Escalera al cielo
Escalera al cielo , por Antonio Aguilar
Desperté poco antes del alba, todavía revuelto por las mil impresiones vividas el día anterior. No se
duerme igual tras un día en que has presenciado un tiroteo, te han apuntado directamente a la cabeza
con varios rifles y has despertado por un coche bomba. Poco después del amanecer, pasada ya la hora
del toque de queda establecido esos días por el ejército, me despedí de los habitantes la casa-barco
donde había pernoctado encaminándome hacia la estación de bus de Srinagar. Los militares ya me
informaron de que no sabían bien qué trascendencia tenía el coche bomba del día anterior, y ya que en
el caso de que sucediese cualquier cosa, era igual de probable que lo hiciese en la carretera
dirección Norte que Sur, no dudé en embarcarme camino a Leh, la capital histórica de Laddahk, el
pequeño Tibet, territorio que había motivado mi viaje a la Cachemira y que ahora cuento como mi
“preferido” de todos cuanto conozco. En un inglés casi inentendible tuve la primera sorpresa del día
“Full my friend, bus full, sorry friend”. El siguiente no partiría hasta tres días después, caso de
que no siguiesen las tensiones armadas. Pensando que llegaría antes en autostop y barajando mis
posibilidades, pasé delante del bus y hablando con el conductor y sus ocupantes, implorando que me
dejasen ir en techo junto a la mercancía, en los pasillos como siempre ocurre en este país o que
alguien compartiese su asiento conmigo, el conductor accedió a dejarme montar en el estrecho espacio
entre su asiento y la pared. Pese a mi delgadez, aquello era incómodo de solemnidad, apenas tendría
veinte centímetros para las piernas, pero acepté encantado y sin dudarlo. Un rato después, tras la
bendición del bus por varios saddhues, abandonamos Srinagar.
Los primeros kilómetros resultaron muy vivos por la enorme cantidad de personas que se dirigían a los
mercados de Srinagar a vender sus bienes. Algunos lo hacían desde sus canoas a través de los
riachuelos que llegan al centro de la ciudad, otros en burro y los más ricos en alguna suerte de
vehículo a motor. Poco tardaría en ver con mis propios ojos por qué se afirma que la Cachemira es la
zona más militarizada del planeta. Cada par de kilómetros encontraba un cuartel en cuyos patios
corrían y se entrenaban soldados. La carretera estaba plagada de controles armados, frecuentemente
entraban en el bus requiriendo a alguno la documentación y había más convoys del ejército hindú
circulando que tráfico convencional. Muchos de los soldados parecían, por su aspecto físico, niños. Y
nada más lejos de la realidad, muchos jóvenes se alistaban en el servicio militar y se destinaban a
Cachemira por que con el salario vivirían más que decentemente una vez regresados a sus provincias de
origen, amén de ayudar económicamente a sus familias. Cuesta creer la extrema miseria que se ve en
algunas partes de la India cuando se informa uno del porcentaje de presupuesto destinado al que es el
tercer ejercito del globo, contando incluso con armamento nuclear.
Mis compañeros en la cabina del conductor.
El comienzo de las altas montañas…
Comienza la subida…
Llegando a Sonamarg.
Caballos salvajes del Himalaya
Poco a poco, aunque el camino seguía siendo llano, la carretera se adentró en un valle cuyo verde
sólo se rompía por la nieve que permanecía todo el año en las cumbres. Estábamos llegando a Sonamarg,
un regalo de la naturaleza en cuyos pastos los hindúes ricos montaban a caballo (una especie pequeña
y grasienta para prevenir el frío, natural de esta cordillera), donde tras el control militar tomé un
chai con la cuadrilla que nos sentábamos en el compartimento del conductor. Aprovechaba cada parada
para estirar las piernas, corriendo por esos campos para contrarestar la incomodidad del asiento.
