Néstor Kirchner, el miedo y lo sagrado
miércoles 3 de noviembre de 2010El miedo y lo sagrado - Laura Meradi
Laura Meradi –autora de Alta rotación- más luminosa y mística que nunca, nos regala una diatriba que estalla de epifanías políticas.
Fotografía: SUB Cooperativa de Fotógrafos
1- Por todos lados, las cosas explotan. Y en mi opinión, está muy bien que exploten las cosas. Explotan las plazas, explotan los congresos, explotan las leyes, explota la tierra desde el centro de la tierra, explotan las masas de agua, explotan las minas, explotan los líderes, explotan los trabajadores, explotan los estómagos, explotan las cabezas, explotan las imágenes, explotan las ideas, explotan los corazones, explotan los pies, explotan las manos desde el centro de las manos, explotan los ojos, explotan las bocas, explotan las lenguas, explotan las palabras. Todo ha explotado. Lo que explotó el miércoles con la muerte de Néstor Kirchner, era inminente: hacía meses que pulsaba por salir. Se necesitó que explotara un cuerpo como un símbolo, que un cuerpo fuera entregado como sacrificio a la tierra, para que explotara el pueblo que se articulaba alrededor de ese cuerpo. Para que explotaran las ideas, las dudas, los miedos, las creencias. Para que explotaran los moldes, las burbujas de ilusión, los anteojos negros, los antifaces, las máscaras. Escribo con la panza revuelta y los ojos explotados, las manos en los pies y la cabeza suelta a unos centímetros de mi cuerpo, desprendida, dando vueltas por el aire, navegando en la información, porque todo ha explotado el miércoles pasado. Éramos una burbuja enorme que explotó, y la realidad, la realidad de saber que éramos muchos los que mirábamos parados desde el mismo lugar, y la realidad de los que les cayó la realidad como un balde de agua helada y pudieron ver dónde estaban parados, nos explotó en la cara. Nos explotó adentro y nos explotó afuera. Y fuimos durante tres días un manojo de sensaciones descontroladas, porque lo único que queríamos era estar ahí, en Plaza de Mayo, todo el día en Plaza de Mayo, y el deber nos llamaba a otras cosas en las que no podíamos poner ni un segundo de nuestro pensamiento.
2-Tal vez tenga que decir que todo explotó, para decir que yo exploté. Que explotó en mí algo que tímidamente latía adentro mío. Una fuerza y una esperanza, que tal vez sea como decir convicción: la sensación de que en todos explotó esa fuerza, y de que en todos explotó esa esperanza. Me sorprendí de la fé que teníamos en la muerte. La sensación de que podíamos ver más allá de la tristeza, que a nosotros, que nos dicen nostálgicos, la muerte se nos apareciera de pronto como un camino de flores hacia el futuro. Porque si bien había tristeza en la Plaza y había tristeza en la gente que esperaba para despedirse del cuerpo, una alegría de vivir nos sostenía durante horas en la fila de diez o doce personas de ancho que ocupaba diez, doce, quince, veinte cuadras de largo sobre la Avenida Rivadavia, la Avenida 9 de Julio y la Avenida de Mayo. La sensación de que al explotar la burbuja se clarificó la visión. Y de que en el agua clara viven los peces.
3-Hace un mes fui a ver la obra en la que actúa un amigo en el Teatro del Pueblo. Todos los personajes que estaban al principio de la obra eran jóvenes militantes que finalmente desaparecían. El único que no desaparecía era un librero que, mientras todo sucedía en su lugar de trabajo, se ocupaba de vender más libros. Cuando terminó esperé a mi amigo para felicitarlo, y le dije que mientras miraba la obra había tenido una terrible conciencia del presente, y que me había preguntado: si todo explota, ¿dónde voy a estar? Salimos del teatro. Caminamos por Diagonal Norte, cruzamos la 9 de Julio y avanzamos por Corrientes hasta Guerrín. Estaba lleno y doblamos por Rodríguez Peña para encontrar otra pizzería. Yo caminaba muda, miraba las cosas y las cosas me daban miedo. Pensaba que detrás de todo lo que veía había otra cosa, detrás de cada persona había otra cosa, otra cosa que estaba pulsando por salir. Al otro día cuando me desperté todo seguía estando raro. Una sensación en el cuerpo. Estar tomado.
