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Miren mi muerte! (Completo)

Miren mi muerte! (Completo)

Muerte


novela

Esta mi Mini-novela que se llama "Miren Mi muerte!". Aunque está en varias partes, Decidí subirlo completo para ahorrar tiempo.

mi

NOTA: Dejo los comentarios abiertos, pero que sean comentarios coherentes!!!

MIREN

I

Es de noche, todo está oscuro. Apenas se ven las luces de los postes y con suerte veo mis pasos sobre el piso húmedo. Siento que me miran, que me miran fijamente, siento que su rencor y su odio me tocan, aunque estén muy lejos. La calle es baja y las veredas están muy arriba, casi como terrazas. Ahí están. Ema, Javiera, y otras que no me acuerdo el nombre. Me miran. Estoy mojado, sucio, cansado. Condenado. Todos me miran, y entro a un cuarto a oscuras. Se prende una luz. Es donde debo sentarme. Apenas me siento. Una voz suave, pero autoritaria, suena desde cerca.
- No te sientes, malnacido!
- Mátenlo! – dicen otras voces.
- A ver, tranquilas! Todo a su debido tiempo. – la voz autoritaria habla de nuevo. – José, ¿me reconoces?
- Si pudiera verle la cara…
- No seas chistoso, sé que me reconoces, pero te da vergüenza admitirlo. Soy yo, Miriam.
- Ah, Miriam. Hola! – trato de hablar amablemente, dentro de lo tenso.
- No me hables, loco sicópata. ¿Sabes porqué estas aquí?
- No tengo idea.
- ¡Lo Sabes!
- ¡No lo sé!
- ¡Dilo!
- ¡Dímelo Tú!
- ¡Maten a ese malnacido! – suenan las voces desde el fondo del cuarto a oscuras.
- ¡Quiero saber qué pasa aquí! ¡Porqué estoy aquí! – grito. No se siente el eco.
- ¡Estas aquí porque no mereces estar con los demás, no mereces vivir! – dice Miriam.
- Qué les hice?? – digo
- No tiene nombre lo que hiciste.
- ¿Y qué harán conmigo?
- No lo sabemos.
Hay un silencio sepulcral en el cuarto. Hay una luz apuntando hacia donde estoy sentado. El fondo del cuarto no se ve. O no lo veo. Se sienten unos murmullos. Veo pasar una carpeta.
- José – dice Miriam – está aquí por el delito de Locura.
- ¿Qué? – Digo, estupefacto.
- por eso mismo.
- Que pase la primer testigo!! – (pasa una chica, al parecer. No la veo.) – Algo que decir?
- Yo le puse a mi novio en frente…
La multitud en la penumbra se inquieta.
- Que conste que el acusado trató de socializar con la testigo! – Dice Miriam – Algo más que decir?
- Que te pudras, José.
- ¿Hay otro testigo?
- Sí, hay otras 15 testigos, pero no están dispuestas a hablar en frente del canalla ése.
- ¿Puedo decir algo? – pregunto.
- No, no puedes ni mereces preguntar. En unos momentos, el dictamen.
La multitud se retira. Me doy cuenta que se empieza a sentir eco. Quedamos la “Jueza” y yo (Aparentemente). Todo sigue en las sombras, salvo yo, escrutado por esa luz amarilla sobre mí. Sólo veo el piso a medio iluminar, y mi asiento. Parece que no hay nadie.
- De acuerdo a nuestro dictamen, - Dice Miriam - el acusado será condenado a muerte, pero primero deberá pasar 10 años de soledad absoluta en una ciudad abandonada. Ese es mi veredicto, las partes acatan el fallo.
Una fuerza me saca de la sala hacia el callejón. Suenan los gritos, los improperios y los insultos.
- Que te pudras, malnacido!
- Hasta nunca!
- Basta! – Grito, desahuciado. – vaya a saber que les hice, pero no fue mi total intención. Todas ustedes me conocieron alguna vez. Saben que he sido un sujeto solitario, pero al tratar de conocer a alguien, me tratan de loco. Si he de morir, lo haré, si he de estar solo en una ciudad abandonada, lo haré, pero cuando muera, ¡mírenme! ¡Miren mi muerte! ¡Miren!. Se sienten unos quejidos en el silencio lejano.

Empieza a llover. Estoy solo, en medio del callejón. Siento que me golpean. No me acuerdo de más.


Miren mi muerte! (Completo)

II

Estoy aturdido, me duele la cabeza. Me siento agarrotado y la boca me sabe a tierra. Miro mi alrededor. No hay nadie, a simple vista. Esta es la ciudad donde nací, San Antonio. Pero hoy la ciudad esta vacía. Explotó una tubería con químicos hace un mes, dejó hartos muertos, y evacuaron a la población. Entre ellos, yo. Estoy aquí de nuevo.
Voy por calle Pedro Montt (una calle del centro) y veo las tiendas cerradas, marcadas con spray los nombres en las cortinas. Tengo hambre. Veo una piedra. La tomo, la tiro contra un ventanal. Entro a la tienda abandonada, saco un queso. Es lo que hay, o lo que veo. Aún me pregunto porqué ellas (o ellos) me condenaron. Aún me pregunto eso. Tengo lagunas en la memoria. Tal vez volver atrás en el tiempo me daría una visión más clara.

Era 1999, y era un pendejo. Bueno, como la gran mayoría. Ella se llamaba Ema. O Emita, daba igual. No la pude conocer bien, o en estricto rigor, no la conocí. Lo intenté. Lo último que supe de ella era que era dirigente estudiantil antes de la explosión. La última vez que la vi fue en un desfile, hace unos meses atrás (me sorprende que me acuerde de una cara que vi hace 11 años!). La reconocí por su cara ligera y pálida, como leche. La vi pasar sin pena ni gloria. De ahí en más, ni idea. ¿Qué era yo? Un pelotudo.

Estoy comiendo queso en la Plaza de Armas de San Antonio…

Llegó el 2001, y conocí a Javiera. Por casualidad. A ella la conocí más, mucho más. Éramos compañeros de clase. Hacíamos los trabajos juntos. Pero de un día a otro, desapareció. Yo quedé mal. La vi por última vez un día antes de la explosión, cruzando la calle rumbo a tomar el microbús. No me vio.

Voy subiendo por calle 21 de Mayo. Ya me comí el queso…

En 2004, conocí a Francisca. Este puede ser un caso aparte. Nos conocimos a la fuerza, porque antes éramos unos desconocidos. Hablábamos seguido, parecíamos “Pan y Mantequilla” (haciendo mención al concepto de Forrest Gump). Pero cada día la veía más lejana, hasta que me fui sin despedirme ni darle las gracias por… No la he visto en 7 años. Me sentí mal.

Miro desde el mirador de 21 de Mayo hacia el mar. Imponente, majestuoso, Imperecedero. Los pelícanos y las gaviotas se tomaron el puerto. Me doy cuenta que estoy condenado. (La boca me apesta a queso)

Y llegó el 2007. Y trajo a Constanza. Aquí me volví loco (Supongo). Caí rendido lentamente. Me enamoré como un tonto, y me dediqué durante 3 años a conquistarla. Me acerqué a ella, fui su amigo. Lo intenté todo, Nos volvimos “pan y mantequilla”. Hasta que llegó esa noche. Bajo el pretexto que iba a arreglarle su notebook, tenía pensado declararme. Nada podía fallar. Pero falló: me sacó su flamante pololo (novio) en cara. Salí destrozado de ahí. No quería saber nada, no quería vivir. No era el momento. Nunca lo fue.

