Khanty-Mansiysk - Copa Mundial de Ajedrez

El final del pasillo


Por Pablo F. Gowezniansky


UNO Es posible que no muchos sepan que Khanty-Mansiysk (pocos podrán pronunciar ese nombre con éxito) es un pueblo de Rusia. Imagino que la combinación de Khanty-Mansiysk y la palabra pueblo puede dar una imagen de desolación; quizás, inclusive, podría llegar a parecernos un lugar apropiado para filmar una mala película del far west yanqui. Afortunadamente para nuestro deporte –ya que es allí donde se disputa la Copa Mundial de Ajedrez- esto no es así. Khanty-Mansiysk tiene más de 55.000 habitantes y es un lugar en el que se generaron y se generarán emociones. Valga mencionar el Campeonato Mundial de Competición de Biatlón, el festival internacional de debuts “Fire of Spirits”, el festival ecológico “Save and keep”. Y ahora lo que sabemos todos: del 22 de noviembre al 18 de diciembre, 126 ajedrecistas de los sitios más alejados del planeta y con las fuerzas más dispares se enfrentarán (y se enfrentan; ya no 126, claro está, porque los días van pasando) para disputar la Copa Mundial de Ajedrez.
Y Khanty-Mansiysk va cobrando relieve.
Y ya no es posible filmar una película del far west yanqui pero sí, quizás, filmar una película algo más moderna, en la que dos tipos sentados frente a un tablero de sesenta y cuatro escaques piensan durante más de cuatro horas. Eso está ocurriendo ahora mismo. Eso es lo que nos atrae. El motivo por el que estamos acá.
En Khanty-Mansiysk.


DOS Estamos a finales de año disfrutando del último torneo de gran nivel. El torneo en el que ciertas cosas se están afirmando. Nigel Short perdiendo en la primera ronda, por ejemplo. Los dos “niños” prodigios despejando rivales a su paso. El norteamericano Kamsky que dejó el ajedrez para terminar la carrera de Derecho y que a su vuelta parece querer demostrar que talento no le falta; voluntad tampoco. También Cheparinov que en este torneo se aseguró un nombre propio; ya no es más el segundo de Topalov o un simple búlgaro joven con futuro. Cheparinov es un hecho, un jugador que aunque ya no esté en el mundial (el “niño” prodigio Carlsen le cerró las puertas) ha manifestado un gran uso de la inventiva y de la fiereza de ataque, al parecer, búlgara.
Y si bien nadie va a filmar una película en la que dos tipos piensen durante más de cuatro horas, hay una cámara en el recinto de juego que nos permite ver a los ajedrecistas en vivo y en directo. Agarrándose las cabezas, frunciendo las cejas, sosteniendo miradas impasibles, glaciales. Incluso se los ve caminando por el salón con los ojos fijos en partidas ajenas. Tratando, muy posiblemente, de echarle agua a ese fuego cerebral de combinaciones interminables, sacrificios imposibles, de piezas bailoteando de maneras perturbadoras. Y acechando jugadas que nunca se harán, previniéndose de ideas que sus rivales todavía no han pensado y quizás nunca piensen. Y luego se vuelven a sentar, con miradas glaciales, cansadas o perturbadas. Y Carlsen, por ejemplo, al volver a su confortable silla tomará un trago de su jugo de naranja y volverá al juego. Ese jugo de naranja de la juventud. De querer siempre más.