Reanudamos la marcha, comenzando a subir un puerto por una carreterilla cuyas vistas quitaban el
hipo. Al carecer de espacio en la ladera, estaba construída avanzando y retrocediendo unos cincuenta
metros, con un espacio ampliado al final para, no sin mil peripecias que cortaban la respiración,
conseguir girar el vehículo, y ganar no más de cinco o seis metros de altura. Nadie hablaba en el
bus, y hasta los locales que ya conocían sobradamente el camino babeaban insimismados. Durante dos
horas no superamos los cinco kilómetros por hora. La recompensa fue llegar al paso de Zoji-La, a 3528
metros sobre el nivel del mar, en el que todos aplaudimos, cual ovación al conuctor, y alguno hasta
cantaba agradeciendo a los dioses que hubiéramos llegado tal y como partimos. Desde ese punto,
estábamos ya rodando por la que es la que es la carretera motorizada más alta del mundo.
link: http://www.youtube.com/watch?v=ZC34SSCTc4I&feature=player_embedded
Mientras el conductor hacia peripecias con el autobús para encajarlo entre los estrechos pasos,
observé grandes masas de hielo junto a pequeñas cascadas. Se me antojaba extraño el paisaje por
vestir manga corta. A la entrada al valle me había apercibido de que azarosamente esparcidos a lo
largo de éste se atisbaban pequeños puntitos. Empleé el tiempo que algunos musulmanes del bus
dedicaban a una de las obligadas oraciones diarias y reparar el motor (por enésima vez), en acercarme
a verles. Eran gitanos venidos del Rajastán, así como refugiados afganos y pakistaníes que durante
los meses “calientes” vivían en las laderas de estas montañas himalayáicas. Aprovechaban el agua de
los ríos para su limpieza y consumo alimenticio, los niños tenían tan enorme valle como campo de
juego, mediante trueque adquirían verduras básicas y ordeñando alguna cabra o yak, leche. Su vida
transcurría tranquila. Estaban contentos tras haber podido huir de los conflictos bélicos que
azotaban las zonas de origen de sus respectivos países, haciendo caso omiso a éstos y apoyándose unos
a otros como vecinos de un mismo bloque. En una de las tiendas, parecidas por su arquitectura a las
jaimas de los nómadas saharahuis, tomé mi primer té cachemirí con una familia afgana, pues uno de
ellos hablaba inglés y me traducía el farsi de sus compañeros. Era la primera vez que hablaba con un
afgano, la primera vez que pude hablar sobre este país que tantas ganas tengo de conocer con alguien
originario de el, la primera vez en el viaje que se me caería una lágrima de felicidad volviendo
corriendo al bus cuando me gritaron que ya nos íbamos. Pese a la piel de gallina que sus testimonios
me dejaron, sentía que estaba donde tenía que estar. A diez mil kilómetros de España y como en mi
hogar. Creo que hasta ese momento no había sido consciente, por las tantas impresiones vividas en tan
poco tiempo, de que estaba en India.
Ufff…
¡Como para sacarse el carné aquí!
Refugiados afganos y pakistaníes en sus tiendas.
Uno de los tantos campos de entrenamiento militares.
La carretera continuó paralela a la frontera pakistaní. Haciéndose los controles tanto más frecuentes
a cada kilómetro. Cada vez que se pasaba un pueblo los extranjeros debían registrarse en una oficina,
pero siendo yo el único del bus y para ahorrar tiempo, nunca hacíamos tal parada. La mayoría de la
población en esta zona es musulmana, y es más que habitual que los establecimientos y negocios se
llamen Mohammed, Mustafá y semejantes. En una de estos poblados, Drass, se ha registrado la segunda
temperatura más baja en un lugar habitado de planeta (la primera, para los curiosos, está en
Yakutia).
