La vejez de Mano de Piedra Durán

La vejez de Mano de Piedra Durán

La vejez de Mano de Piedra Durán


Hace treinta años el boxeador panameño Roberto ‘Mano de Piedra’ Durán tocó el cielo y se desmoronó, todo en cinco meses.

roberto


Le ganó a Ray Sugar Leonard el título mundial y lo perdió en la revancha. Ganó 25 millones de dólares y hoy vive de exhibiciones y una pensión del gobierno. SH pasa unos días con el Cholo, entra a su casa, lo acompaña a cantar salsa y –esquivo para las entrevistas- le arranca un par de palabras. Las míticas: “No más, no más”las manos de roberto durán son, quién iba a decirlo, pequeñas. Tiene dedos gordos y nudillos desparejos, gastados. La línea de la vida es un surco profundo e interminable. Al ver sus manos recuerdo la anécdota que me contó el fotógrafo panameño Francisco Barsallo. Tenía 7 años y su padre lo llevó al aeropuerto a recibir al campeón luego de una conquista histórica, no recordaba cuál. En el camino, el atasco era descomunal. Durán iba riendo arriba de un camión de bomberos, saludando con el cinturón de campeón. El padre de Barsallo lo levantó en brazos y lo alzó alto, tan alto que llegó a ponerse a tiro de Durán, que lo vio y le estrechó la mano. Barsallo dice que un poco se asustó, que quedó petrificado él y petrificado el recuerdo: sintió que Durán tenía la mano más grande del mundo y que “es verdad, es de piedra”.
Quizá por eso, ahora, en la puerta de la casa del campeón, en el centro de la ciudad de Panamá, no le puedo
soltar la mano. —¿Qué pasó, argentino, no serás cuecón (gay)? —pregunta
y se ríe a carcajadas.
Le digo que soy periodista y él interrumpe, se pone un
poco serio.
—No, hombre, no, ¿pa qué? Ustedes vienen aquí, me
preguntan y después hablan mal de uno. Pero pasa,
pasa —dice mientras abre el portón.
Es una casa inmensa, de tres pisos. En el patio de entrada hay siete estatuas, estilo romano, de mujeres envueltas en laureles. Hay grietas en las paredes y agujeros donde hubo equipos de aire acondicionado, tapados así nomás, con ladrillos y cemento que se secó goteando. Hay en el garaje un par de BMW de los noventa que nose sabe si funcionan. En su momento de mayor éxito, Durán llegó a tener en esta casa un zoológico privado, hasta un tigre de mascota. Décadas después, en la decadencia, se supo también
que la había hipotecado y que el acreedor le pedía a la Justicia que remataran la propiedad, pero no había juez en Panamá que se animara a tomar la decisión. Incluso un grupo de empresarios se ofreció a pagar la deuda, a lo que Durán se negó. Durante los casi treinta y cinco años que pasó cambiando golpes con los hombres más peligrosos del mundo —119 peleas, 103 victorias, 70 KO-- llegó a embolsar más de 25 millones de dólares. De esa fortuna sólo quedan los buenos recuerdos. Hoy el campeón vive de su fama, viajando por el mundo, asistiendo a eventos —desde los Juegos Olímpicos de Pekín hasta las veladas boxísticas de Las Vegas—, participando de cenas que se organizan en todos los rincones del planeta en su honor, donde la gente paga una entrada para verlo. Al final, siempre, Durán se sienta y los fanáticos hacen fila, y uno por uno van pasando para sentir el estremecimiento íntimo de estrecharle la mano. El gobierno panameño le otorgó en 2006 una pensión vitalicia de 300 dólares por mes. Cuando tiene oportunidad, organiza veladas locales de boxeo como promotor en el estadio que lleva su nombre: La Arena Roberto Durán.
