William Donato (12años secuestrado por las farc. su regreso

Regreso por el túnel del tiempo de William Donato

William Donato (12años secuestrado por las farc. su regreso
Crónica de un retorno lleno de asombro ante los avances tecnológicos, los cambios de la moda y los encuentros con aquello que se creía perdido.

1.
Es 18 de junio y William Donato camina por los corredores de un centro comercial bogotano. Una semana antes, en las selvas del Guaviare, sintiéndose el ser más solo y olvidado de la Tierra, podía siquiera imaginar que ahora estaría aquí, de compras; que la gente se arremolinaría a su alrededor, le tomaría fotos y, entre lágrimas, le pediría autógrafos.

Hace apenas cinco días fue rescatado, hace apenas cinco días regresó de ese largo paréntesis de doce años, y no puede creer que sea tan famoso; es como si no entendiera por qué las personas lo señalan como a una celebridad. Un día, en la jungla, está pensando en que otra razón para odiar a los guerrilleros es que lo privaron de escuchar el Mundial, porque hace 16 meses a él y a sus compañeros les quitaron los radios, y al otro día, en un elegante almacén, busca un equipo de sonido de alta tecnología para ver la final de la Copa en su nuevo apartamento. Todo en cuestión de instantes. Como un soplo.

En realidad, un accidentado soplo. Cuando el 13 de junio, en desarrollo de la Operación Camaleón, el Ejército llegó al campamento guerrillero en el que se encontraban secuestrados el general Luis Herlindo Mendieta, el coronel Luis Enrique Murillo, el sargento Arbey Delgado y el coronel William Donato, éste último no aparecía. Se perdió durante una noche entera. Mientras caminamos por el centro comercial, me cuenta: "Pasé las horas aterrado y confundido en la selva. De pronto, después de las seis de la mañana, oí una motosierra y grité. Lancé el primer alarido y nada. Pegué otro y alguien me contestó: '¡Aquííí. Somos del Ejército. William, venga!'. Yo, asustado de que fueran guerrilleros, les dije: '¿Cómo sé que son del Ejército? Díganme las insignias de la artillería y las de la infantería'. Y me contestaron correctamente. Entonces les dije: 'Ah, ustedes sí son del Ejército. Ya voy'. Y empezamos a gritar en medio de la selva hasta que llegué. Después me dijeron: 'Así hubiéramos tenido que estar dos meses aquí, nos lo íbamos a llevar a usted fuera como fuera'. Y entonces...".

Selva

El coronel Donato no tiene ropa de civil en su clóset. Así que nuestra conversación se ve interrumpida cuando entramos a un almacén. El hombre lleva más de 4.300 días sin comprar absolutamente nada, sin poder decidir si algo le gusta o no: usando, simplemente, lo que le ordenen. Y lo que hay. Pero bien sabe lo que necesita y rápidamente se lo dice a la vendedora: tantas camisas, tantos sacos, tantas chaquetas, tantos zapatos... Y mientras la mujer le va mostrando las prendas, él, con la más inocente de las actitudes -porque, digámoslo de una vez y para siempre: qué gran persona es William Donato- me comenta cinco cosas: 1. Lo extraña que le parece la ropa de hoy. 2. Lo impresionado que está de ver tantas prendas color rosa para hombre. "En mi época los hombres no nos vestíamos de rosado". 3. Cuánto le chocan esos pantalones llenos de bolsillos que, según está viendo, están de moda. "Me recuerdan el morral de diez bolsillos que tuve que cargar durante todo el secuestro", explica. 4. La risa que le producen los zapatos tan raros que la vendedora le muestra. 5. Y lo caro que le parece todo. Toma cualquier prenda, le revisa el precio y después me mira con los ojos de quien acaba de ver a un monstruo.

Pero disfruta de las compras, se le nota. En la selva, él y el coronel Murillo tomaban las revistas que muy de vez en cuando les llevaban los guerrilleros, y jugaban a suponer cuánto valía cada uno de los objetos que allí encontraban. La gracia del juego consistía en saber si con el sueldo que se debían estar ganando les alcanzaría o no para comprar el carro del que hablaba un artículo o el reloj que aparecía en un aviso.

