Qué comemos los argentinos...? Y el resto del mundo?

Son dos posts en uno, la primera parte para analizar como nos alimentamos, y la segunda para comparar nuestra realidad con la de otros pueblos, que aunque sea odiosa la comparación, nos permite ser más objetivos con nuestras demandas y exigencias!





¿Qué comemos? La dieta argentina bajo la lupa

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Poco variada, con exceso de grasas y con déficit en la ingesta de frutas y verduras, así se presenta hoy la mesa de los argentinos.

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¿Vivís en el país de la mejor carne del mundo y vas a comer una ensaladita?”, frases como ésta son dichas en todo despectivo, y con frecuencia, en reuniones familiares o de amigos en nuestro país, en el que existe un bagaje sociocultural que justifica, explica y sostiene una tradición alimentaria que deja, a gusto de los expertos, bastante que desear.

Una de las principales críticas que realizan los profesionales de la nutrición a la forma en que comen los argentinos es la “monotonía alimentaria”. Sucede que el 60 por ciento de las calorías totales provienen sólo de tres familias de productos: trigo, azúcar y carne, según explicó a Día a Día Sergio Britos, director de la carrera de Nutrición de la Universidad Nacional de La Plata.

En el libro, Hacia una alimentación saludable en la mesa de los argentinos (Sergio Britos, Agustina Saraví, Nuria Chichizola y Fernando Vilella), detallan que el argentino promedio consume unos 115 kilos anuales de trigo y sus derivados, comandados por el pan, con 86 kilos.


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Además, anualmente consumimos también unos 107 kilo/litros de azúcar o bebidas con azúcar. Visto así, quizá el número no parezca excesivo, pero a modo comparativo los argentinos ingerimos, en promedio, más bebidas azucaradas (gaseosas, jugos, etc.) que los estadounidenses.


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Y el tercer pilar de la típica dieta argenta es la consabida carne vacuna, de la que se comen 56 kilos anuales. En los últimos años, la carne de pollo ha reemplazado, en parte, el consumo vacuno y suma otros 33 kilos.


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“Aunque sostenemos que el plato nacional es el asado, en realidad lo que más comemos es pan, pastas y papas con alguna que otra milanesa. Nuestra cultura pasa por el trigo y la carne. Los pequeños olvidados son los lácteos y los grandes perdedores son los vegetales, las frutas, las legumbres y el pescado”, así simplifica nuestra dieta el Dr. Edgardo Ridner, presidente Sociedad Argentina de Nutrición (SAN).


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“Además, estamos peleados con los vegetales y las frutas. No los compramos, si los tenemos no los preparamos y no los comemos”, agrega Ridner y lamenta: “No nos esforzamos en estimular buenos hábitos en nuestros hijos. Es difícil encontrar alguien que ofrezca frutas y verduras a sus chicos, limite el consumo de golosinas o estimule horarios regulares para las comidas”.


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Estos “olvidados” a los que hace referencia Ridner son también los alimentos en sus versiones más saludables. En promedio los argentinos consumen un 44 por ciento menos de lo recomendable de: frutas, lácteos no enteros, carnes magras, hortalizas, pastas, arroces, legumbres y aceites. Esto no significa que debamos comer más, porque en contraposición, el 33 por ciento de las calorías que consumimos son vehículo de exceso de grasas saturadas y azúcar (es decir, calorías innecesarias).


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Algo similar sucede con los cereales, si bien el consumo de cereales en la Argentina no es bajo, los derivados más saludables de los cereales –como las pastas y arroces– sólo representan el 18% del total de cereales consumido.


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¿Qué es comer bien? “Es darle a nuestro cuerpo lo que necesita. Ni más ni menos. Comer mucho no es comer bien, es comer mal”, sentencia Ridner y critica: “Los argentinos comemos mucho. La mitad de la población tiene sobrepeso (54%) o es obesa. Y en muchos casos además de sobrar calorías faltan nutrientes. Obesos desnutridos, una paradoja”.


