Iba con su esposo al hospital y no llegó. Fue ayer al mediodía, en una calle de Villa Urquiza.
El cabo Paulu imposta la voz: “En la intersección de Avalos y Olazábal, se nos aproxima un NN masculino manifestando que la esposa estaba a punto de dar a luz”. Habrá que esperar que el relato siga en formato de declaración para llegar a lo importante: que dentro de un remís, en Villa de Urquiza, una mujer parió a su segunda hija sin más ayuda que las manos de un cabo de la Federal.

Y que el cabo, convertido en partero, aguantó hasta atar el cordón para llorar él también. Un fotógrafo de Clarín pasaba por allí y fue testigo del parto.

Todo ocurrió al mediodía, cuando Cristina de Piñeiro, de 21 años, llamó a su esposo, Rosendo, de 31, a la pollería donde trabaja para decirle que el bebé venía en camino. Rosendo corrió. Ya se había perdido el nacimiento de su primera hija, Melina. No llegó a tiempo. Rosendo se prometió que otra vez no iba a pasar lo mismo. Y no pasó.

El remís apenas hizo unas cuadras cuando Cristina no pudo más. Rosendo se avalanzó sobre el patrullero. El cabo César Paulu se hizo cargo del asunto y como un autómata, repetía lo que aprendió en el curso de la Federal : “Que no grite en los pujos, que haga fuerza como si hiciera caca, que el bebé no trague líquidos, atar el cordón a cuatro dedos de distancia...” Al padre, que estaba “blanco como una pared”, le pidió que se saque la remera para cubrir al bebé. Y en eso estaba cuando los vecinos empezaron a llegar. Alguien alcanzó toallas, guantes de látex. Las chicas del lavadero llevaron el botiquín.

La madre, un poco asustada pero tranquila, se dedicó a lo suyo: parir . Desde atrás, el padre seguía congelado. “Estaba re nervioso, te volvés loco, no tenía ni idea de lo que tenía que hacer”, le dijo a Clarín desde el Hospital Pirovano donde Cristina y su beba se reponían sin más sobresaltos del que ya habían tenido.

Cuando todo terminó, el cabo Paulu pensó en su hijo, que tiene un año y medio. Entonces, se apoyó en el remís y lloró. “No una lágrima, millones”, confesó. Sólo le pidió a Rosendo que además de Brenda, la nena lleve el nombre de su esposa: Salomé. Rosendo, obvio, accedió. Y la historia terminó con todos aplaudiendo a madre, hija y partero.


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