La conspiración - Por Ricardo Forster

La conspiración

La conspiración - Por Ricardo Forster

Por Ricardo Forster

La conspiración se despliega por cada rincón del país. Una suerte de ajedrez cósmico-maquiavélico va definiendo las posiciones de cada una de las piezas en un juego de poder que deberá culminar en la más absoluta de las hegemonías. Nadie es libre para decidir su propio movimiento. Cada palabra y cada gesto deben ser decodificados de acuerdo con esa estrategia perversa que se fusiona, como nunca antes en nuestra agrietada historia, con una vocación autoritaria que amenaza con transformar a la democracia y sus instituciones en cáscaras vacías. La ciudadanía, al menos la porción honesta y trabajadora que no se deja manipular por las diversas y espurias formas del clientelismo populista, se siente arrinconada y sin saber cómo salir del atolladero al que un gobierno ávido de poder conduce inexorablemente a un país con instituciones devaluadas. Es, eso dicen y escriben sin ruborizarse algunos dirigentes opositores y periodistas, la llegada, a nuestras costas sureñas, del fascismo bajo su peculiar idiosincrasia nacional. Estaríamos viviendo, así lo proclaman a los cuatro vientos, en el asfixiante mundo de una dictadura cuyo objetivo es perpetuarse indefinidamente acallando las voces de cualquier oposición. La oscuridad es el signo de los tiempos argentinos. Una vez más nuestro destino es el de la decadencia. Y mientras eso sucede, mientras la crisis económica, la inseguridad, la corrupción, el nepotismo, las impunidades de distinto tipo, la ampliación de la pobreza y la indigencia constituyen el verdadero mapa de nuestra realidad, la conspiración está en marcha.

Se trata de una desenfrenada búsqueda por perpetuarse en el poder utilizando todos los recursos que estén a la mano. Los visibles y los invisibles. Los legales y los ilegales. Los virtuosos y los deshonestos. Total, eso dicen, lo que importa son los resultados. Visión pragmática que responde, sin embargo, a la lógica malsana de la conspiración que acaba por convertir a todos los jugadores, lo sepan o no, en títeres del gran y omnisciente titiritero que, desde las alturas neblinosas del poder absoluto, mueve los hilos de un drama que acabará por conducirnos a la peor de las alternativas. Es, lo repiten a coro, el fin de la democracia, el despellejamiento de la legalidad y la clausura de la Constitución. Sus descripciones, una suerte de jardín de las delicias del infierno populista, ofrecen para quien tenga ojos y oídos abiertos la silueta de un país extraviado y manipulado por una artista de la impostura y fabulosa artesana de fórmulas retóricas capaces de abotagar cerebros y corazones dejando exhausta la inteligencia de sus seguidores. Ceguera, sordera y fanatismo se corresponden con un poder que se desea eterno y que se siente cualificado para adaptar vida e instituciones a su maléfica estrategia.

Quien dude o sospeche que la conspiración está en marcha debería, para ahuyentar sus dudas, leer y escuchar las últimas trincheras de resistencia contra la hegemonía fascista. Allí están las plumas valerosas de quienes escriben, a riesgo de su integridad porque no olvide el lector que vivimos bajo la sombra ominosa de una dictadura, aprovechando la generosidad democrática de algunos empresarios de la comunicación que, afrontando todo tipo de penurias y peligros, ofrecen sus tribunas para que la libertad siga encontrando un lugar en medio de tantas acechanzas. También, por supuesto, están, pese a los intentos arbitrarios de un gobierno de truhanes, los canales de aire y de cable que ofrecen sus espacios para que los últimos políticos íntegros y valientes nos digan que, aunque no lo sepamos, vivimos fuera de la ley y en medio del peor de los autoritarismos. Periodistas “independientes”, escritores, cultores del stand up político-grotesco, críticos, se han transformado en la voz de los que no tienen voz. Ellos, con su arrojo, y batallando contra la corriente de un hegemonismo brutal, se ocupan, día tras día, de relatarnos los pormenores de la conspiración que busca, machaconamente lo repiten para que nadie lo olvide, alcanzar la tan ansiada perpetuación en el poder.

