente. Pero no hay probablemente área alguna en que el nuevo conocimiento no pueda dar lugar a alguna aplicación, o en la que no pueda existir interacción con el sistema productivo. No necesariamente en el corto plazo, pero tampoco pretendo que ello suceda inmediatamente. Mi objetivo es fomentar que todo investigador dedique un poco de su tiempo a reflexionar sobre qué utilidad o aplicación puede tener lo que hace. Tiendo a pensar que las aplicaciones con mayor repercusión suelen ser las que menos se anticipan. En el sector agropecuario la trayectoria entre resultado de investigación y aplicación es bastante directa, pero no siempre genera cambios sustanciales o cualitativos. A lo mejor en áreas como nuevos materiales, o nuevos algoritmos informáticos, se pueden lograr más fácilmente tales cambios sustanciales. Estoy convencido de que reflexionar sobre las consecuencias de lo que hace, para bien o para mal, forma parte integral de la responsabilidad del investigador. Es un compromiso ético ineludible. Para el nuevo ministerio, el desafío será incrementar la producción científica o generación de conocimiento y, al mismo tiempo, establecer vínculos que permitan conectar sus resultados con el resto de la estructura económica y social.
¿De qué instrumentos dispondrá el ministerio para hacer eso?
Ante todo, continuar con los subsidios para gastos de investigación otorgados mediante procedimientos competitivos. Procuraremos aumentar el financiamiento disponible para tales subsidios, porque este año la línea de corte entre los proyectos que recibieron apoyo y los que no lo recibieron por falta de suficiente dinero cayó en una zona en la que resultó muy difícil establecer diferencias significativas de calidad. Me refiero, concretamente, a mi experiencia en la Agencia con los Proyectos de Investigación Científica y Tecnológica (PICT) del Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCyT). En 2006 logramos bajar esa línea de corte a un nivel en el que las diferencias de calidad se advertían con más nitidez, pero en 2007 los pedidos de apoyo se incrementaron un 40% mientras el presupuesto solo creció un 20%, lo que nos puso nuevamente en la zona en que no se pueden financiar todos los buenos proyectos y no es fácil hacer distinciones claras de calidad entre los últimos aceptados y los primeros excluidos. Y no quiero relacionar esto con el difícil tema de incentivar áreas menos desarrolladas en el país, como las tecnológicas, con relación a las comparativamente más desarrolladas, como las biomédicas.
Para lo último sería preferible un manejo separado, de modo que se pudiesen aplicar criterios diferentes para seleccionar proyectos a financiar.
Estoy de acuerdo. Diría que el financiamiento tendría un carácter más intervencionista por parte del ente promotor. Nada impediría a este hacer un llamado a concurso especial, con criterios particulares de selección de los proyectos. Las reglas de los Programas de Modernización Tecnológica (PMT), que el gobierno nacional acuerda con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y que proporcionan los recursos para financiar estas actividades, permiten tales iniciativas. Un factor limitante, sin embargo, sería la presión de los sectores científicos tradicionales, que interpretarían, con razón o sin ella, que recibirían menos recursos. En ese sentido, se produce una curiosa situación: todos los integrantes de la comunidad científica suelen coincidir en reclamar la fijación de prioridades pero, cuando estas se establecen de una forma que no sea meramente declamatoria, aparecen críticas porque siempre hay alguien que se considera lesionado.
¿Cómo se articulan las humanidades y las ciencias sociales en lo que está esbozando?
Por un lado, creo que la situación de esas disciplinas no es tan grave como la de las tecnológicas en cuanto a la posibilidad de caer arriba de la línea de corte en los concursos abiertos. Por otro lado, creo que se les aplica específicamente mi tesis de que todo conocimiento nuevo puede tener aplicación, no importa a qué disciplina pertenezca. Es una falacia afirmar que la producción académica de buena calidad en las humanidades y las ciencias sociales carece de aplicaciones. El factor limitante de estas, en realidad, no es necesariamente la clase de conocimiento que producen sino, a menudo, el tipo de economía, de sociedad o de cultura que nos rodea. Pero el criterio general de producir conocimiento de buena calidad y reflexionar sobre la forma en que podría conducir a aplicaciones valiosas es tan válido para las ciencias sociales como para las naturales.
Volviendo a la producción de conocimiento, ¿en qué pondría el énfasis hoy?
