En las redes sociales ser hijo de un capo o de un jefe de seguridad del narcotráfico es motivo de orgullo. Cuando se echa un vistazo a las páginas donde estos jóvenes comentan sus vicisitudes, amoríos, desventuras y andanzas de la vida, aparecen pistas de algunos de los tantos asesinatos que las autoridades en Sinaloa no investigan. Como el caso de Marcial Fernández, cuya muerte involucró autos de lujo, mujeres y disputas territoriales en Culiacán. O el extraño crimen de Yamileth Bonilla Pérez, una chica de 18 años que fue asesinada por un grupo de pistoleros mientras dormía en su recámara.

Culiacán, Sinaloa.-Andaban todos enfierrados que daba miedo acercarse. Ya no ocultaban sus armas, esos fierros con los que se metían a todos lados; antes eran más discretos, no permitían ni siquiera que se les asomaran. Ahora ya no les importaba, mucha gente dejó de ir a ese bar porque con todos esos hombres armados alrededor, el ambiente se sentía muy pesado.

Mientras rememora lo que fue su trabajo de mesero, las manos de Héctor lucen firmes cuando sostiene un plato donde coloca unos camarones crudos bañados en jugo de limón, cebolla morada picada con pepinos y un toque de salsa roja, ingredientes del tradicional aguachile, uno de los platillos típicos sinaloenses que prepara y con los que ahora se gana la vida en su carreta ambulante de mariscos, ubicada en una colonia a las afueras de Culiacán. Al recordar su anterior empleo en un bar de la isla de Orabá, la zona comercial de mayor plusvalía inmobiliaria en la capital del estado, se detiene en aquel pasaje que inició el sábado 28 de agosto de 2010 y terminó horas después, en la madrugada del domingo. Dice que uno de esos muchachos —un plebe, pues— tomó su teléfono celular y leyó un mensaje de texto que había recibido. Algo pasó que salió del bar y dejó a los demás en la mesa.

Héctor no lo sabía, pero al paso de los días se conocería que ese plebe se llamaba Marcial Fernández, hijo de Marcial Fernández Valencia uno de los coroneles del narcotráfico que fungía como enlace entre las organizaciones de Sinaloa y Michoacán. Aquella noche, antes de salir estaba de buen ánimo, reía y hacía comentarios al oído con quien parecía ser uno de sus mejores amigos, recuerda. Al otro muchacho todo mundo lo veía con respeto, los gerentes del lugar siempre tenían reservada la mejor mesa para él en la zona VIP. Su nombre era Iván Archivaldo Guzmán.

Hijos de Narcos usan Metroflog


En el estacionamiento, Marcial abordó un Ferrari blanco, horas después se sabría que éste no era su auto, el suyo era un Lamborghini del mismo color. Enfiló por la avenida Rafael Buelna en dirección a la vecina colonia de las Quintas, la añeja zona residencial de la capital sinaloense donde residieron en otro tiempo algunos de los primeros capos del narcotráfico. Una calle antes de llegar al Centro Cívico Constitución fue interceptado por dos camionetas de las que bajaron hombres armados. Comenzaron a dispararle y en pocos segundos Marcial quedó tendido sin vida en el interior del vehículo. Durante el ataque algunos de los disparos impactaron en el área inmediata, dañaron el acceso de un garage, reventaron el cristal trasero de un auto compacto que estaba por ahí estacionado y quedaron regados casquillos y cristales.

A unas cuadras estaba una caseta de la policía municipal, pero a esa hora, era más de la media noche, no había un solo agente de guardia. Un vecino de una calle contigua recuerda que todo era silencio, no se oían ladridos de perros ni rechinar de llantas de los autos que suelen correr los chicos de las familias pudientes de esta zona los fines de semana. Sólo se escucharon ráfagas en seco de armas de fuego, con pausas muy cortas. Después, nada.

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Alguno de los vecinos dio aviso a la policía y en unos minutos llegaron al área. Cuando esperaban la llegada de los especialistas en servicios periciales, apareció un grupo de hombres armados a bordo de varias camionetas de lujo, descendieron y encañonaron a los policías, los amenazaron mientras otros se acercaron al vehículo para sacar el cuerpo. Huyeron con el cadáver y en el lugar quedó abandonado el Ferrari con huellas de sangre en el interior. Uno de los agentes relató que aquellos individuos volvieron enseguida y los encañonaron de nueva cuenta mientras se llevaban el auto. Por temor, nadie rindió informe alguno. De la muerte de Marcial Fernández, el paradero del Ferrari y la identidad de los atacantes, las autoridades ministeriales de Sinaloa argumentaron, días después, no tener conocimiento.