Paso frente al hospital abandonado. Se notan las marcas del excremento de paloma sobre la calle, y el viento silencioso. Camino a la deriva, desahuciado, solitario, sucio, con un trozo de queso envuelto en papel de diario y una piedra. Las cosas parecen haberse congelado aquí, como en Chernobyl. Nunca pude ir a Chernobyl. Da igual, porque esto es algo parecido.

Tras (y mientras de) lo del asunto de la niña que me saca su novio en cara, conocí a Miriam. Sí, señores, ¡La Jueza! ¡La que me condeno! Traté de conocerla, y no se dejaba. Me acuerdo que me entrego un papel que no debía leer. Pero me faltó el respeto. Muchas veces. Me dolió. Y enterré ese papel en el patio de mi casa, y nunca lo leí. ¿Qué decía ese papel? ¿Por qué no lo leí? ¿Qué ha sido de ella?

Estoy frente a una casa gigante de color verde agua, numero 234, según lo que dice el cartel colgado a un costado de la puerta. Entro. Hay unos cuadros colgados, y unos muebles desparramados. En uno de ellos, sale una chica que vi una vez. Bueno, varias veces. Me acorde de ella porque en un borde dice “Paz”. Camino entre los muebles, y pateo un teléfono. Lo levanto. Tiene línea (Es un teléfono de red fija). Veo los botones de marcado automático, uno dice “Celular Pachi”. Lo oprimo.

Ahora, me pregunto: ¿Por qué me acusan de loco? ¿Qué les hice? Yo sólo traté de socializar, de buscar el propósito por el cual, según yo, las personas están en la tierra: para ser felices. Pero al parecer mi felicidad se interpone con la felicidad de los demás. No es muy cómodo. No es cómodo saber que mientras tratas de ser feliz, en algún lugar, alguien trata de que suceda lo contrario conmigo. No es justo.

El teléfono suena. Contestan.
- ¿Aló?
- ¿Paz?
- Si, ¿Qué desea?
- Quería decirte que te quiero. Eso.
Cuelgo. Me miro en el reflejo de los cuadros. Lloro. Ya es de noche. Hay que salir de aquí.


Muerte

III

Han pasado cerca de 6 meses desde que estoy en esta ciudad fantasma del carajo. Me he visto obligado a saquear tiendas para sobrevivir. Desde queso (Debo decir que me obsesioné con el queso) hasta pilas AA, lo he robado. He pasado noches quemando papeles de diario, revistas, folletos, y cuanto papel encuentre para mantenerme con calor. Después me di cuenta que podía robar frazadas.

A veces pienso que soy una especie de minotauro y que esta ciudad es mi laberinto. Corro por las calles vacías, orino en los rincones, me duermo en medio de la calle y despierto en plena noche, llorando. Voy a la Plaza Estrella a perseguir a los queltehues, y en las mañanas, me baño en el Estero San Pedro. Me meto al mercado de San Antonio y me robo las nueces, el maní, almendras, lo que se pueda comer sin que esté putrefacto. A veces corro por Barros Luco arriba de un carrito de supermercado gritando:
- El Hombre del Tercer Milenio dice: “¡Soy Libre como un pájaro!” (Como decía un verso de Neruda)
Mi pregunta es, ¿Quién será mi “Teseo”? ¿Quién tendrá la misión de acabar conmigo? ¿Quién me matará?

Camino hacia esa casa verde del 234, cuando estoy desorientado. Trato de buscar entre sus habitaciones tranquilidad, sosiego, paz. Cualquiera diría que esta ciudad fantasma posee paz, pero la paz que yo busco no está acá, sino muy lejos, fuera de estas casas y calles aparentemente contaminadas. A veces me siento frente al teléfono, a esperar una señal. A veces oro (y lloro) por ella. Busco entre los vestigios de esta casa abandonada alguna respuesta, alguna mirada suya. Sólo encuentro un cuadro en que sale posando sonriente frente a la cámara, en un gesto de alegría del momento. Como si algo la hubiera alegrado. Mirando con sutileza el centro del foco. A veces pienso que yo le tomé esa foto.

Estoy dentro del hospital, “mi departamento” (Debo decir que aunque está maltrecho, tiene una vista espectacular de la ciudad abandonada desde el cuarto piso.) Mi cama es una camilla del pabellón de enfermos terminales. Uso la sala de cirugía como bodega. Hasta hace unas semanas, usaba una ambulancia para moverme entre la ciudad, buscando alimentos. Luego los almacenaba en la sala de rayos X. Hasta que se acabó el combustible de la Ambulancia. Y ahora me muevo a pie. Todo es más difícil.

A veces camino hacia la periferia, hacia los sectores residenciales. Es desolador. Caballos comiéndose el pasto de las plazas, Perros y gatos muertos en medio de la calle. Parece un escenario de guerra animal: Perros y gatos contra caballos. Las palomas y gorriones dejando su marca fecal en las calles. Voy al Cristo del Maipo. Miro desde las alturas, lo único que se mueve son las aguas del mar y el río. Pienso que así debió sentirse Jesús. Pienso que estoy viviendo mi propio Getsemaní.

Camino por Baquedano. Esta nublado. Bajo por esta calle, amplia, silenciosa, muy distinta de cómo la conocí. Se ve el mar. Se siente el canto de las gaviotas a lo lejos. Llego a la esquina con Av. Chile, se siente al aire del río llegando desde el sur. Camino por Av. Chile, recordando la última vez que pasé por ahí. Era el 2005, más exactamente, Diciembre de ese año. Me fui a casa sin pena ni gloria. Les dije adiós a los que llamé compañeros por última vez. No los vería más. No vería más a Felipe, Lalo, Francisca, y otros que no me acuerdo el nombre (De hecho si me acuerdo, pero nombrarlos a todos es una trabajo tedioso.). Ése día lloré sin lágrimas, que es peor que llorar con lágrimas. ¿Por qué? Porque las lagrimas se acaban, y son menos que un mar.

Estoy en la Plaza de Llolleo. Solo (evidente.). Veo frente a mí (A unos 100 metros), un puma. ¿Qué hace un puma aquí? Su mirada choca con la mía. No reaccionamos. Está comiendo una paloma. Saco un trozo de papa cruda, y empiezo a devorarlo frente a él. No hace nada. Tal vez porque lo que estoy comiendo es asqueroso para él, y viceversa, pero en el fondo sabemos, que hemos perdido nuestra esencia. Él sabe que me he vuelto salvaje. Sé que se ha rebajado a comer palomas. El puma se retira, cauteloso, por Del Canelo. Me voy corriendo al hospital-casa. He sobrevivido.

Es de noche, está claro y hay una luna llena que llena de luz todos los espacios. Leo unos versos de Huidobro que saqué de la biblioteca a medio venirse abajo. Uso unas velas. Como papa cocida. Todo está en su respectiva calma nocturna. De pronto, suena un ruido que no había escuchado en meses, o años. Algo como un teléfono. ¡El teléfono de la casa verde del 234! Corro apresuradamente, no veo las escaleras, caigo, tropiezo, me lastimo, pero sigo escaleras abajo. Salgo del hospital rumbo a esa casa. La luz de luna hace que vea mi camino, como si supiese quien llama o la importancia de esto. Entro a la casa verde. Veo el número de quien llama. ¡Es ella! Contesto:
- Aló? – digo con voz temblorosa.
- ¿José? – dice la voz.
- Sí, soy yo.
- ¿Estas bien?
- Ahora que llamaste, mejor que nunca.
- Qué bueno. Tengo que colgar. Adiós, José.
- Adiós, Paz.
Me volvió esa tranquilidad, ese sosiego, esa paz que me faltaba. Por un momento, olvide mi condena, mi ostracismo, mi muerte acechante, y sentí que esta ciudad estaba llena de gente, que cobraba vida, que estaba rodeado de personas, que conversaba amenamente con ellos, que era uno más, que estaba con ella. Por un momento, sentí que era feliz de nuevo.

