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Mil horas

Por qué en un pueblo de Estados Unidos hay una bombita que funciona hace casi 110 años, mientras que las nuevas no duran más de doce meses? Porque en los años ’20 los fabricantes de bombitas se reunieron en Suiza para ponerles un tope de mil horas (500 menos de lo que funcionaban las de Thomas Alva Edison en 1881) y poner en marcha el motor secreto de nuestra sociedad: la obsolescencia programada. Desde entonces, celulares, electrodomésticos, juguetes y hasta la ropa tienen una fecha de vencimiento fría y perversamente calculada para vender más. El documental Comprar, tirar, comprar que TVE ha colgado de manera gratuita en su página de Internet, reconstruye la historia de esta maquinaria invisible que está inundando el mundo de basura y que responde una pregunta centenaria: ¿adónde va la luz cuando se apaga? A los bolsillos de los fabricantes de bombitas.

En el principio fue una idea, pero a diferencia de las grandes ideas luminosas de la Historia, de los ¡eurekas! que suelen representarse gráficamente con una lamparita eléctrica radiante, ésta fue una idea más bien oscura: apagar todas las bombitas un poco antes. La idea la tuvieron, justamente, varios de los fabricantes de bombitas eléctricas más importantes del mundo, hace más tiempo que el que cualquiera se atrevería a sospechar. Empresarios que vienen confabulándose desde hace décadas y décadas para que sus productos duren menos, y tengamos que comprarles más. Un plan brillante, perverso y brillante.

Fue precisamente por esto –porque desde hace mucho las bombitas parecen durar cada vez menos tiempo encendidas– que en 1972 algo llamó la atención de los miembros del departamento de bomberos de Livermore, California, y ese algo no tenía que ver con su peligroso oficio, sino con una lamparita que llevaba demasiados años haciendo arder su luz. Esta bombita había estado funcionando desde 1901, y quienes trabajaban iluminados por ella, comenzaron a comentar su inédita longevidad. Tan atípico era el ejemplar, que eventualmente crearon un Comité de la Bombita. Y montaron un sitio web en el que una webcam atestigua su funcionamiento (centennialbulb.org/cam.htm), le organizaron festejos y en 2001 celebraron públicamente sus cien años de vida. Según cuenta el coleccionista de bombitas Steve Bunn, la homenajeada fue creada por un tal Adolphe Chaillet en el pueblo de Shelby, Ohio, en 1895. Chaillet había desarrollado un filamento duradero, aunque nadie sabe cómo lo hizo, porque el hombre se llevó su secreto a la tumba. Hoy, la bombita de Livermore es única.

Ahora bien: si hay una lamparita que puede durar más de cien años, ¿cómo es que la mayoría de las lamparitas que compramos en el supermercado o la ferretería alcanzan a duras penas los doce meses de actividad antes de retirarse? Hay una razón, y no es que sus fabricantes no las pueden hacer mejores, más resistentes y duraderas, sino que no quieren. La primera vez que se expresaron al respecto con acciones férreas fue hace 87 años, en 1924. El 25 de diciembre de ese año, varios de los principales fabricantes –entre ellos Philips y Osram–, reunidos en Ginebra, crearon el cartel Phoebus, una confabulación de corporaciones nacida con el objetivo de controlar la producción y el consumo mundial de su producto. Si por su nombre suena como una organización secreta para el mal digna de una película de James Bond, es porque algo de eso tiene: para 1924, los avisos publicitarios anunciaban lamparitas que alcanzaban duraciones de hasta 2500 horas. El proyecto Phoebus, cuenta Marcus Krajewski, de la Universidad Bauhaus de Weimar, consistió en ponerle a esa vida útil un tope de no más de mil horas, y con ese propósito en 1925 crearon el Comité de las Mil Horas. La durabilidad de las bombitas sería controlada mediante unidades testigo separadas de cada serie fabricada, y con multas a los fabricantes que se desviaban del plan trazado. En dos años, la duración de la bombita descendió de las 2500 a las 2000 horas, y para 1940 ya no pasaba de las 1000 prometidas. Es decir, 500 menos de la bombita que Thomas Alva Edison había puesto en venta en 1881, más de medio siglo antes. Verdaderos genios perversos, los iluminados de Phoebus no sólo habían triunfado, sino que se habían convertido en los pioneros de un factor central de la sociedad de consumo: la obsolescencia programada. Es decir: un sistema de caducidad de los productos planificada por los fabricantes, no siempre explícitamente anunciada, sino en general ignorada por los usuarios. Este sistema se extendió a casi todos los bienes presuntamente “durables” que consumimos, desde la ropa hasta los electrodomésticos. En algunos casos, planificada con un siniestro y secreto nivel de precisión.

