En 1994, el suicidio del líder de Nirvana determinó un cambio de época en el mundo del rock. Entre las consecuencias de ese momento, pueden enumerarse el fin de la era de grandes bandas y la emergencia de un género como el hip hop.

Sobre la muerte del rock y las otras muertes

I

A todo fenómeno, cosa, tendencia, moda, circunstancia o personaje se le ha deseado o augurado la muerte, alguna vez; quizás, por alguna costumbre a vislumbrar los fines o a regodearse con su anuncio. Todo ha muerto alguna vez. Dios ha muerto, el hombre ha muerto; ha muerto la historia, la novela; el libro ha muerto; el hombre gutenbergeano ha muerto; ha muerto el mundo del trabajo; las ideologías han muerto; el mundo bipolar ha muerto y, claro, para no ser menos, el rock ha muerto, por supuesto.

Los ensayistas y académicos ostentan una particular predilección por firmar decretos o certificados de defunción, aunque sus textos no son más que hipótesis y probabilidades de naturaleza expositiva. Una intención obsesa por escudriñar los “acabose” parece impulsarlos a menudo. Puede decirse, empero, que se trata de una cuestión retórica, como casi todo: decir que la historia ha terminado no es lo mismo que sostener que “producto de determinadas circunstancias y procesos históricos etc. etc. etc.”. La potencia expresiva de la sentencia anterior funciona como un disparador de indudable seducción para el que va a leer o a comentar la obra. Más equilibradamente, podría decirse que cuando se anuncia la muerte de algo se está sosteniendo, en rigor, la observación de un cambio de paradigma.

Decir que el rock ha muerto es, por supuesto, una exageración y una provocación, pero no por ello deja de haber en esa sentencia un esbozo teórico, digamos, o una idea, al menos. ¿Cómo, dónde, en qué circunstancia ha muerto el rock? Vamos a trazar un boceto.

II

Caminábamos cerca de la terminal, creo; era invierno, o hacía frío, creo, y nos acabábamos de enterar de la muerte de Kurt Cobain. Era 1994, éramos chicos. Nos embriagaba una bella inconsciencia irrecuperable, como el ansia de atrapar el horizonte, en esos años, y dije, creo, algo así como: “Los noventa terminaron hoy”. Mi amigo, fanático de la banda de Seattle, replicó -la mirada sobre el cemento-, con la gravedad que se le da a las pequeñas cosas mínimas cuando uno es joven: “No, el rock se terminó hoy”.

Si fue así exactamente, si no lo fue ¿importa, acaso? Seguramente las frases fueron menos axiomáticas; probablemente no era invierno sino abril; quizás el diálogo fue más incorrecto en su sintaxis o más burdo. Pero algo así dijimos ese día, el día que Cobain emuló a los jóvenes suicidas del arte, el día que cumplió con el apotegma entre estúpido y fascinante de “quemarse antes que apagarse”. Dieciséis años después, aquello se me antoja como el cambio de una época que apenas intuíamos como un futuro que quedaba, claro que sí, tan lejos.

Las más evidentes, las más lógicas, las consecuencias inmediatas de ello fueron: que el olimpo del rock tuvo un nuevo muertito que venerar; que Nirvana suscribió a aquello de que “lo bueno si breve...”, y que las ventas y la circulación y el culto necrológico pudieron dispararse como dominós enloquecidos.

Aquel fue el final, no sólo del grunge como movimiento, sino el fin de una era de grandes bandas que puede situar su comienzo vaya uno a saber cuándo -¿iniciada a mediados de los ‘60?, ¿consolidada en los ‘70 y los ‘80? ¿desaparecida en los ‘90?-.

Desde ese día, creo poder decir, tanto la existencia como la perduración de grandes bandas de rock pareció dispersarse en una pléyade de moda más fragmentada y fragmentaria, más dispersa y caótica, cuestionada desde el rol de las discográficas a la distribución de los bienes culturales, la amenaza de los formatos y de los soportes de distribución, en la que los hits desplazaron a las carreras y a los grupos. Se me dirá que en verdad es un problema de mi propia percepción al no estar a tanto de las corrientes de moda, producto del paso del tiempo.

