mi amigo imaginario

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Entre los tres y los siete años, vivimos una etapa que en psicología se conoce como “fase mágica”, en la que realidad e imaginación se dan la mano y se presentan como inseparables.
Posteriormente, nuestro cerebro experimenta una transformación física tan radical que nuestro modo de experimentar la vida cambia de manera definitiva.

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Estos cambios tienen que ver con una muerte masiva de neuronas y de conexiones sinápticas, al tiempo que se refuerzan los lazos entre el hipocampo y el resto de la corteza, gracias a los cuales podemos recordar.
Es por ello que nos cuesta tanto traer a la memoria acontecimientos anteriores a estas edades.

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El doctor Julian Jaynes, de la universidad de Princeton, propuso en los años setenta una hipótesis muy controvertida según la cual hace tres mil años el cerebro humano sufrió una mutación que lo hizo pasar de ser un órgano bicameral conjunto a la actual estructura compartimentada en dos hemisferios.

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Es decir, los humanos anteriores a esa época habrían experimentado el funcionamiento simultáneo de ambos hemisferios y ello explicaría la propensión arcaica a las experiencias extrasensoriales, puesto que los aspectos racionales y los intuitivos habrían participado juntos en el modo de percibir el mundo.

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Las endorfinas segregadas por la glándula pineal permiten estados de conciencia más íntimos


¿Es este fenómeno algo similar a lo que ocurre en nuestro cerebro antes de los siete años?

Según las teorías de Jean Piaget, los niños que transitan por la “fase mágica” son incapaces de diferenciar qué es real y qué no lo es, proyectando ambos mundos al exterior sin poder distinguir qué sale de su mente y qué pertenece a esa realidad exterior, aunque las investigaciones actuales se inclinan más por la idea de que sí saben establecer dicha diferencia, sólo que prefieren vivir en sus mundos imaginarios, lo cual responde a una necesidad de aprendizaje donde la imaginación sirve de entrenamiento para el desarrollo de las habilidades que habrán de servirles en la vida adulta.


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En el caso de los amigos imaginarios, resulta extraordinaria la capacidad descriptiva con que los niños retratan tales percepciones, e inquietante cuando alguna información posterior permite asociar tal percepción con un antiguo inquilino del lugar o un familiar ya fallecido.

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La ciencia suele explicar tales casos a partir de la enorme capacidad asociativa y de atención de los niños, quienes proyectan en su imaginación datos que han obtenido previamente de alguna manera.

Por supuesto, la casualidad también tiene cabida.

En otros casos sin explicación, la doctora Elisabeth Kubler-Ross, que dedicó su vida a la relación del ser humano con la muerte y una de las mayores expertas en la psicología de los procesos de duelo y aceptación del tránsito final, mantuvo siempre la existencia de guías espirituales que nos acompañan desde el nacimiento y los asociaba con tales amigos imaginarios.

En su libro On Life after Death, nos dice:

Existen pruebas de que cada ser humano, desde su nacimiento hasta su muerte, es guiado por una entidad espiritual. Todos tenemos dicha guía espiritual, creamos en ella o no. Algunos niños pequeños los conocen como ”amigos imaginarios”.

Una paciente mía, ya anciana llegó a decirme:

“Él está de nuevo aquí.
Cuando era niña, él estaba siempre conmigo,
pero me había olvidado completamente de que existía”.


Ella fallece un día después, llena de dicha sabiendo que alguien que la quiere la está esperando…

Ese “está de nuevo aquí” sería una constante en sus estudios.

De esta manera, el final de la vida supondría un retorno de la conciencia que perdimos a tan cortas edades, si bien estos guías espirituales estarían con nosotros a lo largo de toda la vida, pero los olvidaríamos tras la fase mágica y sólo un esfuerzo consciente y sereno nos permitiría retomar su contacto.

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En este sentido, cabe mencionar la relación entre tales guías y los llamados “animales de poder“, propios de las tradiciones indígenas y también presentes entre los amigos imaginarios, bien como tales o bien como acompañantes, y cuyo simbolismo se asocia con las diferentes energías que cada cual necesita para continuar con su camino espiritual y evolutivo.

Las personas que son conscientes de haber tenido un amigo imaginario no abundan, precisamente por esa falta de capacidad para recordar fases tan tempranas de nuestra existencia.

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Así que:

¿imaginación o percepción?

¿creación de mundos o acceso a realidades olvidadas?

La respuesta, como siempre, en el interior de cada uno.

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