El de la obsolescencia programada es un factor que rige la economía mundial a tal punto que ya casi no lo vemos, porque está instalado de hecho en todo el sistema de producción. De esto trata el documental Comprar, tirar, comprar, de la directora alemana Cosima Dannoritzer; una película didáctica que aborda el caso de “La conspiración de la bombita eléctrica” así como muchos otros que tienen lugar a diario, trazando una historia de la obsolescencia planificada en el siglo XX, sus efectos sobre el consumo y el daño que está produciendo al medio ambiente. La película, de 52 minutos de duración, puede verse online desde hace unas pocas semanas en el sitio de la televisión española: www.tve.es
UN UNIVERSO DESCARTABLE

Comprar, tirar, comprar no empieza con la bombita centenaria ni con el cartel Phoebus, sino con un ciudadano barcelonés llamado Marcos López, cuya pequeña desventura con una impresora que imprevistamente deja de funcionar, sirve de hilo conductor al relato del documental. Cuando la máquina cesa de hacer su trabajo, vemos cómo un cartel del fabricante aparece en pantalla sugiriéndole enviarla a un servicio técnico. Pero al consultar a tres empleados distintos en busca de alguien que repare su impresora, los tres lo desalientan y le sugieren que lo mejor que puede hacer es comprarse una nueva, bajo el argumento de que hay algunas muy económicas que cuestan menos que un arreglo técnico. La voz en off que va guiándonos por Comprar, tirar, comprar explica entonces que “no es casual que los tres vendedores le den la misma respuesta: Marcos es una víctima más de la obsolescencia programada, el motor secreto de nuestra sociedad de consumo”.

La obsolescencia planificada obedece a una lógica de mercado que tiende al crecimiento permanente. Hay que vender más, y para eso es necesario que los productos duren poco. En la película un profesor de ingeniería industrial –disciplina donde la obsolescencia programada se estudia bajo el eufemismo de “ciclo de vida útil de un producto”– pregunta a sus alumnos cada cuánto cambian sus celulares por otros nuevos, y la respuesta casi unánime es que todos los años. Como si fuera natural, como si fuera realmente necesario, como si las novedades y ventajas técnicas de cada nuevo modelo realmente justificaran el cambio y, fundamentalmente, como si los fabricantes no pudieran ofrecer en un mismo producto varios de esos adelantos que van saliendo al mercado en cuotas. Según la lógica del “crecer por crecer”, explica el economista Serge Latouche, “nuestro papel en la vida parece estar limitado a pedir créditos para comprar cosas que no necesitamos”. Vivir comprando en cuotas cosas que, para cuando terminamos de pagarlas, ya han superado largamente su garantía, o han quedado muy retrasadas respecto de los nuevos modelos, o quizá ya ni siquiera funcionan.

Si bien el cartel Phoebus nunca existió “oficialmente”, existen testimonios de sus reuniones y acciones en los archivos de las compañías que lo integraron, y se sabe que, después de 1924 se patentaron innumerables desarrollos en materia de bombitas eléctricas –incluso una que duraba 100 mil horas– pero que nunca llegaron a comercializarse: tal era el poder del cartel. El primero en intentar implementar legalmente un principio de producción semejante fue el próspero inversor inmobiliario Bernard London, quien tras el crac de la bolsa de 1929, propuso en Nueva York un proyecto para volver obligatoria la obsolescencia programada con el fin de incentivar la economía y sacar al país del pozo. Aunque temeroso de que su idea pareciera demasiado radical para los adalides del libre mercado, London se animó a sugerir que debía ponerse por escrito que todos los productos tuvieran una vida limitada, “con caducidad legal”, tras la cual los consumidores los devolverían a una agencia del gobierno para su destrucción. El suyo era un plan, explica la narradora del documental, para lograr “un balance entre capital y trabajo”, asegurándose a largo plazo que no faltara ni una cosa ni la otra. Su idea no se puso en práctica, pero dos décadas más tarde renacería en nuevo envase y con mejor marketing, de la mano de un exitoso diseñador norteamericano llamado Brooke Stevens.

Según se lo presenta en Comprar, tirar, comprar, Stevens fue “el apóstol de la obsolescencia programada en la Norteamérica de la posguerra”. A diferencia de London, Stevens no creía en forzar a los potenciales consumidores a dar por muertos productos que aún podrían seguir funcionando, sino que había que seducirlos para que éstos –en sus propias palabras– siempre quisieran tener “algo un poco mejor, un poco más nuevo, un poco antes de lo necesario”. Había que diferenciarse del “antiguo enfoque europeo que busca cosas de calidad que duren para siempre; donde te comprabas un buen traje que usabas desde tu boda hasta tu entierro sin renovarlo”, para generar un consumidor que estuviera permanentemente insatisfecho con el producto disfrutado y buscara uno “con la imagen más nueva posible”. En otras palabras, había que inventar la moda y las tendencias. Stevens recorrió todo Estados Unidos promoviendo la obsolescencia programada a través de discursos y charlas. Como señala su hijo, en entrevista con Dannoritzer, el modelo de Stevens funciona “a discreción del consumidor”, ya que, después de todo, nadie lo obliga a ir en busca de algo nuevo todo el tiempo.