TRES La juventud es vitalidad. Es energía. Es agresión. Los ajedrecistas jóvenes pueden soportar el cansancio de semanas de competencia con mayor facilidad que los que ya no son tan jóvenes. Recuerden al joven Kasparov jugando contra el experimentado Karpov, por ejemplo. Recuerden, también, que el cerebro es un músculo que se desgasta con los años. Pierde vitalidad, energía. Pierde eso que llamamos juventud y que tanto valoramos. Y sin embargo hoy esa energía no sirvió de mucho. Tampoco sirvió de mucho ayer. No: Kamsky recibió un aluvión de sorpresas. Ayer en una fláccida Scotch que neutralizó sin muchos inconvenientes. Hoy con una petroff que castigó con determinación. Ya en la movida dieciocho la posición de Carlsen tambaleaba y, detalle no menor, su reloj marcaba unos escasos veinte minutos para hacer las veintidós movidas. El joven noruego no resistió. Por otro lado, la juventud de Karjakin había conseguido una pequeña pero importante ventaja en el medio juego. Teniendo mucho tiempo en su reloj, mucho más que Shirov que luchaba con apenas unos nueve minutos, Karjakin comenzó a mover rápido y de manera imprecisa. Su ventaja se esfumó y las tablas se establecieron como el único resultado posible tras treinta y tres movimientos.
Hoy no fue un día para la juventud. O tal vez sí: hoy me enteré que hay otro de esos grandes maestros prematuros como lo fueron Karjakin y Carlsen un día. Un filipino, al parecer. Un filipino de catorce años. Es que la juventud nunca se cansa. Es que la juventud no para de regenerarse. Y cuando quieran darse cuenta, quizás el pelo rubio de Carlsen se ponga blanco y los dientes torcidos de Karjakin se tuerzan aún más. Quizás, incluso, Korchnoi deje de jugar algún día. En un tiempo muy lejano.


CUATRO Pero no estamos para películas de ciencia ficción. No. No estamos para abstraernos e imaginar un futuro tan lejano. No nos alejemos de Khanty-Mansiysk porque recién ahora estamos llegando a las emociones más intensas. Recién ahora estamos llegando a ese interminable final de pasillo en el que Kamsky ya tiene un lugar. Ese pasillo de nocauts, frustraciones y vueltas a casa. Ese pasillo que desemboca en un tablero y dos sillas. La otra silla esperando; la otra silla esperando por Fuego sobre el tablero o por El gran maestro más joven de la historia.
Y dos (o tres) días de tensión y largos devaneos teóricos.
Y pensamientos infinitos sobre una posición efímera que puede borrarse con una inesperada movida del contrincante.
Y alguien que se levanta –tal vez Kamsky- y comienza a dar vueltas por la sala de juego mirando partidas fantasmas de rivales fantasmas que ya no están o que están en sus casas.
Y de pronto Khanty se me hace parecido a Kamsky. Y quizás sea eso: quizás este lugar de 55.000 habitantes esté dándole energías al nuevo abogado, a ese hombre que regresó al ajedrez y que no piensa marcharse. Quizás el ganador ya esté designado desde el mismo comienzo. Quizás todo dependa de la elección de Khanty-Mansiysk. Y quizás ya eligió, aunque nosotros no lo sepamos.
Eligió a Kamsky en la final, por lo pronto. Y eligió que Shirov y Karjakin se enfrenten mañana para ocupar un lugar al fondo del pasillo.
El otro se va a volver a su casa. Eso es seguro.
Aunque tal vez decida darse una vuelta por Khanty-Mansiysk primero, y tratar de entender por qué alguien tuvo la idea de hacer allí un festival ecológico. Y por qué otro tuvo la ocurrencia de hacer una Copa del Mundo de ajedrez. Y una Olimpiada, también de ajedrez, para el 2010.
Y quizás, en algún lado del mundo, un niño esté recolectando normas de gran maestro para sorprender al mundo entero.
Lo cierto, eso sí, es que Kamsky está esperando.
Y lo cierto es que la final promete ser muy emocionante.
Y que miles y miles de fanáticos alrededor del mundo la seguirán por Internet.
Desesperándose. Emocionándose.
Y claro está, también alegrándose.

Fuente:

http://www.peonocho.servegame.org/peonocho/Index.aspx?Identificador=1

2 comentarios - Khanty-Mansiysk - Copa Mundial de Ajedrez

baco
mira que loco...



la verdad que nombre casi impronunciable !!!