—Tú no sabes cómo lo quieren a Roberto allá en tu país…
— suspira su esposa, Felicidad, la mujer que lo acompaña
desde siempre y con la que tuvo nueve hijos—. Cada vez que vamos por la calle Florida no podemos caminar.
Es peor que en Panamá. Lo paran a cada segundo, le gritan desde los negocios, es impresionante.
La última vez que viajaron a Buenos Aires fue para participar del programa de televisión que conducía
su viejo amigo Diego Maradona, La noche del Diez. La amistad se fortaleció durante los años locos de
Maradona en el Caribe. En el Casco Antiguo de Ciudad de Panamá todavía se recuerdan las noches
intensas durante los viajes relámpago que Diego hacía desde Cuba para “rumbear con el Cholo”, como le dicen aquí a Durán. Son astillas del mismo palo. Durán nació el 16 de junio de 1951 en un barrio pobre
llamado El Chorrillo, a orillas del Canal de Panamá. Lo crió su madre, en la Casa de Piedra, una especie de conventillo. Fue a la escuela poco y nada, trabajó desde pequeño, lustró botas, vendió diarios y
aprendió la ley de la calle en una ciudad plagada de soldados americanos, marineros y cabarets. Como
el Happy Land, donde por esos días bailaba una chica argentina de nombre María, pero a la que todos
llamaban Isabel, y que más tarde conocería a Juan Domingo Perón, un general en el exilio, al que custodiaba
el entonces mayor Omar Torrijos. Durán fue do que había en él algo diferente. Peleaba en la calle, con chicos más grandes, y no perdía nunca, hasta noqueaba. Llegó a los gimnasios y lo supieron un diamante en bruto. “Yo sé que tengo un animal dentro de mí, que se despierta y siempre quiere más. A veces empiezan las peleas y parece que no está, pero yo sé que está y entonces quizás en el round 8 o el 10 aparece y se termina todo”, describió Durán sus sensaciones en el ring. Desde que se calzó los guantes comenzó a notar
que a su alrededor todo cambiaba. Todo menos él. Con el tiempo y las victorias, Mano de Piedra se transformó en un héroe popular y arrabalero. Luego de cada victoria, no se quedaba en Miami ni en Las Vegas: regresaba a El Chorrillo con los bolsillos llenos de billetes de un dólar para regalar. Pudiendo no volver, Durán siempre volvía. Al calor tumbante del Caribe, a sus amigos, aquí, a su casa, donde parece tan ocupado que jadea mientras va de un lado para el otro, pidiendo paciencia porque tiene que atender asuntos.
De sus duelos memorables, dos fueron el pico de su gloria y su caída: las peleas de 1980 con Ray Sugar Leonard, el 20 de junio —la primera— y el 25 de noviembre —la revancha—, de la que se están por cumplir treinta años. —Voy para allá— dice luego de una llamada y mira como despidiendo al recién llegado.
—Tengo que ir pa´lante, pero estoy dos semanas más en Panamá, así que… cuando quieras. Eso sí, la próxima, che, tráete unas cervecitas —se mata de risa y dice que es bromas y se va mientras Felicidad lo celebra. —Roberto es así —me despide su esposa. Mantener una entrevista formal con Durán
es una tarea complicada. No porque haya que hablar con mánager o jefes de prensa —Durán
no usa—, sino porque pierde los teléfonos, los cambia, los regala. A Durán es difícil encontrarlo aun teniéndolo delante. Te abre la puerta, te invita a pasar, pero no se sienta a conversar.

