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Lo que aprendí con el pesebre

Lo que aprendí con el pesebre

Lo que aprendí con el pesebre


Una defensa impensada del tradicional adorno navideño, y las enseñanzas que puede dejarle a los niños para el futuro.

Por Esteban Podetti
Ilustración: Ariel Escalante

Como le ocurre a muchas personas, vivo mis Navidades actuales como un incordio absoluto. Desde hace unos años para mí es un trámite doloroso e inevitable que hay que pasar, como una moratoria de la AFIP o una colonoscopía.
Sin embargo tengo un recuerdo imborrable, mágico y maravilloso de las Navidades de mi infancia. Hasta soy capaz de recrear a voluntad mi “olor a Navidad” particular, consistente en un cóctel olfativo de espiral quemado, Turrochole (un exquisito chocolate crocante que mi abuela me regalaba TODAS LAS NAVIDADES SIN EXCEPCIÓN), vitel thoné y el desodorante de ambientes de la galería Gath & Chavez. La banda de sonido que acompaña esta recreación mental es el órgano de una propaganda de Los Dos Chinos —una de esas sensaciones pegoteadas para toda la vida quién sabe por qué. A pesar de que mis padres me habían aclarado con todas las letras que no existía tal cosa como Papá Noel (eran partidarios de la “vacuna preventiva contra la desilusión infantil”), la magia navideña se apoderaba de mí por completo.

La conclusión a la que llego invariablemente es que “la Navidad es para los chicos”. Por eso opino que el artefacto navideño más perfecto es el Pesebre: un objeto coleccionable en 3D, con muñe quitos de colores y que introduce a los niños en una de las realidades más penosas e inescapables de la existencia.

No sé si alguna vez han llenado un álbum de figuritas.
Yo no, pero me faltó una sola figurita para completar el álbum Mix 3. Era la 81 y aparentemente —no la vi jamás— representaba al Genio de la lámpara. Sin embargo no me arrepiento. Más allá de no ganarme la pelota n° 5, tengo la ospecha de que la sensación de Vacío subsiguiente hubiera aniquilado mi Espíritu a muy temprana edad.

Desde que el hombre es hombre, su destino es vivir en el proyecto permanente. Todos conocemos la sensación de alcanzar el sueño anhelado durante años y cinco segundos después, pensar: “Bueno, ¿y ahora qué? ¿Esto es todo? ¿Ya está? ¿Se terminó? ¡Quiero morir! ¡Morir! ¡Quiero abrirme el pecho con las uñas y arrancarme a mí mismo de mi prisión de carne y hueso! ¡Ahhhhhgghhhgghh!” Palabras más, palabras menos es lo que me pasa por la cabeza cada vez que arribo a una meta cualquiera; agarrar el colectivo a tiempo, por ejemplo.

Por eso es que iniciamos nuevos proyectos, y por eso también es bueno tener proyectos superpuestos y levemente desfasados de los que aferrarnos cada vez que tachamos el proyecto anterior, cosa de escaparle al Vacío Negro y Absoluto, Infinito y Devorador de Almas en el que —lamento revelarles esto a la hora del desayuno— viviremos inmersos hasta que la Muerte nos salve de este tormento.
Por eso nos casamos, tenemos hijos y redactamos nuestro discurso del Nobel incluso antes de ganarnos el Martín Fierro.

Hasta que colocamos el niñito dios, el 24, sabemos que falta algo, vivimos en la excitación y la embriaguez de la víspera, la espera, la expectativa.

Aprender a convivir con esta realidad espantosa nos lleva todo nuestro camino hacia la adultez. Pero el pesebre nos tira un pantallazo: lo armamos el 8 de diciembre pero lo dejamos incompleto. Está la Virgen, está José, están los Reyes, el Burro, el Buey, la Ovejita y hasta algún dinosaurio aportado por los más pequeños de la casa. Pero falta —por lo menos en el armado de pesebres PRO-FE-SIONAL— el toque final, la última pieza, el clímax de la obra, el Pez Gordo, el gran orgasmo, el Santo Grial, el “Mac Guffin”, el Halcón Maltés, el premio mayor, el “cierre”, la papita: El Niñito Dios, que recién se coloca el 24 de diciembre. O sea, la figurita difícil. Hasta que no colocamos el Niñito Dios sabemos que falta algo, vivimos en la excitación y la embriaguez de la víspera, la espera, la expectativa.

Que para un niño se resume en la siguiente incógnita: ¿Me irán a regalar el disfraz de Hombre Araña que pedí?
Entonces, ¡BAM! Llega el 24 y se acomoda el Niñito, explota el fiestón, vitel thoné, petardos, disfraz de Hombre Araña y todo el desfile. La embriaguez llega a su punto cúlmine y nos cuesta ir a dormir aunque sean las 2 de la mañana (hora que a los 9 años es una trasnochada digna de un bohemio del París del siglo XIX). Ese Niñito Dios entonces significa la culminación de todos nuestros esfuerzos (¡tuvimos que ESPERAR como dieciséis días!). Es la entrega del trofeo.

Por eso pocas cosas son tan DEPRIMENTES para un chico como el 25 de diciembre: es lo más parecido a una resaca que hemos vivido hasta ese momento y una precoz sensación de Vacío.
De pronto nos enteramos de que no hay nada que esperar (excepto el Día de Reyes, que yo creo que se inventó como una forma de aplacar este síndrome de abstinencia. Una dosis más pequeña del Furor Navideño —como esos tipos que al día siguiente de una tranca se toman un vasito de cerveza—, como para ir “bajando” a la realidad no-navideña de a poco).

La “Experiencia Pesebre” es un Taller para Niños de Horror Cósmico, que debería ser integrado a la enseñanza pública y obligatoria. Nos enseña que completar la colección tiene su Lado Oscuro —lo que tal vez evite como beneficio extra que en el futuro se conviertan en coleccionistas de muñequitos. Y al mismo tiempo, deja un lugar a la esperanza (emparentada con el Mito del Eterno Retorno): el año que viene llega otro álbum y otra figurita difícil garantizada, así que podemos enllenar este Vacío con el nuevo proyecto.

Propongo, para aquellos niñitos que no estén preparados para soportar la realidad del Vacío Existencial (viste que en este mundo hay de todo) un “Pesebre Cíclico”, compuesto por 365 figuras, que se empieza a armar el 25 de diciembre y en el que se va colocando una figurita por día. Propongo como para dar el pelotazo inicial, aparte de los consabidos Reyes, Vírgenes, Josés, Burritos y Bueyes, otros posibles personajes: El Patito. El Perrito. El gatito. La Vinchuca. El Dueño del Pesebre (capaz en actitud medio amenazante, como que los viene a echar). Satanás, contemplando la escena horrorizado. La Partera. El Obstetra.
El Tipo de la Obra Social que viene a preguntar cosas. El Gestor que viene al Pesebre a ofrecer la tramitación del DNI del Niñito Dios. (Complete, si quiere, la colección).

Fuente: Nota de la Revista SH, del Facebook.

7 comentarios - Lo que aprendí con el pesebre

@susanita_92
La “Experiencia Pesebre” es un Taller para Niños de Horror Cósmico

Mmmmm
@OliverTours -2
Yo aprendi que ocupa un espacio en el que podrian haber mas regalos