Me fui a escribir a otro lado porque no podía concentrarme en mi casa. Fui a un bar de San Telmo, me senté, y frente a mí vi un televisor prendido en el canal TN. Traté de no prestarle atención, de seguir en lo mío. Pero el televisor me hacía levantar la cabeza de mi cuaderno cada vez más seguido, y de pronto escuché a un periodista que informaba desde la calle sobre Papel Prensa, y decía que el gobierno quería “censurar a los medios de comunicación”. Nada nuevo. Pero le miré la cara al periodista, lo vi ahí, paradito sobre una vereda, informando desde la calle, con su rostro color aceituna y los rulos peinados, su mano sujetando el micrófono, su voz diciendo eso que decía, y pensé: ¿de verdad este hombre piensa eso que está diciendo? No creo, pensé. No, no puede estar creyendo eso que dice. Pero entonces, ¿por qué lo está diciendo? ¿Quién lo está obligando? ¿Por qué se siente obligado? ¿Qué se le juega en su verdad? ¿Qué se le juega en su mentira? ¿Qué pone en juego de sí mismo lo que él piensa acerca de lo que está informando? Y miré por la ventana y vi la gente caminando con sus perros, los autos manejados por sus dueños, una señora arrastrando el carrito con sus compras, y pensé: Todos escuchan todos los días las mentiras que se siente obligado a decir este señor. Traté de volver al cuaderno para continuar lo que estaba escribiendo, pero no podía. Me di cuenta de que estaba temblando, y al volver la mirada a la televisión me saltaron las lágrimas: ese hombre que prestaba su cuerpo frente a una cámara para informar algo que no quería informar, me devolvía la imagen de la tortura. Decir lo que uno no quiere decir, no poder expresarse, es el terror. Porque uno convive con sus monstruos adentro para siempre, sólo con sus monstruos. Veía cómo le temblaban las amígdalas al periodista: como un sapo. Y yo, que me había sentado a hacer mi trabajo en la mesa de un bar, lo miraba y lloraba y la mano me temblaba, y no podía decir lo que me había sentado a decir. Tracé una raya como dando por terminado mi trabajo, y escribí: “Estoy muerta de miedo, quiero volver a mi casa.”
4-Una amiga me escribió al otro día de la muerte de Kirchner que ella no sabía qué pensar, pero que percibía que algo se estaba moviendo, y que tenía miedo. Que todos tenían miedo, mucho miedo, Laura, me decía. Tenía miedo de decir lo que pensaba, y me contestaba en privado un mail que tenía que ser general. Tenía miedo de pensar una cosa o la otra, me decía, de quedar fijada en un polo, cuando ella creía que la realidad era un caleidoscopio. Esa amiga está medicada contra el miedo hace más de un año, porque no se anima a salir a la calle, y cuando yo le conté unas semanas atrás el episodio del televisor y del bar, me dijo: tenés que hacerte preguntas chiquititas, cada vez más chiquititas, para entender qué es lo que te atemoriza. Y pensé que era como ir partiendo al monstruo en pedacitos, hasta ver que lo que me daba miedo era un animal tan inofensivo como una lagartija.