Que la luna sea testigo de mi felicidad efímera…


novela

IV

Ya ha pasado un poco más de un año desde que ellas (o ellos, o quien sea) me condenó a este ostracismo moderno en esta ciudad abandonada. Con “ella” no he hablado en meses. Me miro en los pocos espejos del hospital. Estoy demacrado, tengo el pelo y la barba muy larga. Me parezco a esas imágenes de Jesús, diciendo “Yo soy el camino”. Miro por la ventana de mi “Dormitorio” hacia el mar. Se ve limpio, pulcro. Inmortal. ¿Seré yo inmortal? ¿Será esto una pesadilla?

Bajo las escaleras del hospital-casa. Todo está en su respectivo orden-desorden. Entro a la sala de Rayos X. miro las bolsas de arroz apiladas sobre una camilla. Miro los tarros de conservas. Aún no vencen. Podría darme un festín de duraznos, piñas, pescado, mariscos, verduras y champiñones en conservas. Mejor no. Saco una bolsa de arroz, y una lata de algo que se salió la etiqueta y que estaba junto con el atún en aceite. Salgo al patio.

Afuera el tiempo se detuvo. O avanzó muy rápido hasta un punto que dijo “Tape GONE”. Estoy en el patio de las ambulancias. No es muy cómodo. Mejor subo a la entrada regular. Hay mejor visión. Subo. Camino lánguidamente por las escaleras de calle Carmen Guerrero (Iría por dentro del hospital, pero es una pérdida de tiempo.) con la mente en blanco. Me miro frente a un ventanal. Estoy flaco, barbudo, no tengo gesto en la cara. Llevo la bolsa de arroz, la lata incógnita y una Marmicoc que me robé de una tienda. ¿Qué importa ahora? ¿Acaso los dueños de la tienda vendrán a arrestarme? Pues les digo algo: ¡Seré ejecutado en nueve años!

Prendo la fogata. Apilo leños sobre el fuego. Pongo la Marmicoc en el fuego. Echo el arroz (dentro de la Marmicoc). Abro la lata incógnita. Eran mariscos en conservas. ¿Mariscos? Tengo la lata vacía, ya me lo comí todo. Antes me hubieran dado náuseas. Espero que el arroz se cocine lentamente. Miro hacia mí alrededor. Veo los cerros lejanos, el hospital que me tapa la vista del mar, el cielo medio nublado, las casas cercanas, esa casa verde. Tan cerca y tan lejos…

El arroz está listo. Saco la olla del fuego. Busco otra lata en Rayos X. Ahora es una de caballa en aceite, de paso busco una cuchara. Vuelvo a la entrada. Ahí esta la olla. Miro hacia un costado. Hay un puma. El mismo que vi en la Plaza de Llolleo. Está flaco, débil, triste. Me siento, presto a comer. El puma se acerca, con miedo. Abro la lata de caballa. Se sigue acercando. Pienso. Tomo la tapa de la olla, vierto el contenido de la lata. Pongo la tapa en el piso. El puma se acerca a la tapa. Come de ella. Veo en su mirada un gesto de agradecimiento. Se acerca a mí. Lo acaricio. Se aleja contento. Tal vez hoy hice un amigo.
Es temprano en la mañana. Salgo a caminar en la penumbra del amanecer. Bajo por Blanco Encalada. Miro el mar de la mañana. Esta quieto. Sigo bajando por esas calles por donde pasaba años atrás pensando pelotudeces, conversando de la nada y del todo. Llego a Centenario. Miro las tiendas cerradas, los edificios abandonados, las calles sucias. Me da pena. Sigo caminando por Centenario. Miro la tienda donde trabajé, donde alguna vez conocí a alguien. Sigo caminando. Veo las galerías cerradas, y el ventanal que quebré para entrar al mercado y sacar comida. Miro a mi derecha. Hay una iglesia. Entro.

Miro los asientos empolvados, la luz tenue reflejada en unos vitrales amarillentos. Miro al sujeto de la cruz. Su gesto de agonía se expande hacia el infinito intervenido por el polvo. Me siento en la penúltima fila. Miro al sujeto de la cruz.

- Tú, sí, tú. Dime, ¿Alguna vez pensaste en mandar todo al carajo?
No hay respuesta.
- Dime, ¿Alguna vez sufriste por alguien?
No hay respuesta.
- Dime, ¿Estoy loco de verdad?

Empieza a temblar. Sigue temblando. Empiezo a reír. Salgo de la iglesia riendo. Sigue temblando. Me recuesto en las calle, riéndome a carcajadas. Los postes tiemblan, se agitan los cables y el ruido de la tierra es ensordecedor. No puedo parar de reír. Algunas paredes se vienen abajo. Río a carcajadas. No para de temblar. Me imagino qué pasaría si hubiera gente en esta ciudad, me imagino el terror que cundiría. Me imagino la cara de pánico de Paz. Me la imagino horrorizada, corriendo y gritando de un lado a otro. Me la imagino aterrada en un departamento de la capital, presa del miedo. Ya terminó de temblar. No he parado de reír.

Ya es mediodía, y una inmensa nube de polvo cubrió la ciudad. Estoy en el hospital-casa. Miro hacia los alrededores. Suena el teléfono de la casa verde. Bajo al primer piso, salgo del hospital. Todo esta agrietado. Llego a la casa verde. Entro y contesto:

- ¿Aló?
- José, tengo miedo. – Dice la voz horrorizada.
- Lo suponía.
Empieza a temblar de nuevo. La llamada se corta.


mi

V

Terminó de llover. Miro por la ventana hacia el mar. Me siento solo, triste. Abandonado (Para que suene cliché). Hace meses que no he hablado con ella, años, quizás. Lo último que me dijo fue que tenía miedo. De ese entonces no he sabido nada.
¿Tendrá miedo todavía?

Ya no sé que día es. Han pasado alrededor de 40 lunas llenas luminosas, que es como un poco más de tres años. (Debo decir que fue útil en algo ver la película del Secreto de la Laguna Azul). Bajo por las escaleras a la sala de rayos X. Miro los anaqueles, las camillas, las bolsas de arroz y las latas cubiertas por el polvo. Apenas las distingo. Salgo de ahí. Camino medio desconcertado por los pasillos. Salgo del hospital-casa. Miro hacia el cielo. Está gris.

Camino por Luis Reuss, rumbo a no sé donde (No tengo un rumbo fijo últimamente). Miro las paredes que no se han caído al piso. Hay una pancarta religiosa pegada a una muralla que dice: “El mundo pide Paz.” Yo la pido también. Pero no está aquí. Está en algún lugar de la capital, muerta de miedo. Supongo.

Llego a barros Luco. Grito, pero no puedo. Trato de gritar más fuerte. No puedo. Miro el pasto largo de la calzada central de esta avenida desierta, veo las gaviotas y palomas mirando desde los techos de los edificios a medio agrietarse, a medio sucumbir. No sé por qué, pero empiezo a desvestirme. Empiezo a correr desnudo por Barros Luco. Grito. Ahora se siente mi eco. Lloro, río, veo mi flaqueza, mi pobreza y mi desnudez en los ventanales. Cada paso que doy me hace sentir menos humano, más libre. Libre como un pájaro. Tengo frio.