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“Cada tanto nos acordamos de hacer dieta. Nada podría ser peor. Significa que comemos mal casi siempre, aguantamos hasta que nos asustamos y en ese momento intentamos hacer algo heroico que siempre dura poco. Tenemos resistencia crónica a aprender a comer”, explica y resalta: “Tenemos muy incorporado el concepto del placer de llenarse. Nos resistimos a ser refinados, saboreando cada bocado de un plato delicado”.
A partir de los datos incluidos en el libro Hacia una alimentación saludable en la mesa de los argentinos – que será presentado este 11 y 12 de mayo, en Rosario, en el marco del XV Congreso Latinoamericano de Nutricionistas – se destaca la necesidad de que los argentinos, nos acostumbremos a comer sólo lo necesario y no hasta llenarnos, que abramos el abanico de comidas, rescatemos y reivindiquemos las distintas variedades de frutas, verduras y hortalizas.

Con la colaboración de Alejandra Boldo.
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Ideas para comer mejor

»Organizarse y planificar. Dedicar tiempo para tener al menos cuatro comidas diarias y preparar viandas caseras. Proponerse cocinar sano como mínimo un día en la semana.

»Consumir colaciones sanas. Entre comidas, preferir un yogur con cereales o una fruta fresca antes que galletitas y dulces. Comer frutas secas.

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»“Sanificar” la comida. Los sándwiches, por ejemplo, mejoran al usar pan de salvado o integral, y si la mayonesa se cambia por queso blanco descremado. También ayuda que, en vez fiambre, se usen carnes magras o pollo, atún, huevo y verduras.

»Aprovechar las salidas. Es buena oportunidad para pedir la comida sana y elaborada que no se tiene tiempo de cocinar.

»Consultar a un profesional. Ayuda a planificar menús y viandas saludables. Aportan ideas, recetas y dietas sanas acordes a cada presupuesto.

Fuente: Asociación Argentina de Dietistas y Nutricionistas Dietistas.
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Malos hábitos

No sentarse a la mesa. Se come de pie o sentado frente a la televisión o la computadora.

Saltearse comidas y no respetar los horarios. Lo más común es omitir el desayuno y la merienda.

Comer platos rápidos y poco elaborados. Para almuerzos y cenas, se prefieren pizzas, empanadas, sándwiches, panchos y hamburguesas.

No consumir alimentos frescos. Se comen pocas frutas, verduras y carnes magras.

Consumir “chatarra”: golosinas, galletitas, snacks, facturas y gaseosas, en vez de frutas, yogures o frutas secas.
Comprar mal. Se privilegia lo que sea sencillo, cómodo, rápido y barato, en lugar de optar por lo más saludable.
Dietas peligrosas. En especial las mujeres, se someten a dietas muy restrictivas y disarmónicas.






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La dieta Mediterránea, tan rica como sana

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Más de 50 estudios ya confirmaron los beneficios de la dieta Mediterránea (los alimentos que se consumen diariamente, sobretodo en el Sur de Europa, sobre las costas del Mediterráneo). Su utilidad contra la hipertensión, el colesterol y la diabetes hacen de esta alimentación el mejor seguro de vida para un corazón sano y una vida saludable.

La tan renombrada dieta Mediterránea contribuye a reducir la mortalidad por enfermedades cardiovasculares y por cáncer, además de mantener a raya la hipertensión, el colesterol y la diabetes.

La dieta Mediterránea consiste en una alimentación equilibrada y variada. En ella predominan los alimentos obtenidos de los cultivos tradicionales de esa zona geográfica, bañada por el Mar Mediterráneo: el trigo, el olivo y la vid.

Los alimentos que constituyen la base de esta alimentación son:

»El pan y la pasta, como principal fuente de hidratos de carbono. El aceite de oliva, como principal fuente de grasa.

»El vino, en cantidades moderadas, durante las comidas.

Las hortalizas, las frutas, los frutos secos y las legumbres, que aportan gran cantidad de fibra y antioxidantes.
»El pescado, las aves de corral, los productos lácteos y los huevos, como principal fuente de proteínas y un menor consumo de carnes y grasas animales.

Así y todo, la dieta Mediterránea aún no está arraigada en nuestro país. En Argentina se come menos pescado, vegetales y cereales. Una de las bases de esta dieta son los porotos, garbanzos y lentejas que los argentinos usamos poco.