Una conspiración capaz de comprar el alma de una parte significativa del pueblo ofreciéndole, bajo la mejor de las escuelas demagógicas, lo que nunca acabará por darle. Una conspiración que también logró capturar en su maléfica tela de araña a una parte no menor del mundo de la cultura a través de una extraña alquimia de prebendas y de engaños respecto de un país de fantasía que terminó por convertirse, ante la mirada ingenua de esos sectores siempre tan sensibles e influenciables, en el país real. Farsa, fascinación, engaño, ficción, cooptación son apenas algunos de los mecanismos puestos en movimiento por el arte conspirativo. Cada uno pasó a ser, lo supiera o no, una pieza, como ya lo intuye el lector atento, de ese ajedrez cósmico-maquiavélico que, con astucia indescriptible, nos va conduciendo hacia el “país-jardín de infantes”, aquel tan parecido al que describiera María Elena Walsh, pensando en la dictadura del ’76.

¿Le parece acaso exagerada al lector la comparación? ¿No percibe el ruido de los Falcon que, en las horas de noches de horror, vuelven a desplazarse impunes por las calles de un país dominado por el autoritarismo y la censura de acuerdo con la narrativa apocalíptica y escatológica de Elisa Carrió? ¿No descubre las tremendas empatías que existen entre un gobierno que se dice democrático y el fascismo según la escritura cargada de juego especular de Marcos Aguinis, un fino denunciador del bacilo nazi que, como Mariano Grondona, adalid de la democracia, ha logrado identificar a los jóvenes de La Cámpora como infiltrados de las juventudes hitlerianas? ¿No vivimos bajo la amenaza constante del “estado de excepción” según lo proclaman nuestros republicanos virtuosos? ¿No hay un tufo mussoliniano en la persecución a los honestos, valerosos y desinteresados medios de comunicación que se han convertido en el último refugio de la libertad? ¿No se adoctrina a cientos de jóvenes, llegando incluso hasta el jardín de infantes, para que se conviertan en fanáticos defensores de “el proyecto” amparado por la mitificación del nuevo Eternauta? ¿No se huele en el aire que respiramos la llegada de vientos fétidos y contaminados que acabarán por hacer irrespirable la atmósfera de nuestra sociedad? ¿Era esto la dictadura y el fascismo? ¿Habrá que dedicarse a ver viejas películas francesas para recordarnos qué era aquello o, peor todavía, a recobrar la memoria de nuestros propios horrores dictatoriales para estar en condiciones de comparar? ¿Quizás ellos, los que alucinan la instalación del gran terror autoritario en nuestro país, viendo La vida es bella, aquella sátira del cómico italiano Roberto Benigni en la que hacía que su personaje, para que su hijo no sufriera la terrible realidad del campo de concentración, le inventase un juego en el que cada situación se adaptaba a la lógica de su imaginación, no “creyeron” que hay una diferencia entre la realidad del horror fascista y/o dictatorial y el perverso juego retórico que los lleva a describir la acción del gobierno nacional de acuerdo a la reproducción del fascismo? ¿Será que fascismos y dictaduras, según las construcciones apresuradas que se escuchan de boca de algunos ilustres intelectuales y políticos opositores, son conceptos vacíos con los que se puede hacer cualquier cosa? ¿Pensarán de verdad que los horrores concentracionarios, que las violencias homicidas, que las persecuciones y los exterminios raciales e ideológicos, que la falta absoluta de libertad, propios de aquellos regímenes encuentran su equivalencia en la actualidad argentina? ¿Son o se hacen?