mano


A una cuadra de su casa hay un Durán en bronce. En la esquina, llegando a Vía Argentina, se levanta una estatua del campeón. Es parecida a la de Rocky en Filadelfia —Durán fue sparring de Balboa en la tercera entrega de la saga—, pero demasiado pequeña para el tamaño de sus hazañas. Porque nadie lo duda:
el panameño ha sido el boxeador más grande que dio Latinoamérica. Fue campeón cinco veces en cuatro categorías, se le animó a los mejores de su tiempo en duelos legendarios. Además era simpático y muy guapo. Pero sobre todo fue su estilo de pelea, electrizante y callejero, el que lo volvió un mito.
A pesar de su fama de joven noqueador, tuvo que esperar a los 21 años para tener una oportunidad por el título mundial de los livianos. Fue en junio del 1972, en el Madison Square Garden, contra el irlandés Ken Buchanan. Para esa pelea, Carlos Eleta, apoderado de Durán, decidió contratar a un nuevo entrenador
y eligió a Ray Arcel, un viejo lobo del boxeo norteamericano que aceptó entrenar a Durán para esa pelea por una sola razón: la mafia de Estados Unidos lo había crucificado porque se negaba a arreglar los combates. En la aventura lo acompañó Freddy Brown, ex entrenador de Rocky Marciano. La primera vez que viajaron
a Panamá bajaron del avión con bidones de agua. Habían escuchado sobre los trabajadores que construyeron el canal a principio de siglo y las enfermedades terribles que se contagiaban. Le temían a la selva.
Contra todos los pronósticos, Durán ganó aquella pelea por KO en el round trece, y comenzó un reinado de ocho años en los que barrió con todo: hizo once defensas consecutivas en la categoría liviano, con diez KO.
Sus peleas paralizaban Panamá y cada victoria alimentaba el orgullo nacional, que en aquellos días no podía estar más fuerte. El ya general Omar Torrijos estaba surfeando la cresta de su ola luego de firmar en 1977 los
tratados que le devolvían al país la soberanía sobre el canal en el año 2000. El boxeo era una cuestión de Estado. Existía un cargo público, el Alto Comisionado de Boxeo —ocupado por un militar— que se
encargaba de promover la disciplina. Los deportistas, antes de las peleas, se entrenaban en los cuarteles. Desde la llegada de Torrijos al poder, en 1968, los panameños habían tenido doce campeones mundiales, cuando apenas había dos asociaciones. De todos ellos, Durán era el más popular.
Hacia 1980, sin rivales de cartel a la vista, Durán y su gente decidieron subir de categoría. Fue entonces cuando se encontraron ante la pelea más importante de sus vidas. Enfrentarían por el título Welter del Consejo a Sugar Ray Leonard, el Golden Boy, la superestrella norteamericana que había barrido a rusos y
cubanos en los Juegos Olímpicos del ´76 para convertirse en héroe nacional y, más tarde, en campeón. Cuando Torrijos escuchó los rumores sobre la pelea se puso en contacto con el presidente del Consejo Mundial de Boxeo para pedirle jueces de países neutrales y que el combate no se realizara en los Estados Unidos. Para Torrijos, una victoria de Durán era también un logro político.
“Torrijos supo ver como nadie la conmoción que provocaba Durán en la gente. Y le pareció un buen vehículo para revalorizar la identidad nacional”, analiza Pituka Heilbron, una cineasta que estudió la relación simbiótica
que existe entre Durán y su país, y dirigió el documental Los puños de una nación. Estamos sentados en el lobby de un hotel donde pasan y pasan turistas maduritos con camisas hawaianas que piden Cuba Libre y Margarita. Forman parte del boom del turismo residencial, señores de clase media de países ricos que
bajan al tercer mundo para vivir de primera. Es uno de los tantos booms que azotan al país: El de la construcción, el de la ampliación del canal, el de las hidroeléctricas, la minería, el de los casinos, los cabarets, el del lavado de dinero.
“Durán nos mostró a los panameños que se podía, que los estadounidenses no eran superiores —dice Pituka—. Por eso creo que cautiva tanto verlo dentro del ring, porque peleaba con el corazón, como si intuyera la trascendencia de su lucha.” Pasan unos días y vuelvo a la casa de Durán. “No está”, dice uno de sus hijos, el Chavo, que también realizó algunas peleas como profesional y vivió en Rosario. “Pero la semana que viene mi papá va a cantar salsa con mi tío en un bar aquí a la vuelta. Ahí lo podrás encontrar”. Pocas veces el deporte se convertiría en una representación tan clara de la guerra como la noche del 20 de junio de 1980, cuando el estadio Olímpico de Montreal le ofreció al mundo Durán-Leonard. Centroamérica era un volcán en erupción y la Guerra Fría dibujaba una geografía sangrienta. La revolución nicaragüense acababa de tomar el poder y los Estados Unidos observaban con preocupación las turbulencias sociales en su patio trasero financiando dictaduras y paramilitares para detener la marea roja. Pero había un hombre, con la mano de piedra, que podía lograr que su gente olvidara lo que pasaba en esos días y en esas tierras porque sería él quien se subiría al ring y pelearía por ellos. El panameño marchó a entrenarse a Coiba, una isla solitaria en el Pacífico, con arena blanca y una selva plagada de monos y tucanes. No había allí más que un cuartel militar y una prisión. Sólo se podía entrenar. Leonard, mientras tanto, interrumpía su preparación para cumplir compromisos publicitarios. El periodista Ralph Gordon, de la revista Ring, fue a visitarlo a una filmación de Seven Up. Dice que se sorprendió cuando encontró a Leonard preocupado que le preguntaba: “¿Crees que puedo ganarle a Durán?, ¿soy más rápido que él?, ¿enserio pega tan duro como dicen?”.Para los apostadores, en cambio, no había dudas: Leonard era favorito 5 a 1. Todos pensaban que Leonard saldría a jugar con Durán, a poner en práctica la táctica de Alí, esa de volar como una mariposa y picar como una avispa. Pero no. Decidió intercambiar golpes, medirse en rudeza. No fue una buena idea. En el segundo round, Durán conectó un derechazo al rostro del campeón, que trastabilló tres pasos y se refugió en las cuerdas. “De ese golpe recién me recuperé en el séptimo round”, llegó a reconocer con el tiempo Leonard, confirmando el apodo: “Es verdad, Durán tiene la mano de piedra. Cada uno de sus golpes
es un ladrillazo”. La pelea fue inolvidable. Quince rounds en los que Durán buscó el triunfo con temeridad revolucionaria. Los jueces se lo dieron por unanimidad.