Se mide prendas, las luce y mientras tanto me cuenta: "Encontré a mi sobrino de 18 años con un peinado extrañísimo: el pelo lleno de punticas paradas. Le dije que si quería entrar a la Policía tenía que estar bien peinado, y me hizo caso: se peluqueó. ¡Los muchachos ahora se visten de una forma tan rara! Los zapatos que usan son largos, como lanchas, parece que calzaran 44 cuando calzan 38".

mas

Salimos del lugar y se me ocurre invitarlo a una tienda tecnológica, una de esas que, hasta para quienes hemos estado siempre aquí, libres, parecen del futuro. El coronel Donato mira los inmensos televisores de pantalla plana y comenta: "Me estoy quedando en la casa de una amiga. Ella tiene una televisión de estas, y le confieso que cuando vi semejante aparato, no supe qué era". Después habla de algunos descubrimientos que ha hecho durante estos días: me dice que fue a que le tomaran unas fotos y vio que existe la posibilidad de aparecer en las imágenes sin lunares, con bigote, con el pelo largo, con los ojos claros... Que ahora los álbumes fotográficos son digitales, nada de las fotos impresas de antes, que se adherían a los libritos. Que todo el mundo vive pegado al celular cuando doce años atrás la gente todavía hacía fila frente a los teléfonos públicos; es más, me enseña un Blackberry que le acaban de regalar y me dice que no tiene la menor idea de manejarlo. Que...".

Y de nuevo vuelve atrás: "En la selva oíamos en la radio e imaginábamos. Nos preguntábamos: '¿Qué es Transmilenio?' Porque los locutores lo dibujan con palabras, pero uno dice: '¿Cómo será? ¿Cuánta gente le cabe? ¿Será que anda por una calle normal, o por dónde andará?'. Toda esa información lo dejaba a uno siempre con un interrogante y, no crea, eso es bien difícil para uno".

Entonces un empleado del almacén lo llama. Quiere que vea el video del Waca Waca en tercera dimensión. Y mientras las caderas de Shakira emboban a Donato, yo pienso en todo lo que he hecho durante estos doce años, mientras él, en la jungla, vivía la muerte.
Me estremezco.

FARC

2.
4 de julio. El fotógrafo Jorge Velásquez y yo vamos para Sogamoso, el pueblo donde el 11 de noviembre de 1967 naciera William Donato, el mismo que, con el rango de teniente, era el comandante de la Compañía Antinarcóticos de Miraflores (Guaviare) aquel 3 de agosto de 1998, cuando alrededor de 500 miembros de la columna Teófilo Forero de las Farc se tomaron el pueblo. El hoy coronel tenía 30 años.

El carro avanza por las carreteras boyacenses y yo recuerdo algo que días atrás me había dicho Donato: "Ay, después de tanto tiempo, el primer duchazo con agua caliente que me di en el hospital fue algo espectacular. ¡Tanto tiempo sin hacerlo! Y ni hablar de volver a usar un inodoro. Es que sentarse de cuclillas en la selva le desgasta mucho a uno las rodillas; hay momentos en los que tenía que llevar un palo para poderme levantar. También me impresiona la sensación de subir en un ascensor: me marea todavía... El otro día, viendo televisión, me dolían los ojos, me tocaba cerrarlos un poquito: fue mucho tiempo sin ver tanta luz". Me había contado, también, que sólo quería comer buena carne. Deseaba quitarse de la boca el sabor amargo de la lapa, el venado, el cachirri, la culebra, el zaino, la pava y el paujil.

Cuando llegamos a Sogamoso, lo encuentro contento porque estamos invitados a un asado. Está menos flaco. Y alguien me hace notar que algo ha cambiado en él: el día que lo conocí, los ojos, nerviosos, le saltaban de un lugar a otro. Ahora sostiene la mirada.

Antes de salir para la finca en la que almorzaremos, comenta: "Yo permanecía con la cadena amarrada al cuello y la llevaba siempre en la mano. Recién llegué del secuestro, cuando me levantaba de algún lugar, siempre mandaba la mano para recogerla. Ya no lo hago. Y es que creo que un acto liberador fue el de hace unos pocos días: en un parque habían sembrado un árbol en mi honor y lo habían encadenado. Fui y le rompí las cadenas, las últimas que me ataban".

ejercito

Sin embargo, aún más importante fue lo que sucedió la noche del 2 de julio. Consuelo de Perdomo, su compañera de secuestro durante seis años, lo invitó a comer a un restaurante desde donde se ve toda Bogotá. "Y me pasó algo bonito -sigue Donato-: ver toda esa ciudad, con esa mano de luces, me liberó de algo. Porque a veces, cuando es de noche y todo está oscuro y uno está solo en el cuarto, de pronto siente que está allá, en la selva, en esa negrura impresionante. Entonces, cuando me senté en el mirador de ese restaurante y vi a Bogotá iluminada fue como borrar las sombras. Lo hice sin querer, pero pasó".