El tema es que la obsolescencia no ha quedado tan en manos del consumidor, como dice el hijo de Stevens. Ahí está el caso de las lamparitas, para probar que la vida útil de productos de uso cotidiano está delimitada técnicamente. También la industria textil encontró la manera de hacer que sus inventos más eficientes –como el nylon, creado por Dupont en el ‘40– perdieran parte de su eficiencia después de su lanzamiento inicial, de modo tal de alcanzar la cantidad y frecuencia “perfecta” de medias corridas o gastadas, es decir, de nuevas ventas. Los textiles aparecen como paradigma de este modelo en una película británica de 1951, que Dannoritzer rescata por su poder ilustrativo. Dirigida por Alexander Mackendrick, y protagonizada por Alec Guinness, El hombre del traje blanco narraba las desventuras de un químico que inventaba algo así como la tela irrompible, lo cual no sólo despertaba la ira de los fabricantes, sino que también salían a cazarlo los empleados de las textiles, que temían perder su trabajo.

El de la impresora del barcelonés Marcos López es un ejemplo más moderno e incluso más flagrante, porque mientras que podemos intuir más o menos cuánto nos dura la ropa cuando la compramos, uno quiere creer que el electrodoméstico caro que adquirió hace menos de un mes durará al menos bastante más que su garantía. Decidido a reparar su impresora, López descubre la trampa del fabricante: un chip lleva inscripta una cantidad de impresiones tras la cual el artefacto empieza a dar error. La cifra está ligada a un sobrante de tinta que se crea por el funcionamiento de la máquina, pero en lugar de enseñarle al cliente a limpiarlo, el fabricante lo manda al service, y el resto es la historia de siempre: mejor cómprese otra. Dannoritzer también entrevista a Elizabeth Pritzker, la abogada de San Francisco que entabló una demanda exitosa contra Apple porque las baterías de los primeros iPod sólo duraban 18 meses, y Apple no vendía baterías de repuesto, sino que disponía un teléfono de consulta oficial que tenía por política, otra vez, desechar y comprar de nuevo.
UN MUNDO OXIDADO

En su tramo final, el documental de Dannoritzer se centra en uno de los efectos más dañinos de la obsolescencia programada: el sobreconsumo produce desechos, y esos desechos contaminan el medio ambiente. La lógica del crecimiento infinito no tiene en cuenta que el planeta no es infinito. En general, las grandes corporaciones de la electrónica se deshacen de sus desechos enviándolos como productos de segunda mano en grandes contenedores destinados a países del Tercer Mundo. Pero, como señala el periodista y activista Mike Anane, de Ghana, como no se trata realmente de objetos reparables sino de basura, sólo sirven para seguir convirtiendo a Africa y parte de Latinoamérica en el basurero del Primer Mundo.

Dannoritzer investiga algunas de las iniciativas que están tomando forma para combatir la obsolescencia programada. El economista Latouche propone un modelo de decrecimiento que, contra el regreso a las cavernas que quieren ver sus opositores, sólo implicaría volver a los niveles de producción y consumo de Francia en los ‘60. Hay emprendimientos individuales, como el de la web rusa que ofrece un software gratuito para reparar las impresoras con “contador” de impresiones. El sitio ipodsdirtysecret, de los videoartistas Van y Casey Neistat, fue, con sus millones de visitas, lo que llamó la atención de la abogada Pritzker y derivó en una demanda colectiva contra Apple por sus baterías. El diseñador y filósofo John Thackara trabaja en Internet (www.thedoorsofperception.com) sobre un concepto “tomado” del Tercer Mundo: que las cosas que se rompen muchas veces pueden repararse, como hacen las sociedades pobres a las que no les queda otra. Warner Philips, un descendiente de los holandeses productores de bombitas que formaron parte del cartel Phoebus, ha diseñado una lamparita que dura 25 años.

Aunque menos ingeniosa y entretenida en su formato, Comprar, tirar, comprar comparte el espíritu didáctico y militante del muy difundido documental animado de Annie Leonard La historia de las cosas (www.storyofstuff.com), que también trabaja sobre la promoción de un sistema de producción sustentable, denunciando los excesos de un sistema que produce desechos para los que se necesitarían cinco planetas Tierra. Pero mientras que Leonard nos alerta mayormente sobre los hábitos más perniciosos de la cultura del consumo, la película de Dannoritzer pone el foco sobre aspectos técnicos y materiales que escapan incluso a la voluntad del consumidor más concienzudo, porque así han sido determinados por las corporaciones, siguiendo la última gran idea del capitalismo, una idea enorme como una bombita de 1000 watts encendida al máximo de su capacidad, pero que sólo arroja una sombra sobre el futuro del planeta.

Fuente
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-6792-2011-02-02.html

9 comentarios - Mil horas

isupportisrael
mmm en la secundaria nos pusieron un documental que hablan de esto,,, medio rollo , pero interesante!
olking
uuu papa le mandaste copy and paste de la constitucion nacional!
gabrieljp88
sisi, en zeitgeist se habla mucho de esto
vmc_500
al que lee todo esto vos le tenes q dar puntos
ramakriok
es un resumen del documental
mejor veanlo, Comprar, Tirar, Comprar
y tambien recomienda ahi The Story of Stuff
son geniales los dos