5- La mía es una generación atravesada por los ataques de pánico. Es el miedo que heredamos de nuestros padres: de los que desaparecieron, de los que resultaron cadáveres, de los que no vieron nada, de los que callaron, de los que debieron irse. La generación del yo y la generación del Panic Attack. Panic de que nos critiquen, panic de que nos descubran equivocándonos, panic de que nos pongan un dedo sobre la ventana del yo que con esfuerzo hemos lustrado, y nos dejen una huella en el pecho. Porque las huellas se leen como manchas. Como si uno pudiera ser independiente de sus huellas, o como si la libertad no dependiera de nada. No podemos seguir hablando como hijos que le echan la culpa a sus padres de lo que no supieron hacer bien. Crecimos, y somos responsables de la historia y del miedo que heredamos. Y cuando digo responsables no digo culpables. Digo que tenemos eso en nuestras manos. Y que es nuestra responsabilidad arrancarnos el miedo del cuerpo. Y ayudar a quebrar la cáscara del miedo de nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos, nuestros vecinos, para que la expresión deje de ser una reacción defensiva del yo, y el lenguaje pueda hablar de la vida.
6- El miércoles por la noche, reunidos en Plaza de Mayo, nos apretábamos contra el vallado y mirábamos por los agujeritos de hierro hacia la Casa Rosada, esperando que apareciera alguien, que alguien nos dijera una palabra para irnos a dormir en paz. La sensación era que esperábamos a Néstor Kirchner, que esperábamos que apareciera y nos dijera que todo había sido un malentendido. Pero no había malentendidos. Y todos volvimos a nuestras casas y tuvimos que conciliar el sueño y despertarnos al día siguiente con la dura realidad de que Kirchner estaba muerto. Y al explotar eso, esa seguridad donde creíamos que nuestra Presidenta descansaba, todos tuvimos que medirnos con nosotros mismos. Y nos medimos en la calle: en el cuerpo en la calle y en la palabra en la calle. En la palabra en circulación, en las aseveraciones y los comentarios en facebook y en twitter, en los videos, los textos y las fotos que fueron enlazándose y pasando de unos a otros por Internet. Y en la gente que fue llegando desde el miércoles temprano a Plaza de Mayo para colgar sus carteles en el vallado. Gente que con sus fibras, sus hojas, sus manos, sus colores, llenaba las vallas de palabras que le explotaban en el cuerpo. Ahí, en la calle, en el piso, escribiendo las palabras que les venían a las manos. Esa gente que pegaba al vallado de la Casa Rosada los carteles que acababa de escribir sobre el piso de la plaza: militaba. Comunicarse es militar. Si uno no se comunica, vive sólo con sus monstruos para siempre. Uno se convierte en la casa de los monstruos.
7- El día en que temblaba y miraba TN y me moría de miedo en el bar, me acordé lo que me dijo alguien una vez: “Vos no podés tener miedo. Si comprendes, no podés tener miedo. El planeta no puede hacer masa en vos. Y si tenés miedo es que te ganaron.” Pensé a qué se debía el miedo que tenía, cómo el miedo había crecido en mí. Y pensé en la parálisis. En que estaba parada en la duda. En que dudaba y no accionaba. Que la duda, en vez de hacerme investigar en mí y en los otros, me paralizara en el centro de la contradicción. La contradicción como una pinza que me agarraba de la garganta y no me dejaba hablar. Y pensé en que tengo derecho a dudar, sí, pero igual tengo que accionar. Dudar y accionar es vivir en el presente, es vivir la contradicción, fluir entre los polos, procurando reducir la brecha al comprender lo real en su complejidad.