“No hubo nota porque para cuando llegaron los polis ya no había nada en la calle, sólo vidrios rotos pero en el velorio del morro hasta gente del Ejército estaba afuera de la funeraria. La raza hasta se reía diciendo que cuánto cobran los guachos por dar ese servicio de protección”. El comentario apareció días después, firmado por Troll, en una de las redes sociales más frecuentadas por los jóvenes de Culiacán. Al paso de las semanas y en el cruce de imágenes y texto que alimentan estas páginas, comenzaron a surgir las piezas del rompecabezas en que se convirtió la muerte de Marcial.

El primer registro periodístico del suceso apareció a la semana siguiente en el semanario local Río Doce. La nota refería que después de que los hombres armados recogieron el cadáver, “ante la mirada atónita de los presentes”, amenazaron a los policías mientras “iban dejando huellas de sangre sobre el asfalto del joven asesinado”. “La desbandada inició y cuerpos policíacos y curiosos abandonaron la escena bajo la consigna de intimidación. Dos fotorreporteros llegaron cámara en riestre, pero los propios policías les dijeron que ‘aquí no ha pasado nada’”.

Al paso de los días comenzó a surgir la hipótesis, en medios periodísticos locales, de que el ataque iba dirigido contra Iván Archivaldo Guzmán, hijo de Joaquín “el Chapo” Guzmán, sólo que los pistoleros se “confundieron”, pues el conductor del Ferrari no era su propietario. Otra versión que tomó fuerza por los comentarios registrados en redes sociales como Facebook, involucró a una persona del sexo femenino. Se dijo que pudo ser la chica que envió el mensaje de texto que Marcial recibió antes de salir del bar. Sobre su identidad rondó un halo de misterio y dos sucesos posteriores —un secuestro express y un femenicidio— aumentaron las especulaciones sobre quién pudo estar detrás del suceso.

En aquellos primeros días de septiembre de 2010, Culiacán vivía una ola de violencia —más fuerte que años anteriores— que venía incrementándose desde meses atrás y que abarcaba comunidades cercanas a la vecina Navolato. Grupos armados de la organización de Vicente Carrillo Fuentes —jefe del denominado cártel de Juárez—, aliados con los hermanos Beltrán Leyva, signaban ataques armados y desapariciones súbitas de agentes de los cuerpos de seguridad municipal, quienes a los pocos días aparecían sin vida. Parecía una respuesta a la ofensiva de sus antiguos aliados, Ismael “Mayo” Zambada y Joaquín “Chapo” Guzmán, con cuyos testaferros protagonizaban enfrentamientos a tiros de forma casi simultánea en diferentes puntos de la ciudad.

Una fuente militar recordó que a principios del mes de octubre hubo tres ataques relacionados entre sí, en los que la comandancia de la novena zona con sede en la capital del estado, recibió información de que en uno de ellos habían plagiado a un operador cercano de los hermanos Beltrán Leyva. En el primero un comando atacó una casona en el fraccionamiento Villas del Río, en el segundo ocurrió algo similar en una residencia en Privada la Estancia, ambas en la zona surponiente de la capital. Hubo un muerto y se presumió que tres pistoleros habían sido secuestrados. Horas más tarde durante la madrugada, un convoy de camionetas Suburban se apostó a las afueras del motel Paraíso, en la salida norte rumbo a Los Mochis. Hubo un conato de enfrentamiento con un grupo armado que ahí pernoctaba, no ocurrió nada ante la superioridad numérica del cerco.

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En uno de estos tres sitios se encontraba Israel Rincón Martínez, identificado como jefe de un grupo de testaferros a las órdenes de Alfredo Beltrán Leyva, preso desde enero de 2008 en Almoloya. El lunes 4 de octubre comenzó a circular un video en Internet donde apareció este individuo, apodado “el Guacho”; en las imágenes se le veía esposado, con la playera ensangrentada y con huellas de golpes en el rostro. Frente a sus captores relató cómo se vivió entre los jefes intermedios la ruptura de la llamada Federación en aquellos meses de 2008, acelerada tras la captura de Alfredo, “el Mochomo”, Beltrán Leyva.

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