Tony Nicklinson lloró ayer cuando el Tribunal Supremo de Inglaterra le sentenció a seguir viviendo. Lloró usando los pocos músculos de su cuerpo, los de la cara, que todavía puede mover: este inglés de 58 años está completamente paralizado del cuello para abajo desde 2005, cuando sufrió una apoplejía que puso fin a sus días de exitoso contratista apasionado del deporte y ex jugador de rugby. Desde entonces, ha declarado que quiere terminar con su vida... Precisamente algo que le es imposible por lo limitado de sus movimientos. Ya que la legislación actual en Inglaterra procesaría a todo aquél que le ayudara a suicidarse, Nicklinson lleva años enzarzado en una batalla para que un médico le quite la vida sin miedo a ser perseguido.

El hombre que no puede morir

Esa batalla sufrió ayer un serio revés cuando el Tribunal Supremo sentenció que "reconoce que estos casos platean cuestiones éticas, sociales y legales profundamente difíciles, pero sentencia que el cambio de la ley [que permita cualquier forma de eutanasia] debe decidirlo el Parlamento". Entonces fue cuando llegaron las lágrimas. Nicklinson lloró, desesperado, mientras los medios se agolpaban entre su esposa, Jane, y él. Ya que Nicklinson solo puede expresarse a través de una máquina que maneja con los párpados, tuvo que ser ella quien declarara que la pareja está "profundamente decepcionada".


eutanacia

Más tarde, a través de su ordenador, Tony declaró: "No es el resultado que quería oír, pero no es nada inesperado. Los jueces, como los políticos, son más felices cuando evitan enfrentarse a los problemas reales, y esta sentencia no es una excepción a la norma. Creo que el equipo legal que me representa está preparado para seguir luchando, pero esto solo significa prolongar mi incomodidad, mi miseria y mi desazón".

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Tony Nicklinson, antes de la apoplejía, en Nueva Zelanda en 2000

Jane todavía recuerda cómo era su marido antes de la apoplejía. Hablando para la CNN en junio, lo describió como "el alma de la fiesta", un recuerdo que hace que su condición actual sea más difícil de llevar. "Era un tipo grande, un antiguo jugador de rugby que trabajaba mucho y se divertía más. Estaba lleno de vida, tenía un gran sentido del humor, le encantaba el sonido de su propia voz", afirma. Eso era antes de 2005, cuando Tony y su familia vivían en los Emiratos Árabes: él era un contratista que solía viajar mucho. Entonces llegaron los 51 años y todo cambió.

Ahora Jane solo aspira a que los jueces entiendan la injusticia que siente estar viviendo. "Usted y yo nos podemos quitar la vida cuando queramos, mientras que Tony, que es quien más lo necesita, no. Solo está pidiendo que se le devuelva el derecho que todo el mundo tiene: el de decidir cuándo dejar de vivir". Añade Tony: "La gente asume que si alguien está tan paralizado que no puede acabar con su vida, está automáticamente incapacitado para tomar esa decisión. Pero si tienen la capacidad mental para tomarla, debería poder elegir entre la vida y la muerte. La única diferencia entre ellos y yo es mi incapacidad para quitarme la vida".

la eutanasia

De hecho, Tony solo tiene dos alternativas a morir en el hospital: La primera es acudir a Suiza, donde sí hay una ley que permite el suicidio asistido, algo a lo que se niega porque es muy caro y porque entiende que no debería dejar su país para morir. La segunda, más escalofriante, es dejar de comer hasta morir de inanición.