No tanto en generar más ciencia, como en generar conocimiento más original. Me preocupa la originalidad de lo que estamos produciendo. Si tomamos los títulos de los proyectos de investigación financiados en 2006 y en 1996 y les quitamos toda referencia al año en que fueron formulados, dudo que alguien sea capaz de distinguir un conjunto del otro, salvo, quizá, por el uso de expresiones que se ponen de moda. En muchas disciplinas se sigue trabajando en lo mismo después de una década. Por otra parte, la forma de juzgar la calidad de los proyectos, por el peso que da a los antecedentes del grupo responsable, sobre todo a sus publicaciones, conduce a que los científicos apunten a publicar lo más posible, lo que muchas veces los lleva a preferir temas de trabajo que no siempre pueden resultar en una producción original, ni tampoco, muchas veces, conducir a ocuparse de asuntos de interés práctico en el medio local. Nuestros hábitos de evaluación tienen también una tendencia a magnificar el riesgo de lo original y a preferir la cautela de no arriesgarse a perder productividad. Aun en Estados Unidos sucede esto. Los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de ese país realizaron hace unos años un concurso especial para proyectos altamente originales, porque observaron en los investigadores una tendencia a la reiteración, en la que caían como por necesidad de supervivencia. La idea de los NIH es interesante, pero más me atrae el sistema de los institutos Max Planck, de Alemania, que otorgan a un investigador consolidado financiación por cinco años y le dan total libertad de investigar lo que quiera. Solo debe mostrar resultados al final del período, lo que proporciona un marco mejor para manejar los riesgos de emprender un camino original. En la Argentina no faltan la imaginación y la creatividad. ¿No podremos aprovechar un poco más esas capacidades para marcar hitos en el pensamiento universal, en lugar de contribuir masivamente a proporcionar piezas rutinarias para el rompecabezas global de la ciencia?
Usted quiere, por un lado, que los científicos sean libremente creativos, pero por otro procura que satisfagan las demandas sociales de transferencia.
Así es. Creo ambas cosas no son contradictorias. La mejor ciencia proporciona las mejores aplicaciones. Hay que generar el mejor conocimiento posible, el de mayor originalidad, y crear el vaso comunicante que permita transferirlo en beneficio de alguna necesidad social. Es lo que hace la Oficina de Transferencia de Tecnología de Estados Unidos: analiza lo que se produce en el medio académico y se encarga de ver quién lo puede aprovechar. No sugiero que, como regla general, el investigador haga eso, ni que se aboque a montar una empresa, porque no es su oficio ni, seguramente, lo haría bien. Simplemente que alguien esté pendiente, de modo que cuando haya un fruto, exista un mecanismo que conduzca a que se aproveche.
¿Cómo encaja ese propósito en la acción del nuevo ministerio?
Para mí el Ministerio de Ciencia y Tecnología debe garantizar, en su área de responsabilidad, el cumplimiento de tres grandes funciones: planificación, financiamiento y ejecución. Para hacerlo debe registrar las señales que le vengan del medio: del mundo global del conocimiento, del sistema productivo y del Estado por la vía de las otras áreas de gobierno. Esa información le permitirá establecer las grandes líneas de planeamiento, que, a su vez, llevarán a formular directivas para el sistema de financiación y, por ende, orientar a los organismos de ejecución. Luego hace falta un mecanismo de control y evaluación, y una retroalimentación. Así podremos descubrir los problemas a resolver en la Argentina y formular las grandes preguntas. Yo no quiero que me señalen prioridades; no quiero que me digan, por ejemplo, que habría que investigar tal nuevo material, porque eso normalmente solo responde a los intereses de quien hace la recomendación. Busco la forma de identificar preguntas nuevas, que no estén contestadas, y cuyas respuestas puedan ser útiles o conducir a aplicaciones.
No hace mucho hicimos un ejercicio que resultó muy ilustrativo. Nos preguntamos ¿de que vive el país? La primera respuesta fue, de la producción agroalimentaria. Entonces dijimos: ¿qué problemas tenemos con la producción agroalimentaria? De inmediato se señaló el riesgo de contaminación de los alimentos, por ejemplo por pesticidas. Un sencillo cálculo demuestra que tal riesgo implica la posibilidad de perder cientos de millones de dólares por año. Invertir, digamos, un par de millones, sobre todo si se vislumbran posibilidades concretas de solucionar un razonable porcentaje de tales problemas, parece tener mucho sentido económico.
