China garantizó su apoyo a EE UU

en lo peor de la crisis financiera


Pekín sugirió a diplomáticos norteamericanos que seguiría comprando deuda pública estadounidense tras la quiebra de Lehman Brothers.

Wikileaks: China garantizó su apoyo a EE. UU.
El presidente Obama saluda a Dai Bingguo, del Consejo de
Estado chino; a la derecha, Hillary Clinton y Timothy Geithner
con Hu Jintao.- AP


Hillary Clinton reconoció en el peor momento de la crisis financiera global, cuando Pekín garantizó a Washington que iba a seguir comprando deuda norteamericana, que la economía de EE UU depende de las inversiones de China. En esta entrega de los documentos filtrados por Wikileaks a EL PAÍS se revelan las presiones de EE UU a Siria para que permitiese una inspección de la ONU en una planta nuclear atacada por Israel, y la escasa confianza en la justicia rusa durante el proceso al magnate del petróleo Jodorkovski.



CLAUDI PÉREZ - Madrid - 27/12/2010
"¿Cómo negocias con mano dura con tu banquero?". La secretaria de Estado de la Administración de Obama, Hillary Clinton, resume con una simple pregunta -en un cable datado a finales de marzo de 2009- el complicado equilibrio en el que se han convertido las relaciones entre la primera potencia del mundo y epicentro de la crisis financiera, Estados Unidos, y la gran potencia económica emergente, China. Pekín tiene unas reservas en divisas de unos 2,7 billones de dólares (unos dos billones de euros); tres cuartas partes de esa cifra están invertidos en activos denominados en dólares. Y casi un billón de dólares (algo así como todo lo que produce España en un año) directamente en deuda pública norteamericana. Con esos números, cualquier movimiento puede ser tremendamente desestabilizador. Pero en lo peor de la crisis financiera, Pekín garantizó a la Administración estadounidense que no iba a cambiar su política de compra de deuda pública norteamericana.

Lo contrario podía haber causado un desaguisado en EE UU, en China y en todo el mundo. Un gesto de desconfianza hacia la deuda estadounidense hubiera podido perturbar aún más la precaria estabilidad de los mercados en plena resaca de la quiebra de Lehman Brothers. Pero a la vez hubiera ido en contra de los propios intereses económicos de China: un movimiento brusco en torno a la deuda estadounidense podía haber provocado una debacle en el dólar, con las consiguientes pérdidas en la cartera de inversiones china y la correspondiente sacudida en los mercados globales. El embajador estadounidense, Daniel Piccuta, aseguró que a la luz de varios contactos al más alto nivel "es poco probable que Pekín tome decisiones drásticas". Una recomposición de su cartera "podría provocar pérdidas significativas y fuertes críticas, externa e internamente". Eso sí, el apoyo motivó un "intenso debate" entre los dirigentes chinos sobre la compra de bonos estadounidenses.

El nerviosismo en los meses posteriores a la caída de Lehman Brothers se hizo patente en unas declaraciones públicas del primer ministro chino, Wen Jiabao, que el 13 de marzo de 2009 se declaró "preocupado" por el sistema financiero estadounidense ante la enorme exposición de China a la economía norteamericana. A esa declaración le siguió un alud de cables de la Embajada en Pekín para tratar de desentrañar las palabras de Wen y de asegurar la estabilidad financiera en un momento crucial de la crisis. La conclusión del embajador Piccuta es contundente: "La preocupación de Wen no implica que vaya a tirar a la basura sus bonos".

Las relaciones entre Estados Unidos y China han experimentado movimientos pendulares en los últimos meses, tras el prometedor arranque que supuso la llegada de Barack Obama a la presidencia estadounidense. Obama y el presidente Hu Jintao se han reunido varias veces, tanto en el G-20 como en los encuentros del Consejo de Seguridad de la ONU. Por primera vez en décadas, un presidente norteamericano hizo una visita de Estado a China durante el primer año de su mandato. Hillary Clinton se estrenó también con un viaje a Asia en el que pasó por China. Y sin embargo, lo que al principio parecía una luna de miel se ha trocado en momentos puntuales de nerviosismo y desconfianza de los que dan buena cuenta una treintena de documentos analizados para esta información.