Llego a Centenario. Tengo frío. Me tiemblan las manos. Golpeo una puerta, trato de abrirla. Busco un fierro para forzarla. La logro abrir. Resulta ser una tienda de telas. Veo una tela azul, la tomo, junto con un frasco con agujas e hilos. Me cubro con otro trozo de tela. Salgo de ahí, y vuelvo al dormitorio-casa-hospital. Hace un frío infernal.

Aquí, en el hospital-casa, hice de esa tela una túnica. Ahora parezco un loco de verdad, o uno de esos monjes budistas de esas montañas de algún lugar de Asia donde creen que la gente normal está loca. Tal vez sí estoy loco.

Voy a la periferia, a mi casa. Esa casa roja, chica, donde vivía como un mortal más antes de la explosión, antes que ocurriera todo esto. Es estremecedor. Entro al patio. Todo está en su respectivo orden-desorden. Todo intacto, o agitado. Fuerzo la puerta de la cocina. Entro.

En el interior, todo está desparramado. Los vidrios clisados, la loza repartida por el piso, los muebles fuera de su lugar. Mi computadora en su lugar (Increíble! No se movió!). Me siento en un sillón empolvado. Miro el reloj. Lo único (Aparte de mi PC) que se quedó en su lugar. Digo:
- Mamá, Papá… ¡Voy a morir!
Lloro amargamente. Salgo de mi casa, triste, desconsolado. Tal vez porque no fui una buen hijo para mis padres, o porque ellos tendrán que cargar con la pérdida de un hijo. O porque no me pude despedir de ellos. Voy al hospital-casa. No hay nadie en esta ciudad del demonio.

Está por oscurecer, y llego al hospital-casa. En la puerta me espera el puma, con un gesto de “¿Qué comeremos hoy?” Entramos a la sala de Rayos X. Saco una bolsa de arroz y unas cuantas latas de vaya a saber qué (Tienen su etiqueta, pero no les puse atención). Salgo al patio. Recojo unos leños. Preparo la fogata. Empiezo a preparar el arroz. Abro una lata: palmitos. El puma observa la lata.
- ¡No te van a gustar! – le digo.
El puma me mira con cara de “Ya he comido palomas y otros bichos raros”. Tiene razón. Saco un palmito, se lo doy. Se lo come. Termino dándole la lata entera. Abro otra. Es de atún en agua. La abro y como, mientras miro el cielo. Empiezan a encender lánguidamente algunas estrellas. No hay luna. Empieza a hervir el arroz. Saco un poco de la olla, y lo pongo sobre la tapa. Vierto lo que queda en la lata de atún sobre la tapa junto con el arroz. El puma me mira. Vierto lo que tenia en la tapa obre el piso. El puma se acerca y come afanadamente. Abro otra lata. Frutillas en almíbar. ¿Qué más da? ¡No he comido cosas dulces en meses! Me devoro el contenido de esa lata gloriosa. El puma me mira, apuntando al poco de arroz que queda en el piso.
- Come tranquilo, muchacho – le digo, mientras miro el cielo.

De repente, suena el teléfono de la casa verde. Voy. El puma se queda comiendo junto al fuego. Llego a la casa verde, entro. Contesto:
- ¿José?
- Con él, aparentemente.
- Tengo una pregunta.
- Dime.
- ¿Por qué eres distinto conmigo?
- ¿Por qué lo preguntas?
- Es difícil de explicar. Por favor responde.
- Porque eres la única persona con la que he hablado en estos tres años y fracción.
- Ah – dice la voz, con cierto dejo de desconcierto. – Tengo otra pregunta.
- Dime.
- ¿Me quieres?
(Esa pregunta me caló hondo.)
- …Hasta más allá de la muerte. – Respondo. – Te noto inquieta, ¿Qué pasa?
- ehhhh, nada.
Siento unos sollozos y luego la llamada se corta. Salgo de la casa verde en éxtasis, o alguna sensación similar o totalmente opuesta, no lo sé, es difícil de explicar. Llego a la casa-hospital. Veo al puma durmiendo junto al fuego. Subo a mi dormitorio, miro el mar a oscuras. Pienso. ¿Por qué me preguntaría eso? ¿Qué le estará pasando? ¿Estará sufriendo?

Esta noche no dormiré tranquilo…


MIREN

VI

Miro hacia el horizonte. Aún no le hallo el límite donde termina el cielo y termina el mar. El cielo esta nublado, como lo ha estado para mí estos últimos cinco años en esta ciudad fantasma. Aunque debo reconocer que en escasas oportunidades he tenido momentos de lucidez, tranquilidad y efímera felicidad. Paz. Eso lo sintetizaría todo.

Voy por Barros Luco. El pasto largo, fecas de gaviota pudriéndose en el piso, el aire desértico que te seca hasta el alma. Esto último puede cuestionarse, pero es incuestionable decir que este lugar se congeló en el tiempo. Miro por la calzada central. Todo está quieto. Muy quieto. Veo una tienda. No había entrado ahí antes. Como siempre, fuerzo la cortina metálica. Entro. No hay nada importante: artículos de bazar, lápices, juguetes y esas chucherías. Veo entre las cosas una radio vieja. La miro. Me es muy familiar. La tomo. Busco unas pilas entre las cajas desparramadas. Encontré una caja llena de ellas. Salgo del bazar con la radio y las pilas. Miro hacia el cielo. Pequeños agujeros entre las nubes dejan ver el cielo…

Llego al hospital-casa, medio desorientado. No he comido como corresponde en meses, años, ya no lo sé. El puma está en la puerta con algo en la boca. Es un conejo. Se le ve victorioso. Se le nota en los gestos “Humanos”. Lo miro a lo lejos. Me acerco a el, mostrándole la caja con las chucherías. El puma deja el conejo en el piso. Se aleja un poco. Me acerco al conejo. Miro al puma de nuevo.
- Ya sé que quieres. Pero hay que desaguarlo primero. – Le digo al puma.
Entramos al hospital-casa. Llevo el conejo en la mano. Busco un bisturí. Procedo a desollarlo de forma semi-quirúrgica, semi-ritual, como si fuese un sacrificio de parte del conejo. De hecho lo es. Este conejo pudo haber tenido mejor vida. Lo termino de desollar. Lo lavo con la poca agua que logro sacar de una noria. Voy a Rayos X. traigo una bolsa de sal (Pensé en su momento, hace 5 años y fracción, que sería inútil llevar sal) le echo sal. Busco la Marmicoc. Echo al conejo desollado. Salgo al patio. El puma mira impaciente.

He pensado en ella cada momento, involuntariamente. Desde ese día que la llamé y sólo le dije que la quería. ¿Qué se le habrá pasado por la cabeza cuando le dije eso? ¿Habrá pensado que estoy loco? ¿Habrá pensado que yo era una especie de ermitaño sicópata que dio con su número por casualidad? ¿Por qué lloraba cuando la llamé por última vez? ¿Qué le habrá pasado? Muchas preguntas. Aún recuerdo la primera vez que la vi, por accidente. En serio, era un accidente. Era el verano de 2009, y con un amigo apodado el Camello íbamos hacia Centenario, cuando decidimos caminar por la sombra. Hacía un calor infernal. De repente, la vi. Estaba de pie bajo el alero de una puerta, capeando el sol con un vaso de vaya a saber qué era (Jugo, supongo). Me perdí en su mirada refugiada tras esos prismáticos y esa sonrisa de desconocida cuando la miran de improviso. Fue un momento de éxtasis. Camello interrumpe:
- Mira para acá, huevón – Me dice indignado – Como te dije, llega Snake y le pone un tiro en la cabeza.
- ¿Viste, Camello? ¿Linda, no? – Le digo a Camello.
- Mira, pelotudo – Me dice Camello con una cara de “No jodas” – Nunca vas a conocer y/o salir con ella, aunque fueses el último sobre la faz de la tierra y tu vida dependiera de ello.
Guardo un silencio. Miro hacia atrás. Sigue junto a la puerta. Sonríe. Su sonrisa es hermosa, casi hipnótica. Cruzo la calle, pensando “Qué linda es ella. Bueno, Tal vez Camello tiene razón y no la vea más”.