En noviembre del año pasado, la Unesco declaró a la cocina mediterránea como un Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, destacando su importancia para la salud.

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La dieta ideal de la OMS


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La Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó un estudio elaborado por 30 reconocidos expertos mundiales en nutrición y salud.

El informe concluye que la dieta ideal es aquella rica en frutas, verduras y cereales, y baja en sal, grasas saturadas y azúcares.

El mismo estudio indica que una dieta equilibrada, debería estar constituida por:

»Grasas: entre el 15% y el 30% de las calorías diarias a ingerir, y de éstas, solamente el 10% deberían corresponder a grasas saturadas.

»Carbohidratos: entre un 55% y un 75% de las necesidades energéticas, siendo los azúcares refinados inferiores al 10%.

»Proteínas: deben suponer entre el 10% y el 15 % de las calorías totales.

»Frutas, verduras y hortalizas: al menos 400 gr./día

»Sal: menos de 5 gr./día.









EN DEFINITIVA, ESTAMOS SOBRADOS DE ALIMENTOS (más allá de situaciones injustas e inaceptables).
Lo siguiente muestra la realidad de otros países, para analizar:






Los porqués del hambre en otros lugares


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Vivimos en un mundo de abundancia. Hoy se produce comida para 12.000 millones de personas, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), cuando en el planeta habitan 7.000. Comida, hay. Entonces, ¿por qué una de cada siete personas en el mundo pasa hambre?


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La emergencia alimentaria que afecta a más de 10 millones de personas en el Cuerno de África ha vuelto a poner de actualidad la fatalidad de una catástrofe que no tiene nada de natural. Sequías, inundaciones, conflictos bélicos… contribuyen a agudizar una situación de extrema vulnerabilidad alimentaria, pero no son los únicos factores que la explican.


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La situación de hambruna en el Cuerno de África no es novedad. Somalia vive una situación de inseguridad alimentaria desde hace 20 años. Y, periódicamente, los medios de comunicación remueven nuestros confortables sofás y nos recuerdan el impacto dramático del hambre en el mundo. En 1984, casi un millón de personas muertas en Etiopía; en 1992, 300.000 somalíes fallecieron a causa del hambre; en 2005, casi cinco millones de personas al borde de la muerte en Malaui, por solo citar algunos casos.


El hambre no es una fatalidad inevitable que afecta a determinados países. Las causas del hambre son políticas. ¿Quiénes controlan los recursos naturales (tierra, agua, semillas) que permiten la producción de comida? ¿A quiénes benefician las políticas agrícolas y alimentarias? Hoy, los alimentos se han convertido en una mercancía y su función principal, alimentarnos, ha quedado en un segundo plano.


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Se señala a la sequía, con la consiguiente pérdida de cosechas y ganado, como uno de los principales desencadenantes de la hambruna en el Cuerno de África, pero ¿cómo se explica que países como Estados Unidos o Australia, que sufren periódicamente sequías severas, no padezcan hambrunas extremas? Evidentemente, los fenómenos meteorológicos pueden agravar los problemas alimentarios, pero no bastan para explicar las causas del hambre. En lo que respecta a la producción de alimentos, el control de los recursos naturales es clave para entender quién y para qué se produce.



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En muchos países del Cuerno de África, el acceso a la tierra es un bien escaso. La compra masiva de suelo fértil por parte de inversores extranjeros (agroindustria, Gobiernos, fondos especulativos…) ha provocado la expulsión de miles de campesinos de sus tierras, disminuyendo la capacidad de estos países para autoabastecerse. Así, mientras el Programa Mundial de Alimentos intenta dar de comer a millones de refugiados en Sudán, se da la paradoja de que Gobiernos extranjeros (Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Corea…) les compran tierras para producir y exportar alimentos para sus poblaciones.