El lugar del asado es la finca de un político de la región. Entre los invitados está Fabio Pineda, el mejor amigo de William desde la niñez. Pineda recuerda los días en los que hacían cartas repujadas que vendían para tener con qué jugar tejo y tomar cerveza; y también habla -a medias: no quiere soltar toda la información- de aquellas novias que alguna vez se intercambiaron, así como de un misterioso viaje al Eje Cafetero.

Entonces Donato lo interrumpe para contar que hace unos días, cuando fue con su mamá a agradecerle a la Virgen de Morcá por su rescate, entre la multitud de personas un señor lo saludó. Él hizo lo propio. A la salida, el hombre lo saludó de nuevo. "Hola", le respondió Donato, y siguió. Entonces su mamá le dijo: "¿Es que no lo reconoce? Es su amigo". El coronel miró al hombre por unos segundos y sólo atinó a expresar: "Yo no creo que usted sea Fabio Pineda", hasta que al fin sucumbió ante los recuerdos y terminó abrazándolo. Pineda cuenta que, ante la actitud de Donato, su esposa le había alcanzado a decir: "Tranquilo, mijo, es que la gente cambia". Y William, atacado de la risa, responde: "Es que usted está muy gordo, mano".

Lo dejo conversando con su amigo y algunos allegados y me siento junto a doña María del Carmen, su mamá.

-¿Cómo se siente tener a su hijo de nuevo con usted? -le pregunto-.
- Créame que todavía no he podido asimilar que él esté vivo -responde-. Me parece que es una mentira. Cuando lo fui a tocar por primera vez, me parecía que eso era frágil, que era mentira. Yo lo tenía y lo miraba, pero era tanta la ansiedad que tenía de verlo, que me tocó soltarlo. Creo que también él siente que no es verdad que está al lado mío.
-¿Sigue siendo el mismo?
-No he visto ningún cambio en él. ¿Sabe de qué me siento orgullosa? De que no ha perdido la oratoria. Habló muy bien cuando todo el pueblo salió a recibirlo. Otra cosita que no ha perdido es el ser rumbero. La primera vez que bailó, ayer o antier, pensé que iba a hacerlo 'puro boyaco', pero cuando lo vi, dije: 'Cómo así, no ha perdido nada', porque sabe bailar toda esa música moderna. Eso sí, vino muy malgeniado. Son los años, ¿no? Es impaciente. Que mi camisa, que por qué no han arreglado la casa... Pero siempre ha sido obediente. ¡Tiene una nobleza! Alan Jara me decía que eso le impresionaba de él en la selva.

william

Mientras William baila por segunda vez en su nueva vida, después de más de una década de quietud -y sí, es verdad: no lo hace mal- sus hermanos Sandra y Andrei conversan conmigo. Este último dice: "Durante estos doce años, me tocó ser el fuerte de la situación: aparentar que no sufría, que no lloraba, hacer el papel de que aquí no ha pasado nada para que mis papás no sucumbieran, y después encerrarme a llorar. Pero ahora estoy feliz. Una de las cosas que más me ha alegrado es volver a dormir junto a mi hermano, escuchar sus ronquidos que me despiertan y que me hacen saber que él realmente está aquí".

El anfitrión le propone al coronel que se monte en un caballo y recibe un sí por respuesta. Entonces aparece la figura de don Tiberio, que se opone apasionadamente. El padre de William Donato piensa que es una locura que, después de doce años sin acercarse siquiera a un animal de estos, su hijo se atreva a montarlo. En la familia es un secreto a voces que William siempre ha sido el consentido del hombre de 84 años. Es más, un rato atrás, doña María del Carmen me había comentado: "Es que mi marido era el que lo mimaba cuando estaba chiquito, el que le hacía cuarto para la rumba. Cuando William iba mal en el colegio, me decía: 'El chino va muy bien', y después iba yo a las reuniones de padres y...".

No hay nada que hacer: Donato se encarama en la bestia. Y se sostiene. Lo veo pasear en el animal mientras sus allegados le aplauden y recuerdo que hace unas horas me había contado que, desde que lo sacaron de la jungla, sólo ha llorado una vez. ¿El motivo? Su padre. "Yo lo quiero mucho -me dijo-. Hace cuatro noches me hicieron una reunión con algo que se llama karaoke. Eso es bien divertido, ¿no? Cuando estaba en la selva, había una canción que me dolía mucho, que es de Vicente Fernández. Se llama Cuando yo quería ser grande y habla de que el papá se va haciendo viejo y ojalá no pasen los años. Pues en esta reunión él cantó esa canción y no pude reprimir las lágrimas, esas que tenía trancadas desde que me rescataron".

