En un barrio humilde de Santiago del Estero, una cancha de tenis de polvo de ladrillo sobresale en medio de las calles de tierra. Y todo, a partir del amor de un padre a sus hijos.

Casitas bajas. Un tango que suena de fondo y se mezcla con las chacareras. Alguna calle de tierra, el polvo que se levanta mientras los chicos juegan a la pelota y los vecinos que hacen del mate su compañero de la tarde. El Barrio Libertad, en Santiago del Estero, es, como lo definió un vecino, un "barrio de laburantes". Y, como tal, su paisaje no dista mucho del que en la ciudad ofrecen otros vecindarios. Sin embargo, entre pequeños jardines, veredas angostas, yuyales y el murmurar incansable de la radio, aparece allí un elemento singular e impensado: una cancha de tenis. La familia Garnica es, gracias al trabajo de todos sus integrantes, la responsable de esta hermosa "anomalía".

La cancha de los sueños

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Todo empezó hace unos 30 años. Y Rubén Garnica, el padre de la familia, lo cuenta desde el principio: "Soy un hombre de campo. Nací en Tres Fronteras, un pueblo muy chiquito que está en el límite con Salta, cerca del Impenetrable chaqueño. Fui talador de troncos, hachero, de todo. Y allá donde vivía, sólo teníamos una radio. Jamás en mi vida había escuchado sobre tenis. No sabía ni lo que era. Pero, en un momento, empecé a trabajar de peón golondrina y gracias a algunas visitas a la ciudad, me enteré de que existía el deporte, me gustó y empecé a soñar con un futuro en que lo practicaran mis hijos. Sin embargo, por mi situación económica era imposible: para entrar a los clubes, mínimo había que ser socio, y yo no tenía ni raqueta".

De aquella situación inicial a la actualidad, que encuentra a los Garnica con una cancha de tenis en el patio de su casa, pasó mucho tiempo, y también mucho esfuerzo. Rubén continúa: "Cuando me vine a vivir a la Capital, comencé a ver partidos por TV y la esperanza de jugar creció otra vez. Entonces, encontré un terreno baldío, enorme. Y empecé a talar los árboles, a nivelar, limpiar cascotes, piedras. Usaba la carretilla, el machete, palos, el hacha. Y así lo fui construyendo: tardé 2 años y lo hacía de noche, en los momentos en que no trabajaba. Al principio, agarraba maderas, les daba forma y las agujereaba: eran las raquetas. Hoy, vivo al lado de la cancha y mis hijos juegan en el fondo".

Cuando Rubén habla de sus hijos, se refiere a Emmanuel y Brian. El primero, de 19 años, es uno de los mejores jugadores santiagueños. El segundo, de 12, ya participa en torneos de categoría G2. Pero, además de competir, los dos jóvenes se encargan de cuidar la cancha y la mantienen abierta para los chicos de este vecindario humilde, en la periferia de la capital. Dice su padre: "El mayor ya tiene una pequeña escuelita, donde les enseña a jugar a los pibes del barrio. Es su pasión y, cuando no juega, muele el ladrillo a mano para hacer polvo y riega el campo con un balde. El menor recién está haciendo sus primeras armas, pero anda muy bien. Los chicos de acá juegan descalzos, o en ojotas, con las raquetas que puedan conseguir pero, más allá de eso, hay muchos que tienen un gran talento".

La cita de Garnica es contundente: si no fuese por esa cancha, los jóvenes del Barrio Libertad jamás hubiesen podido acercarse al tenis. Pero, además de los vecinos, algunos famosos también se comprometieron con el proyecto. Alejandro Fantino donó hace unas semanas un montón de pelotitas y una encordadora para que usen los chicos. Raly Barrionuevo, uno de los músicos más reconocidos del país y también santiagueño, es otro de los que ayuda cada vez que puede. Sobre su experiencia allí en Barrio Libertad, el cantautor cuenta: "Es muy linda la canchita, una gran historia de amor de un padre a sus hijos. Lo que menos se imagina uno estando ahí es que va a encontrarse con una cancha de tenis y, de repente, aparece. Es bastante surrealista la escena, lo mismo que si alguien construyese allí un green de golf".

Además, Raly agrega: "La cancha, más allá de que se la hizo a pulmón y no se poseen tantos recursos para cuidarla, está en unas condiciones alucinantes. Y, lo mejor de todo, el clima que se genera allí es totalmente diferente al que existe en el mundo del tenis. Para mí, es increíble terminar de jugar y poder sentarme bajo un algarrobo a descansar y tomar unos mates".

Síntesis de todo lo que significa la cancha para él y muestra de que, aún avanzado, del sueño queda mucho por cumplir, Rubén, el papá de los tenistas y protagonista principal de este sueño, cierra la charla. "Es una alegría muy grande que hoy mis hijos sean jugadores. Pero con el sacrificio no basta y todavía falta. Hay mucha gente que se acerca, nos dejan pelotitas, aunque estén pinchadas, zapatillas, raquetas, lo que sea. Todo nos sirve", cuenta. Y, cuando el llanto ya empieza a interrumpir sus palabras, finaliza: "Queda mucho por recorrer". En Santiago, sus hijos y todos los chicos del Barrio Libertad, que ahora juegan al tenis, le agradecen el trayecto


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