Camello estaba equivocado.

La vería de nuevo. Dos años más tarde. Era mi segundo día de trabajo como empacador de tienda, y se apareció frente a mí, (Ella trabajaba como vendedora) diciendo:
- Estoy Cansada. ¿Cuéntame un chiste?
La reconocí por su mirada tras los prismáticos, su sonrisa, sus ojos. “La he visto en alguna parte, me es muy familiar!” Pensaba. Me fui ese día pensando en ella. El día de la explosión, no la vi. Tuve miedo. Fue demasiada carga para mí. No había hablado con ella en varias semanas. Estuve triste, preocupado por ella. Quería saber cómo estaba, si necesitaba algo, si estaba bien. Hasta que me apresaron. Fue una tragedia.

Estoy en el patio del hospital-casa. La fogata está ardiendo, el conejo en agua con sal dentro de la Marmicoc. Pongo la olla en la fogata. Miro al puma. Se ve más tranquilo. Ya se nota que es plena tarde. El aire es distinto al de la mañana o del mediodía. Empieza e cocerse el conejo. Miro hacia un costado de la puerta. Está la caja con la radio. Lo había olvidado. Voy hacia la caja. Saco la radio y unas pilas. Pongo las pilas dentro de la radio. Enciendo la radio lentamente, como si estuviera manipulando un arma de fuego. Suena entre la distorsión “No puedo quitar mis ojos de ti” de Ángel Parra Trío. El aire cambia. Se nota como si hubiera más gente en esta ciudad. Como si no estuviera solo, o como si el conejo empezara a hervir.
- Por poco perdemos la comida de la noche. Sí, puma: de la noche. Hay que dejarlo enfriar. – Le digo al puma.
Apago la radio. Voy a la Sala de Rayos X. Dejo el Conejo en la olla. Sao unas latas de duraznos y pescado. Le doy el pescado al puma. Lo come con tranquilidad. Yo apenas pruebo los duraznos. Se los termino dando al puma. Tomo la radio, salgo del patio del hospital. Voy a la casa verde.

Llego a la casa verde. Entro, como siempre. Todo en su lugar. Dejo la radio sobre un mueble. Veo el cuadro de ella mirando al centro del foco. Apenas se ve, cubierto por el polvo. Lo limpio. Empiezo a ver cada rincón como si fuera nuevo, como si recién me hubieran condenado y acababa de llegar a esta ciudad. De nuevo. Ordeno los muebles, como si algo fuese a pasar, como si alguien llegara esta noche. Todo está ordenado. Relativamente limpio. Salgo de la casa verde. Voy por la calle. Olvidé la radio: Da igual, que se quede ahí. Nadie la robará.

Estoy en el hospital-casa, dándome un festín de reyes con el Puma. Se le notaba hambriento. Le doy una pierna de conejo, también saco una pierna. Comemos junto al fuego. El puma se nota más contento: está recuperando su esencia, lo que lo hacia salvaje.
Yo estoy contento, dentro de lo que se puede estar, sabiendo que en 5 años más me ejecutarán. Miro hacia el cielo. Hay luna llena luminosa, la numero 60. Cumplo hoy la mitad de mi condena. Luego, el tierno y doloroso abrazo de la cripta: Es decir, la muerte.

Terminamos de comer el conejo. El puma se ve hastiado de tanta carne en tanto tiempo. Yo miro la cara de “No quiero comer más” del puma.
- Ya no hay nada. Tranquilo.
Me recuesto en el piso. Suena el teléfono de la casa verde. Voy a su encuentro. Salgo del patio del hospital-casa. Llego a la casa verde. Entro. Busco el teléfono. Contesto.
- ¿José?
- ¿Si?
- Quería decirte que te quiero.
- ¿Eso?
- Eso.
Miro la radio por medio del reflejo del cuadro. A través del teléfono suena una canción de fondo: “Cuando te Beso” de Juan Luis Guerra. Enciendo la radio. Busco la emisora. Doy con ella.
- ¿Me permitiría esta pieza? – Le pregunto.
- eh… Sí.
La luz de la luna entra por las ventanas, iluminando todo. Todo está bajo un espectro blanco. Empiezo a moverme por el espacio que me deja el cable del teléfono. Por un momento siento que estoy allá, en la capital, con ella. Que está junto a mí, bajo la luz de la luna testigo de penas y alegrías. Siento que el tiempo se detiene, que cada paso que doy es copiado por ella desde allá. Es el éxtasis absoluto. Termina la canción. Decimos al unísono:
- Daría lo que fuera por estar allá.
- Está bien? – le pregunto.
- Ahora, mejor que nunca.
- ¿Por que lloraba la última vez que me llamo? – le pregunto.
- ¿Lo van a ejecutar?
- En cinco años más. – (Empiezan a sentirse unos sollozos) - Tranquila, usted está bien, y eso es lo importante.
- ¿Cuándo volveré a verte?
- No lo sé… esperemos que pronto.
- ¿Me quieres?
- Desde que te vi.
- Debo colgar.
- Adiós, Paz.
- Adiós, José.

Cuelga. Salgo de la casa verde en shock-éxtasis o todas las emociones juntas. Llego a la casa-hospital. La fogata se apagó y el puma duerme. Subo a mi dormitorio. Miro al mar. Puedo distinguir esa línea que separa al cielo del mar. Cambio de ventana. Miro a la luna.
- Me gustaría que esta noche no terminara nunca…


Miren mi muerte! (Completo)

VII

Han pasado cerca de 15 lunas (como un año y tres meses, aproximadamente) desde que hablé con ella por ultima vez. Desde esa noche, al aire de la ciudad ha cambiado, o yo cambié. No lo sé. Tal vez esta ciudad deje de oler a desierto y excremento seco, y al fin empiece a oler como quería: que esta ciudad huela a Paz.

Estoy tirado en medio de la Plaza Estrella. Es temprano en la mañana. ¿Qué hago aquí? Me duele la cabeza. La boca me sabe a madera. Miro a mí alrededor. El cielo medio azul, medio anaranjado. El ruido del mar, a lo lejos. Yo tirado en medio de una plaza. Anoche tuve un sueño raro. Bastante raro. Más bien una pesadilla. Soñaba que estaba en un pasillo largo, que en las paredes, había un coro inmenso cantando a todo pulmón:
- Jesucristo, Jesucristo, ¿De qué ha servido su sacrificio? (Mientras me apuntan con el dedo)
Caminaba por este pasillo de forma errática. Me tambaleaba de un lado a otro. Mientras más me acercaba al aparente final del pasillo (En lo oscuro), el coro cantaba más fuerte. Y más, y más, y más. Hasta que de un momento a otro el coro se calla, se prende una luz, que apunta hacia una silla; Detrás de esa silla, el cuadro de Paz (A media luz) mirando al centro.
- José, debes cumplir con tu destino – Grita una voz.
- ¿Pero porqué? – pregunto.
- Porque es tu destino.
- ¿No puedo hacer nada para evitarlo?
- Solo hazlo. Hazlo por ti, Hazlo por ella.
De pronto, una fuerza me tira hacia la silla, me siento en ella, de la nada salen dos personas, me encadenan a la silla, me ponen unos cables en los brazos y una esponja en la boca. Frente a mí, aparecen las personas que conocí durante mi vida, atentas a lo que pudiera pasar. A un costado estaba ella, mirando tras sus prismáticos. Alguien la toma hacia un costado, la apuntan con un revólver en la cabeza. Me pongo tenso. Grito:
- No le hagan nada!! Paz!! Paz!!
Suena un tiro. Despierto en medio de la plaza, húmedo, llorando.