Algo semejante sucede con problemas sociales, por ejemplo, la nutrición infantil. No podemos tener una política educativa seria si los chicos no fueron alimentados adecuadamente en la primera infancia, porque sabemos que el desarrollo cerebral tiene una demanda crítica de nutrientes: si esta no es satisfecha, se produce un daño irreversible. Es inútil pretender enseñar las matemáticas de hoy a chicos de diez años que no fueron bien alimentados. Al mismo tiempo, no hay que ser tan inocente como para pensar que todo problema tiene una solución científica o tecnológica. En realidad, la mayor parte de las soluciones científicas y tecnológicas existen y no se aplican por la presión de los intereses o por obstáculos políticos, para no mencionar la corrupción. Pero a veces se da con nuevas soluciones que pueden ser mejores, o que permiten superar esos obstáculos.
Pero que el ministerio deba asegurar el cumplimiento de las tres grandes funciones enunciadas no significa que las deba cumplir todas de por sí. Pienso que lo ideal sería mantenerlas separadas, ejercer directamente la primera y adoptar más bien el cometido de promotor y coordinador de organismos con diversos grados de autonomía para las otras dos. Esos organismos van desde el CONICET y la Agencia hasta las universidades, pasando por el INTI, el INTA y otros.
¿Cuáles son las perspectivas presupuestarias del futuro ministerio?
El presupuesto nacional para 2008 contempla un 30% de incremento, con respecto a 2007, para las áreas de ciencia y tecnología. Ello incluye la primera etapa de un programa financiado con dinero del Banco Mundial para fomento de la innovación, creación de nuevas empresas de base tecnológica y capacitación. La última no se restringe solo a la ciencia y la tecnología propiamente dichas, sino que abarca, también, las funciones gerenciales necesarias para el progreso tecnológico. Sobre este punto estamos discutiendo iniciativas que posibiliten establecer mejores vínculos entre la generación de conocimiento y su utilización por la sociedad para fines productivos o sociales. Del BID tenemos 700 millones de dólares otorgados en el marco del tercer PMT, lo que aumenta notablemente nuestro financiamiento. Originalmente ese programa fue por 520 millones de dólares, con un plazo de ejecución de cuatro años desde julio de 2006; cuando se lo haya ejecutado estarán disponibles los mencionados 700 millones. El dinero se puede usar para investigación (por la vía del FONCyT), para apoyar a empresas que procuren la modernización del aparato productivo (por la vía del Fondo Tecnológico Argentino, FONTAR), y para fortalecimiento institucional de entidades de ciencia y tecnología.
Estamos contemplando usar parte de ese dinero para crear las bases de fondos sectoriales con los que se financie no solo la prestación de servicios tecnológicos sino, también, la creación de conocimiento. Se podría empezar con una prueba, por ejemplo, en un sector como el energético. Un instituto que pruebe y certifique aparatos de alta tensión generaría beneficios económicos concretos suficientes para justificar la inversión inicial. Otro fondo debería atender las necesidades de los sectores agropecuario y agroindustrial; lo mismo en materia de salud. Esos fondos permitirían encarar proyectos de tamaño sustancialmente distinto de los que ahora tenemos capacidad de afrontar. Hoy invertimos, como máximo, unos tres o cuatro millones de dólares en proyectos individuales elegidos competitivamente. Tenemos que poder abordar proyectos que, de entrada, puedan requerir inversiones del orden de los veinte millones de dólares. Habría que encarar uno por vez.
¿Está pensando en el concepto de Institutos Nacionales?
Así es, pero que resulten de una colaboración entre el sector público y las empresas de las respectivas ramas, y que tengan una gestión autónoma. Me los imagino vinculados con las producciones regionales y operando en forma descentralizada. También pienso que, más allá de alguna prestación básica, el dinero estatal para sus gastos de investigación les tiene que llegar por procedimientos competitivos, sin perjuicio de los recursos de origen privado.
Solo nos quedaría desearle que pueda cumplir con los propósitos que se trazó y formular votos por el éxito de su gestión.
Gracias. Siento que asumí una responsabilidad muy grande y que debo satisfacer las expectativas tanto de la comunidad académica como del sector político.
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3 comentarios
Gracias compañero