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El panameño había conquistado el mundo. El general Torrijos envío su avión a Canadá para traer a casa al campeón. Hasta Don King viajó al Caribe. El recibimiento en el aeropuerto fue masivo, para muchos, la mayor concentración popular en la historia del istmo. En medio de los festejos, Durán fue invitado a viajar a
Cuba. Fidel Castro lo quería conocer. Por una vez, al subir al avión, Durán tuvo miedo. “No me gustaba volar
con Torrijos porque ¿y si los gringos le tiraban un bombazo?”, recuerda hoy Durán, que narra la anécdota en el documental de Pituka. La historia le terminaría dando la razón, Torrijos murió en un accidente aéreo meses
después. En aquel viaje, para tranquilizarse comenzó a tomar whisky. Cuando llegó a La Habana estaba bastante alegre. Se sentó lo más lejos que pudo de los líderes, en la otra punta de la mesa, siempre preso del mismo temor. Hasta que Fidel lo mandó a llamar. Se abrazaron. Mano de Piedra era un héroe latinoamericano. Un mes después de la pelea, Durán seguía festejando. Dos meses después, también. Estaba desatado. No faltó a ninguna de las decenas de fiestas que se organizaron en su honor. Engordaba con alegría. Para esos días Leonard ya estaba superando la depresión de la derrota para volver a los entrenamientos. No pocos pedían a gritos una revancha.
Para hablar sobre lo que pasó después es necesaria la voz de Carlos Eleta, mánager de Durán, que envía su camioneta a buscarme. Al rato llega un hombre grandote. “Seguro que un ex boxeador —me digo—, alguien queempezó, pero no llegó”. —Así que eres un che boludo— saluda.
Subimos a la 4x4, charlamos y confirma: “Yo también fui boxeador”. Acelera y pregunta, como al pasar.
—¿Tú conoces a Locche? —
¿Cómo no? —contesto—. Los más viejos en la Argentina dicen que fue el mejor de todos, mejor que Monzón. Lo que pasa es que fue campeón ya muy grande y al final… —y no termino la frase porque me sorprende un recuerdo borroso... creo que Locche perdió su título aquí en Panamá. Y entonces el chofer
dice, como quien culmina con éxito una emboscada:

Panameño


—Yo le gané.
—No me diga que usted es…
—Alfonso Frazer —contesta con una sonrisa
que no le entra en el rostro.
—¡¡¡Peppermint!!!— grito. El universo Durán da para cualquier sorpresa. Pregunto qué pasó después.
—Kid Pambelé— suspira sin tanta alegría. El colombiano le quitó el título por KO y en la revancha, lo mismo. Frazer vuelve a Locche
—A Nicolino le gané, pero nunca dejé de admirarlo— confiesa mientras maniobra la 4x4
dentro de un garaje inmenso. La casa de Carlos Eleta parece detenida en el tiempo. Con galerías repleta de plantas y sillones de hierro pintados de blanco. Con la piscina iluminada en el parque y más allá, el mar. Un típico caserón del Caribe. Eleta es un hombre con muchas facetas. Jugador de tenis, empresario hípico, televisivo, también es el autor de “Historia de una amor”, uno de los boleros más grabados de la historia.
Conoció a Durán cuando el futuro boxeador tenía 10 años. Lo descubrió bajando cocos de una de las palmeras de su casa. Cuando, con 18 años ,Mano de Piedra empezaba a dar sus primeros golpes en el profesionalismo, Eleta se hizo cargo de su carrera. Conseguir la representación de la joven promesa le costó 300 dólares. Dice que después de la pelea con Leonard ya no hubo forma de contener a Durán.
Había dejado de ser un joven obediente y ya era un hombre de casi 30 años en la cima del mundo. “Se nos fue de las manos. Se rodeó de gente que lo celebraba, que le decía a todo que sí. Y él se dejó llevar. Antes tenía caprichos, no sé, viajar con una bruja para que le recomendara que rincón del cuadrilátero elegir. Pero
esto era distinto”, cuenta ahora el mánager. Ante el repentino cambio de hábitos que se produjo en Durán, se justifica Eleta, decidió pactar la revancha de inmediato: “Para que Roberto no perdiera la forma. Además, era la pelea que el mundo esperaba”. Son muchos los que acusan al empresario de haber traicionado
a Durán en su momento más vulnerable. Hasta Leonard reconoció, con el tiempo, que sabía del sobrepeso del panameño y que había llegado a una conclusión: para recuperar el título, había que subir a Durán al ring cuanto antes. Le ofrecieron a Eleta una bolsa de 8 millones de dólares, de las más abultadas ofrecidas
hasta ese momento a cualquier boxeador. En la primera pelea, Durán había cobrado 1,6 millones. Sólo había una condición, la pelea tenía que realizarse lo más pronto posible, decían, para que no decayera el interés del público. Se pactó para el 25 de noviembre en New Orleans, cinco meses después del primer encuentro.
Cuando Durán empezó a entrenarse, en los primeros días de octubre, tenía 14 kilos de sobrepeso. Freddy Brown, contó semanas antes de la pelea que Durán se entrenaba pero no adelgazaba porque los amigos le daban comida a escondidas. Eleta quiso retrasar la pelea, pero Don King le dijo que era imposible. Pensó
en decir que había una lesión, pero no lo hizo. Aceptó seguir adelante sólo si le depositaban la bolsa de la pelea en un banco panameño varios días antes del pesaje. Setenta y dos horas antes de la pelea, Durán
estaba cinco kilos arriba. Para cumplir con la balanza se vio obligado a pasar dos días sin probar bocado ni agua, hasta tomó diuréticos. Dio el peso con lo justo. Sus amigos —Durán llevó treinta personas con gastos pagos al combate— lo celebraron como un triunfo. El día de la contienda se comió tres bifes con papas fritas
y jugo de frutas. Aunque era el campeón, las apuestas lo volvían a dar perdedor. La pelea fue un fiasco. Leonard corría para todos lados. Durán estaba demasiado lento, jadeaba en la persecusión y fallaba con torpeza los golpes. Las fuerzas del panameño se vinieron a pique. Leonard le decía cosas, lo provocaba,
le tocaba la cara y después lo eludía con facilidad. Durán sabía que no podía hacer nada para cambiar el rumbo de la noche. Su animal interior lo había abandonado. Hasta que en el noveno asalto sucedió lo impensado. El macho latino, el pegador de la mano de piedra se dio vuelta y le dio la espalda al combate.
—Nunca -dijo- “no más, no más”, como publicaron los diarios gringos. Roberto se dio vuelta y gritó “con este payaso no peleo más”. Se le cruzaron los cables, fue una bravuconada— desmiente el mito Eleta, que estaba en su rincón—. Yo le gritaba que no podía hacer eso, si quería podíamos parar la pelea en el rincón,
aducir una lesión, lo que fuera. Pero no así. Cuando Durán notó que el juez detenía la pelea y Leonard comenzaba a celebrar, se puso en guardia y quiso
olver al ataque. Pero ya era tarde. Minutos después, el vestuario panameño era un calvario.