Kargil fué el lugar donde el conductor decidió poner punto y final a su jornada laboral. Y qué
decisión! Durante la última gran guerra en Cachemira, éste había sido de los lugares más castigados,
aunque diez años después la atmósfera en el pueblo era de verdadero cuento. Tanto por el ambiente
como por la historia recordaba a Mostar, en Bosnia. Las dos mezquitas no dejaban de recitar versos
coránicos que se escuchaban en cada calle, creándose una auténtica guerra de altavoces entre ambas
cuando llegaban las horas de oración común. Las tiendas y restaurantes eran más que pintorescos,
llenas de comidas aromáticas y picantes, y junto a un puente los carniceros se reunieron antes de
caer la tarde para matar a sus animales de acuerdo al rito islámico, que creó un surco de sangre un
tanto fétido por toda la calle. Por doscientas rupias (unos tres euros) alquilé una habitación que
compartimos entre cinco pasajeros del bus, mis amiguetes de la cabina, y mientras ellos oraban una
vez más subí a la azotea a hablar con el dueño de la casa. Era un estudiante de medicina en Bombay
que en verano se sacaba un dinero alquilando las habitaciones. La azotea, aparte de para secar grano
y especia, era un perfecto punto panorámico tanto de Kargil, y la inmensidad del valle que se intuía
al fondo sólo la rompían los dos minaretes. Había una colina al fondo. Mientras la miraba mi nuevo
amigo dijo “Pakistán” . Creo que debió entender por mi cara que me moría por ver qué había allí, y
poco después cada uno en un burro cruzamos un bosquecito y llegamos al primer pueblo de este país. Ni
frontera, ni visado, ni militares, ni apenas diferencia, a decir verdad, noté con Kargil. Hablé con
un panadero, paseé un poco y antes de que cayese la noche tornamos sobre los mismos lomos. Tras cenar
con mis compañeros de bus, busqué al imán de la mezquita, que a regañadientes me dejó entrar al estar
prohibida para los no practicantes de esta fé. Le argüí que siempre he aprendido de todas las
religiones, que no veo en unas si no complemento de las otras. Tomando un chai me puso al día de los
desvaríos políticos de la zona, de los atentados entre sus gentes, del odio de unos a otros y de cómo
se gestaba éste, de cómo se organizaban entre ellos y las consecuencias sociales que tanto la guerra
como las tensiones posteriores habían tenido. A pesar de todo, no sentí imparcialidad entendiendo
entre líneas sus palabras. Escribiendo el diario que ahora trascribo me quedé dormido como un tronco
pese a los ronquidos de mis compañeros.
Preparando el mercado.
El imán me tomó esta foto en la mezquita grande de Kargil.
Pakistaní haciendo pan en ¡un horno auténtico!
A las cuatro de la mañana seguimos el camino, con las primeras luces del día aparecía ante mi un
mundo distinto al del día anterior. Comencé a darme cuenta y recordar por lo que había leído en
libros que en breve nos uniríamos a una de esas rutas únicas de este nuestro planeta, de las que han
conformado la historia e idiosincrasia a través de los siglos, y cuya lenta pérdida me entristece
hasta lagrimar. No eran los 4147 metros del paso de Fotu-La los que creaban un auténtico Camino al
Cielo, como en la canción de Led Zeppelin, si no el que históricamente la ahora ruta motorizada más
alta del planeta fuera un hervidero de peregrinos dirección al Monte Kailash y que recorrían, los
meses que el tiempo lo permitía, a pie, o arrastrándose de rodillas mientras realizaban plegarias de
acuerdo a la tradición budista tibetana. Intentar comprender desde una perspectiva occidental lo que
motiva y mueve a persona a recorrer arrastrándose cuatro mil kilómetros para bordear dicho monte es
algo que roza lo imposible, pero en ello reside la magia y particular idiosincrasia de esta ruta. Los
peregrinos portaban siempre en sus manos unos artilugios que al hacerlos girar esparcían las
oraciones a su alrededor, daban infinitas vueltas a sus rosarios y cantaban en grupos canciones
santas. Además, era entrada a India desde China en una concurrida ruta comercial que más al norte se
unía a la famosa Ruta de la Seda. No dejaba de imaginarme a los mercaderes con sus bueyes y yaks
arrastrando carruajes de especias, telas, alguna joya y alimentos varios camino de los mercados de
Delhi, Karachi o Isfahan. Rompiendo tajantemente con la atmósfera musulmana del día anterior, sentía
que ahora sí que estaba en el tramo final hacia Laddakh, el pequeño Tibet. Entre las secas (debido al
frío viento y nieve apenas hay vegetación en estas montañas) y escarpadas cumbres se oteaban si
mirabas bien cenobios y monasterios. Más tarde aprendería que los monjes que los habitan se aíslan en
comunidad en ellos durante grandes períodos de tiempo, realizando ejercicios de meditación e
introspección. El perenne viento coqueteaba con las coloridas banderas de oración que se encontraban
cada pocos metros, ya fuera a las entradas de los pequeños poblados que se atravesaban (lo que
remanece de los lugares de descanso que antaño ocupasen los yatris (peregrinos)) o en los pasos de
cada montaña. Algunas paredes tenían esculpidas en la piedra imágenes de Budas y representaciones
cósmicas. Todo el mundo vestía a la manera tradicional tibetana. Pese a que hace veinte años que esta
zona cesó su hermetismo al mundo exterior, noté que al ser extranjero me seguían mirando como si
proviniese de otro planeta.