Unas horas después, el fotógrafo y yo dejamos la finca. Por el espejo retrovisor del carro, busco la figura del coronel William Donato. Y mire usted, lo veo feliz, haciendo y respondiendo llamadas desde su... ¡Desde sus dos Blackberries!

Guerrilla


3.
Su agenda es cada vez más apretada. Si bien durante el secuestro fue ascendido a teniente coronel, está tomando el curso que lo legitima como tal. "Necesito volver a coger las normas de la Policía -dice-. Y quiero seguir. Usted sabe: todo cura quiere ser Papa". Después me pide un único favor: "Escriba en su artículo que le agradezco al general Naranjo. El trabajo que ha hecho la institución con los rescatados ha sido grande".

Es 21 de julio. Estamos en el teatro de un centro comercial bogotano. A Donato lo acompañan algunos militares y escoltas, su psicóloga y su compañero de cautiverio, el coronel Murillo.

¿La razón del encuentro? Vamos a ver, en exclusiva para nosotros, una proyección de Avatar, la película sobre la lucha territorial entre un pueblo humanoide -los Navi- y los seres humanos. Cualquier actividad que uno lleve a cabo con William Donato, hasta la más sencilla, es para él la primera después de doce años. Así ha sido durante nuestras diversas reuniones. No sólo las primeras compras, o la primera salida a la calle, sino también cosas más sencillas: el primer atisbo de Transmilenio, la primera visita a la casa de un amigo, la primera ternera a la llanera... Así que aquí estamos de nuevo: las primeras crispetas y la primera entrada a cine.

La sala queda en tinieblas, la película empieza y yo me preocupo un tanto: ¿le incomodará a él tanta oscuridad? Pero otro pensamiento, mucho más divertido, llega a mi mente: ¡ay, las mujeres!

Cuando lo secuestraron, William Donato estaba soltero. Ahora, por donde pasa, digámoslo de frente, 'levanta'. Y cómo no. ¿Para el género femenino puede haber algo más seductor que un héroe? La psicóloga le ha dicho que haga todo con calma, que no se apresure, que lo que le queda es tiempo para seguir viviendo, que habrá muchas mujeres que se le van a acercar por interés y que no tiene que correr para establecer una relación o para tener un hijo. Y él está de acuerdo. Se ataca de la risa cuando sus escoltas cuchichean sobre ciertas miradas coquetas de allí o ciertos comentarios de allá, y dice que se va a quedar un tiempo en calma, que no tiene el más mínimo afán. Que...

¡Ay, Dios mío! De pronto la trama de la película se va para una selva oscura y más bien inhóspita y aparecen helicópteros y buenos y malos, y yo empiezo a sudar. ¿Estará Donato recordando ocasiones que quiere olvidar? ¿Tendrá ganas de abandonar la sala? ¿Vuelven a su mente los momentos en los que él se preguntaba si el Ejército estaría haciendo algo para sacarlo de allá? ¿Pensará en sus aburridas lecturas de El Manual Merck porque en la selva, secuestrado, no tenía más que leer? ¿O evocará aquella biografía de 'Jacobo Arenas' que alguna vez los guerrilleros le pasaron y que él les devolvió con una frase subrayada: aquella en la que el histórico insurgente decía rechazar de plano el secuestro? ¿O vendrán a su memoria esos niños de 10 o 12 años y fusil al hombro que, tal y como me contó, se tragaron entero el cuento de que contra el imperialismo yanqui no hay más salida que las armas?

Colombia

Me abstengo de preguntárselo y paso la película hecho un manojo de nervios. Pero cuando todo termina, volteo la mirada y lo veo atacado de la risa, listo para posarle al fotógrafo entre las burlas no muy bien disimuladas de los demás militares. Al rato, la psicóloga me comenta que ella, que estuvo sentada entre él y el coronel Murillo durante la proyección, alcanzó a sentir cierto temor, pero que se relajó cuando vio a los dos ex compañeros de secuestro dichosos con las figuras en tercera dimensión que se les metían en los ojos.

Descanso. Y cuando salimos del teatro, miro mi libreta de apuntes. Mientras la película avanzaba, alcancé a anotar una frase que me llamó la atención: "Los Navi dicen que todo el mundo nace dos veces".


link: http://www.youtube.com/watch?v=tDDOFGxkHow

Fuentes de Información - William Donato (12años secuestrado por las farc. su regreso

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2 comentarios - William Donato (12años secuestrado por las farc. su regreso

@Santiguacheen Hace más de 4 años
no
@Todo_Negativo Hace más de 4 años
ESO LES PASA POR NO DEJAR PARTICIPAR A TODOS EN LAS ELECCIONES DEMOCRATICAS... URIBE LA TENES ADENTRO!