8-¿Qué pretende uno, cuando apoya un modelo que garantizaría los derechos fundamentales del ser humano? Supongo que reivindicar la vida. Su carácter sagrado. La dignidad como el último reducto de la civilización del carácter sagrado de la vida. Dignificar lo que nuestra naturaleza pretende destruir: la cultura. Comer, tener una casa, agua potable, una cama donde dormir, salud, un trabajo que le permita al hombre ser su propio sostén, y desarrollarse creativamente mediante la técnica o el arte en relación al don que descubra en él. Por eso estábamos en la plaza: por el derecho a la vida sagrada. Entonces estábamos de duelo, pero también de festejo, porque estábamos vivos y queríamos la vida. Porque los monstruos salían por la boca, por las manos, por los ojos, por los pies, y se volvían a la caverna de la que habían venido a asustarnos, y nosotros estábamos juntos y vivos, teníamos cosas que expresaban la vida, y que la expresaban en la calle, acompañados por el viento que agitaba el follaje de los árboles y bajo la presencia de una luna gorda y partida a la mitad, y las estrellas. Muchas estrellas y sobre todo una que se hacía notar más que las otras: una estrella roja. Roja como Marte, el planeta guerrero y el planeta de los deseos. El planeta que indica que si uno no invade los territorios para conquistar los espacios donde puedan vivir sus deseos, la ley es que lo invadan a uno, que lo conquisten, y que uno termine siendo terreno donde viene a cumplirse un deseo ajeno. Me parece importante recordar eso: que peleamos porque sabemos algo sobre una vida que aparentemente es nuestra y es sagrada. Me contaba borracha y con alegría una brasilera el verano pasado en Salvador Bahía, acerca del MST, que cuando empezó a militar un viejo de cien años se puso a cantar y a bailar después de haber asentado campamento en un terreno, y ella comprendió por qué estaba haciendo ese trabajo: porque ella, como ese hombre que bailaba y cantaba a sus cien años, tenía pasión por la vida.
9- Había euforia en algunos que no les hacía tristeza la muerte de Kirchner. No hablo de alegría, no. La alegría es otra cosa. Era una euforia en la que se podía leer el terror al pueblo. Gente que le da la espalda a la vida, me dijo después una amiga. Es como no querer mirar. Gente que tiene mucho miedo de vivir. Gente que tiene vidas de mentira, que no cree que la vida sea sagrada, ni la de ellos ni la de nadie, pero empezando por ellos y empezando por sus familias y sus vecinos: no creen que nadie sea sagrado. Un amigo tampoco es sagrado, y por eso se lo puede traicionar. De la misma manera, estas personas se traicionan a sí mismas. Viven tan adormecidos, en su sueño de cristal, que la realidad los asusta y los desestabiliza. Están llenos de miedo. Y se ocultan de su propio miedo odiando todo lo que tienen alrededor. Y cuando digo esto se me viene el 2001 y cómo los barrios privados se llenaron de clientes. Cómo la gente se encerraba y permanecía rodeada de aquello a lo que le temía: sus vecinos. Y no hay encierro que les alcance, porque aunque se aíslen de todo lo que sospechan, viven encerrados en sí mismos, mascullando con la masa de muertos que los mantiene vivos.
10-La gente hoy está más amable: tiene menos miedo porque está más afuera de sí misma. Más afuera de su cuerpo, con la palabra, y más afuera de su casa, con el cuerpo en contacto con otros cuerpos, en la calle. Eso fue para mí la Plaza la semana pasada, y esto es la calle para mi ahora: vínculos que ponen a cada uno, desde su encrucijada con la realidad, en el centro de la escena política de su propia vida, que es la vida que se lleva de la piel hacia adentro y de la piel hacia fuera: una voz. Todas las voces. Porque no poder expresarse es el terror.
11- Hace dos años atrás pensaba que el mundo era una mierda, y llegaba casi al final de mi libro de crónicas sobre trabajo precario haciendo esa aseveración. Hoy pienso que nos merecemos la vida. Que si la gente que estaba el otro día en la calle es mi compañera en el mundo, tenemos que pelear por esto, por ser todos los días como el día en la Plaza. Y que frente a la desesperanza y la alienación, tenemos que anteponer esa certeza: que nos merecemos la vida, y que la vida es sagrada. Que tenemos algo en la vida que es sagrado.
