Tres pasos básicos para entender la Biblia

¿Es posible
entender la Biblia?

“En mi casa se leía la Biblia todos los domingos. Aunque sabía que provenía de Dios, no me gustaba mucho leerla, pues había muchas partes que no entendía.” (Steven, de Gran Bretaña)

“A los 17 años me puse a leerla, pero me resultó tan complicada que al final la dejé.” (Valvanera, de España)

“Como católica, entendía que debía leer las Santas Escrituras al menos una vez en la vida. Me tomó tres años hacerlo, y de todos modos no entendí nada.” (Jo-Anne, de Australia)

SIN duda alguna, la Biblia no tiene rival en la historia. No hay libro más vendido, más accesible ni más traducido en todo el mundo; ningún otro está disponible en tantos formatos distintos. Así y todo, a mucha gente le cuesta entenderla. ¿Le pasa lo mismo a usted?

¿Será que su autor no quería que la entendiéramos?

Antes de contestar esta pregunta, debemos saber quién es el autor de la Biblia. En 2 Timoteo 3:16 se dice claramente: “Toda Escritura es inspirada de Dios”. Pues bien, ¿quería él que todos comprendiéramos su Palabra? ¿O la hizo solo para unos pocos entendidos, como los teólogos y los eclesiásticos?

Los siguientes versículos aclaran esa cuestión:

“Este mandamiento que te estoy mandando hoy no es demasiado difícil para ti, ni está lejos.” (Deuteronomio 30:11.)


“Tus palabras da[n] luz, y hace[n] entender a los inexpertos.” (Salmo 119:130.)

“En aquella misma hora se llenó [Jesús] de gran gozo en el espíritu santo, y dijo: ‘Te alabo públicamente, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido cuidadosamente estas cosas de los sabios e intelectuales y las has revelado a los pequeñuelos’.” (Lucas 10:21.)

Resulta obvio, entonces, que el autor de la Biblia sí quiere que la entendamos. No obstante, muchas personas siguen sin comprenderla a pesar de sus mejores esfuerzos. ¿Tiene remedio esa situación? ¡Por supuesto!

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1. PEDIR AYUDA A SU AUTOR

“Tiempo atrás solía leer la Biblia antes de acostarme —cuenta Ninfa, quien vive en Italia—. Sabía que era un libro inspirado por Dios y quería averiguar lo que él había dejado escrito. Así que, aunque no me gustaba la lectura, me propuse leerla entera. Empecé bien, pero cuando llegué a unos pasajes que me resultaron difíciles, me desanimé y la dejé.”

ESTE no es un caso raro: a muchas personas les ha pasado lo mismo que a Ninfa. No obstante, en el artículo anterior vimos que el autor de la Biblia, Jehová Dios, quiere que todos la entendamos. ¿Cómo podemos lograrlo? Para empezar, hay que pedirle ayuda a él.

Veamos el ejemplo de los apóstoles de Jesús. Ellos no habían ido a las escuelas rabínicas a recibir formación religiosa, por lo que algunos los consideraban “iletrados y del vulgo” (Hechos 4:13). Sin embargo, eso no les impidió comprender la Palabra de Dios. ¿Cómo lo sabemos? Porque Jesús les aseguró: “El ayudante, el espíritu santo, que el Padre enviará en mi nombre, ese les enseñará todas las cosas” (Juan 14:26). Ese espíritu santo es la fuerza activa con la que Dios creó la vida y el planeta Tierra (Génesis 1:2). Es la misma fuerza que utilizó para transmitir sus ideas a los 40 hombres que escribieron la Biblia (2 Pedro 1:20, 21). Pues bien, ese es el espíritu que Dios ofrece a cualquiera que desee entender su Palabra.


Y para que nos dé su espíritu santo, debemos pedírselo con fe. Es más, tal vez tengamos que hacerlo repetidas veces. “Sigan pidiendo, y se les dará”, aconsejó Jesús. Y luego añadió: “Si ustedes [...] saben dar buenos regalos a sus hijos, ¡con cuánta más razón dará el Padre en el cielo espíritu santo a los que le piden!” (Lucas 11:9, 13). Está claro, pues, que Jehová no va a negar su espíritu santo a quienes se lo pidan de corazón. ¿Y cómo nos ayudará esta fuerza activa? Primero, nos permitirá captar mejor el mensaje de la Biblia escrito hace miles de años. Y segundo, nos dará la sabiduría necesaria para poner en práctica sus valiosos consejos (Hebreos 4:12; Santiago 1:5, 6).

De modo que, cada vez que se ponga a leer la Biblia, ore a Dios para pedirle que su espíritu santo le ayude a entenderla.

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2. LEERLA SIN PREJUICIOS

¿Le han hablado mal de una persona a la que usted no conocía? ¿Qué ocurrió cuando empezó a tratarla? De seguro le costó trabajo fijarse en sus virtudes debido a lo que le habían dicho. Pues algo parecido le sucede a mucha gente con la Biblia.

EL APÓSTOL Pablo conocía bien el peligro de leer las Escrituras con ideas preconcebidas. Ese fue el problema de ciertos judíos del siglo I, de quienes dijo: “Tienen celo por Dios; mas no conforme a conocimiento exacto” (Romanos 10:2).