A la postre, China secundó a Estados Unidos cuando la economía estadounidense más lo necesitaba. Pero nada es gratis: Pekín también ha presionado a la Administración de Obama, ha exigido contrapartidas. En septiembre de 2008 reclamó al embajador "informes regulares y pormenorizados sobre el desarrollo de la crisis financiera". Entonces, ya algunos miembros de la cúpula económica china acusaban a EE UU "de exportar el coste de su recuperación al resto del mundo". En los momentos más duros, el banco central insta a EE UU a "estabilizar el sistema financiero", y para ello ofrece la colaboración de China a través de su nivel de reservas. Tong Daochi, director del regulador bursátil, pregunta incluso si la Administración de Obama "será receptiva a la toma directa de participaciones en firmas financieras". Al cabo, la Gran Recesión es el tablero de ajedrez en el que puede acelerarse el cambio en la correlación de fuerzas de la economía mundial. Estados Unidos pierde fuelle, al menos desde el punto de vista económico. Y China, el "banquero" de EE UU -en palabras de Clinton-, va aferrándose al mango de la sartén.

A medida que las turbulencias se alargan, hay varios momentos tensos. China tiene dudas sobre la gestión de la crisis de Washington: teme una monetarización del déficit a través de la inflación o de la devaluación del dólar. En otras palabras, teme que Washington rebaje artificialmente el valor de su deuda con un rápido aumento de la inflación o imprimiendo dólares para depreciar el tipo de cambio, como otros países han hecho tantas y tantas veces en una situación de debilidad económica. El nerviosismo alcanza su punto álgido cuando China presiona a Estados Unidos con la posibilidad de cambiar su política de compra de bonos tras una venta de armas a Taiwán -a finales de enero de 2010- por valor de 6.400 millones de dólares. Esa presión es constante ya desde el mero anuncio de esa operación. La venta de armamento a Taiwán "aumenta la dificultad de explicar a los ciudadanos las políticas de apoyo", asegura al embajador estadounidense Liu Jiahua, un ejecutivo de SAFE, la agencia que administra las inversiones chinas en el exterior, cuya cúpula rara vez hace declaraciones públicas. Posteriormente, Obama se reunió con el Dalai Lama en la Casa Blanca: más tensión. Pekín sugirió entonces que la cooperación entre EE UU y China podía verse afectada. Más adelante -cuando las aguas ya se habían calmado en los mercados- sí redujo ligeramente sus compras de deuda norteamericana para limitar la concentración de riesgo en EE UU.

Los tira y afloja constantes son ilustrativos de una relación entre una superpotencia en apuros y una potencia ascendente. Todo ello condicionado por las amplísimas relaciones económicas entre Pekín y Washington, que impiden medidas drásticas porque cualquier ataque tiene sensacionales contrapartidas en ambas economías.

Estados Unidos ha presionado con dureza a China para que revalúe su moneda y ha amenazado con represalias comerciales. China apenas lo ha consentido. Se resiste a dejar flotar el tipo de cambio del yuán ante el temor de que eso perjudique sus exportaciones, y el fuego cruzado sobre la moneda se ha convertido en "un problema político para ambos lados", según un cable del 10 de febrero de este año.

Los documentos ponen de manifiesto el papel cada vez más notable asumido por China durante toda la crisis financiera. Más adelante, Pekín ha dado buena muestra de su compromiso como superpotencia emergente en el tablero europeo. El último episodio de turbulencias refuerza ese papel chino como ventanilla de última instancia: de nuevo en lo peor de la crisis de la deuda europea, ha realizado grandes inversiones y ha comprado bonos griegos, portugueses y españoles para estabilizar los mercados.

"Vamos a seguir prestando ayuda a algunos países europeos para que superen sus dificultades", aseguró el primer ministro Wen Jiabao en una visita a Europa el pasado octubre.

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