La increíble historia de Frederick Bailey (Douglass)



La increíble historia de Frederick Bailey



"No debemos creer a los muchos que dicen que sólo se ha de educar al pueblo libre, sino más bien a los filósofos que dicen que sólo los cultos son libres".


EPICTETO, filósofo romano y antiguo esclavo, Discursos



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¿Quién fue Frederick Bailey?



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Frederick Bailey era un esclavo. En Maryland, en la década de 1820, era un niño sin madre ni padre que le cuidasen. («Es costumbre común —escribió más tarde— separar a los niños de sus madres... antes de llegar al duodécimo mes.» Era uno de los incontables millones de niños esclavos con nulas perspectivas realistas de una vida plena.


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Lo que Bailey vio y experimentó de pequeño le marcó para siempre: «A menudo me han despertado al nacer el día los alaridos desgarradores de una tía mía a la que [el supervisor] solía atar a un poste para azotarle la espalda desnuda hasta dejarla literalmente cubierta de sangre... De la salida a la puesta del sol se dedicaba a maldecir, desvariar, herir y azotar a los esclavos del campo... Parecía disfrutar manifestando su diabólica barbarie.»


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A los esclavos les habían metido en la cabeza, tanto en la plantación como desde el pulpito, el tribunal y la cámara legislativa, la idea de que eran inferiores hereditariamente, que Dios los destinó a la miseria. La Santa Biblia, como se confirmaba en un número incontable de pasajes, consentía la esclavitud. De ese modo, la «peculiar institución» se mantenía a sí misma a pesar de su naturaleza monstruosa... de la que hasta sus practicantes debían de ser conscientes.


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Había una norma muy reveladora: los esclavos debían seguir siendo analfabetos. En el sur de antes de la guerra, los blancos que enseñaban a leer a un esclavo recibían un castigo severo. «[Para] tener contento a un esclavo —escribió Bailey más adelante— es necesario que no piense. Es necesario oscurecer su visión moral y mental y, siempre que sea posible, aniquilar el poder de la razón.»


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Esta es la razón por la que los negreros deben controlar lo que oyen, ven y piensan los esclavos. Esta es la razón por la que la lectura y el pensamiento crítico son peligrosos, ciertamente subversivos, en una sociedad injusta.
Imaginemos ahora a Frederick Bailey en 1829: un niño afroamericano de diez años, esclavizado, sin derechos legales de ningún tipo, arrancado tiempo atrás de los brazos de su madre, vendido entre los restos diezmados de su amplia familia como si fuera un becerro o un poni, enviado a una casa desconocida en una extraña ciudad de Baltimore y condenado a una vida de trabajos forzados sin perspectiva de redención.


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Bailey fue a trabajar para el capitán Hugh Auld y su esposa, Sophia, y pasó de la plantación al frenesí urbano, del trabajo de campo al trabajo doméstico. En este nuevo entorno, todos los días veía cartas, libros y gente que sabía leer. Descubrió lo que él llamaba «el misterio» de leer: había una relación entre las letras de la página y el movimiento de los labios del que leía, una correlación casi de uno a uno entre los garabatos negros y los sonidos expresados. Subrepticiamente, estudiaba el Webster Spelling Book de Tommy Auld. Memorizó las letras del alfabeto. Intentó entender qué significaban los sonidos. Finalmente, pidió a Sophia Auld que le ayudase a aprender. Impresionada por la inteligencia y dedicación del chico, y quizá ignorante de las prohibiciones, accedió a ello.


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Cuando Frederick ya empezaba a deletrear palabras de tres o cuatro letras, el capitán Auld descubrió lo que sucedía. Furioso, ordenó a Sophia que dejara aquello inmediatamente. En presencia de Frederick, le explicó:


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Un negro no debe saber otra cosa que obedecer a su amo... hacer lo que se le dice. Aprender echaría a perder al mejor negro del mundo. Si enseñas a un negro a leer, será imposible mantenerlo. Le incapacitará para ser esclavo a perpetuidad.


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Auld reprendió a Sophia con estas palabras como si Frederick Bailey no estuviera en la habitación con ellos, o como si fuera un bloque de piedra.
Pero Auld había revelado el gran secreto a Bailey: «Ahí entendí... el poder del hombre blanco para esclavizar al negro. A partir de este momento entendí el camino de la esclavitud a la libertad.»


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Desprovisto de la ayuda de Sophia Auld, ahora reticente e intimidada, Frederick encontró la manera de seguir aprendiendo a leer, preguntando incluso por la calle a los niños blancos que iban a la escuela. Entonces empezó a enseñar a sus compañeros esclavos:


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«Habían tenido siempre el pensamiento en ayunas. Los habían encerrado en la oscuridad mental. Yo les enseñaba, porque era una delicia para mi alma.»


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El hecho de saber leer jugó un papel clave en su fuga. Bailey escapó a Nueva Inglaterra, donde la esclavitud era ilegal y los negros eran libres. Cambió su nombre por el de Frederick Douglas (personaje de La dama del lago de Walter Scott), eludió a los cazadores de recompensas que perseguían a esclavos fugitivos y se convirtió en uno de los mayores oradores, escritores y líderes políticos de la historia americana. Toda su vida fue consciente de que la alfabetización le había abierto el camino.