Puede exagerarse aún más: puede decirse que a partir de allí no surgieron más movimientos de quiebre en el rock, y que el más interesante aporte lo constituyó, lo constituye, el hip hop negro y blanco, en ese orden, como un movimiento con intenciones apriorísticas de rebeldía, contestatario en su discurso, contracultural hasta que es adoptado, novedoso en la versificación y en los ritmos, creador de modas (peinados y vestimentas) y hasta de una poética y una estética también novedosa.
Sobre la muerte del rock y las otras muertes

Se me dirá: que la verdadera revolución fue la electrónica, que el movimiento conocido como Brit Pop fue quizás el más fuerte de los fines de los noventa; que el Indie o lo Indie fue la norma imperante, que el Nü Metal también funcionó como una factoría de sucesos, y tantas otras posibilidades combinatorias que no es menester tratar en esta página. Lánguidamente, podría responderse que, en cierto punto, el Brit Pop pareció una reversión o modernización de Los Beatles, y que el Nü Metal es el heavy metal refritado, y que los grupos para adolescentes pop-rock son como versiones digeribles, más melódicas, de Los Sex Pistols. Ergo: todo el movimiento del rock parece estar sustentado en la emulación, la réplica, la copia, bah, de la extraordinaria generación de los años ‘60, donde el rock tenía verdadero sentido y fue sujeto de clasificación, en serio, como un movimiento contracultural. Por supuesto que no se agota allí, pero la novedad y la ruptura del inicio sólo tuvo ecos, rebotes, resortes más o menos felices.

Es posible, además, que las grandes bandas supervivientes de los ‘80, algunas con notable éxito -U2, por caso- funcionan justamente como expresiones que lograron perdurar, cansadamente a menudo, y que ese esfuerzo, y el decurso del tiempo por su propia lógica, no puede si no ponerlos en ese lugar, el de sobrevivientes, ¿de qué? De su propia música y estética. Y que muchísimas agrupaciones de los ‘80 y los ‘90 continúen siendo exitosas hablará del talento individual de esos músicos, pero también representa la inexistencia o desaparición de alternativas del mismo fuste o, mejor dicho, con la misma capacidad para generar espacios y, especialmente, no perderlos. Creo percibir que, lentamente, el rock ha ido desinflándose en la misma medida en que el hip hop copó, de los suburbios al centro, la escena. ¿ColdPlay? ¿Radiohead? ¿GreenDay?, sí, pero...

Acaso el dato más significativo sea la inclusión, hoy hecha moda, de performances de autores de hip hop en canciones de rock, cuyo inicio quizás puede situarse en los ‘80, con la combinación entre Aerosmith y Run DMC. Allí se inició todo. El asalto del mundo del rock por el hip hop y la desaparición o muerte, no del rock, sino su caída en la receta recalentada, parece dibujar el panorama actual.

III

Ni los períodos históricos ni los ciclos de la moda se corresponden con los números ni los calendarios. Vayan dos ejemplos. El siglo XXI, se asume, comenzó con la caída de las Torres Gemelas (2001); el siglo XX terminó con la caída del Muro (1989). Con idéntico criterio puede sostenerse que los noventa terminaron en 1994, cuando el rock perdió a su último gran héroe, y lo demás pareció una simulación aparatosa. Un amigo, ante la débil exposición de esta teoría, me dijo una noche: “El problema es que vos estás viejo”. De allí, tendría que asumir que, en verdad, el rock ha muerto... para mí. Así, ello no sería otra cosa de un estado de ánimo, más que una música o una industria. Será así pero, a propósito, recuerdo esa extraordinaria frase de Paul Mc Cartney, circa 1966: “juro que no morí”, dijo el sir.

Fuente:http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2010/08/23/culturadiario/CULT-01.html