piedam duran


El periodista Gordon Brown, que había logrado entrar, escribió que Durán llegó, fue corriendo al baño y dejó caer la carga. Dice que gritó de alivio. Eleta se llevó a Durán hacia un hospital, buscando algún tipo de coartada. Mano de Piedra no lograba explicar lo que había
echo. Lloraba, estaba aturdido, como ausente, no comprendía la gravedad de su decisión.
Freddy Brown, al día siguiente, parecía destrozado “No puede ser que Durán se haya rendido”, le confesó a un periodista. “En boxeo lo he visto todo. Yo entrené y conocí a los mejores y Durán es de los grandes. Este chico me rompió el corazón. El boxeo se terminó para mí”. Jamás volvió a los gimnasios. Luego de la derrota, Torrijos habló con Durán una sola vez y, con parqueza, le aconsejó el retiro. Para el pueblo panameño la caída fue difícil de asimilar. “Una jornada de luto. Pero no por la derrota, sino por la forma en la que Durán se entregó. Era una afrenta a la dignidad panameña. La gente lo tomó así, y con tristeza, le dio la espalda a su ídolo”, dice hoy Daniel Alonso, coconductor de Lo mejor del boxeo, un programa de tevé que lleva 35 años en el aire siempre liderando los ratings. “Durán es único hasta en su forma de perder —acota el argentino Osvaldo Príncipi—. El ‘no más’ contra Leonard es uno de los cinco mayores misterios de la historia del boxeo: ¿por qué uno de los fajadores más valientes eligió perder así? Es algo increíble”. Luego de aquella derrota, Durán se separó de Eleta y comenzó a trabajar con el argentino Luis Spada. Le costó, pero poco a poco volvió a los primeros planos. Ganó tres títulos más hasta su retiro, pasados los 50 años. Leonard sólo le daría la revancha diez años después de aquellaspeleas, cuando ya los dos eran demasiado viejos. Fue una noche sin demasiado brillo, en la que el norteamericano ganó por puntos no sin llevarse en el último asalto un derechazo que le abrió un surco en el ojo. Tuvieron que darle doce puntos.
Es martes, casi medianoche y el bar está repleto. Durán acaba de entrar y la gente le toma fotos, se pone contenta con solo verlo, recuperan en la risa un tipo de inocencia perdida. Le hablo de Leonard, de los treinta años, del cielo y el infierno en cinco meses. Se ríe, me palmea el hombro: —¿Sabes qué? No más, no más…
Durán sube a escena. Hace una seña a la barra y le traen un Rioja. Se sirve una copa, toma un buen trago y sacude la cabeza. Prueba el micrófono y habla. —Me pegó, el vino este, me pegó, eh —dice y se limpia la
boca. Le agradece al dueño del bar, un español.
—Una vez casi nos vamos a las manos… se salvó el español. Ahora somos buenos amigos y oléeeee —grita
levantando la copa.
—Pero cuidado con el olé. En mi barrio, en El Chorrillo, no se puede decir olé porque si no te sacan una bolsita blanca y te dicen “Olé...”—y termina el chiste y se ríe y el micrófono amplifica su risa que lo absorbe todo.
—Pido perdón porque no me aprendí los arreglos de las canciones, así que vamos con el pregón, a improvisar. Y entonces suenan los tambores y la gente baila y Durán que se larga sin retorno. “Aquí vinimos a pregonar, porque en la vida hay que cantar, aquí vinimos aquí vivimos, porque en la vida hay que gozar, la vida hay que gozarla y vivirla”, repite como un mantra y una chica se sube al escenario y baila con él, le besa las manos y vuelve a su mesa. En el medio de la canción Durán se va y camina por el bar, brindando con cualquiera. Saluda a la izquierda, le palmean la espalda a la derecha, dos chicas lo detienen y le piden por favor que se saque una foto con ellas. Después quedan dando saltitos, mirando la imagen en el celular. En el centro, entre las dos chicas, Roberto Durán parece un hombre feliz
Por Guido Bilbao

Fuente:http://www.revistash.com/notas/96749-la-vejez-mano-piedra-duran

Comentarios Destacados

7 comentarios - La vejez de Mano de Piedra Durán

@PabloTafiViejo +3
El mejor boxeador que vi en mi vida, te dejo +10.
Inolvidable la pelea contra Leonard, la vi cuando era pendejo, que emoción.
Otra pelea del Cholo, contra Vinny Pacienza, lo que le pegaron a Durán (ya estaba viejo), no tiene nombre y se la aguntó parado hasta el final.
@loborette +1
totalmente, un grosso el tipo.. muy buena nota!
@berrugopuz +1
genial la nota, no me acordaba nada! muy interesante..
@carlinhos_26 +1
La verdad que no lo ví pelear pero mi viejo me decia que era el mejor de su época y es de esos históricos inborrables. + 7
@potrolo
Viva Panama y costa rica