Si hay algo que tiene el que esta carretera no sea más que el anhelo de transitar con vehículos un
camino jamás pensado con este propósito (o más bien ‘el camino’, pues no hay otro), son las duras
condiciones del firme, la estrechez de la vía, los derrumbes de piedras… Durante el trayecto observé
que varios camiones habían caído por algún desfiladero, y fotos como las de abajo demuestran la
pericia que muchos conductores deben superar. Un organismo dependiente del gobierno cachemirí, el BRO
(Border Roads Organisation) adecuaba o asfaltaba ahora algunos tramos haciéndolos más seguros.
Además, en algunos postes colgaban carteles simpáticos, como “Drinking wisky, driving risky” o “
Speed Thrills, but kills”, “Better be Mr. Late than late, Mr” o mi favorito “Life is a journey,
complete it”. Un par de horas después se reveló ante mis ojos el primer monasterio cuya historia me
era familiar gracias a algunos libros. Lamayuru (recientemente conocido por los desastres naturales
acontecidos en sus inmediaciones y por haber servido de refugio a montañeros y visitantes así como
base logística en las operaciones de rescate), uno de los gompas (monasterios) más antiguos de
Laddahk colgaba de lo alto de una colina a la que poco a poco nos acercábamos. Junto a el se
amontonan algunas casas que sirven de despensa y de alojamiento cuando durante las ceremonias vienen
monjes de fuera. Desde allí es fácil acceder al Valle del Zanskar, donde habita el rey de la tierra
homónima. Tras una parada que apenas me dio para curiosear un poco y hablar con algún monje,
recogimos a otros pocos que se sentaban entre los sacos del pasillo y seguimos el camino. Un buen
rato después un convoy militar nos daba el alto. Aunque no sabíamos bien que pasaba, no parecía haber
peligro. Tras media hora comprendimos que habían aprovechado el único ensanche del camino para
detener a los vehículos y dejar pasar a una enorme comitiva que desde el Tibet transportaban a un
gran Lama al mismo Lamayuru. Sobre los vehículos otros monjes cantaban por altavoces, tocaban
tambores y otros instrumentos tradicionales y ondeaban vivamente al aire banderas representativas de
este Lama. Era una enorme fiesta sobre ruedas.
En los últimos kilómetros un furioso río descendía paralelo a la pista. Se trataba del Indus, de gran
devoción en Tibet y que más abajo se adentraría en Pakistán. Tras una parada para comer, las otras
tantas que las averías del autobús o el rezo de sus ocupantes provocaban, alcanzamos a media tarde
Leh, una ciudad de historia fascinante que procuraré acercar en la medida que pueda pronto en otra
“Historia de nuestro planeta”. Me sentía un privilegiado por haber recorrido ese trayecto tan único
como especial de nuestro globo, cuya belleza y viva historia nunca podré expresar por escrito tal y
como la siento, y que siempre recomiendo fervorosamente recorrer a quienes se acerquen por la zona.
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