Terror coreano

Terror coreano

Como quien tira un rompecabezas al aire y después lo rearma, sin sentirse obligado a poner cada pieza en el lugar que tenía. Así parece haber procedido el coreano Yim Pil-sung con el cuento “para niños” de los hermanos Grimm, devolviéndolo a su condición de cuento de terror. Visto desde hoy, es increíble que durante el siglo XIX y parte del XX se les hiciera leer a los pequeños la historia de dos huerfanitos perdidos en medio del bosque, que van a parar a casa de una bruja, están a punto de ser cenados y en venganza terminan horneándola. Tras lo cual viven felices y comen perdices. En esta relectura asiática los niños no son espectadores potenciales, sino víctimas. Pero ojo, también victimarios. Como en el cuento: confirmación de la fidelidad que Yim (autor también del guión) mantiene para con el original, más allá de cambiar casi todas las piezas de lugar.

Exhibida en unos cuantos festivales internacionales en los últimos años (incluido el Bafici 2009), en el opus 2 de Yim Pil-sung hay un bosque de cuento de hadas, unos chicos raptados (pero sólo en un flashback), algo parecido a una bruja (pero dura poco), carne humana servida para la cena (pero no carne de niño) y alguien cocinado al horno (pero no es la bruja). El resto consiste en una serie de desplazamientos, aggiornamientos y recomposiciones. Empezando por el protagonista, aquí un viajero llamado Eun-soo, que tras sufrir un accidente automovilístico es rescatado por una niña (vestida como Caperucita), yendo a parar a su casita. Que en lugar de chocolate exhibe el cartel más mentiroso del mundo: “La casa de los niños felices”. La nena y sus hermanos (uno mayor, de 12; una menor, de 7) viven allí con papá y mamá. ¿O no son papá y mamá? Ya aparecerán más tarde cierto diácono y su señora, lo más parecido a un ogro y una bruja que pueda hallarse por las inmediaciones.

Fotografiada con densos filtros de luz, tonos saturados y lentes deformantes, una sensación de asfixia permanente se respira en Hansel y Gretel. La sensación obedece tanto al efecto “ángel exterminador” del bosque como a la sobrecarga de empapelados, tapizados y decoración con motivos infantiles con que la casita abruma a anfitriones y visitantes. Producto de esa saturación y artificio, los conejitos terminan volviéndose aquí tan siniestros como en una de David Lynch, y en verdad el tono enrarecido bien podría calificarse de lynchiano. Ese tono y el modo laberíntico con que los motivos más diversos se enrevesan. Desde cierta historia de abuso infantil hasta el peso de una maldición, pasando por los poderes telekinéticos de uno de los niños, cierta cristalización temporal que está en la base de la historia, la conversión de una señora en muñeca de porcelana y el embutimiento de otra en un árbol de las inmediaciones.

Yim tiñe de perversión, melancolía y abandono todas y cada una de las relaciones entre el mundo adulto y el infantil, que la película multiplica y universaliza, en un sistema de ecos incesantes. La melancolía es el sentimiento prevalente a la larga, en una película a la que no le hubiera venido mal un recorte de veinte minutos o media hora. Cuestión de evitar repeticiones y alargamientos, sobre todo en su último tramo.


FUENTE:http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-19076-2010-08-26.html

7 comentarios - Terror coreano

@Don_Durito
pero como se llamaaaaaaaaaaaaa
@Debitto94 -1
Malditos amarillos >.<! xD