Camino por Echaurren, mirando las casas abandonadas. Me veo en las ventanas: estoy más flaco que antes. Me siento medio enfermo. El ruido del mar de fondo da la impresión que acabo de naufragar en esta ciudad. Que acabo de naufragar, hace 6 años y medio. Llego a calle Providencia. Miro las palmeras, el pasto largo, el aire enrarecido de la mañana. Tal vez deba caminar por algún lado y reencontrarme conmigo mismo. Y olvidarme de esa pesadilla.

Subo por calle Ignacio Molina. Plaza Estrella ya está muy lejos. Sigo subiendo por esta calle muy empinada. El sol de la mañana empieza a hacer estragos sobre mí. Empiezo a sudar (Hace años que no sudaba de esa forma). Llego al final de la calle. Al fin. Miro hacia el mar, el río desembocando en la playa, la ciudad en su quietud máxima. Camino por una calle desconocida, rumbo a vaya a saber donde. Hace mucho calor.

Me refugio en una casa abandonada. Como siempre, tuve que forzar la puerta. Entro. Hay un par de muebles desvencijados. Entro a uno de los cuartos. Hay una cama, y un armario enorme. Una caja sobresale de la parte superior del armario. Tomo esa caja. Dentro de la caja hay uno cuadernos viejos, y unas agendas. Tomo el cuaderno más viejo. Dice en la tapa: “Diario de Emita: 1999-2001”. Empiezo a leer (La letra es pésima):

“13 de abril de 1999: Hoy conocí a un compañero súper tímido, pero muy amable y tierno. Dice llamarse José…”
Me empieza a saltar la duda… avanzo otras páginas:
“14 de Septiembre de 1999: Me tocó bailar cueca con José. Es medio tieso para el baile, pero lo pasé bien con él…”
- Aquí hay algo conocido… - digo. Avanzo más paginas:
“6 de Marzo del 2000: Hoy entré a clases y no vi a José. Estoy muy triste…”
“24 de Mayo del 2000: ¿Dónde estará José?”
“16 de Octubre del 2000: Extraño a José…”
Me quedo congelado. Ese José era yo. Cierro ese cuaderno, lo guardo dentro de su caja, y dejo la caja donde estaba. Salgo de ahí corriendo, arrancando de mi pasado. No alcanzo a salir de esa caja, cuando un ruido se siente a lo lejos: un punto blanco se mueve en el cielo, muy cerca de la tierra. ¡Un Avión! Quisiera correr a su encuentro, hacerla alguna señal, pero hay algo que no me deja, algo que me controla, y que me ata a esta ciudad abandonada. El avión se aleja. Lloro.

Estoy en el Hospital-casa. Empieza a atardecer. Miro toda la ciudad desde mi dormitorio. Pienso: ¿Será cierto lo que estaba escrito en ese diario? ¿Será una jugada de mi mente? ¿Me estaré volviendo loco? No lo sé. Bajo a comer. Hago la misma rutina desde hace 6 años y medio: voy a Rayos X, Saco el arroz, unas latas, y parto rumbo al patio. Afuera, preparo el fuego, el arroz, y le doy el contenido de alguna lata al puma. Espero que el arroz esté listo. Como un poco, y el resto se lo doy al puma. El puma se ve más fuerte que yo. Tal vez el no está condenado a muerte. Termino de comer, y me recuesto en el piso, a esperar que haga frío, o que suene el teléfono de la casa verde. Tal vez no suene hoy. Tal vez esa pesadilla que tuve sea real, y no vuelva a hablar más con ella. O tal vez sea producto de mi imaginación, y que ella está bien. Suena el teléfono de la casa verde. Al fin. Camino tranquilamente hacia esa casa, como si nada me apresurara. Como si quien llamara no fuera nadie importante… llego a la casa verde. Entro. Contesto:
- ¿Aló?
- ¿Sabes quién soy, o no te acuerdas?
- Si me acuerdo, Paz. Ahora veo tu cuadro en la pared.
- ¿Qué cuadro?
- Uno en que sales sonriendo mirando a la cámara.
- Ah, ese cuadro.
- ¿Cuándo se sacó esa foto? – pregunto.
- En 2009. Unos chicos iban pasando por la calle en el verano y uno de ellos me vio tomando jugo en la puerta de mi casa. Ese chico tenía una mirada tímida, supongo. Nos miramos mutuamente. Me puse roja. Él me siguió mirando, hasta que el otro chico lo interrumpió. Luego se fue calle abajo. Yo me quedé pensando en él un momento. Luego llegó mi mamá, me preguntó porque estaba tan distraída, le conté lo sucedido, y me dijo: “Te quedó gustando ese chico”. Luego me sacó esa foto.
- Ah. – contesto, estupefacto. - ¿Y alguna vez supo quién era?
- No... No que me acuerde. ¿Eras tú, José?
- Al parecer, sí. - (Del otro lado del teléfono suenan unos sollozos) - ¿Estás bien?
- Eeeehhh…. Sí. Voy a colgar. Adiós, José.
- Adiós, Paz.
Cuelgo. Miro el cuadro colgado en la pared. Miro sus gestos, como en ese día de ese verano. Salgo de la casa verde. Llego al hospital-casa. Subo a mi dormitorio. Pienso.
- Nuestros destinos se han cruzado varias veces y no nos dimos cuenta…


Muerte

VIII

Me he dado cuenta que mis días aquí están empezando a llegar a su fin. No he dormido bien en mucho tiempo. La ciudad parece caerse a pedazos. Me veo en el espejo: estoy demacrado. He empezado a embriagarme con cuanta botella con alcohol encuentre, incluso con enjuague bucal. Aún pienso en la última vez que hablé con Paz. Fue una situación tan extraña e incomprensible. La sentí más lejana que antes. Algo le pasó.

Camino entre los vestigios de lo que alguna vez fue un hospital (Como hace un poco más de 8 años): hoy, mi casa. En la sala de Rayos X hay un saco con arroz y unas cajas con conservas de vaya a saber qué. Miro las puertas de los pasillos y los boxes: Dr. Gutiérrez, Dr. Pinoargote, Dra. Núñez. Como si ellos estuvieran del otro lado de las puertas, esperando. Daría lo que fuera por que una de esas puertas dijera “Paz” y que ella estuviera del otro lado, radiante, esperando mi encuentro, nuestro encuentro. Soñar es gratis.
Salgo al patio del hospital. El Puma no se ha aparecido en muchos días. La última vez que lo vi, traía en su boca dos conejos. Esa noche comimos como endemoniados, como si nuestras vidas terminaran esa noche. De ahí en más no he sabido nada de él. Vaya a saber qué estará haciendo. Miro los frascos de pintura desparramados en un rincón de la pared. Las brochas secas en el piso, la pared a medio pintar. Salgo del patio del hospital confundido. Necesito salir de ahí.

