Entrevista a Osvaldo Bayer
Por PAULA BISTAGNINO
Buenos Aires > Un cartel fileteado que dice “El tugurio”, colocado en la puerta que da a la calle, hace las veces de bienvenida al hogar de Osvaldo Bayer. Libros, diarios, revistas y más libros, centenares, ocupan paredes, pasillos, estanterías, bibliotecas y mesas de este modesto tres ambientes del barrio de Belgrano. “Osvaldo Soriano lo bautizó El tugurio. Acá hacíamos las reuniones de los cinco: él, León Rozitchner, David Viñas, Tito Cossa y yo. Empanadas y vino de por medio, discutíamos largas horas sobre política, religión, cultura, historia… Siempre ganaba Osvaldo”, cuenta el escritor, periodista e historiador, que alterna la vida solitaria en esta vieja casa familiar con las estadías en Alemania, donde viven su mujer, sus cuatro hijos y sus diez nietos, desde que la familia se exilió, amenazada primero por la Triple A y luego por la última dictadura militar. “Yo necesito estar en Argentina. Siento un deber con mis compañeros desaparecidos y con mi país. Esto es lo que me da el impulso para seguir adelante. Y se ve que me hace bien porque ya cumplí 83”, explica y se ríe.
Por lo visto, no se ha cansado de viajar. Esta semana va a estar en Neuquén y Río Negro hablando de historia y del genocidio de los pueblos originarios. ¿Cree que todavía nos debemos una autocrítica histórica?
Una enorme autocrítica histórica. Porque nunca nadie en más de un siglo lo ha hecho. Yo justamente voy a iniciar la charla con los documentos de mayo y de la Asamblea del año XIII. Cantamos en nuestro himno nacional: “Ved en trono a la noble igualdad. Libertad, libertad, libertad”. Sólo se trata de eso: de llegar a la igualdad en libertad. Lo cantamos desde 1813, pero jamás lo aplicamos. Voy a hablar de las traiciones que hicieron los argentinos a la Revolución de Mayo.
¿Por qué cree que a ningún presidente le interesó tomar la bandera de aquel genocidio?
A ningún gobierno posterior al genocidio perpetrado por Julio Argentino Roca le interesó, porque todos eran parte del mismo esquema económico y de poder, basado en el gran dominio de la tierra y el poder de la Sociedad Rural Argentina (SRA), que, esto nunca nos lo dicen, cofinanció la campaña de Roca. Y después se repartieron 41 millones de hectáreas entre estancieros de la S.R.A. Y al cumplirse 100 años del genocidio, durante la dictadura militar de Jorge Rafael Videla, al presidente de la S.R.A de entonces, José María Martínez de Hoz, fíjese qué apellido, se le entregaron dos millones y medio de hectáreas. Entonces queda claro cómo el poder se ha mantenido siempre en manos de esos mismos sectores.
Sin embargo, hoy estamos revisando y juzgando el pasado reciente, algo que parecía impensado.
Sí. Y debo decir que estos dos últimos gobiernos, el de Néstor Kirchner y el de su esposa, Cristina Fernández, fueron los primeros capaces de entregar a la Justicia a los responsables de romper la democracia y asesinar a miles de personas. Antes de esto, todos los dictadores argentinos desde la década del 30 murieron tranquilamente en su casa y cobrando su sueldo de generales. Más aún, el primer golpista de todos, y fusilador además, (José Félix) Uriburu, tiene un monumento en la ciudad de Balcarce y nadie es capaz de sacarlo. Y hasta hace poco tenía un puente que cruzaba el Riachuelo.
Usted lleva diez años pidiendo sin éxito que se saque el monumento al Gral. Roca que está en Diagonal Sur, en pleno centro porteño. ¿Por qué cree que es tan difícil?
Porque de ese tema no se habla. Para ilustrarlo, basta la respuesta de los diputados macristas: “En historia hay que mirar para adelante”, me dijeron. Y yo les respondí: “Les agradezco. Ahora he aprendido. Qué tontos estos alemanes que sacaron los monumentos a Hitler”. No me contestaron, por supuesto. Por eso creo que le tengo que dar la razón a Hebe de Bonafini, que una vez, en una de las clases de historia que yo daba en el monumento todos los jueves, me dijo: “Vos hablás y hablás, pero a este hijo de puta –ella habla así, aclara- se lo voltea de otra manera. Yo se dónde alquilan guinches. Nos venimos un día a la madrugada y lo volteamos”. Yo le dije que era buena idea pero que íbamos a ir presos. A la semana siguiente, volvió y me dijo que, en lugar del guinche, podíamos alquilar un camión tanque, llenarlo con pintura cáustica, que se come el bronce, y pintarlo todo. Y yo otra vez le dije: “¡Pero igual vamos a ir presos!”. Y ella me hizo un gesto con la mano como diciéndome cobarde y se fue (se ríe). Hebe es genial. La negativa al debate genera violencia y lo entiendo. Pero yo quiero que sean las denominadas autoridades, elegidas por el pueblo, las que resuelvan esto. Yo quiero la autocrítica histórica. Porque si lo sacamos por la fuerza al día siguiente van a hacer un monumento más grande. Y además, al pie del caballo, le van a poner indios muertos.