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Asimismo, hay que recordar que Somalia, a pesar de las sequías recurrentes, fue un país autosuficiente en la producción de alimentos hasta finales de los años setenta. Su soberanía alimentaria fue arrebatada en décadas posteriores. A partir de los años ochenta, las políticas impuestas por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para que el país pagara su deuda con el Club de París, forzaron la aplicación de un conjunto de medidas de ajuste. En lo que se refiere a la agricultura, estas implicaron una política de liberalización comercial y apertura de sus mercados, permitiendo la entrada masiva de productos subvencionados, como el arroz y el trigo, de multinacionales agroindustriales norteamericanas y europeas, quienes empezaron a vender sus productos por debajo de su precio de coste y haciendo la competencia desleal a los productores autóctonos. Las devaluaciones periódicas de la moneda somalí generaron también el alza del precio de los insumos y el fomento de una política de monocultivos para la exportación forzó, paulatinamente, al abandono del campo. Historias parecidas se dieron no solo en países de África, sino también en América Latina y Asia.


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La subida del precio de cereales básicos es otro de los elementos señalados como detonante de las hambrunas en el Cuerno de África. En Somalia, el precio del maíz y el sorgo rojo aumentó un 106% y un 180% respectivamente en tan solo un año. En Etiopía, el coste del trigo subió un 85% con relación al año anterior. Y en Kenia, el maíz alcanzó un valor 55% superior al de 2010. Un alza que ha convertido a estos alimentos en inaccesibles. Pero, ¿cuáles son las razones de la escalada de los precios? Varios indicios apuntan a la especulación financiera con las materias primas alimentarias como una de las causas principales.
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El precio de los alimentos se determina en las Bolsas de valores, la más importante de las cuales, a nivel mundial, es la de Chicago, mientras que en Europa los alimentos se comercializan en las Bolsas de futuros de Londres, París, Ámsterdam y Fráncfort. Pero, hoy día, la mayor parte de la compra y venta de estas mercancías no corresponde a intercambios comerciales reales. Se calcula que, en palabras de Mike Masters, del hedge fund Masters Capital Management, un 75% de la inversión financiera en el sector agrícola es de carácter especulativo. Se compran y venden materias primas con el objetivo de especular y hacer negocio, repercutiendo finalmente en un aumento del precio de la comida en el consumidor final. Los mismos bancos, fondos de alto riesgo, compañías de seguros, que causaron la crisis de las hipotecas subprime, son quienes hoy especulan con la comida, aprovechándose de unos mercados globales profundamente desregularizados y altamente rentables.


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La crisis alimentaria a escala global y la hambruna en el Cuerno de África en particular son resultado de la globalización alimentaria al servicio de los intereses privados. La cadena de producción, distribución y consumo de alimentos está en manos de unas pocas multinacionales que anteponen sus intereses particulares a las necesidades colectivas y que a lo largo de las últimas décadas han erosionado, con el apoyo de las instituciones financieras internacionales, la capacidad de los Estados del sur para decidir sobre sus políticas agrícolas y alimentarias.


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Volviendo al principio, ¿por qué hay hambre en un mundo de abundancia? La producción de alimentos se ha multiplicado por tres desde los años sesenta, mientras que la población mundial tan solo se ha duplicado desde entonces. No nos enfrentamos a un problema de producción de comida, sino a un problema de acceso. Como señalaba el relator de la ONU para el derecho a la alimentación, Olivier de Schutter, en una entrevista a EL PAÍS: "El hambre es un problema político. Es una cuestión de justicia social y políticas de redistribución”.


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Si queremos acabar con el hambre en el mundo es urgente apostar por otras políticas agrícolas y alimentarias que coloquen en su centro a las personas, a sus necesidades, a aquellos que trabajan la tierra y al ecosistema. Apostar por lo que el movimiento internacional de La Vía Campesina llama la "soberanía alimentaria”, y recuperar la capacidad de decidir sobre aquello que comemos. Tomando prestado uno de los lemas más conocidos del Movimiento 15-M, es necesaria una "democracia real, ya” en la agricultura y la alimentación.


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[Autora de "Del campo al plato. Los circuitos de producción y distribución de alimentos”.
Artículo en El País, 30/07/2011

Fuentes de Información - Qué comemos los argentinos...? Y el resto del mundo?

El contenido del post es de mi autoría, y/o, es un recopilación de distintas fuentes.

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