Pero, como se trata de la conspiración puesta en marcha por el maquiavelismo presidencial, cualquier cosa se vuelve aceptable con tal de impedir que se realice la profecía que anuncia la perpetuación de un poder arbitrario. Sin detenerse a sacar las consecuencias de sus inverosímiles paralelismos históricos construyen, bajo la forma de una interminable cadena de montaje que moviliza diferentes estructuras mediáticas encargadas de machacar desde la mañana a la noche sobre una audiencia bombardeada con esas retóricas e imágenes de un mal que se expande inclemente, la arquitectura conspirativa del comando secreto del kirchnerismo.

La democracia se convierte, a sus ojos y como resultado de su desfondamiento por parte de las maniobras hegemónicas del Gobierno, en una opacidad atravesada por oscuros presagios que llevan, de eso no hay dudas, hacia la noche del autoritarismo. Una noche que, para prepararla adecuadamente, utiliza distintos instrumentos y a distintos actores. Uno de ellos son los intelectuales de Carta Abierta que, cual arietes de una fuerza de choque que lanza su primera avanzada, se apresuran a proclamar su deseo de reformar la Constitución para que Cristina Fernández sea reelecta en 2015. No les interesa corroborar que sus asambleas son públicas y cualquiera puede asistir y participar de ellas. Tampoco les importa que sus debates estén en un sitio web accesible a cualquiera y, sobre todo, menos les interesa que Carta Abierta es un espacio autónomo que, si bien apoya clara y contundentemente al Gobierno, no responde a directivas ni dejó de señalar, a lo largo de una docena de cartas, sus acuerdos y sus desacuerdos en relación a distintas circunstancias nacionales. Dicho de otro modo: nada les interesa reconocer en Carta Abierta a una comunidad de hombres y mujeres que libre y democráticamente se reúnen periódicamente para discutir, con pasión y capacidad reflexiva, los problemas y los desafíos de este tiempo argentino. Ellos, como siempre, quieren ver los hilos secretos de la conspiración en cada paso o cada acción que surja del kirchnerismo. Afiebrados por su relato catastrofista no hacen otra cosa que multiplicar, a diestra y siniestra, su teoría conspirativa que se asocia, en sus mentes febriles, con la certeza de estar viviendo en medio de una dictadura.

Quisiéramos ser ingenuos y creerles que son sinceros, aunque estén equivocados, a la hora de formular tamaños diagnósticos que se parecen a la estructura del discurso delirante. Pero, sin embargo, los antecedentes de otros países latinoamericanos nos ofrecen, como dolorosas experiencias, las estrategias de las derechas continentales a la hora de intentar deslegitimar la trama democrática de los gobiernos populares de la región. Lo que buscan, como lo lograron en Honduras y Paraguay y lo intentaron sin suerte en Venezuela, Ecuador, Argentina y Bolivia, es presentar ante la opinión pública (que suele ser una autocreación de los grupos mediáticos concentrados) una realidad atravesada por los peligros que se ciernen para la democracia y las instituciones republicanas desde dentro de la propia democracia y a partir de procesos políticos de matriz populista que nos van conduciendo, eso afirman sin ruborizarse, hacia el autoritarismo y la falta de libertad. Y para ello eligen distintas estrategias. Una de ellas, y en nuestro país, es la de proyectar su lógica conspirativa hacia el Gobierno al mismo tiempo que se desgarran las vestiduras ante el avance de la impunidad, la arbitrariedad y la debilidad institucional que serían los males que arrinconan la vida democrática del país. Lo cierto, estimado lector, es que quien tanto habla de conspiraciones, de dictaduras y fascismos tal vez guarde una oscura y secreta afinidad con esas odiosas experiencias o, al menos y para ser indulgentes con un equívoco de tal naturaleza, no haya jamás experimentado lo que en el plano de la realidad histórica significaron para millones de seres humanos esos regímenes homicidas. Nostalgia o desconocimiento, ambas alternativas resultan insostenibles y profundamente peligrosas para la propia vida democrática que dicen defender.

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