12- El viernes es el tercer y último día de duelo nacional. Llego del cortejo empapada por la lluvia del mediodía y veo a mi vecina en la puerta del edificio. Hola, le digo, cómo estás. Se detiene y me mira. Tiene el pelo rubio, lacio y largo casi por la cintura, y los ojos negros. Tenemos la misma edad, dos gatos cada una, y la misma cinta negra pegada en la puerta de nuestras casas desde el día en que murió Néstor Kirchner, pero nunca cruzamos más palabras que las referidas a los gatos que se cruzan de un patio a otro. Aprieta los labios y me dice: Triste. Y con temor. No, le digo, no hay que tener temor. ¿No?, pregunta. No, ¿no sentiste la fuerza que hay en la calle? Sí, dice, puede ser. Mirá, le digo, ayer hice la fila para entrar a la Casa Rosada, entré a las 4 de la mañana, y en la fila había tristeza, sí, pero también una gran alegría y serenidad, porque si todas esas personas estábamos ahí, es que estamos mejor de lo que pensábamos. Sí, dice, ayer estuvimos mirando con mi novio la cantidad de gente que había en la Plaza, y dijimos: somos muchos más de los que dicen los medios. Sí, le digo, somos muchos más. Cómo nos mienten, ¿eh?, dice, y sonríe y se le hacen dos pocitos en los cachetes. Bueno, me dice, me tengo que ir a trabajar. Sí, andá. Nos miramos un segundo, atinamos a irnos cada una para su lado, y volvemos a dar un paso hacia el frente: ella hacia a mí, yo hacia ella, y nos abrazamos. Cualquier cosa estoy al lado, le digo. Sí, me dice ella, vos también, estoy al lado, ya sabés.
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22 comentarios
totalmente
Hay que ser especulador financiero o MUY idiota para que te vaya mal con un modelo económico verdaderamente productivo!!!
Uy pero que pelotudo !
o quizas solo un analfabeto politico que no puede ni quiere percibir cambios en la realidad y esta comodo con "todo es una mierda,politicos malo bla bla bla" y no hay forma que se mueva de eso
decíselo a los millones de argentinos que ganan menos que el sueldo mínimo. ignorante.
Desde ya. Estamos peor que nunca como dicen Mirtha y Susana, siempre es bueno saber que ellas no estan solas en sus pensamientos y que el verdadero pueblo las acompaña.
¿Cuántos millones? Porque así dicho, suena tan confiable como los números del Indec
o a los millones de argentinos que antes cobraban el suelo minimo...y cuando digo minimo digo 0
CLARO.. O SEA... LOS MILES QUE VIENEN A HACER MANIFESTACIONES ACA AL CENTRO SON TODOS PELOTUDOS E IDIOTAS NO?... DA LA CASUALIDAD QUE SON LOS MISMOS IDIOTAS QUE POR LA PROMESA DE UN PLAN TRABAJAR (YA NI SE LOS DAN) LOS VOTAN!... GENIAL!... AGRADECIDO POR TU FRANQUEZA.. VAMOS MUCHACHOS QUE COMO LA NAVE SE HUNDE .. LAS RATAS ESTAN RAJANDO!
es fácil opinar desde la comodidad del chalet de Martínez, y mantenidos por los papis que te prestan el BMW y te creés que la vida es así, fácil.
Ah, disculpáme que note contesté antes, es que justo caí en una trampa de arena y no podía dar el swing y contestar con el blackberry a la vez.
jajajajaajaajjaja
cerra el culo vos tragaleche neWyorkino
Ni se gasten muchachos, el 80% de los usuarios de taringa no supera los 16 años de edad, hacerles entender el crecimiento economico que tuvimos y en que se basó sería una tarea maratónica.
Saludos
Si, boludo, pero alguien tiene que hacerlo. Si no vamos a tener otra generación de menemistas en diez años más.
Buen punto!!
Totalmente de acuerdo
coincido con ustedes. la mayoria de estos pelotudos que piensan que la argentina no crecio, es por que ellos en los 90 se iban de vacaciones a brasil. mientras que los que nos quedabamos almorzabamos y cenabamos mate cocido.