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Años después



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Cuando tenía apenas veinte años, huyó hacia la libertad. Se instaló en New Bedford con su esposa, Anna Murray, y trabajó como jornalero común. Cuatro años después, le invitaron a hablar en una asamblea. En aquel tiempo, en el Norte, no era raro escuchar a los grandes oradores del día —es decir, blancos— denostando contra la esclavitud. Pero incluso muchos de los que se oponían a la esclavitud consideraban a los esclavos algo inferiores a los humanos. La noche del 16 de agosto de 1841, en la pequeña isla de Nantucket, los miembros de la Sociedad Antiesclavista de Massachussets, mayormente cuáquera, se inclinaron hacia adelante en sus asientos para escuchar algo nuevo: una voz que se oponía a la esclavitud de alguien que la conocía por amarga experiencia personal.


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Su mero aspecto y porte destruía el mito entonces prevaleciente del «servilismo natural» de los afroamericanos. Al decir de todos, su elocuente análisis de los males de la esclavitud fue uno de los debuts más brillantes en la historia de la oratoria americana. William Lloyd Garrison, el principal abolicionista del día, estaba sentado en primera fila. Cuando Douglas terminó su discurso, Garrison se levantó, se volvió hacia la asombrada audiencia y los desafió con una pregunta a gritos:



—¿Acabamos de escuchar a una cosa, un bien mueble personal, o a un hombre?
—¡Un hombre! ¡Un hombre! —respondió la audiencia con una sola voz.
—¿Se puede mantener a un hombre así como esclavo en una tierra cristiana? —preguntó Garrison.
—¡No! ¡No! —gritó la audiencia, y aún más alto, Garrison inquirió:
—¿Se podría obligar a un hombre así a volver a la esclavitud desde la tierra libre del viejo Massachusetts? Y el público, ahora puesto en pie, exclamó:
—¡No! ¡No!


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Nunca volvió a la esclavitud. En cambio, como autor, editor y productor de periódicos, como orador en Estados Unidos y en el extranjero, y como primer afroamericano que ocupó una alta posición de asesoría en el gobierno, dedicó el resto de su vida a luchar por los derechos humanos.
Durante la guerra civil fue consultor del presidente Lincoln. Douglas abogó con éxito por armar a los esclavos para luchar con el Norte, por la venganza federal contra los prisioneros de guerra confederados acusados de la ejecución sumaria de los soldados afroamericanos capturados, y por la libertad de los esclavos como principal objetivo de la guerra.


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Muchas de sus opiniones eran mordaces, poco aptas para hacerle ganar amigos en altos cargos:


Afirmo sin el menor género de dudas que la religión del Sur es una mera cobertura para los crímenes más horribles... una justificación de la barbarie más espantosa, una santificación de los fraudes más odiosos y un oscuro refugio bajo el que los actos más oscuros, más asquerosos, más burdos e infernales de los negreros encuentran la mayor protección. Si me volvieran a reducir a las cadenas de la esclavitud, después de aquella esclavitud, consideraría la mayor calamidad que podía acontecerme ser esclavo de un amo religioso... Yo... detesto el cristianismo que maltrata a las mujeres, les roba a los hijos en la cuna, corrupto, esclavista, parcial e hipócrita de esta tierra.


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Comparado con la retórica racista de inspiración religiosa de aquella época y posterior, los comentarios de Douglas no parecen una hipérbole. «La esclavitud es de Dios», solían decir en tiempos anteriores a la guerra. Como un ejemplo odioso de los muchos de después de la guerra civil, el libro de Charles Carroll The Negro a Beast (St. Louis: American Book and Bible House) enseñaba a los lectores piadosos que «la Biblia y la Revelación Divina, además de la razón, enseñan que el negro no es humano». Más recientemente, algunos racistas rechazan todavía el sencillo testimonio escrito en el ADN de que no sólo todas las razas son humanas sino prácticamente indistinguibles y mencionan la Biblia como «baluarte inexpugnable» para no examinar siquiera la prueba.


La increíble historia de Frederick Bailey


Vale la pena apuntar, sin embargo, que gran parte del fermento abolicionista surgió de comunidades cristianas, especialmente cuáqueras, del Norte; que las Iglesias cristianas negras del Sur representaron un papel clave en la lucha por los derechos civiles americanos de la década de los sesenta; y que muchos de sus líderes —el más notable, Martín Luther King, Jr.— eran ministros ordenados de estas Iglesias.

Douglas se dirigió a la comunidad blanca con estas palabras:



[La esclavitud] pone grilletes a nuestro progreso, es enemiga de la mejora, enemiga mortal de la educación; alienta el orgullo, alimenta la indolencia, promueve el vicio, da refugio al crimen, es una maldición de la tierra que la mantiene y, sin embargo, os aferráis a ella como si fuera la tabla de salvación de todas vuestras esperanzas.


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En 1843, cuando se encontraba dando conferencias en Irlanda poco antes del hambre de la patata, le conmovió la absoluta pobreza de aquel lugar y escribió a Garrison: «Veo aquí muchas cosas que me recuerdan mi antigua condición, y confieso que me avergonzaría elevar mi voz contra la esclavitud americana, pero sé que la causa de la humanidad es la misma en el mundo entero.» Se opuso francamente a la política de exterminio de los nativos americanos. Y, en 1848, en la Convención de Séneca Falls, cuando Elizabeth Cady Stanton tuvo la osadía de pedir un esfuerzo para asegurar el voto de las mujeres, Douglas fue el único hombre de cualquier grupo étnico que se levantó para apoyar la propuesta.


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La noche del 20 de febrero de 1895 —más de treinta años después de la Emancipación—, tras una aparición en un mitin por los derechos de la mujer junto a Susan B. Anthony, sufrió un colapso y murió.


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