Un pobre mensaje presidencial
La falta de autocrítica y los errores de diagnóstico caracterizaron el discurso de Cristina Kirchner ante el Congreso

Como de costumbre, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner describió a la Argentina como el país de las mil maravillas, valiéndose de datos estadísticos parciales o falsos, eludió cualquier autocrítica y omitió referencias concretas a los gravísimos casos de corrupción de su gobierno. Esta vez no fue en uno de los habituales actos públicos que utiliza para su campaña proselitista, sino ante la Asamblea Legislativa, en la inauguración de su período de sesiones ordinarias, lo cual les confiere a sus palabras un gusto aún más amargo.

Tan pobre fue el mensaje presidencial en lo que respecta al diagnóstico de la situación nacional y a las soluciones a sus problemas más candentes, que lo que más repercusiones generó fueron las precisiones de la primera mandataria sobre los supuestos planes para reformar la Constitución y posibilitar su reelección indefinida.

Esta hipótesis, inoportuna y de muy difícil concreción, fue alentada públicamente por la diputada Diana Conti, quien se definió como representante del ultrakirchnerismo. Fue la legisladora Conti quien habló de una "Cristina eterna". Sin embargo, la Presidenta pareció culpar por la difusión de semejante disparate a sus opositores y a quienes hacen los títulos de los diarios. Como si ellos fueran los responsables de los delirios o las torpezas de los dirigentes del oficialismo.

Hubiera sido conveniente una desmentida más tajante de la Presidenta frente a esos trasnochados proyectos de reelección indefinida. Lamentablemente, la jefa del Estado dio a entender que tal ocurrencia era absurda porque, como todos saben, su partido carece del número suficiente de legisladores para declarar la necesidad de la reforma constitucional. "¿A quién se le ocurre lo de la reforma constitucional? Si no he podido lograr que me aprueben el presupuesto. Si soy la primera Presidenta sin presupuesto", se quejó Cristina Kirchner.

En otras palabras, admitió que no habrá reforma constitucional porque no podría concretarla, pero no porque no la comparta. De hecho, Néstor Kirchner gozó del privilegio de la reelección indefinida mientras gobernó la provincia de Santa Cruz. A nadie podría sonarle extraño que grupos kirchneristas aboguen por una reforma de esa clase.

La calidad institucional y el respeto por la división de poderes nunca preocuparon en verdad a quienes gobernaron la Argentina desde 2003. A tal punto que, a diferencia de lo expresado por la Presidenta, si el presupuesto 2011 no fue aprobado por el Congreso fue porque el Poder Ejecutivo Nacional prefirió prorrogar el del año anterior, con algunos agregados inconstitucionales, antes que negociar algunas modificaciones con la oposición parlamentaria. La jefa del Estado pudo haber convocado a sesiones extraordinarias para que se tratara el presupuesto, pero no quiso hacerlo. La estrategia de la victimización intenta tapar la escasa vocación del gobierno nacional por el diálogo y la búsqueda de consensos.

Escaso valor tienen también las referencias de la Presidenta relacionadas con el hecho de haber sido uno de los mandatarios que menos vetos aplicaron. Como han señalado representantes de la oposición, es bastante lógico que no haya recurrido a más vetos, porque hasta fines de 2009 el oficialismo contó con mayoría parlamentaria e impuso las leyes que quiso. Por otro lado, la importancia de los vetos presidenciales no se mide tanto por su cantidad como por su calidad: Cristina Kirchner vetó nada menos que la ley del 82 por ciento móvil para los jubilados y una ley de glaciares que había sido aprobada por unanimidad del Congreso.

La cuestión que más inquieta a la opinión pública, la inseguridad, no encontró en el mensaje de la Presidenta iniciativas concretas, más allá de la anunciada intención de que haya más efectivos policiales en las calles, por cierto muy tardía. Y, una vez más, se ocupó de responsabilizar al mensajero, cuando criticó a los medios de comunicación por una supuesta "utilización con fines electorales" de los episodios de delincuencia.

El alarmante crecimiento del narcotráfico y su escalada de violencia no merecieron comentarios de la Presidenta, pese a que durante semanas el país y parte del mundo hablaron del caso del narcojet que dejó en evidencia la facilidad con que ciertos mercaderes de la muerte pueden operar en una Argentina donde la falta de radarización del espacio aéreo no parece preocupar a ningún funcionario y donde la corrupción enquistada en el poder político garantiza la impunidad de no pocos delincuentes.

También brilló por su ausencia un serio diagnóstico sobre el aumento de la inflación, detrás de la cual se esconde el crecimiento de algunos récords mencionados por la Presidenta, como la facturación del sector industrial.

Como dato positivo del discurso presidencial, puede anotarse la extensión de la asignación universal por hijo a las mujeres embarazadas, asociada al propósito de "seguir apostando a la vida" puesto de manifiesto por la primera mandataria, que pareció de ese modo desalentar algunas iniciativas impulsoras del derecho de la mujer a abortar.

Demasiado poco, sin duda, frente a una situación económica que exhibe el desgaste de un modelo carcomido por la inflación y por la fuerte contracción de los superávit gemelos y ante un escenario social en el que anidan la violencia y la inseguridad, tal vez como resultado de la falta de vocación política para desarrollar políticas de Estado al margen de mezquinos intereses electorales.

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