Camino por Centenario. Las vitrinas que no he saqueado. Un set de pintura en una vitrina. Un cuadro de un atardecer con unos pájaros. Pienso: ¿Cómo sabrá la gente que yo estuve aquí? ¿Cómo sabrá Paz que yo estuve aquí? ¿Cómo dejo mi huella? ¿Cómo le explico que la quise con el alma? Rompo un vidrio. Entro a la tienda. Saco los frascos de pintura, los pinceles. Salgo de ahí, rumbo al hospital. Es hora de dejar mi legado.

Estoy en mi dormitorio. Pinto sobre la pared. El ruido del mar a lo lejos, el sol reflejándose sobre el piso, dando un toque extraño y místico al momento. Empiezo a ver lo que aparentemente estoy pintando: soy yo, sentado en un banquillo, mirando hacia el frente. Me veo afeitado, más relleno, más cuerdo. Atrás mío (en la pintura) cuelga un cuadro, en el cuadro sale Paz, con la misma cara radiante con la que sale en el cuadro de la casa verde. Anoto una acotación sobre el cuadro. Voy hacia otra pared: empiezo a escribir mi testamento, lo que no he podido decir. Salgo de ahí. Mal.
Han pasado los días, y he escrito muchas cosas en las paredes de la ciudad: cosas simples y banales como “¿Cómo te llamas?” o tan complejas como “f(x)=a(Log x)+b” He estado mal. No he comido. A veces abro una lata y vierto el contenido sobre la calle. No me he sentido bien. Voy a la casa verde. Entro, tomo el teléfono, lo pongo sobre una mesa, me siento en un sillón, espero. Y espero, y espero, y espero, y lloro, y me siento mal, y pasa un día, y pasa otro, y sigo ahí, sentado, impaciente, y siguen pasando los días, y me muero de a poco. Hasta que me levanto, tomo el teléfono, y marco el botón que dice “celular Paz”, como hace 8 años. Suena el teléfono, contesta:
- ¿José?
-Ah, ahí estás. Eso.
Cuelgo. No sé qué decir, qué pensar, no sé qué sentir ahora. Tal vez me di cuenta que estoy ad portas de mi fin. Tal vez ni ella ni yo queremos ver mi muerte. Tal vez no queremos sufrir.

Los días, semanas y meses pasan…

Llegó el día maldito. Lo presiento.
Me levanto de mi cama, antes de amanecer. Bajo por las escaleras del hospital-casa por última vez. Presiento que es la última. Salgo del hospital. Voy al centro. A limpiar mi alma antes de lo inevitable. Camino por Blanco Encalada. El aire esta muy frío. Me empiezo a despedir de las cosas con las que he vivido estos 10 años. Esta soledad se acaba hoy, aparentemente. Llego a Centenario. Todo está congelado (Literalmente). Entro a la iglesia que entré hace años atrás. Me siento en la última fila. Miro al crucificado:

- Hola, soy yo, José. Ambos sabíamos que este día llegaría, ¿no? Nunca había sentido tanto miedo. Traté de ser una buena persona, traté de ser feliz, me enamoré, pero no sé qué hice mal y fui condenado acá. Nunca pude amar a Paz. Siempre le daba vueltas y divagaba y ella pensaba que yo estaba loco o algo así, y se alejó de mí. Y cuando se lo dije sin rodeos, ya era muy tarde. Si algo hice mal, estoy muy arrepentido. Sólo algo quiero pedirte: Quiero pedirte sólo una cosa: Quiero que Paz sea feliz. Eso. Adiós, y gracias por escucharme.

Salgo de la Iglesia. No hay nada más que hacer ahí.

Estoy en el patio de mi casa donde vivía antes de la explosión. Hago un hoyo. No sé por qué lo hago. El cielo está medio gris. Toco con la pala una pieza de madera enterrada. La saco. Es un tubo. Lo abro, hay un papel adentro. Es el papel que hace mas de 10 años me dio Miriam. Está inteligible. Los hongos no dejan leer nada. Lo limpio y guardo en un bolsillo. Salgo de ahí, rumbo a mi última parada: La casa verde.

Llego a la casa verde. Entro, como siempre. Tomo el teléfono, marco el botón “Celular Paz”. Suena. Contesta:
- ¿Aló?
- ¿Paz?
- Sí, ¿Qué desea?
- Soy yo, José. Llegó mi hora.
- ¿Qué te harán?
- Me ejecutarán.
- ¡No puede ser!
- Es mi destino, Paz. Si te hice sentir mal en algún momento, o te enojaste por mi culpa, te pido perdón.
- ¿Aún me quieres?

Suena un tiro a lo lejos. La llamada se corta. Salgo de la casa verde, rumbo al hospital. Suena a lo lejos un camión, y alguien gritando:
- ¡José, llegó tu hora!
El camión se acerca a mí. Se detiene. Dos personas se bajan, me apuntan con pistolas, me esposan y me suben al camión. Miro hacia atrás, veo esta ciudad por última vez: el Hospital-casa, la casa verde, 21 de Mayo, los edificios, el puerto, el centro. El Puma yace sobre la calle, muerto.
- ¿Qué mierda le hicieron al Puma? – Grito.
- Era una amenaza – me responde un sujeto.
- ¡Era mi amigo!
Lloro como si no hubiera llorado en siglos, como si la pena de estar encerrado en esta ciudad hubiera estallado. Miro lo que queda de esta ciudad que tiene un olor raro, pero conocido. Al fin esta ciudad huele a Paz.

Voy rumbo a mi muerte…


novela

IX

No sé qué hora es. No importa, a decir verdad. Estoy encerrado en una celda. El aire aquí es muy frío, más frío que las mañanas en San Antonio. Veo la luz del pasillo a lo lejos, meciéndose lentamente. El guardia sentado en su puesto, leyendo una revista. Yo, recostado sobre el piso, flaco, débil, sucio. Creo que éstas son mis horas finales.

Se prenden las luces del pasillo y de mi celda. Me encandilo. Entran a mi celda dos sujetos con navajas y tijeras, me levantan. Me maniatan y proceden a cortarme el pelo y la barba con total rapidez. Veo caer frente a mis ojos mi cabello, mi identidad, mi cordura. Diez años de mi vida se caen con unos tijeretazos. Terminan de rasurarme. Se retiran y vuelven a cerrar mi celda. Me levanto, y me miro en un espejo sucio por el polvo, el barro y otras cosas. Tengo los huesos y las arrugas marcadas en mi rostro. Mis ojos hundidos, mi boca seca, mí mirada perdida. No soy yo.

De lejos llega una lata cerrada. Son champiñones crudos. Golpeo la lata contra una barra de mi celda. La abro y como. A lo lejos se sienten unos pasos acercándose. Escondo la lata tras un urinal. Se abre la puerta de mi celda. Entra una mujer, y se sienta en un banquito. Yo estoy medio inclinado en el piso.
- José, ¿Te acuerdas de mí?
- Me da vergüenza decirlo, Miriam.
- Entonces te acuerdas, ¿No?
- Sí.
- ¿Te acuerdas por qué estás aquí?
- Por las mismas razones que me retuvieron hace 10 años.
- Hace 10 años, yo te sentencié a muerte. Todas decíamos que nos habíamos sacado de encima un gran peso. Pero cuando nos dijiste bajo la lluvia que te viéramos morir, muchas de nosotras comprendieron que en el fondo tú no habías hecho nada. A varias les dio remordimiento, y a los meses se suicidaron. No tuvieron el valor ni las agallas para ver morir a un inocente, para verte morir. Y quedamos unos pocos que estamos obligados a hacer cumplir ese dictamen tan fatídico. Entre ellos, yo. Y en el fondo, no quiero verte morir. Hace 10 años me dejé llevar por otras personas, y no supe pensar ni actuar de la forma correcta. Si aún tienes un poco de piedad en tu corazón, sabrás que estoy siendo muy sincera y sabrás perdonarme. Eso sería lo ideal, y no tendría que cargar con esta espina que llevo dentro.
- Mi piedad – le digo lentamente – se fue junto con mi cordura, un día que desperté en San Antonio y me di cuenta que ése era mi destino.