Hace unos años habló de unir la Patagonia argentina con la chilena para probar cómo funcionaría la anulación de las fronteras en América Latina, ¿sigue creyendo que esto sería un paso adelante?
Ahora con el Mercosur estamos un poco en ese camino. Pero hay que profundizarlo para de verdad cumplir con el sueño de Bolívar. Es un disparate que tengamos fronteras en países que tienen el mismo idioma, la misma religión y los mismos libertadores. Además, el guaraní de Corrientes es mucho más parecido al guaraní de Paraguay que al porteño. Lo mismo el coya de Jujuy y el de Bolivia. Son fronteras políticas e irracionales. Entonces yo digo que imitemos lo poco bueno que Europa nos puede enseñar: el Mercado Común Europeo y la eliminación de fronteras civiles. Así como ellos empezaron con Holanda, Bélgica y Luxemburgo, el Benelux, nosotros deberíamos probar con la Patagonia. A un lado y otro de la cordillera hay una historia, una cultura y necesidades en común. Es la estupidez más absurda que haya escuchado que desde hace 200 años estén los guardias de frontera argentinos y chilenos observándose mutuamente. Yo creo que sería un gran beneficio para ambas poblaciones.
Esto le valió que lo llamaran “traidor a la patria”.
Sí, el señor Eduardo Menem me llamó traidor a la patria y, por su iniciativa, el Senado de la Nación me nombró “Persona no grata” por mayoría absoluta, por lo que no pude entrar durante 8 años. Hasta que por iniciativa del senador Daniel Filmus y con apoyo unánime, se abolió. Casi al mismo tiempo de lo de Menem, Aníbal Ibarra me nombró Ciudadano Ilustre. Así que yo me miraba al espejo y me preguntaba: “¿Qué soy? ¿Soy un ciudadano ilustre o un traidor a la patria?”.
Fue anarquista en su juventud, ¿con qué tipo de sociedad sueña hoy?
Yo soy un socialista libertario. Quiero que se llegue al socialismo pero en libertad. No bajo una dictadura, aunque sea una del proletariado. Las dictaduras llevan siempre a los personalismos y los personalismos son siempre antidemocráticos. Quiero un socialismo que funcione a través de las asambleas. Por eso fui tan amigo de las asambleas barriales que surgieron después de 2001 en Buenos Aires. Eran un gran paso adelante. Pero lamentablemente, después se metieron los partidos políticos y las destruyeron con sus internas.
¿Cuáles son los pilares de ese socialismo libertario? ¿Qué batallas debe dar la izquierda hoy si quiere ir hacia ese modelo de sociedad?
Tenemos que exigir más democracia, en todo y para todos. Más democracia es, por ejemplo, obtener una ley para que todos los partidos tengan la misma capacidad financiera para hacer su propaganda. Lo que tenemos hoy es lo contrario: medios de comunicación y grandes empresas apoyando candidatos. Otra cosa, que ya se lo he reclamado al Gobierno, es incentivar las cooperativas obreras, que son la base del comercio justo y el trabajo digno. También eliminar las villas miseria, que son una vergüenza insoportable. Y, por supuesto, mientras haya gente sin trabajo y niños con hambre, y los hay según las estadísticas oficiales, no hay democracia. Porque democracia no es poner el papelito cada dos años en una cajita.
¿Sigue sin votar?
Sí, porque votar en este país hoy es mentirse. Los candidatos están puestos, los políticos mienten y entonces el voto no decide nada. Fíjese usted, por ejemplo, Hipólito Yrigoyen, primer presidente democrático del país. Fue responsable de las tres mayores masacres obreras y el partido radical jamás hizo una autocrítica sobre eso porque piensan que está todo demostrado. Tampoco los peronistas han hecho una autocrítica por los crímenes de la Triple A ni por la masacre de Ezeiza. ¿Eso es democracia? No. Entonces yo creo que ir y poner el papelito es dejarse tomar el pelo. Y yo prefiero no hacerlo.
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3 comentarios
Excelente nota!
no bolu... es el que las vende....