Cegados por sus prejuicios, muchos no quisieron reconocer al Mesías prometido que tan claramente se describía en las Escrituras Hebreas. Aunque era evidente que Jesús de Nazaret cumplía todas esas profecías, las arraigadas ideas preconcebidas de estos judíos les impidieron captar el mensaje de la Palabra de Dios.


¿Qué aprendemos nosotros del error que ellos cometieron? Que es muy importante leer la Biblia con una mentalidad abierta. De lo contrario, los prejuicios podrían entorpecer nuestra comprensión de la verdad bíblica.

Cierto profesor de Estudios Religiosos de Carolina del Norte (Estados Unidos) describió la Biblia como “un libro hecho por y para seres humanos, que contiene multitud de opiniones contradictorias y consejos que no aportan una guía infalible para la vida”. Ahora bien, si vemos la Biblia tan solo como “un libro hecho por y para seres humanos”, ¿verdad que podríamos sentirnos tentados a rechazar aquellas normas y principios que no nos gustan?

Sin embargo, en la Biblia se nos insta a que la estudiemos detenidamente, igual que hicieron en tiempos de Pablo algunos habitantes de Berea. Ellos no solo aceptaron las enseñanzas cristianas “con suma prontitud de ánimo”, sino que, según el relato, también “examinaban con cuidado las Escrituras diariamente en cuanto a si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Si queremos comprender mejor la Biblia, tenemos que hacer como ellos y analizarla dejando a un lado los prejuicios y las críticas que hayamos oído. Por lo tanto, esfuércese por leerla con una mente abierta, sin prejuicios, deseoso de conocer el fascinante mensaje de su Autor.

3. ACEPTAR AYUDA

El explorador Edward John Eyre aceptó la ayuda de los aborígenes australianos mientras atravesaba la despoblada llanura de Nullarbor. Con ellos, aprendió a obtener agua de las dunas de arena y de los árboles de eucalipto, lo cual posteriormente le salvó la vida.

ESTE caso demuestra una gran verdad: a menudo se necesita la ayuda de alguien más experimentado para llevar a cabo una difícil tarea. Algo parecido ocurre cuando uno se propone leer la Biblia.

Ni siquiera Jesús esperaba que sus discípulos comprendieran la Palabra de Dios por sí solos. Él mismo en una ocasión “les abrió la mente por completo para que captaran el significado de las Escrituras” (Lucas 24:45). Es obvio que Jesús reconocía que se necesitaba ayuda para entender plenamente las enseñanzas bíblicas.

Dónde encontrar ayuda

Jesús encargó a sus discípulos que brindaran esa ayuda. Antes de ascender al cielo les dijo: “Vayan, por lo tanto, y hagan discípulos de gente de todas las naciones, [...] enseñándoles a observar todas las cosas que yo les he mandado” (Mateo 28:19, 20). De modo que la principal tarea de los cristianos es enseñar, lo que incluye explicar a las personas cómo pueden poner en práctica los principios bíblicos en la vida diaria. Así pues, es responsabilidad de los cristianos verdaderos ayudar a la gente a entender la Biblia.

Analicemos un suceso muy interesante que ocurrió poco después de que Jesús diera esa comisión a sus discípulos. Según el relato bíblico, cierto funcionario real de Etiopía estaba leyendo las profecías de Isaías y llegó a un pasaje que no lograba comprender. Se trataba de estos versículos: “Como oveja fue llevado al degüello; y como cordero que es mudo ante el que lo trasquila, así él no abre su boca. Durante su humillación apartaron de él el juicio. ¿Quién referirá los detalles de su generación? Porque su vida se quita de la tierra” (Hechos 8:32, 33; Isaías 53:7, 8).

¿Qué hizo este funcionario? Recurrió a Felipe, un cristiano que conocía las Escrituras mejor que él. Le preguntó: “¿De quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo, o de algún otro hombre?” (Hechos 8:34). Dado que el etíope volvía del templo de Jerusalén, sabemos que este adoraba al Dios verdadero. Por tanto, es probable que haya orado para entender ese pasaje. Además, es obvio que estaba leyendo el relato con interés y con una mentalidad receptiva. Aun así, no captaba el sentido de aquellas palabras. Pero fue humilde y le pidió ayuda a Felipe, quien no tuvo reparos en explicárselas. Al comprender el pasaje, el etíope se llenó de alegría y de inmediato quiso hacerse cristiano (Hechos 8:35-39).


“La Biblia aclaraba todas mis dudas”

Steven, Valvanera y Jo-Anne —citados en el primer artículo de esta serie— comenzaron a estudiar la Biblia con los testigos de Jehová. ¿Cuál fue el resultado? “Me sorprendía que fuera tan sencillo encontrar las respuestas a mis preguntas —cuenta Steven—. Solo tenía que comparar varios versículos y relatos bíblicos. Nunca antes había seguido ese método. Me alivió saber que, para entender la Biblia, no había que envolverse en acaloradas controversias e interminables debates.”

A Valvanera le pasó lo mismo. “Me di cuenta de que las doctrinas bíblicas eran lógicas y coherentes. Creía en la Biblia porque sus enseñanzas me parecían razonables, y no porque la Iglesia dijera que tenía que hacerlo.” Por su parte, Jo-Anne dice: “Cuando vi que la Biblia aclaraba todas mis dudas, se despertó en mí un profundo respeto por Dios. Me impresionó que hubiera dejado escrita la respuesta a cualquier pregunta que pudiéramos hacernos”.