El rostro de Miriam cambia totalmente. Se levanta y grita a viva voz:
- ¡Guardias! Preparen al prisionero para su ejecución. – me mira con un gesto de desprecio – y tú, espero que tengas algo por qué morir….
- Muero por Paz – Digo.
- La locura lo volvió disléxico – dice, alejándose.

Camino hacia el pasillo rumbo a la sala de ejecución. Son mis últimos pasos, tal vez. La gente grita, lanza cosas, me escupe. Me desprecian mucho, o es la efervescencia del lugar. Entro a la sala. Es de un color muy pálido. En un costado, una ventana. Me acerco a la ventana. Miro a través de ella. Hay gente esperando. Al fondo, una mujer de lentes llora desconsoladamente. Poso mis manos sobre la ventana. Ella se acerca. Reconozco esa mirada, como si la hubiera visto. Es Paz. Diez años sin verla. No sé qué decir:
- ¿José? – Dice ella.
- Ve a San Antonio…. – balbuceo, o eso traté de decir.

Una fuerza me tira hacia atrás, sobre una silla, me amarran a la silla, me descubren un brazo, y me clavan una aguja que va a un catéter. Hay un líquido oscuro en el catéter. Miro al público. Sus gestos de inquietud, de tensión, estrés. Miro a Paz. Le esbozo una sonrisa.
Abren el catéter.
Miro a Paz por última vez: da gusto saber que está bien. Sonrío y cae una lágrima por mi rostro.
Se me adormece el cuerpo, la boca me sabe a cobre, se me apagan las luces.
Esto se acabó. Es mi fin.



Cuando ejecutaron a José, hace una semana, me pidió que viniera a San Antonio, Donde antes ambos vivíamos como dos personas normales. Yo estaba muy triste, y pensé no hacerlo, pero me armé de valor y vine. Y aquí estoy,
Camino por Pedro Montt, una de esas calles del centro, y veo en una pared una pintura de un sujeto que pregunta: “¿Cuál es tu nombre?” Lo miro. Pienso. Una voz sale desde mí gritando con fuerza:
- ¡Yo me llamo Paz!

José era muy distinto a las demás personas. Muy distinto. Era muy tímido. Aún recuerdo haberlo visto por primera vez en el trabajo. Me acerqué y le dije “Estoy aburrida, ¿Me cuentas un chiste?” quedó perplejo. Yo me fui ese día a mi casa pensando “Lo he visto antes… no sé donde”

…Camino por la que en su momento fue la calle 21de Mayo…

Ahora que recuerdo, lo vi una vez antes, en un verano. Yo estaba en el patio de mi casa tomando jugo, cuando dos chicos pasan frente a mí. Uno de ellos, el más alto, me mira. Yo sonrío. Me siguió mirando. Se alejó por la esquina, sin despegar un ojo de mí. Yo tampoco. Fue uno de esos momentos de felicidad espontánea. Fue lindo.

Llego a la que fue una vez, mi casa. Verde. Entro. Me encuentro con que el living esta en perfecto orden, como si el tiempo no hubiera pasado aquí. Miro el cuadro en la pared. Soy yo, sonriéndole a la cámara. Todo está en su lugar. Salgo de ahí.

Paso por fuera del hospital. Miro el piso de la entrada. Hay cenizas y una olla tirada. Entro al hospital. Todo está desparramado. Aquí sí pasó el tiempo. Y fuerte. Subo las escaleras. El polvo se ha acumulado aquí. Llego hasta el último piso. Muebles destruidos, cajas en el piso. Entro a una habitación, dice “Enfermos crónicos / José“. Entro. Veo la pared principal… sale José. Pintado en la pared. Como lo vi siempre. Esta apuntando hacia otra pared. Sobre el… una réplica del cuadro que está en mi casa, a un costado dice: “Me diste la fuerza para vivir”. Leo lo que está en la pared:

“Hola, Paz. Si estás leyendo esto, yo ya no estoy aquí. Habré cumplido con lo que otros han dictado. Habré muerto. No siento rencor ni odio por nadie, no es necesario. Tampoco quiero que estés triste, ni que te tomes a mal esta situación. Quiero que sepas que no me gusta verte triste o que estés mal por mi culpa, por la culpa de cualquiera. Gracias a ti he logrado vivir en esta ciudad sin volverme loco. Quiero que sepas que lo único que quiero es que seas feliz. Tal vez el tiempo me dé la razón y encuentres la felicidad, entonces yo estaré muy contento. Nuestros destinos se cruzaron dos veces y nos marcaron de por vida, tal vez se cruzaran una vez más.
Se despide, con mucho cariño, José.
PD: Adiós, Paz. Hasta siempre.”

Una lágrima cae por mi rostro. El aire del mar entra por la ventana, miro el mar. Digo:
- Adiós, José. Hasta siempre.


mi
MIREN

Comentarios Destacados

Wanfluro +12
Lei todo ..... Nee que va
ezzekiiz +12
no lo lei lo copie en el tex aloud

31 comentarios - Miren mi muerte! (Completo)

Wanfluro +12
Lei todo ..... Nee que va
S0YPI0LA -2
se puede postear esto asi?
1toro -2
me da flojera leeeeeeeerrrr
mcslash1 +2
creo que es buena pero al tercer párrafo me dio pereza leer mas.
ezzekiiz +12
no lo lei lo copie en el tex aloud
Daredevil1
Apropiado dijo:
Daredevil1 dijo:sos un tarado encima que te comento bien me eliminas el comentario


NO quiero que empiecen a armar bardo, por eso decidi eliminar el comentario, para que no haya bronca, entiendes?

ok, igual esta buena la novela, te doy 10
sakatraka
No me gusto pero van +5 por ser original
Gesu -1
paja leer
medel98
te doy puntos porqe te tomaste el trabajo de escribir todo y ya no se ven posts asi... +10
Marathon_Infinity
me gustaron las barras separadoras como en el OS 7, me trajo recuerdos
hackdefacebook
Yo estoy haciando una novelo de fantasia que se llama Marco Dam : Cazador de dragones,me querrias ayudar a completarla por que tenes bastante imaginacion veo...... Te sigo
Subby11
Muy buena,me leí todo y eso que soy alguien que no lee nunca no deje de leer porque me intereso.
Esta mejor que otros libros que he leído por ahí,te doy +10.

Y otra cosa,porque lo condenaron? Fue lo único que no supe.
territoriojoven10
Lo lei todo, es buenisima la trama, podrias tratar de hacer un libro, me gusto mucho, fue una buena historia.
neyenn +3
Una obra maestra, conmueve, y, si lo lees escuchando frusciante, puede hacerte llorar en varias partes
Felicitaciones, esto esta entre las mejores lecturas que disfrute.
JLG97
Copante.
Te caben mis 10 de hoy,
spereyra93
despues lo leo, recomendado +5